ENTREVISTA. Habla el camarista Carlos Rozanski, que condenó a Etchecolatz y al cura Von Wernich
"Ningún colegio prepara para actuar ante los desastres producidos por humanos"
El camarista Carlos Rozanski lleva 18 años como camarista. Actuó en casos de abuso infantil y fue el autor de la ley que prohibió interrogar a niños víctimas de abuso. Juzgó y condenó a represores como Miguel Etchecolatz. Y hace poco más de un mes recorrió Auschwitz, en el marco de un seminario para jueces sobre el Holocausto. "Atravesar la vivencia de la trencita de una niña ahí no la explica la Universidad. La explica el cuerpo ahí parado", contó sobre el horror del nazismo.

Claudia Rafael
crafael@elpopular.com.ar
No tiene la típica imagen de lo que muchos conciben como "su señoría". Cabello más largo de lo habitual, barba y modos totalmente desacartonados. Es camarista desde hace 18 años, pero le resulta natural descontracturar todo el tiempo ese mito del juez que dicta sentencias sentado varios centímetros más arriba que el común de los mortales. Carlos Rozanski es hijo y nieto de polacos y todavía hoy siente en la piel ese viaje reciente por los túneles de la memoria más atroz. La de los campos de concentración, la del horror hecho conciencia. Fue una larga entrevista en dos partes: una primera en "El circo de la realidad" (FM 98POP), y una segunda que permitió profundizar reflexiones en torno de la condición humana y acerca de la naturalización de lo más aberrante. Pero también hablar de abuso infantil, de su proyecto de ley que transformó a la Argentina en uno (si no el único) de los países que prohíbe interrogar a los niños víctimas de violaciones o de los enormes costos en su vida de jugarse permanentemente por la verdad.
Llegó al Poder Judicial casi por azar. O tal vez no. Después de años de ejercer la profesión de abogado, inicialmente en Buenos Aires y luego en Bariloche, una mañana se detuvo ante un edicto publicado por el diario Río Negro que llamaba a concurso para el cargo de juez de Cámara. Un lugar al que, para llegar, hay que pasar años y más años "cosiendo expedientes". Se presentó, concursó y ganó.
-Todos estos años como juez, ¿cambiaron su mirada de la Justicia?
-No mucho, porque esencialmente la mirada que tenía desde afuera era que la gente que estaba del otro lado del mostrador era muy burócrata y no estaba muy en contacto con la realidad. Pero estos 18 años hacen que hoy haya una mayor aproximación a la realidad. No toda la que en lo personal me gustaría. Pero creo que tiene que ver con recambios generacionales y también culturales. Aunque no siempre es cuestión de edad. Hay gente joven con mentalidad de dinosaurio. Y también gente grande con mentalidad muy joven.
-¿Qué historias en las que tuvo que intervenir como juez lo marcaron a fuego en los primeros años?
-Fundamentalmente los casos de mucha violencia contra los niños, particularmente las niñas. Es algo muy fuerte, pero fundamentalmente muy fuerte de juzgar. Una cosa es cuando uno lo lee en los diarios y otra muy distinta es cuando uno tiene la responsabilidad de decidir. Son pruebas muy difíciles.
-Cuénteme alguna que lo haya conmocionado particularmente.
-Son varias. Pero, sobre todo, la de una niña con retraso mental que había sido violada en El Bolsón. En el medio del juicio, uno de los jueces (éramos tres) le preguntaba si no le gustaba el muchacho que la había violado, si no tenía ganas de tocarlo y muchas otras cosas más. Ese fue un episodio tremendo pero a la vez muy importante porque, además de denunciarlo al colega por el maltrato a la niña, trabajé en un proyecto de ley que finalmente modificó el Código. A partir de esa ley, los niños víctimas de estos delitos no van a los juicios. Son entrevistados con Cámara Gesell por un especialista. En lugar de ir a un juicio, solamente son entrevistadas las criaturas en una habitación, con un vidrio espejado y no ven del otro lado. Con esa ley que yo elaboré quedó expresamente prohibido que puedan ser interrogados en cualquier etapa del proceso ni por policías, ni por fiscales, ni por jueces, ni por abogados.
-Es que hay una terrible tendencia a revictimizar a la víctima...
-Es así en casi todos los países del mundo. Y la Argentina es uno de los pocos países, si no el único, donde está literalmente prohibido interrogarlos. En algunas provincias falta todavía modificar la legislación.
-¿Unico país del mundo...?
-En esos términos, sí. Hay algunos países que tienen un cierto respeto en las etapas iniciales, pero en la etapa final la llevan al juicio. Se la confronta con gente desconocida que le hace preguntas. En la Argentina, en el fuero federal, está prohibido.
-Es increíble porque la Argentina aparece como de avanzada en un tema tan ríspido y fundamental como éste cuando en muchas otras cuestiones no es así.
-Claro, lo que pasa es que es de avanzada a partir de un episodio fortuito y a la vez dramático porque a un juez se le ocurrió semejante aberración de interrogar a una criatura de esa manera. Y en mi caso personal, formar parte de ese tribunal e integrado a esa brutalidad me hizo pensar que esa niña no tenía que estar sentada ahí.
-De todos modos, déjeme decirle que esto desnuda otra cuestión que es también muy importante: en ámbitos que suelen ser muy corporativos, lo que usted hizo fue algo así como granjearse un lugar bastante incómodo y de desprecio de muchos colegas.
