Edición Anterior: 6 de Mayo de 2012
Vicente Adducci, un cura hacedor
Colaboración de la parroquia San José, por Octavio Físner Oliva


Casi por regla general se hace difícil ordenar los recuerdos de una persona con la cual nos unieron profundos y sinceros afectos, a cincuenta años de su muerte. Sin embargo, personas como quien sigue siendo el padre Vicente Adducci más que obispo auxiliar de Mercedes dejan una estela en la memoria que facilita ese ordenamiento. Recuerdo que un día supimos que la autoridad eclesiástica había designado cura párroco de San José -por entonces parroquia única en nuestra ciudad- a un tal Vicente Adducci, quien ejercía hasta ese momento su ministerio en la ciudad de Bolívar. Su llegada no fue en soledad de viajero, sino acompañado de una nutrida delegación de vecinos católicos de Bolívar que así se despedían de un sacerdote que dejaba huellas profundas de su acción en aquella ciudad. De esa manera este cura forastero llegaba para incorporarse a nuestro vecindario.

A poco andar, el conocimiento de este nuevo cura se amplió más allá del territorio habitual de la feligresía local, en su mayor cantidad dentro de aquellos legendarios "cuatro boulevares" que hoy demarcan microcentro. En el garaje de la casa de familia del vecino, José Ligore, el cura Adducci daba misas todos los domingos; así fue este sacerdote le acercaba ese ejercicio de la fe a vecinos distantes del templo de San José. La respuesta vecinal fue muy positiva, y esas misas concitaron el interés de más gente de la que podía contener ese breve lugar, en el barrio ubicado hacía el Sur, detrás del boulevard Del Valle, antes el zanjón. Y a ese espacio barrial propuso el padre Adducci dotarlo de un templo católico, con el fin de disponer de la asistencia religiosa permanente a su vecindario y, en una visión más amplia supuso, bien, que todo el entorno crecería rápidamente, y en ello mucho tendría que ver la presencia de ese templo católico. Así, tras la propuesta, el mismo cura inquieto trazó su estrategia para concretarla, para lo cual consideró imprescindible el compromiso de coincidencia de los vecinos. Lo primero, indicó, era crear una comisión pro templo de San Vicente, porque incluyó en eso la advocación al santo Vicente de Paul. Esto ocurría cuando ya estaba la ruptura del gobierno del general Perón con la Iglesia Católica, con todo lo que ello implicó de enojoso y de intranquilidad para la población.

Algunas semanas después el padre Adducci convocó a los vecinos a una reunión para integrar la comisión pro templo del barrio, de la cual se me designó presidente, cargo que acepté y me comprometí a trabajar para llevar a cabo el proyecto. Fue entonces cuando conocí al padre Adducci, un hombre joven, de tez cetrina, cabello corto enrulado, de contextura mediana a la cual parecía darle mayor estatura la clásica sotana de uso entonces en el clero romano. Resaltaban en su presencia sus ojos y, más que eso aún, la profundidad de su mirada. Eran ojos oscuros, chicos, pero de un mirar que daba la sensación de que desde ellos salía un rayo que se depositaba en quien o quienes éramos mirados por su poseedor. Además, estaba su modo de hablar, que no era pausado ni atropellado sino conciso, con uso de las palabras adecuadas, sin adornos ni generadores de confusión. Hablar con Adducci era hacerlo con un hombre que decía estrictamente lo que sentía y lo que quería transmitir. Sabía escuchar, y manifestaba de inmediato su conformidad o sus reservas sobre lo que se le decía, y era sumamente prudente en cuanto a los temas propios de la fe, en el sentido de que no era insistente en cuanto a las obligaciones del católico del llano, pero sabía tocar las cuerdas íntimas de cada interlocutor para hacerle saber de su deseo de incorporarlo a la grey militante. Mostraba gran preocupación por los problemas de índole social en lo concerniente a la educación y a las buenas costumbres. Era humorista alegre y bonachón, y demostraba su sentido de la amistad haciendo de la cordialidad y la comprensión los ingredientes principales del ser amigos, y no había temas indiscretos para desechar si ello no era imprescindible.

