Edición Anterior: 7 de Abril de 2014
Edición impresa // La Ciudad
ENTREVISTA. El hermano Juan contó aspectos religiosos y de la vida diaria en Pablo Acosta
El Monasterio Trapense, un lugar para disfrutar la vida espiritual
Los procesos históricos de las congregaciones, el silencio, los votos y la vocación. Aún en este mundo convulsionado "la gente busca paz, tranquilidad y la vida espiritual" reflexionó el hermano Juan.
En el paraje azuleño de Pablo Acosta, rodeado de un paisaje donde las sierras de Tandilia son más verdes, se levantó el Monasterio Nuestra Señora de los Angeles de la orden trapense. Fue establecido por monjes norteamericanos en 1958 quienes, tras fundar la comunidad, construyeron el edificio siguiendo los modelos tradicionales de la arquitectura cisterciense.

La simplicidad y la belleza es lo que se percibe. En el predio sobresale la iglesia donde en siete horarios diariamente los hermanos se reúnen a orar y celebrar misa. Desde la puerta piden hacer silencio antes de ingresar al inmenso salón donde unos cuantos bancos esperan a los visitantes con perfume a madera. Faltaban pocos minutos para la oración de las 14.15. De a uno llegaron 16 monjes al sector de clausura para entonar los cantos. Algunos superan largamente los 80 años, son los fundadores y los primeros ingresantes. Hay otros más jóvenes. Las voces resuenan en esos muros altísimos y por esos minutos que se extiende la ceremonia los visitantes se sienten elevados, alejados de lo mundano.

El hermano Juan recibió a EL POPULAR y contó algunos aspectos de la orden y de la vida monástica. "Tenemos que estar en el campo y mantener el lugar" contó sobre los deberes que se imponen. Ingresó en la década del 60 y aún se percibe su acento extranjero. En estos 50 años algunas cosas han cambiado pero se mantiene la intención de vivir estrictamente la regla que San Benito escribió y difundió en el siglo VI.

"En la iglesia han podido darse cuenta de la sobriedad, no hay estatuas. No es que no hay devoción a los santos pero es justamente el estilo nuestro, despojado para silenciar la imaginación y evitar la distracción. Entonces es lo más despojado y desnudo posible. La sencillez es una de las características fundamentales tanto en nuestra vida como en la liturgia, la sobriedad de los ornamentos, en cierto sentido la pobreza también".

Volver y volver

Los monjes trapenses son benedictinos. "Hay muchos benedictinos, incluso en el país" aclaró el hermano Juan. Repasó las oleadas de impulso y auge que tuvo la orden: todas terminan con la vuelta a la base después de un relajamiento en el cumplimiento estricto. "Como toda comunidad religiosa el gran peligro es el enriquecimiento. No es que buscan ser ricos, la gente tiene devoción y da propiedades, dinero. Y también se fundan escuelas e instituciones" sostuvo.

Unos 500 años después de que se dictara el reglamento "un grupo de monjes benedictinos de Francia decidió separarse para volver a vivir la regla como está escrita, al pie de la letra. Esa fue la decisión fundamental. Encontraron un lugar muy pobre en Borgoña y fundaron en un pantano. Pudieron vivir de su propio trabajo y no de siervos, obreros, seglares. Lucharon mucho, les costó por 15 años, el duque de Borgoña los ayudó y poco a poco fueron creciendo las vocaciones hasta que entró un tal Bernardo, San Bernardo, con amigos y parientes. Los tiempos habían evolucionado un poco, y eso fue el arranque del Císter -quería decir pantano- lo que dio el nombre de cistercienses". Allí decidieron obedecer directamente el Papa y saltarse los poderes locales. Tuvieron un auge muy fuerte y la orden se difundió en toda Europa. Pasaron los años y con ellos se alejaron de la observancia.

