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24 de Diciembre de 2010
Les dieron respectivamente perpetua y 25 años a los culpables del secuestro y crimen del matrimonio Weisz
Juan, el día en que condenaron al Turco Julián y a los otros desaparecedores
Condenaron a 12 represores a prisión perpetua y a otros tres a 25 años por delitos de lesa humanidad entre los que se encuentran la desaparición, tortura y muerte de los padres de Juan Manuel Weisz, el hacedor de Librería Insurgente. Su historia, las emociones, el recuerdo de las visitas domiciliarias y el castigo a quienes fueron responsables del circuito represivo de los centros El Banco - Atlético - El Olimpo.



Claudia Rafael

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Cada vez que el juez Jorge Alberto Tassara pronunciaba ese apellido -difícil, de origen alemán- tomaba un leve suspiro: Marcelo Weisz, decía en una castellanización que lo alejaba del Vais con que lo hubiera pronunciado "la abuela Ruth". Luego de ese nombre llegaba sistemáticamente el de Susana González en tándem inseparable.

Desde la pantalla de la habitación acondicionada para 200 personas junto a la sala de audiencias del Tribunal Oral en lo Federal 2 de Comodoro Py estaba Juan. El mismo Juan Manuel Weisz que llegó con sus vagidos al mundo el 9 de noviembre de 1977 y que poco después con sus tres meses vulnerables y su cuerpito magro sería llevado con sus papás al centro clandestino de detención conocido como "El Banco". "¿Dónde querés que llevemos al bebé? ¿A casa de tus suegros o de tus padres?", le dijeron a Susana, según relató Ruth Paradies de Weisz en el libro "Ruth, entre Auschwitz y el Olimpo" y ella respondió: "A la de mis padres".

Sólo eso lo separó de ser, como otros 500 chicos apropiados, parte del botín de guerra. Marcelo y Susana no tendrían esa suerte y seguirían luego parte del derrotero habitual dentro del circuito Banco - Atlético - Olimpo por el que fueron juzgados 17 represores. Desde "El Banco" los llevaron a "El Olimpo" y luego, sólo quedaron para ellos los vuelos de la muerte.

Unicamente "Kung Fu", el alias con que era conocido Juan Carlos Falcón, el apropiador del ahora diputado Juan Cabandié, fue absuelto. Y quince de ese total de 17 represores condenados a penas de reclusión perpetua o de 25 años de prisión cargaron en sus mochilas de espanto las vidas de los padres de Juan Weisz, hacedor en Olavarría de Librería Insurgente.

De todos esos represores hay uno que tiene peso específico por sí mismo más allá de los secuestros, los crímenes y las torturas. Un nombre que es símbolo con peso propio del Estado terrorista y que, en torno de la historia de los Weisz, adquiere una fuerza inusitada: Julio Héctor Simón, el Turco Julián. El monstruo que desde las pantallas de televisión supo decir hacia 1995: "Yo frené la horda asesina que nos traían del exterior. No me arrepiento de nada. Si fuera necesario, lo volvería a hacer". Y luego: "El criterio general era matar a todo el mundo".

Antisemita hasta el hartazgo, movía sus pasos por el mundo con un llavero que contenía una esvástica. Y los Weisz lo supieron en carne propia.

Los métodos de tortura de los terroristas de Estado idearon perversidades hondas. Hubo, entre los 30.000, desaparecidos que eran llevados a visitas domiciliarias durante un ratito apenas, en el que cortaban ilusoriamente, el cautiverio. Durante casi un año, los Weisz fueron conducidos alternativamente por "Colores" (José Antonio Del Cerro) y por el Turco Julián a la casa de sus respectivos padres. En el mismo libro se detalla que "en una de las últimas visitas, Ruth sintió que el ambiente de su amada casa iba siendo ganado por un clima denso y difícil de respirar. El Turco Julián pidió música. Y optó por un delicado sadismo que resultaba mucho más masacrante que una cachetada o un grito. El Turco ponía en escena teatralizaciones perversas destinadas a aterrar a los familiares de las víctimas. Yo tengo dos bafles muy grandes sobre la biblioteca. En la última visita dijo: "Ay, qué lindo equipo de música tiene. Póngame algo de Wagner". "No me gusta Wagner, no lo tengo", le dije, y no le puse nada. Nada era casual en Julio Héctor Simón. Wagner remitía a campos de concentración, Hitler, horror, muerte. Wagner era para Ruth las cámaras de gas. Era esa bella mujer que fue su madre empujada a un destino inevitable, Wagner representaba para Ruth aquel nombre con significado de final: Auschwitz".