-Lo que pasa es que si el funcionario se pusiera a evaluar la cantidad de enemigos que se va a ganar por tomar la decisión correcta, no tendría que estar en ese cargo.
Con la conciencia tranquila
-¿Cómo fue treinta años después de los hechos ser el juez de ese histórico juicio a un represor como Miguel Etchecolatz?
-Se puede.
-Sí, ¿pero cómo lo vivió?
-Hay matices que tienen que ver con esa cosa particular de hacer un juicio 30 años después. Y otra es que las facultades de Derecho no les enseñan a los futuros abogados "cuando ustedes hagan un juicio 30 años después...". Lo que pasa en la realidad es que cada uno de los funcionarios que tienen que hacer frente a eso, van a tener que usar todos los recursos de los cuales se nutrieron, es decir, lo que aprendieron desde que nacieron hasta el momento del juicio. Y va a jugar toda su cosmovisión, su ideología, qué piensa de lo que está bien y lo que está mal, y si esa base es buena, no va a tener demasiados problemas. Más allá, como dijo usted antes, de los posibles enemigos que se gana.
-De hecho, el mismo Etchecolatz dijo al tribunal que no lo estaban condenando a él, sino que se estaban condenando ustedes.
-Eso es parte de las posibilidades que tiene una persona que está siendo juzgada. También es parte del sistema democrático, lo cual no quiere decir que a uno le pueda o no agradar.
-Hace un tiempo usted integró el tribunal que juzgó la desaparición y el homicidio de Carlos Alberto Labolita, que se instruyó en el Departamento Judicial de Azul. Fue el único de los tres jueces que pudo salir por la puerta y caminar entre la gente en absoluta tranquilidad y sin temer a nada.
-Lo que pasa, Claudia, es que salvando las distancias, no hay gran diferencia con reaccionar 18 años atrás ante el maltrato a una chiquita discapacitada o a cualquier otra situación en este tipo de actividad. O se está preparado o no. Y estar preparado no significa hablar latín ni conocer cada artículo del Código. Sino sentarse a hacer lo correcto cuando uno lo tiene que hacer. Y si lo hace, va a poder salir caminando bien. Y si no, tendrá dificultades. Cada uno sabrá lo que hace y yo tengo la tranquilidad de salir caminando de esa manera y eso no tiene precio. No es transferible. Y son experiencias personales que son gratificantes porque uno siente por lo menos que tiene la posibilidad de caminar tranquilo por la calle.
Poner el cuerpo
-Hace poco más de un mes participó junto con otros 18 jueces de un seminario sobre el Holocausto y visitaron Auschwitz. ¿Qué sintió?
-En realidad es la diferencia entre la teoría y la realidad. Uno puede estar conociendo en teoría lo que significa un fenómeno como el nazismo, pero hasta que no está pisando físicamente ese lugar, hasta que no está mirando dos toneladas de cabello como hay ahí, le está faltando algo. Y lo que le está faltando es esa conciencia de la cosa con una dimensión mayor. Uno puede vivenciarlo en su propia tierra, pero es fundamental en cada lugar honrar la memoria, porque es la única forma de crear anticuerpos para que jamás vuelva a suceder. Si se toma conciencia de eso, el niño cuando sea adulto va a ser incapaz de cometerlas.
-¿Qué le pasó por dentro al transponer las puertas de ese campo de concentración?
-En mi caso personal se juntan varias cosas. Mi propio apellido tiene una connotación particular. Mis abuelos y mis padres provienen de Polonia. Pero hay también otras cosas que son más fuertes. El poder entrar a un lugar como ése, permite vivenciar la dimensión del horror que está vinculado también a la similitud de fenómenos allá y acá. Fuimos 19 jueces que participamos de un seminario tan importante en Francia sobre el Holocausto, pero que tuvimos también la experiencia concreta de pisar los campos de concentración.
-Es poner el cuerpo.
-Absolutamente. Es la suma de todas esas cosas. Más allá del valor agregado de ser el único de tener ese apellido, polaco, de todo el grupo. Si se pudiera sintetizar toda la vivencia en una palabra, sería el mal. Es exactamente lo contrario de lo que uno cree que tiene que ser la vida, la política, la educación, el arte. Los campos de concentración de Polonia y, en especial Auschwitz, es la representación cabal de un mal muy particular. Yo le pregunté a una de las personas que dio conferencias, una señora que hablaba del nazismo en Rumania, si consideraba que ese mismo resultado hubiera sido posible si no hubiera existido semejante colaboración de la población civil. Y ella dijo "imposible".
-¿Por qué cree que no se pone el acento en debatir acerca de la colaboración civil?
-Estamos llenos de contradicciones. Por un lado, logramos cosas que ningún lugar del mundo logró, como juzgar del modo en que se está juzgando a los represores que habla extraordinariamente bien de la Argentina. Pero por otro lado, no escapamos a muchas consecuencias de los propios fenómenos que cuando se producen, atraviesan a toda la sociedad. Que se vincula además con que nadie, absolutamente nadie, está preparado para la atrocidad. En ningún colegio ni Universidad se enseña a los alumnos a prepararse para la atrocidad. Puedo prevenir la actitud que uno va a tener frente a un terremoto, frente a un desastre natural. Pero no ante desastres humanos. No se nos prepara para actuar ante los desastres producidos por humanos.