Hacia 1660 hubo una nueva reacción. "Un abad francés con la misma intención de volver a los orígenes, a la regla como estaba escrita. Fue en La Trapa, en Normandía, y evolucionaron bastante, más tranquilos y lentos. Algunos monasterios más se solidarizaron con ellos y formaron un grupo para seguir esa nueva línea que por la espiritualidad de la época era muy penitencial" contó el monje. Dos siglos después fueron reconocidos por el Papa y se dividieron en dos ramas: los Cistercienses de Común Observancia -que mantenían escuelas y parroquias- y los de Estricta Observancia. "Nosotros bajamos de ellos. Vivimos de nuestro trabajo, básicamente manual" dijo el hermano Juan quien entendió que este proceso "es propio de todas las congregaciones".

El último impulso llegó con el Concilio Vaticano II que "pidió a las congregaciones religiosas volver a sus orígenes y a sus reglas. Nosotros también tuvimos que hacer un esfuerzo para volver a releer la regla y vivirla. Es así que los benedictinos que están en la país, como en Los Toldos, o las benedictinas de Santa Escolástica y otros en Tucumán, dejaron actividades. Hemos hecho una revista monástica juntos porque somos primos hermanos ahora. Viven exactamente como nosotros, tienen un enfoque un poco más espiritual, y nosotros un poco más material. Pero tratamos de vivir como está escrito".

El silencio

"El silencio es fundamental porque favorece la contemplación. Es decir, el que hace silencio exterior trata de hacer silencio interior. Eso es muy importante para reducir la distracción. Y no es fácil. Además se evitan muchas cosas que no son tan edificantes" resumió el monje. Recordó que originalmente en La Trapa se hacía silencio total, "no se podía hablar y se hablaba por señas. La palabra era prohibida, menos en el oficio divino donde se canta. Hoy eso no existe. El silencio está en función de la caridad fraterna".

Así el monasterio tiene espacios donde no está permitido hablar y "locutorios". En el sistema actual "se habla lo menos posible y lo funcional, cuando es necesario".

El hermano Juan contó "cuando entré acá era 1964, no habíamos tenido todavía el Concilio. Estábamos en la construcción del techo y tuve que pedir al Padre Maestro poder hablar. Porque cuando uno camina sobre el techo con una viga en las dos manos hacer señas es difícil" dijo entre risas.

Hizo hincapié en que no existe el voto de silencio; los votos son de pobreza, virginidad y obediencia, más un voto propio de "estabilidad" propio de la regla de San Benito que indica que quien decide ingresar a un monasterio a desarrollar su profesión de fe no se irá a otro, a menos que sea su voluntad. También se aclaró que cada comunidad elige a su superior.

"Escasez de vocación"

Ingresar a la vida monástica "es una vocación. Viene de evocar, llamar, es un llamado de Dios. No se decide de un día al otro o por voluntad propia". Ejemplificó con su caso: hizo una visita al lugar y habló con el encargado de la vocación. "Los dos hicimos discernimiento. Me dijo ‘vení cuando puedas a pasar unos días para ver cuál es nuestra vida’, que pueda conocer más y a la comunidad y que ellos me conozcan. El proceso es gradual y lento".

Con los acuerdos de las partes, el ingreso es como aspirante. Actualmente hay un joven aspirante, que es de Laprida. Hay límites según la edad y si el interesado está estudiando una carrera.

Las vocaciones por este tipo de vida no son comunes en ningún lugar del mundo. "En Europa es peor. Los monasterios se despueblan por vejez" sostuvo. Y repasó casos en Francia e Italia, donde tuvieron que recurrir a situaciones especiales para sostener los monasterios. "Hay escasez de vocación en Europa. Acá también, no brilla nada. Están nuestras hermanas en Hinojo quienes hace más de un año que no reciben ninguna vocación".

Al mismo tiempo, otra situación se desarrolla: la hospedería que se habilitó en la década del 90 con 15 plazas tiene su capacidad agotada para este año desde la Pascua de 2013. Las reservas se hacen con más de un año de anterioridad. Llegan visitantes de distintos puntos del país, muchos de otras creencias y religiones para practicar unos "días de retiro" alejados del ruido y la rutina. "La gente busca paz, tranquilidad y la vida espiritual" reflexionó el hermano Juan.

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