Edición Anterior: 29 de Julio de 2012
Las miradas de especialistas y el análisis sobre víctimas y victimarios Alfredo Grande, psiquiatra y psicoanalista
La tortura, su naturalización y una sociedad que las sigue invisibilizando
El caso de torturas filmadas en una comisaría de Salta volvió a poner sobre el tapete un tema que reclama debate. La Cámara de Apelaciones de Azul debe resolver sobre la investigación por las torturas en la comisaría Primera. Políticas institucionales, la psiquis del torturador y una sociedad que debe revisar sus propias naturalizaciones.
Claudia Rafael

crafael@elpopular.com.ar

Cuando escasos días atrás se conoció por las pantallas de televisión el video de un grupo de policías torturando a dos adolescentes salteños en el patio de la comisaría de General Güemes, volvieron al debate mecanismos institucionales como los utilizados en la Comisaría Primera contra Diego González. ¿Qué esconde la tortura como herramienta? ¿Qué persigue? ¿Qué ocurre, inclusive, en la psiquis del victimario? ¿Qué huellas marca definitivamente en la víctima? Y, finalmente, ¿qué pintura esboza sobre una sociedad que termina naturalizando esas prácticas al punto tal de invisibilizarlas y de incorporarlas como sustrato esencial en el vínculo entre quien detiene y quien es detenido?

Tal vez uno de los primeros puntos a afrontar sea el de saber qué es lo que se busca con ese tipo de métodos. En ese sentido, el caso de Diego González, que llegó a ser quemado con agua hirviendo tal como se solía hacer en los tiempos de la inquisición española, no buscaba -clásica excusa de estos métodos- la confesión de parte. Después de todo, González simplemente había sido encontrado durmiendo en el estacionamiento de un club por efecto del alcohol ingerido. Sin conocer a Diego González, el filósofo francés Michel Foucault esboza su respuesta: "la tortura y los malos tratos son utilizados no tanto para la obtención de un fin (confesión, intimidación, etc.), sino como un hecho rutinario y disciplinario".

Y un poco más allá va el italiano Giorgio Agambem cuando afirma que "no se puede querer que Auschwitz retorne eternamente porque en verdad nunca ha dejado de suceder, se está repitiendo siempre".

En este tipo de prácticas "rutinarias" el episodio salteño lo que hace es llevarlo puertas adentro de los hogares en una suerte de reiteración de lo que se conoció en 2005 como el horror televisado de lo que militares estadounidenses ejercían con profundo placer en la prisión iraquí de Abu Ghraib. Simplemente generó espanto porque no tuvo la habitual delicadeza de ejercer ese placer en la intimidad, sin mediación alguna de cámaras fotográficas y fílmicas. Lo que espanta, en definitiva, es que se exponga a la luz de todos algo que es aceptado casi como natural cuando se produce en el interior de un calabozo. Allí todo vale. Pero tanto Abu Ghraib como el patio de la comisaría de Salta tuvieron el desagrado de irrumpir violentamente en las conciencias. Una y otra entonces, deben necesariamente ser olvidadas para que la vida continúe normalmente y sin sobresaltos. Los militares detenidos por Abu Ghraib están todos en libertad. El último de los acusados (en un juicio que se quedó únicamente en los culpables inmediatos y no fue más allá en la jerarquía de mando estadounidense) fue liberado hace un año después de cumplir seis de condena. Y en el caso de los salteños, el oficial Matías Eduardo Cruz, el sargento Marcos Gabriel Gordillo y los efectivos Héctor Raúl Ramírez, Leonardo Esteban Serrano, Alberto Antonio Ontiveros y Roberto Augusto Barrionuevo que ahora están imputados a lo sumo deberán pagar con una exoneración de la fuerza y algún tiempo de cárcel pero no demasiado.

En Olavarría puntualmente los policías detenidos son: Néstor Rodríguez, Nicolás Manuel y Edgardo Constancio. Los tres están acusados por torturas, una calificación que usualmente no se logra probar en juicio y que, por lo general, es disminuida a vejámenes o malos tratos. Y mientras Susana Alonso sigue sosteniendo esa calificación, ahora es la Cámara de Apelaciones de Azul la que tiene en sus manos definir si es correcta y si la investigación fue encarada en el rumbo y con las pruebas necesarias para probarla. Un cuarto policía, el subcomisario Pablo Blúa, carga con la imputación de omisión de lo ocurrido en concurso real con falsedad de documento público.

Control social

"Lo que ocurrió en Salta muestra en toda su dimensión lo que a diario ocurre en cualquier lugar de detención en Argentina. No se trata, de un hecho aislado, de un desborde o de una manga de psicópatas. Es, por el contrario, una clara política de Estado. La necesidad de control social, que se descarga sobre los sectores más vulnerables de la sociedad. Y tiene dos características bien diferenciadas: la invisibilidad hacia afuera y la naturalización hacia adentro de la clase que padece estas prácticas. Cuando aparece, los sectores medios, los progresistas, los periodistas se rasgan las vestiduras y dicen 'cómo puede suceder después de 30 años de vigencia del estado de derecho'. Nosotros, por el contrario, señalamos que es la más sofisticada manera que los regímenes democráticos han podido idear para la dominación y que todos tienen que usar en mayor o menor medida, de acuerdo a la necesidad represiva de cada etapa que está directamente relacionada con el crecimiento del conflicto social" caracterizó María del Carmen Verdú, abogada de la Correpi. "Ubicar esto en la tesis del resabio de la dictadura implica negar que existió la tortura antes", siguió en sus declaraciones.

