Edición Anterior: 9 de Septiembre de 2012
Edición impresa // La Ciudad
Gabriela Arias Uriburu y su lucha de 15 años por ser madre más allá de los abismos
"Cada vez que estuve con mis hijos, fue como entrar al cielo un rato"
Batalló ante el mundo por ser la mamá de Karim, Zahira y Sharif, secuestrados en Guatemala por su padre jordano, en 1997. Sus varias muertes, su lucha incansable, las renuncias y la fuerza de ese amor contadas en primera persona y con desgarradora ternura.
Karina Gastón

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Se acurruca en un pequeño sillón en la sala de lectura del hotel y pide que las fotos sean más tarde. Antes espía por la ventana y elogia la piscina. "Qué lindo lugar", suelta con frescura. Si tiene tiempo dará una vuelta por la muestra de Picasso antes de llegar a la Feria del Libro, su destino en Olavarría. Y ahí nomás esa mujer etérea y de voz dulcísima, capaz de atravesar el infierno, morir una y mil veces y enfrentar al mundo por lo que más ama en la vida se entrega a la charla. Llegó a codearse con abogados, jueces, embajadores y presidentes hasta pisar Oriente Medio tras una lucha incansable por la recuperación de Karim, Zahira y Sharif. Lo hizo dentro de la ley librando batallas propias y ajenas, y hoy siente que su cuerpo fluye, después de pasar por un "campo de concentración". Sabe más de martirios que de disfrute, pero aun así transmite paz. Su tragedia sacudió al mundo y hoy, quince años después, puede hablar sin odios de familia, de vínculos y de tender puentes. Es Gabriela Arias Uriburu, la argentina que se hizo internacional cuando su ex marido secuestró a sus tres hijos en Guatemala y los llevó a Jordania, en 1997. La pelea, legal y espiritual, la ubica hoy como lo que fue siempre: la madre de esos tres hijos a los que ahora espera con los brazos abiertos en la Argentina, más allá de todas las fronteras y cuando ellos elijan venir.

"Después de todo... el amor lo hizo posible" es el nombre del último de sus libros y en sus páginas está la síntesis de esta desgarradora historia. Lo presentó el domingo pasado ante un recinto del Concejo Deliberante, colmado y conmovido. "Mi gran pregunta a la vida es cómo mis hijos van a integrar Oriente y Occidente. Les he dejado varias semillas puestas en su camino", comenta, casi en un susurro.

El camino fue largo, durísimo y tuvo que demostrar que no estaba desequilibrada ni pertenecía a ninguna secta diabólica. Lo hizo legalmente y desde Occidente, interpretando el Corán, descifrando leyes musulmanas y apelando a la diplomacia internacional para poder abrazar a sus hijos siendo mamá. "Durante 15 años me dediqué a hablar con presidentes, a viajar, a atravesar el terrorismo y toda mi oscuridad. Jordania, el mundo, la guerra... hasta renunciar a mis derechos para dejar el marco de la Justicia y estar en un marco mucho más grande en la historia de mis hijos", explica, tomando cierta distancia.

Ya había muerto

Nunca se sintió huérfana de hijos y cada vez que pudo encontrarse con los chicos en Asia el amor quedaba desplegado porque "hice que mi corazón se instalara en ellos". Por eso tiene grabada en su corazón la película "Ser digno de ser" que "empieza en un campo de refugiados en Afganistán, con una madre que pone a su hijo en un camión y lo salva de la miseria. Ese niño habla con su madre a través de la luna y finalmente se encuentra con ella, cuando pasa todo su destino".

En su caso no había lunas pero sí la unión de "alma a alma" y eso la rebelaba ante las psicólogas cuando le advertían que Sharif, el más pequeño, no la iba a reconocer. "Cuando un hijo te mira aparece todo un universo donde no es necesario ni siquiera verbalizar. Las almas peregrinan juntas. De esto nos han hablado muchísimo los niños que han estado en el Holocausto". No estaba equivocada: la primera vez que se vieron, un año después que se los arrebataran, el niñito fue corriendo a sus brazos, le gritó "mamá" y se le sentó a upa ante el asombro de todos.

Antes, durante y después experimentó todas las emociones violentas y negativas hasta "querer matar al padre de mis hijos. Tuve que trabajar con eso y aprender que no era el camino".

"La Madre de Jesús" fue su guía porque no irrumpió frente a lo que estaba asignado para su Hijo. "Lo acompaña en total amorosidad y es mucho más lo que la vida y un hijo van a disponer frente a una maternidad y ahí es donde uno se hace grande en el hijo".

