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18 de Agosto de 2010
A 120 años del nacimiento de Howard Phillips Lovecraft
La renovación del terror
Fue un autor de infancia dura y adultez problemática. Pero creó una obra difícil de no ser copiada. Heredero de Edgar Allan Poe, llenó de escenas una nueva manera de asustar.

Guillermo Del Zotto

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Al pequeño Howard Phillips Lovecraft su madre lo veía tan feo que lo envolvía en bufandas para sacarlo a la calle. Claro que esta mujer no estaba bien. Porque además regaba esas "caricias" diciéndole que siendo tan feo nunca llegaría a triunfar. Howard, sin embargo, a los dos años recitaba poemas y a los 16 publicó su primer cuento de terror. Inaugurando una forma que fue bisagra después de Poe. Y que hasta la actualidad no alcanzó parangón.

Más allá del talento -hay que convenir que su madre favoreció a ello con sus "ternuras"-, este tormentoso autor terminó exponiendo su racismo, misoginia y también debió trabajar como escritor fantasma (escribiendo para otros autores de renombre).

El 20 de agosto se cumplirán 120 años de su nacimiento (fue exactamente a las 9 de la mañana en el Nº 194 -hoy 454- de Angell Street, en Providence, capital del estado de Rhode Island, el más pequeño de los Estados Unidos).

Así como pudimos ver que en el cine era muy difícil asustar al público hasta que apareció Fredy Kruger (en algunas de sus películas, no todas), Lovecraft aporta varios ingredientes para la difícil renovación de ese completísimo desván heredado por Edgar Alan Poe. En ambos casos, hay materiales como los sueños, el más allá racionalizado y la ciencia ficción de terror. Y la pluma del autor nativo de Providence aportó tanto en ideas que hoy es difícil no encontrar novelas, películas, música, videojuegos, cómics o dibujos animados que no tengan escenas lovecraftnianas.

Lovecraft entendió tempranamente que un buen uso de la escritura puede ser el de extirpar pesadillas propias. Pero además le agregó muchos estudios a la condición humana y a lo científico desde una lectura apocalíptica, todo rociado de dosis justas de mito. El edificio de su obra entonces comprende una sólida base adornada con paredes musgosas y decadentes con el sello de esa frontera entre lo posible y lo imposible. Un trazo lo suficientemente delgado como para que el lector se balancee en ella siempre a punto de caer en cualquiera de los dos lados.

Su obra también tiene los atributos efectivos de la novela policial. Claro que el escenario cambia. Y las calles oscuras con carteles de neón que fallan son trastocadas por conductos del inframundo. Uno de estos "detectives" de Lovecraft es el personaje del cuento "El horror oculto", que tiene una definición en la que se enlaza la profesión con la realidad del autor: "... ese amor por lo grotesco y lo terrible que convirtió mi profesión en una serie de indagaciones acerca de horrores extraños, tanto en la literatura como en la vida".

Lo fantástico, lo terroríficamente fantástico, para ser narrado, es lo que mayor justeza demanda. En un punto, la frialdad para mostrar los hechos debe alejarse precisamente de la imaginación desmedida. Lo imposible verosímil entonces debe contar con un autor dispuesto a convencer hasta en los menores detalles. Si la idea central se mantiene brillando de misterio en el fondo de ese pozo oscuro, nos hará llegar hasta el final. Que siempre se asemeja a una mano en la garganta que nos sofoca.

Es relativamente fácil hacernos creer que los muertos hablan. Lo difícil es que nos demos una idea certera de cómo se oye esa voz. El pequeño autor de Providence, escapando de ese primer terror emitido por su madre, logra sacar los ojos desde las bufandas. Nos hace un guiño cómplice. Y nos dice que el terror es posible. Porque ¿qué peor humanidad podría existir que aquella a la que ya no le asusta absolutamente nada?

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