Edición Anterior: 9 de Junio de 2013
Edición impresa // Policiales
Las raíces profundas del balazo en la plaza del barrio Luján
El darwinismo social y el juego de la vida y la muerte entre niños y jóvenes
Dos chicas. 14 y 17 años. Una bala calibre 32 cromado. El epílogo de una historia preanunciada. El rol de las instituciones. La vida y la muerte se juegan en un instante. La violencia como pacto social. La metáfora platónica del veneno y el remedio al mismo tiempo.
Claudia Rafael
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Ella es apenas y tan solo la punta de un iceberg. La escena, veloz, tajante, ofrece el epílogo de algo que era la crónica anunciada que esta vez no terminó en muerte pero que podría haberlo hecho. 14 años. Una bala calibre 32 cromado dentro del cuerpo. Y una puja por salir de un universo de marginalidad que succiona y deglute. Hay marcos jurídicos que no hacen otra cosa que ocultar el conflicto social que transita detrás. Que las instituciones suelen obviar hasta que le estallan en la cara y le salpican el rostro de esquirlas. Cómo explica una entera sociedad que haya niños y jóvenes que se juegan la vida y la muerte un miércoles por la noche temprano en una plaza del barrio Luján. Cómo rinde cuentas una sociedad que en la misma semana generó dos causas penales por homicidio en tentativa (una que suma además "tenencia ilegal de arma" y la otra, agravada "por el uso de arma en concurso con portación de arma de guerra") que involucran a chicos y jóvenes. Cómo lo hace cuando a lo largo de la última década debió enterrar poco menos de 40 historias y cuerpos que, si hubiera sido por el puro designio de la biología, tenían muchísimo por vivir pero por designio de la violencia no pudieron.

Hay un entramado oscuro, que no se quiere ver, y que cíclicamente salta a la luz pública por propia prepotencia. Un entramado que se corresponde con aquello que quedó del otro lado. Que se fue solidificando durante décadas enteras y que quedó lejos y ajeno a las políticas del viejo estado de bienestar. Un entramado que no se rompe con la asignación por hijo o con los planes sociales. Porque no se hizo de un día para el otro. Se construyó a lo largo de décadas enteras que aplicaron ferozmente todo tipo de darwinismos.

Endemias

A lo largo de los últimos tiempos se fueron acuñando eufemismos que suelen ubicar en el terreno de lo pasajero aquello que se transformó hace demasiado tiempo en endémico. En situación de calle, en situación de pobreza, en situación de indigencia, en situación de prostitución, en situación de drogadicción. Hay historias que parecen haber embocado un sendero del que resulta demasiado complejo regresar. Y del que, decididamente, no se regresa con planes asistenciales que son necesarios pero que no resultan estructurales para vidas muy golpeadas.

¿Qué tipo de situación de… es la que derivó en el episodio de la plaza de Alvaro Barros y Urquiza?

Indudablemente hay que introducirse en un túnel del tiempo que va mucho más atrás que las mismas historias de vida de las chicas y chicos que protagonizaron o fueron testigos de lo ocurrido en la noche del miércoles.

Y a la hora de buscar las raíces de lo vivido no bastará con analizar las historias de amoríos cruzados, de despechos, de enfrentamientos. Hay que ir un poco más atrás. Ni tampoco, a la hora de analizar las raíces se podrá encontrar una solución, una respuesta, en el Fuero de Responsabilidad Penal Juvenil y, ni siquiera, en el Juzgado de Familia que también está actuando. No es, en definitiva, la Justicia la que tiene la respuesta. Que debe ser buscada en otro lado. En la telaraña social más profunda. En las historias de marginalidad que van por detrás.

Hay infinitos detalles que un fino observador no puede hacer a un lado. Y que remiten a otro tipo de causas ligadas a negocios ilegales florecientes y muy peligrosos. Que crecen y florecen justamente, en grupos humanos vulnerados en sus derechos. Que, en algunos casos, ingresan en esas telarañas de negociados como simples soldaditos/as y que luego, con el correr del tiempo van ascendiendo en las estructuras y teniendo a su cargo sus propios mandaderos/as.