Es que la historia de la madre de Marcelo había arrancado mucho antes, en su Berlín natal, en los tiempos de "La noche de los cristales rotos", en las persecuciones de las SS, en la fuga a bordo del barco Florida junto a una treintena de jóvenes como ella que tenía apenas 16 años y en la deportación final de su mamá, Else Jacobsohn. Esa mujer que había repetido una y otra vez a la adolescente Ruth que "lo único tuyo es lo que está dentro de tu cabeza". Esa frase que luego Ruth, ya abuela, diría a Juan para transmitirle cuál la real filosofía de vida para quien nació y vivió siempre como eterna sobreviviente.

Juan Manuel hombre, Juan Manuel padre, Juan Manuel luchador estuvo allí esa tarde cuando Tassara leía la extensa sentencia y tomaba aire cada vez que pronunciaba el apellido de su papá. Cuando él llegó a Capital Federal y caminó hasta los Tribunales, Susana Caride -sobreviviente del horror que compartió cautiverio con sus padres- le dijo que ya no había más lugar. El fue y vino hasta conseguirse un sitio en el salón de la pantalla gigante. "Hacía 36 grados. No había un solo lugar de sombra. Había Madres, familiares, gente mayor que no podía subir las escalinatas del acceso, el ascensor estaba roto y el Tribunal 2 está en el sexto piso. Finalmente conseguí un lugar porque mis tías Rosa Julia y Amanda González habían sido testigos. El clima previo era de gran optimismo. Cuando empezaron a leer, con cada una de las once cadenas perpetuas se aplaudió un montón. Después, cuando empezó la puesta en escena del Turco Julián que amagaba con pararse como para ir al baño era patético. Empezó a mandarse la parte y movía las piernas para un lado y para el otro. Le gritaban. Lo único que le quedaba era provocar, pero al mismo tiempo generó que se le gritara de todo. Después hubo una euforia generalizada. Y a mí no me sale estar eufórico. Yo estaba como metido para adentro porque es mi característica. Le cantaban 'ya se acerca Nochebuena, ya se acerca Navidad y todos los milicos van a parar a Marcos Paz'. Ya afuera me volví a encontrar con Susana Caride que fue a comprar una cerveza helada para brindar. Era muy fuerte todo. Cada vez que decían el nombre de mis viejos...".

Marcelo Weisz era militante barrial y montonero. Se conocieron con Susana en esos años de luchas urgentes y utopías al alcance de la mano. El estudiaba Ciencias Económicas y trabajaba en el Banco Shaw. Ella cursaba Psicología y trabajaba en Entel, la compañía de teléfonos del Estado, privatizada durante el menemismo.

Juan Manuel se crió con sus tíos Cacho y Ester. Cuando era un nene apenas, Ester le contó que "vos estuviste en otra panza porque tuviste otro papá y otra mamá. Pero te amamos igual que a Sebastián y a Diego, que sí estuvieron".

La historia de sus padres, la suya propia, llegaría mucho más tarde a su conciencia. Todo pasó como terremotos imparables esa tarde mientras Tassara leía la decisión de "condenar a Julio Héctor Simón a la pena de prisión perpetua e inhabilitación absoluta y perpetua por considerarlo partícipe necesario del delito de homicidio calificado por su comisión con alevosía y con el concurso premeditado de dos o más personas, en concurso ideal con el de privación ilegítima de la libertad agravada por haber sido cometida por funcionario público con abuso de sus funciones o sin las formalidades prescriptas por la ley, por mediar violencia y amenazas, como así también por su duración de más de un mes, en concurso ideal con la imposición de tormentos".

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