Volviendo a San Vicente, corresponde señalar que la Cooperativa Agraria era propietaria de una quinta indivisa en ese barrio que decidió lotear y vender, haciéndose reserva de una manzana para plaza pública -la actual General Belgrano- y la cesión de un lote para templo religioso. Allí se edificaría el templo consagrado a San Vicente, y para dar idea de que se estaba en eso, el cura consiguió la donación de una carrada de ladrillos que se apiló en el terreno designado, y se colocó un letrero alusivo. La comisión, mientras tanto, buscaba dinero para financiar el proyecto, lo que constituía toda una lucha, tanto porque eran tiempo difíciles en las economías particulares y un poco porque había que pedir las colaboraciones en el centro urbano, dada la condición generalmente humilde del vecindario de ese barrio. Esas dificultades demoraban la iniciación de la obra, hasta que un día, en una reunión, Adducci nos señaló: "Hasta ahora lo único que se levanta en ese terreno es el pastizal. Es tiempo ya de que se empiecen a levantar las paredes". En esa semana comenzó todo, con un cura que se arremangaba la sotana y punteaba con la pala los primeros cimientos y así empezó a andar la obra, siempre con el padre Adducci en la misma, trabajando de peón, de albañil y de director de obra. Todo se hacía bajo su mirada, y cuando las obligaciones lo llevaban a otras tareas de su ministerio, los vecinos responsables seguían el trabajo para que no decayeran el entusiasmo y la fe de la gente. Así, con el trabajo de los vecinos y el aporte efectivo de esfuerzo y dedicación del padre Adducci el templo de San Vicente se levantó y ese barrio no sólo tuvo su iglesia sino su parroquia, la que Adducci supo tramitar ante la jerarquía correspondiente, y fue desde ese lugar sagrado desde donde expandió la ola del progreso, el engrandecimiento y la realidad pujante del barrio San Vicente.

Pero no estaban cumplidas las expectativas del inquieto y visionario cura de San José, porque tan pronto terminada la primera obra que sería parroquia en lo que fue el barrio de la Noria, Adducci miró hacia el amplio y desparramado barrio que se extendía allá, al Este, pasando las vías del Ferrocarril del Sur que ya era el Roca. Con el mismo empuje con que hizo realidad la parroquia de San Vicente, y con la misma dación de esfuerzo personal y empuje al colectivo de vecinos comprometidos surgiría un año después el templo de Nuestra Señora de Luján, que fue poner la iglesia al alcance de ese vecindario de tras las vías que no tenía modo de satisfacer sus necesidades religiosas, y porque era una rémora que una ciudad como Olavarría no tuviera sino una iglesia parroquial en el corazón urbano, y ninguna otra en la gran extensión que, estaba seguro que así sería esta Olavarría grande que hoy es. Y como pasando el entonces boulevard Colón hacia el Norte no había refugio religioso para los feligreses de esa zona a la que también le llegaría el crecimiento, Adducci pensó en dejar plantado un templo, y así nació Nuestra Señora de Fátima como producto de la misma voluntad de hacer de este sacerdote imparable cuando una idea lo empujaba a la acción.

Un día supimos de una decisión de la jerarquía eclesiástica. El padre Vicente Adducci había sido designado obispo auxiliar de Mercedes. La noticia, aunque la admitíamos todos como un reconocimiento en el ámbito del clero de los méritos de ese personaje, llegamos a sentirla como que perdíamos algo que realmente queríamos y respetábamos. Sentíamos que se terminaba ese padre Adducci para transformarse en monseñor Adducci, algo que nos resultaba extraño, como si no lo quisiéramos así porque con se nos iba un cura constructor, un cura precursor de grandes beneficios para esta comunidad. Era un sentimiento ambivalente el que produjo esa noticia que nos dejaba sin un sacerdote que había confirmado hasta el exceso las mejores perspectivas que un vecindario puede abrigar ante la presencia de un cura párroco nuevo. Y nosotros, los de esta Olavarría, sabemos que ese curita que vino desde Bolívar acompañado de feligreses que lo quisieron tanto como lo quisimos nosotros ocupa un lugar destacadísimo en la transformación de esta comunidad. Recordarlo así, a 50 años de su prematuro fallecimiento es gratificante. Siempre lo es cuando el recuerdo se refiere a personas buenas.

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