
Edición Anterior: 9 de Febrero de 2012
Los recuerdos de Héctor Moreno, quien debió reconocer el cuerpo
"Aunque ya lo habíamos enterrado, mi mamá seguía esperándolo en la puerta"
Los Moreno eran una familia humilde, con la ética profunda de la gente de trabajo que hace un culto de la honestidad y el sacrificio. Nunca soñaron que eso podía costarle tan caro al "Negro".
Héctor Moreno recuerda que "mi papá siempre decía 'yo soy analfabeto, pero tengo un hijo abogado'. Por eso en Molinos Río de la Plata, donde él era empleado le dijeron 'tráigalo a trabajar acá. Pero el Negro le dijo que no, que 'muchas gracias, pero yo estoy del otro lado. Estoy con los trabajadores y no con los patrones' ".
Con esas palabras breves y exactas, Héctor define las convicciones de su hermano muerto hace casi 35 años y explica al mismo tiempo parte de las razones de su martirio.
El será el segundo testigo en las audiencias de debate que se iniciarán hoy con la lectura de la acusación contra los presuntos asesinos. Piensa contar la misma historia que está contando ahora, la que lo inunda de una emoción contenida, la que repitió seguramente otras veces y que se debe haber repetido a sí mismo incontables veces más.
Un par de años mayor que su hermano, fueron compinches durante toda la corta vida de Carlos Alberto. Jugaron juntos en el barrio Luján, formaron una murga para unos corsos ya lejanos, tal vez en los albores de los 60, cuando Carlos Alberto, el futuro abogado, tocaba el acordeón, una afición que no perdió nunca y con la que solía tocar algunos tangos a pedido de su hermano mayor, en fiestas o mientras mateaban.
Siguieron siendo compinches cuando su padre, Domingo, logró comprar una casita en la calle Collinet al 2700, en el barrio San Vicente. Domingo era empleado de Molinos, su esposa Junigunda era portera de la Escuela Nº 17 y limpiaba casas por hora para pagar los estudios de su hijo Carlos Alberto. Héctor abandonó en el secundario.
Cuando logró el ansiado título de abogado montó un estudio en esa casita que Héctor dice que era "humilde". En una pieza del fondo vivió con su flamante esposa, Susana Lofeudo, con la que se casó en 1974, el mismo año en el que se recibió. Después alquiló la casa de Dorrego y Lamadrid, a la vuelta de la vivienda del Ejército destinada al jefe del Regimiento y que por entonces ocupaba el teniente coronel Aníbal Verdura.
El 29 de abril de 1977 Carlos Alberto Moreno pasó por la casa de su hermano Héctor para avisarle que se iba a La Plata con su esposa Susana, embarazada de unos cinco meses. Eran alrededor de las 20.30. Unas dos horas después un Renault 12 color naranja interceptaba al abogado, era obligado a subir allí ante la mirada de un testigo ocasional y comenzaba a vivir las últimas horas de su vida en un infierno que seguramente no se merecía.
"A las tres y diez, tres y cuarto, de la madrugada yo estaba con mi bolso esperando el colectivo en Alsina y Del Valle. Trabajaba en Calera Avellaneda, en la Embolsadora. Lo vi venir a mi viejo en bicicleta. Le pregunté 'papá ¿qué hacés a esta hora?. Y me contó 'se lo llevaron al Negro'. Había ido a la comisaría a hacer la denuncia y no se la tomaron porque le dijeron que tenían que pasar 72 horas", recuerda Héctor, y es como si un velo de angustia le velara la mirada.
El nunca temió que a su hermano pudiera pasarle algo. "Una vez mamá le preguntó si no tenía miedo que pudiera pasarle algo porque había estado en la Juventud Peronista, y él le dijo que no, que era un abogado laboralista, que defendía obreros", cuenta Héctor.
Para Héctor "nunca me demostró nada (miedo o preocupación), hacía su vida normal y que yo sepa no militaba en política.
Se había casado por civil en Olavarría y por iglesia en La Plata, ciudad natal de Susana.
El 14 de mayo de 1977 Héctor Moreno debió atravesar por el momento terrible de ir a mirar un cadáver para ver si era el de su hermano en la morgue de la Jefatura de la Policía Bonaerense, en La Plata. Pero era de un desconocido. Aunque no lo dice, quizá en ese momento se robusteció su esperanza de que su hermano podía aparecer vivo. Pero diez días después enfrentó el mismo trance y esta vez el cuerpo era el del Negro.