Verdú no es una improvisada en la materia. Después de todo, interviene en las causas por los homicidios de Walter Bulacio y Mariano Ferreyra; en la masacre de Cromañón, del tren de TBA y en infinitos casos de gatillo fácil a lo largo y ancho del país.

La socióloga Alcira Argumedo, por su lado, plantea que hechos como los ocurridos en Salta se enmarcan "en una política no explícita de disciplinamiento y eliminación de jóvenes sobrantes en esta sociedad que pueden volverse peligrosos. Según datos de Anses el 75 % de los jóvenes entre 18 y 29 años están desocupados, precarizados o en negro. Esto se está dando a nivel mundial y está en la base de todos estos movimientos de indignados que más allá del específico detonante se produce en el mundo árabe, en Israel, en España, en Grecia, en Inglaterra, en EE.UU., en Chile. Es evidente que hay una especie de lógica que condena especialmente a las generaciones más jóvenes que, al no ingresar, se vuelven peligrosas para el sistema. Hoy por hoy, para acceder a un trabajo mínimamente digno se requiere, al menos, el secundario completo. El 50% de los jóvenes argentinos entre 13 y 18 años o no han ingresado o han desertado de la escuela. Sumado a elementos clave como el paco, que en uno o dos años destroza a los chicos. Se los deja atrapados sin salida. Se los transforma rápidamente en victimarios".

Este tipo de reflexiones conllevan directamente a pensar en políticas institucionales y no en el clásico concepto que se sigue barajando en muchos ámbitos de hablar de manzanas podridas dentro del cajón. Y, volviendo al concepto de Foucault, es que en esas políticas institucionales se termina produciendo una suerte de rutina disciplinaria que cotidianamente termina suplantando la vieja práctica de la ejecución.

Por eso mismo es que el criminólogo y jurista Elías Neuman habla en "El estado penal y la prisión-muerte" de la búsqueda de un control social para el que golpear, torturar y matar no es ajeno, se logra y sostiene la esclavitud de muchos seres humanos. En ello se apoya la retroalimentación del sistema neoliberal por un lado y, por el otro, la prosperidad de algunos individuos que suelen detentar un turbio subsuelo social.

"El torturador está inoculado por la cultura represora"

C.R.

"El torturador es el subcultivo de la cultura represora. Incluso de manera más perfecta que el verdugo, que tiene como objeto matar. El torturador tiene como meta hacer sufrir", definió el psiquiatra Alfredo Grande. A la hora de poner en debate la psiquis del torturador, Alfredo Grande sostiene que en la cultura represora "el paradigma es el sufrimiento en vida, que es lo que logra el torturador. Porque el buen torturador hace que su víctima dure el mayor tiempo posible. La cultura represora es la cultura de la crueldad planificada, es el sistema del sufrimiento. Que no es espontáneo, está calculado. Y en la relación vincular, baja lo que la cultura represora implanta a nivel global".

El gran dilema radica, por otro lado, en analizar si cualquier ser humano puede desempeñar el rol del torturador. Grande plantea claramente que "para que alguien ocupe ese lugar, su cabeza está ocupada por el mandato de torturar. Ese mandato es aprendido. Pero las instituciones totales se encargan de inocular ese mandato. El torturador está inoculado por la cultura represora".

-¿Qué mirada tiene el torturador respecto de su víctima?

-A contramano de lo que se plantea usualmente, el torturador no cosifica a la víctima. Pienso que si hubiera una cosificación no sería el procedimiento adecuado. El torturador humaniza a su víctima para que su destino sea el sufrir. Si hubiera cosificación no tendría mérito torturar. Hacérselo a una piedra no genera placer. La relación es humana pero bajo el vínculo de mandato de hacer sufrir. Que es tan humano como el de hacer gozar. No creo que sea una deshumanización sino el rostro cruel de la humanidad.

-¿Cualquier ser humano se puede transformar en torturador?

-Cualquier humano sometido a los mandatos crueles de la cultura represora. No todos son permeables. Pero no hablo de cualquiera por cuestiones morales.

-¿Qué genera para el torturador ejercer la tortura?

-El placer del deber cumplido. Porque el torturador está ejerciendo su trabajo. Y la gran mayoría de los torturadores tienen recibo de sueldo, obra social, acceso a la jubilación. Y el torturador, lo que siente, es el placer de torturar bien. El máximo sufrimiento resulta operativo lo mismo que el logro de que el torturado no se muera hasta que él no lo decida.

-Y en el torturado ¿qué genera?

-La vivencia del terror. Es un sistema en el que el dolor desorganiza todo el aparato psíquico. Cuando se logra de manera absoluta, provoca lo que se llama el quebrado. Que terminó teniendo colapsado todo su aparato simbólico justamente por efecto de la tortura. Esto en lo inmediato. Después vienen otra serie de efectos indirectos y en el tiempo.

-¿Es posible abstraerse de esa inoculación del mandato represor dentro de una institución que justamente lo que promueve es ese mandato?

-En términos abstractos, sí. El que no cae, se va. De otro modo, tarde o temprano caés. Porque el que no puede torturar sería algo así como el flojo. Y en ese camino, hay incluso pruebas iniciáticas en las que el torturador es torturado. Y quien no se lo banca, no sirve para torturar.

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