Edición Anterior: 9 de Junio de 2013
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Entrevista a Diego Rivada
Reconstruir el pasado para construir el presente y el futuro
Habló sobre su vida, anhelos y logros. Sus padres, desaparecidos durante la dictadura militar, fueron recordados el domingo pasado en Tres Arroyos.
Días atrás, organismos de derechos humanos de Tres Arroyos homenajearon a Carlos Alberto Rivada y María Beatriz Loperena, padres de Diego Rivada, quienes fueron secuestrados y desaparecidos en aquella ciudad durante la dictadura militar. Diego accedió a dialogar con EL POPULAR sobre ese homenaje y su vida, treinta y seis años después.

Durante décadas, la sociedad mantuvo, salvo excepciones, un silencio incómodo, muchas veces por miedo y otras tantas por desconocimiento. El tema de los desaparecidos se transformó entonces en un tabú. De a poco, con sus idas y vueltas, la atrocidad del gobierno de facto y sus colaboradores, y sus consecuencias, se han conocido con -cada vez más- profundidad. Ahora "la justicia se está alcanzando", concluirá el entrevistado.

El diálogo con Diego Rivada se dio en su casa, con gran cantidad de silencios y esperas. Seguramente la ausencia de sus "viejos" (como los nombrará continuamente) le han dejado, mientras viva, un rompecabezas que continuamente toma formas y mensajes.

Ausencia y recuerdo

El pasado domingo, la Filial Tres Arroyos de la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos, Familiares de Desaparecidos y el Nodo Tres Arroyos de la Red x la Identidad, colocaron una baldosa para recodar a Carlos Alberto Rivada y a María Beatriz Loperena, desaparecidos durante la última dictadura militar. Del sencillo acto participaron Diego y su hermana Josefina, además de familiares y allegados.

El joven matrimonio fue secuestrado durante la madrugada del 3 de febrero de 1977 junto con sus dos hijos, Diego -de 3 años- y Josefina -con sólo unos meses de edad-.

Carlos Rivada jugaba al fútbol en Huracán de Tres Arroyos y al básquetbol, destacándose desde siempre como un deportista completo. Se había recibido de ingeniero electrónico y volvía a su ciudad junto con su familia con muchísimos proyectos. Su esposa, María Beatriz Loperena, era profesora en Letras.

Diego ceba mate mientras habla y busca palabras para lo que tiene que decir. "Mis viejos son los únicos dos que fueron secuestrados en la ciudad de Tres Arroyos", cuenta el entrevistado. "La noche que los secuestran nos dejan a mi hermana y a mí en la puerta del Hospital Pirovano sin decirle nada a nadie, y nunca más se supo de ellos. Para la ciudad fue una noticia que conmocionó", prosigue.

"Mis viejos fueron a la Facultad en Bahía Blanca. En esa ciudad militaron en la Juventud Universitaria Peronista, junto con muchos amigos y compañeros. Volvieron a Tres Arroyos con la intención de radicarse, armando la familia, empezando a trabajar. Estaban muy entusiasmados con eso", cuenta.

"Fue toda una sorpresa cuando pasa lo del secuestro. En esa época había mucho miedo y poca información, así que había mil quinientas versiones, eso le hizo mucho mal a la familia... las idas y venidas, gestiones fallidas, versiones, comentarios", detalla.

Su abuelo, Héctor Rivada, acudió a autoridades militares, de la iglesia, y a organismos de derechos humanos como Amnistía Internacional. Incluso le escribió una carta al almirante Emilio Eduardo Massera, que tituló "Con desesperación", donde relata lo que tantísimos padres sufrieron en la dictadura al perder contacto con sus hijos y no tener derecho siquiera a saber el final que tuvieron. Diego cuenta algo que observó hace unos días cuando se descubrió la baldosa en el lugar del secuestro: "La calle donde fueron chupados mis padres es en pleno centro, y sin embargo no hubo testigos de un hecho donde dieron vuelta la casa, se robaron la camioneta de mis viejos, donde nos llevaron a los cuatro y seguramente hubo gritos y mucha desesperación".

"Para la familia fue muy traumático rearmarse después de eso, inclusive a mí como hijo me es difícil empezar a tener las cosas en claro en cuanto a las relaciones, los lazos y los sentimientos, en cuanto a lo que pasó, lo que te dicen y lo que no te dijeron en su momento por miedo a crearte dolor. Ha sido un proceso donde nos hemos rearmado como pudimos", apunta.

"Todo el mundo dice que mi abuelo murió de tristeza a los pocos años", completa a modo de ejemplo de las consecuencias posteriores del hecho.

"Hace unos días, cuando murió Jorge Rafael Videla (uno de los máximos jerarcas del Proceso), una de las reflexiones fue que su familia podía enterrarlo, que había sido condenado por la Justicia y que se había hecho todo lo que se hace en democracia, mientras que los familiares de las víctimas del Proceso en algunos casos aún no saben siquiera el paradero de los desaparecidos", sostiene Diego. "Poder hacer una despedida con la muerte de un ser querido es un derecho que todos deberíamos tener", completa..