De todas maneras, los riesgos acechaban y eran innegables. "Siempre parecía que alguien tenía que peligrar para que mis hijos estuvieran conmigo y a pesar de que muchos me decían 'yo iría a Jordania y daría la vida si fueran mis hijos', algo que me dolía escuchar, decidí luchar desde Occidente porque total yo ya había muerto".

Momentos y renuncias

Gabriela Arias Uriburu se instaló en Guatemala en 1989, cuando su padre era embajador argentino en ese país. Allí conoció a Imad Shaban, un jordano radicado en esas tierras desde hacía diez años a cargo de empresas familiares. Se casaron en 1991 y tuvieron tres hijos. A los seis años sobrevino la crisis y la separación. Todo fue muy conflictivo y la justicia guatemalteca le concedió la tenencia de los chicos a Gabriela, pero Shaban no reconoció la decisión del juez y se llevó ilegalmente a los chicos a Jordania, lugar donde mantienen la residencia actualmente.

Ahí se desató el infierno y vinieron los reclamos internacionales y Naciones Unidas. Su pedido se convirtió en un leading case por los Derechos de los Niños y en el camino crea la Fundación Niños Unidos por el Mundo para abordar la restitución familiar por y para los chicos.

Sus chicos siempre estuvieron en la disputa, pero descubrió que había miles de casos en el mundo. Por eso hoy le resulta una melodía escuchar que Zahira, con 18 años, diga "mamá realmente estoy siendo feliz", a pesar de que "no se ha animado a venir a la Argentina porque tiene que cruzar toda una cuestión cultural interna, personal, pero que esté ahí detrás del Twitter o el Skype y me diga eso es maravilloso", asume, mientras sus ojos clarísimos se inundan de amor.

En medio de tanto horror, también guarda momentos gloriosos. "Ya nomás al decírtelo se me pone la piel de gallina: cuando entré a esa casa en Jordania, brillando porque mis hijos me tenían que ver así, el vínculo fue inmediato", asegura, recreando la situación más loca y maravillosa de su vida en ese primer encuentro acorralado por guardaespaldas. "Cada vez que estuve ahí, con mis hijos, fue como entrar al cielo un rato. Jugábamos, pintábamos, cantábamos, les cocinaba...", dice con desgarradora ternura.

Logró que la justicia jordana la reconociera en sus derechos de madre en 1999 y cada uno de los viajes, aunque espaciados, eran su redención. Hasta que en 2005 Gabriela decidió dar otro gran salto: dejar de ser la madre de derecho para ser madre de hecho y renunciar a todo el paraguas legal que la protegía. "Lo más grande que tiene la historia es la expresión de amor. Y el año pasado rompí el convenio y le dije a Imad: ´es tiempo de que los chicos vuelen a la Argentina sin esto de los 18 años... Yo los voy a estar esperando´ porque estaba implementando un statu quo y di un salto al vacío". Tuvo mucho miedo, lo reconoce, pero jamás retrocedió.

Tierra emocional

"Hace un año los vi y se me está haciendo un poco largo... Les digo, 'a ver si en sus agendas puedo aparecer?' ", comenta, con la sonrisa intacta sin dejarse abrumar por semejante espera, donde son sus propios hijos los que deciden.

Entonces, vuelve sobre este presente en el que confiesa que "en mi tierra emocional hay pedazos chamuscados y a veces me vienen oleadas del pasado. Sé más de martirio que de disfrute". Como si fuera un barco a remontar, siente que "han sido años donde el cuerpo ha estado en un campo de concentración y todo lleva tiempo, no se resuelve con un refreshing. Hay un estado interior por alcanzar y que amanezca lo que tenga que amanecer".

Y así va, despacito, amasando este momento. "Fueron 15 años en ellos, para ellos, tenía que ser así y fue así" y volvería a transitar cada paso "con creces", pero "la historia es más que uno y uno es más que la historia. La cuestión es cuál es el arte que desplegaste después de la lucha y esto es más importante que lo que hice en la lucha".

Axel es hoy su continente. "Es algo totalmente nuevo, estoy aprendiendo a vivir de nuevo", explica, y empieza a reír con ganas. Es que su compañero no entiende cómo esa mujer que tuvo el coraje de enfrentar al mundo y "negociar" con Oriente por el amor a sus hijos, se rinda ante una sartén. "No se explica cómo quedo desarmada porque se me acaba de quemar una tortilla de papas" y "es genial que ésos sean mis dramas hoy". Integra y en paz, dulce y aplastante a la vez, Gabriela Arias Uriburu, hace un silencio y se permite espiar otra vez por la ventana. Ya está oscureciendo y de repente sus ojos se pierden en la inmensidad de ese cielo que quizá algún día pueda abrigarla con la llegada de Karim, Zahira o Sharif. Y ese será el final de la cosecha.


