Edición Anterior: 26 de Octubre de 2011
Edición impresa // La Ciudad
La retórica no suple a la política
Por Aleardo F. Laría

Las cifras son apabullantes, pero las bases de la construcción política son menos consistentes. Cristina Fernández ha obtenido un triunfo electoral inobjetable con casi 54% de los votos y a una distancia superior a 36% del segundo competidor. En cualquier lugar del mundo, semejante resultado augura al partido político ganador un largo futuro de tranquilidad electoral. En la Argentina, a la luz de lo acontecido luego de resonantes triunfos electorales de similar envergadura, todo debe relativizarse.

Como hitos históricos se pueden marcar la contundencia del triunfo de Juan Perón en 1951 (62,49%), que a pesar de ese aval terminó con el levantamiento militar de 1955; la fuerza del 61,85% de la fórmula Perón-Perón en 1973 que se llevó puesta el golpe de 1976; la reelección de Carlos Menem en 1995 (49,97%), basada en una situación bastante similar a la actual (gobierno personalista, elevado consumo, "deme dos", etc.) y hasta la llegada al poder de la Alianza (48,37%), proceso que finalizó de la peor manera, arrastrando en el desprestigio a toda la clase política: "que se vayan todos".

Lo evanescente que resultan las victorias electorales y los cambios de dirección abruptos del electorado, son una peculiaridad argentina. En el resto de democracias consolidadas, las formaciones políticas mantienen inalterada una base firme de apoyo y los resultados electorales expresan los cambios de preferencia de los electores independientes -apenas 10%- que son los que, al inclinarse en una dirección u otra, tuercen el resultado de los comicios.

Dos casos extremos, que sirven para mostrar la distancia entre una y otra realidad, son los sistemas bipartidistas de Gran Bretaña y los Estados Unidos, donde las formaciones más importantes tienen 200 años de mantener "encapsulados" a sus respectivos electorados.

La extrema fragilidad de todos los partidos políticos argentinos -incluyendo los que componen el Frente que consiguió la victoria- es un dato incontrastable de la realidad política argentina.

Los partidos vienen sufriendo el efecto de sucesivas olas de desgaste provocadas por la inestabilidad económica, política característica de la Argentina: la dictadura militar entre 1976-1983; la hiperinflación en 1989; la salida de la convertibilidad en 2001; etc.

Como señala Gianfranco Pasquino, las democracias contemporáneas son inconcebibles sin partidos y la calidad de esas democracias depende de los sistemas partidarios, que son los responsables de la selección y circulación de las elites políticas. Por consiguiente, la tarea principal en la Argentina pasa por reconstruir el sistema de partidos políticos. Pero este desafío se posterga cuando se cae en el "concurso de belleza" propiciado por la puja presidencial.

En ocasión de la última convocatoria, los partidos del denominado arco opositor no supieron sustraerse a la desgarradora competencia personalista que instala siempre la elección presidencial en el marco de un sistema presidencialista.

La única excepción ha sido el Frente Amplio Progresista que lidera Hermes Binner que, renunciando de antemano a los resultados circunstanciales, se ha instalado con el proclamado propósito de conformar una sólida fuerza política de centro-izquierda en el largo plazo.

Por su parte, el triunfo del Frente para la Victoria no puede disimular lo endeble de una coalición electoral que engloba a múltiples y conflictivos "espacios": la CGT de Moyano y la voluble burocracia sindical que por el momento lo respalda; el espacio del gobernador Scioli; el de los intendentes del conurbano bonaerense; la coalición de los gobernadores de provincia; las estructuras tradicionales del PJ y la presencia folklórica de una izquierda populista (Carta Abierta, La Cámpora, etc.) sin ningún peso electoral.

Semejante conglomerado reposa sobre las espaldas de una sola persona, que sólo cuenta con el poder de fuego de un arma eficaz de disciplinamiento: el uso arbitrario de los recursos presupuestarios del Estado.

Si alguien cree que esa colorida "suspensión coloidal" se aproxima a un partido político, debe corregir las dioptrías de sus gafas políticas urgentemente. Ese aparato podrá servir para ganar elecciones, pero no permite construir un "bloque histórico" en el sentido gramsciano de la expresión.

De allí que, al carecer de la fuerza de un partido político sólidamente asentado, termine renunciando a llevar a cabo políticas de transformación estructural, que quedan siempre reducidas a batallas de tono retórico o al mero reparto asistencial de fondos públicos.

La construcción de una hegemonía cultural y política auténtica no puede eludir librar la batalla por las ideas y los programas utilizando como herramienta una sólida plataforma partidaria.

La retórica no suple a la política.

Cuando llega el tiempo inevitable en el que hay que afrontar los efectos de las tormentas políticas, la endeblez del andamiaje se pone a prueba. Es el momento en que se percibe que las cifras de los resultados electorales son engañosas y el viento de la crisis se lleva la casa de papel que se confiaba haber construido usando como materiales sólo los votos. DyN




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