Por un instante el silencio es el mejor compañero para reflexionar. Es imposible imaginar qué puede pasar por la mente de alguien que sufrió semejante pérdida.

El año pasado, la Justicia de Bahía Blanca condenó a los integrantes del Grupo de Tareas que los secuestró a ellos y a tantos otros.

"Ninguno aportó algún dato importante. Aún no se sabe a ciencia cierta el modus operandi, ni tampoco hay datos concretos del paradero de muchos", relata, después de haber viajado a Bahía Blanca para dialogar con el fiscal de la causa, Abel Córdoba.

A Diego todo el mundo lo conoce en La Madrid por su trabajo en el Club Deportivo Barracas y por haber sido "periodista", pero también por "ser hijo de desaparecidos". Eso le indicaban a uno cuando era chico y nadie agregaba nada.

La baldosa se colocó en la vereda donde funcionara el comercio Los Mellizos Rivada, que tenía un zaguán que daba a la casa que habitaba la joven familia, en la calle 9 de Julio 30. Se leen los nombres de la pareja y entre paréntesis se menciona que Beatriz estaba embarazada, situación que deja más interrogantes abiertos, al haberse sabido que justo unos días antes del secuestro había mencionado que tenía un atraso. La baldosa fue obra del artista Perico Medina.

"El grupo de reivindicación de derechos humanos de Tres Arroyos comenzó a plantear la posibilidad de recordar a los desaparecidos de la ciudad y empezó con mis viejos", explica.

"Fue un acto emotivo, sencillo y muy duro en lo personal, pero necesario. Vi mucha gente que los conoció de jóvenes y compartió muchas cosas con ellos, y eso siempre me inspira un poco de tristeza y sana envidia", cuenta. Diego estuvo acompañado por su tía, su primo, su pareja y sus hijos, además de su hermana Josefina y todos sus parientes paternos que siempre vivieron en Tres Arroyos.

Construir, siempre construir

Diego Rivada será, seguramente y con el correr de la historia, uno de los máximos referentes de la historia del Club Deportivo Barracas de La Madrid. Junto con otras muchas manos hace ya casi 10 años refundaron el humilde club de barrio de atrás de la vía que hoy tiene lineamientos en deportes, pero también en salud y educación, es totalmente gratuito, atrae la participación de chicos de los cuatro puntos cardinales del pueblo y se define como "el resultado de la solidaridad bien entendida".

Lo cierto es que llegó a la entidad gracias a la sugerencia de Jorge Vitulli, en ese tiempo futbolista de la entidad y ahora director técnico del Depo. "Trabajando en el diario, sin gustarme mucho el fútbol, hacía la cobertura los domingos. Iba a la cancha cuando el futbol lugareño no pasaba su mejor momento... ahí desarrollé un cariño extremo por Barracas, que era el más desdichado de los clubes, a pesar de que deportivamente siempre tuvimos gran rebeldía", repasa ya en primera persona. "En cuanto a infraestructura, uno veía que era el más postergado de la comunidad", compara.

Tuvo un primer paso por la entidad a fines de los 90 y luego retomó en 2004. "De conocer gente que se fue sumando con nuevas ideas se pensó que el Club daba para mucho más, y de esta unión de esfuerzos es lo que hoy es Barracas, un gran proyecto, un club social en el sentido más amplio de la palabra", señala entusiasmándose.

-¿Te imaginaste alguna vez que en 10 años se podía cambiar su realidad?

-Me pasa que soy de enfocarme en lo que todavía nos falta, lo que cuesta terminar. En ese sentido no puedo decir que "se llegó a esto", sino que sabemos cuál es la idea final para proyecto y estamos aún muy lejos de conseguirlo. Incluso uno a veces se pregunta si se va a conseguir mientras uno esté, y por eso se redoblan los esfuerzos todo el tiempo.

-¿En cuánto influye la familia en la cotidianidad?

-Hay que encontrar el equilibrio. Hoy Barracas tiene un centenar de gente trabajando y está todo muy aceitado, muy controlado, para que se haga todo lo que se hace posible, que es muchísimo.

En cuanto a mi familia puedo decir que desde siempre mi hijo -hoy con 12 años- jugó al fútbol y participó de cuanta cosa se hizo, viajes, en la murga, actividades, etc. Victoria, mi reinita -con 10-, juega al fútbol femenino desde hace un par de años.

Siempre vivieron el espíritu de lo que buscamos, de lo que soñamos todos los que formamos la comunidad que mueve al Depo. Yo estoy seguro que ellos intuyen lo que realmente es el Club, la metáfora que representa y lo que defendemos, y saben que por eso es importante para su papá y también para ellos.

El Club da un millón de cosas, desde los amigos, la discusión de ideas, hacer tanto, conocer gente metedora y con cabeza... te hace inmensamente feliz.

-¿Cómo lo ves en 10 años?

-Ojalá que esto que nos quita el sueño ahora que es la infraestructura, esté terminada. Que el Club tenga un buen proyecto integral consolidado -sobre todo educativo, solidario- que logre nuestro objetivo final: un cambio social positivo y concreto.

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