Entre dos culturas

_NOTA

K.G.

"La espiritualidad no es ser bueno, sino ser, y el ser es tomar ambas fuerzas, buenas y malas. Uno necesita del equilibrio para andar por el camino del medio, eso es espiritual. Hay un montón de trabajo interior para lograrlo y así uno se convierte en una persona creíble", analiza Gabriela Arias Uriburu. Pasó noches violentada, enajenada y alienada hasta que finalmente pudo salirse del infierno. "Sí, es un milagro, pero así lo dispuso el destino", admite. Pero no se siente una elegida. No cree en eso. "Todos somos responsables ante la existencia" y eso implica hacerse cargo sin victimizarse. "Nadie vive lo del otro, cada uno vive lo que la vida pide que vivas porque podes. En momentos tan trágicos no tenés fuerzas y es tan alienante el dolor en el corazón que sentís que estás muriendo. He tenido varias muertes", murmura y se le va nublando la mirada. Cree en algo superior, sagrado, pero elige un lenguaje universal. "Me tocó hablar con multirreligiones, fue un camino maravilloso, yo era muy estructurada. Y para sentarme ante los musulmanes que eran muchos más tuve que ejercitar la integración. La verdad no la tiene nadie. La vida es un gran misterio y tenemos que animarnos a andar en el misterio. Esto no se puede hacer en un esbozo de grito de necesidad. Esto tiene que ser una técnica tuya física, mental, espiritual y de mucho estudio".

Siente orgullo de que esta historia "haya traído algo tan noble para todos nosotros, que es la reconstitución de dos culturas. No es una más que la otra, no es una familia más que la otra", sobre todo "en estos momentos de la humanidad donde lo que se dice espiritual no lo es y lo que se dice amor no lo es. La historia me pedía que yo fuera, no que actuara en un como si".

Así llegó la Fundación Niños Unidos por el Mundo en un gesto de "agradecimiento a todo el pueblo argentino por todo lo que me acompañó, es una forma de hacer una ayuda afectiva y efectiva", y que esto sirva como un despertador pero el camino hacia ese hijo es propio". Mientras sigue con sus talleres de yoga espera con ansiedad la publicación de su nuevo libro "Vínculos", en octubre, para rendir homenaje a la madre vida.


Tres amores

_NOTA


K.G.

Son los tres diferentes, cada uno con su color aunque todos con matices de Oriente y Occidente. "Las confusiones son importantes, llevan a generar masa crítica y a crecer. Quiero ver como va siendo, se los digo siempre", explica Gabriela Arias Uriburu, después de asumir que llegó el tiempo de soltar amarras. Tienen 20, 19 y 16 años y en cuestiones cotidianas se ve reflejada en ellos. "Recién le digo a Axel, mi bolso se está pareciendo al de Zahira, por el desorden", relata feliz de saber que ese lío de peines, labiales, agendas y papeles tienen sintonía directa con su hija que está del otro lado del océano. "También somos muy diferentes. Yo soy más abierta y ella es más para adentro", dice ella que se licenció en comunicación social hace varios años.

Karim "es un gentleman que a toda niña le gustaría tener a su lado. Es el afecto, el cuidado. Tiene prestancia, inteligencia. Baila divino... Mi familia murió con él y tiene la seducción del árabe", advierte, deshecha de amor. Estudia negocios en una universidad entre Suiza e Italia. "Imaginate lo que va a salir de esa mezcla...", añade embelesada.

Zahira es "voluptuosa, llena de vida, tiene una belleza exótica. Desde chica se produce, pero no por seducción sino por glamour. ¡Y los zapatos que usa! Me encanta", cuenta con admiración. Vive en Londres, donde estudia Arte. Ambos extrañaron mucho Jordania y "como madre di lugar a que pusieran en primera instancia lo que los estaba moviendo, que era la casa paterna" antes que optar por un avión hacia la Argentina. Sharif esta con su papá y a diferencia de los hermanos tiene mucho de occidental. "Los árabes te dicen ´¿dónde está la madre de este chico?´. Es un melocotón, cachetudo, para mí aún es un baby", menos avasallante que "los otros dos... él todavía está rompiendo la cáscara". Los conoce, los huele, los siente. Desde siempre, como si jamás hubiera estado ajena a sus días de sumas y restas, de travesuras, de risas y nubarrones. Ahí nomás, desde acá, sin distancias. De alma a alma.

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