No se puede hablar en una historia como la de la plaza del barrio Luján de víctima y victimaria. Tanto la nena de 14 internada en el Hospital como la de 17, acusada de disparar, están del lado de las víctimas. Los victimarios son otros. No lo son, tampoco, el resto de los protagonistas de la historia. No se es víctima o victimario únicamente por el rol casual que ocupan unos y otros al momento de la tragedia. Hay que bucear en las trayectorias de vida para entender. Saber de madres niñas que crecieron, conocer de miserias que despojan de ternuras tempranamente, ver cómo un entero sistema se los devoraba y los cargaba de odios; descubrir cómo la misma y eterna violencia machacada día tras día sobre el cuerpo, sobre los pulmones, sobre el cerebro va dejando sin salida.

Pharmakon

Violencias que sistemáticamente tienen –por un lado, por otro- algún nexo con ciertas patas del Estado. En ocasiones, porque hay patas del Estado que tienen directa relación en la trama de envenenamiento social que suele conducir a los kioscos desparramados de venta de droga o a los despachos de sexo pago. Pero además, porque el Estado –en su más profunda acepción- tiene una enorme responsabilidad en las macropolíticas de limpieza social. Que no hay que buscarlas en prácticas de expulsión directa (como solían ser los viejos episodios de Eseverri padre, cuando se sacaba del cuadrilátero de las cuatro avenidas a los limpiavidrios o a los pibes que salían a pedir por las calles céntricas).

Se trata de algo mucho menos obsceno y evidente. Es, más bien, un largo proceso de retroalimentación. Que tiene que ver directamente con lo que plantea el jurista italiano Eligio Resta, cuando remitiendo a la metáfora platónica del pharmakon (veneno y remedio al mismo tiempo), habla del vínculo entre Estado, violencia y derecho. Y advierte que "el Estado moderno y su derecho se legitimaron como un remedio contra la violencia pero, a su vez, este remedio permitió perpetuar el veneno. Es decir, permitió mantener la violencia como el verdadero tejido conectivo de la sociedad".

Prólogos

Hay un espejo del que se rehuye la mirada. Que no va a aparecer en los videos institucionales ni se va reivindicar como bandera detrás de la cual encolumnarse. Que tiene que ver con las historias como las de la plaza. Pero que queda al desnudo como las pústulas de una sociedad que muestra sus síntomas sea como fuere.

¿Acaso alguien puede pensar que todo va a quedar resuelto si finalmente la chica de 17 se entrega? ¿Si declara como propusieron dos conocidos abogados que la representan a cambio de que se le dicte la eximición de prisión? ¿Acaso va a quedar solucionada la historia si logran probar que no buscaba herir a la chica de 14 sino que ella se cruzó erróneamente por delante? ¿O incluso, si lograran probar –como afirman los dos abogados- que no fue ella quien disparó?

Esos serán los resultados –a lograr o no- del mundillo de la legalidad penal. Del universo de las chicanas judiciales. O de la astucia a la hora de imponer ciertas pruebas por sobre otras.

Pero no pasa por ahí. No será en esa instancia.

Porque mañana, pasado o la próxima semana, la nena de 14 será dada de alta en el hospital. Y tendrá que seguir viviendo en el afuera. Y la de 17 terminará institucionalizada o logrará zafar de alguna condena.

Las dos, cada una a su manera, son rehenes de una sociedad que les impuso un rol tajante.

La curación de una, la detención o no de la otra, no modifican las violencias cotidianas. No deconstruyen las estructuras de inequidad.

Hay que escribir otro prólogo para la infancia. "Modificar esencialmente el pacto social", dice Alessandro Baratta "para ser más capaces de futuro".

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