"Estaba totalmente desnudo, envuelto en una frazada del Ejército y en una bolsa de nailon. Tenía la nariz quebrada, dos agujeritos del tamaño del ombligo en el cuerpo, una abertura grande tapada con una gasa en el pie".
Los recuerdos atroces le apagan la voz, pero continúa con el relato. En la comisaría local le habían informado que habían hallado a su hermano, pero muerto.
Describe cómo caminó por la calle Belgrano hacia Vicente López, pensando en cómo se lo iban a decir a su madre, que aguardaba en la puerta la llegada de su hijo Carlos Alberto. Cuando llegó a la pizarra de EL POPULAR se encontró con un grupo de gente que leía en la pizarra el comunicado oficial dado a conocer por el Ejército, donde se decía que el abogado Carlos Alberto Moreno estaba preso y estaba siendo trasladado cuando intentó evadirse, resultando muerto.
En La Plata el Negro había vivido en la Casa de Olavarría con el psiquiatra Amílcar Tigri, quien fue el encargado de darle la noticia, sedantes previo, a la madre.
Antes hubo días de desesperaciones y temblorosas esperanzas: "nos decían que lo habían visto en La Pampa, o que estaba en Olavarría, o en Tandil. (el ex militar y procesado por represor Aníbal) Verdura fue el que le dijo a Susana que iba a aparecer, que lo habían levantado para hacerle unas preguntas. Nosotros le creímos. Mamá siempre lo esperaba en la puerta, estaba segura de que él iba a llegar en cualquier momento".
Incluso cuando "ya lo habíamos enterrado, después de velarlo cuatro horas, mamá seguía saliendo a la puerta, con el mate dulce preparado, como le gustaba a él, y decía que no podía ser, que iba a volver. Visitaba a las amigas y les decía que Carlos Alberto no podía estar muerto, si apenas tenía 29 años". Héctor ya intuía que "mamá comenzó a morirse de a poco entonces, se estuvo muriendo todos los días. Y vivió diez años más".
En 1984 Domingo y Junigunda se presentaron ante la Justicia para pedir que se investigara el secuestro y asesinato de su hijo.
"Papá me dijo 'los hijos de Carlos Alberto están creciendo. Algún día van a saber quién era su padre y qué le pasó. El murió diez años después de mamá".
Pasaron casi 35 años, los padres de Carlos Alberto murieron sin ver cómo eran juzgados los asesinos de su hijo y quizá lo sabían cuando decidieron acudir a la Justicia. También seguramente sabían que Domingo no estaba equivocado cuando apostaba a que sus nietos sí lograrían estar presentes cuando llegara la hora de la verdad.
Con esas palabras breves y exactas, Héctor define las convicciones de su hermano muerto hace casi 35 años y explica al mismo tiempo parte de las razones de su martirio.
El será el segundo testigo en las audiencias de debate que se iniciarán hoy con la lectura de la acusación contra los presuntos asesinos. Piensa contar la misma historia que está contando ahora, la que lo inunda de una emoción contenida, la que repitió seguramente otras veces y que se debe haber repetido a sí mismo incontables veces más.
Un par de años mayor que su hermano, fueron compinches durante toda la corta vida de Carlos Alberto. Jugaron juntos en el barrio Luján, formaron una murga para unos corsos ya lejanos, tal vez en los albores de los 60, cuando Carlos Alberto, el futuro abogado, tocaba el acordeón, una afición que no perdió nunca y con la que solía tocar algunos tangos a pedido de su hermano mayor, en fiestas o mientras mateaban.
Siguieron siendo compinches cuando su padre, Domingo, logró comprar una casita en la calle Collinet al 2700, en el barrio San Vicente. Domingo era empleado de Molinos, su esposa Junigunda era portera de la Escuela Nº 17 y limpiaba casas por hora para pagar los estudios de su hijo Carlos Alberto. Héctor abandonó en el secundario.
Cuando logró el ansiado título de abogado montó un estudio en esa casita que Héctor dice que era "humilde". En una pieza del fondo vivió con su flamante esposa, Susana Lofeudo, con la que se casó en 1974, el mismo año en el que se recibió. Después alquiló la casa de Dorrego y Lamadrid, a la vuelta de la vivienda del Ejército destinada al jefe del Regimiento y que por entonces ocupaba el teniente coronel Aníbal Verdura.
El 29 de abril de 1977 Carlos Alberto Moreno pasó por la casa de su hermano Héctor para avisarle que se iba a La Plata con su esposa Susana, embarazada de unos cinco meses. Eran alrededor de las 20.30. Unas dos horas después un Renault 12 color naranja interceptaba al abogado, era obligado a subir allí ante la mirada de un testigo ocasional y comenzaba a vivir las últimas horas de su vida en un infierno que seguramente no se merecía.
"A las tres y diez, tres y cuarto, de la madrugada yo estaba con mi bolso esperando el colectivo en Alsina y Del Valle. Trabajaba en Calera Avellaneda, en la Embolsadora. Lo vi venir a mi viejo en bicicleta. Le pregunté 'papá ¿qué hacés a esta hora?. Y me contó 'se lo llevaron al Negro'. Había ido a la comisaría a hacer la denuncia y no se la tomaron porque le dijeron que tenían que pasar 72 horas", recuerda Héctor, y es como si un velo de angustia le velara la mirada.
El nunca temió que a su hermano pudiera pasarle algo. "Una vez mamá le preguntó si no tenía miedo que pudiera pasarle algo porque había estado en la Juventud Peronista, y él le dijo que no, que era un abogado laboralista, que defendía obreros", cuenta Héctor.
Para Héctor "nunca me demostró nada (miedo o preocupación), hacía su vida normal y que yo sepa no militaba en política.
Se había casado por civil en Olavarría y por iglesia en La Plata, ciudad natal de Susana.
El 14 de mayo de 1977 Héctor Moreno debió atravesar por el momento terrible de ir a mirar un cadáver para ver si era el de su hermano en la morgue de la Jefatura de la Policía Bonaerense, en La Plata. Pero era de un desconocido. Aunque no lo dice, quizá en ese momento se robusteció su esperanza de que su hermano podía aparecer vivo. Pero diez días después enfrentó el mismo trance y esta vez el cuerpo era el del Negro.
"Estaba totalmente desnudo, envuelto en una frazada del Ejército y en una bolsa de nailon. Tenía la nariz quebrada, dos agujeritos del tamaño del ombligo en el cuerpo, una abertura grande tapada con una gasa en el pie".
Los recuerdos atroces le apagan la voz, pero continúa con el relato. En la comisaría local le habían informado que habían hallado a su hermano, pero muerto.
Describe cómo caminó por la calle Belgrano hacia Vicente López, pensando en cómo se lo iban a decir a su madre, que aguardaba en la puerta la llegada de su hijo Carlos Alberto. Cuando llegó a la pizarra de EL POPULAR se encontró con un grupo de gente que leía en la pizarra el comunicado oficial dado a conocer por el Ejército, donde se decía que el abogado Carlos Alberto Moreno estaba preso y estaba siendo trasladado cuando intentó evadirse, resultando muerto.
En La Plata el Negro había vivido en la Casa de Olavarría con el psiquiatra Amílcar Tigri, quien fue el encargado de darle la noticia, sedantes previo, a la madre.
Antes hubo días de desesperaciones y temblorosas esperanzas: "nos decían que lo habían visto en La Pampa, o que estaba en Olavarría, o en Tandil. (el ex militar y procesado por represor Aníbal) Verdura fue el que le dijo a Susana que iba a aparecer, que lo habían levantado para hacerle unas preguntas. Nosotros le creímos. Mamá siempre lo esperaba en la puerta, estaba segura de que él iba a llegar en cualquier momento".
Incluso cuando "ya lo habíamos enterrado, después de velarlo cuatro horas, mamá seguía saliendo a la puerta, con el mate dulce preparado, como le gustaba a él, y decía que no podía ser, que iba a volver. Visitaba a las amigas y les decía que Carlos Alberto no podía estar muerto, si apenas tenía 29 años". Héctor ya intuía que "mamá comenzó a morirse de a poco entonces, se estuvo muriendo todos los días. Y vivió diez años más".
En 1984 Domingo y Junigunda se presentaron ante la Justicia para pedir que se investigara el secuestro y asesinato de su hijo.
"Papá me dijo 'los hijos de Carlos Alberto están creciendo. Algún día van a saber quién era su padre y qué le pasó. El murió diez años después de mamá".
Pasaron casi 35 años, los padres de Carlos Alberto murieron sin ver cómo eran juzgados los asesinos de su hijo y quizá lo sabían cuando decidieron acudir a la Justicia. También seguramente sabían que Domingo no estaba equivocado cuando apostaba a que sus nietos sí lograrían estar presentes cuando llegara la hora de la verdad.
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