Edición Anterior: 7 de Abril de 2014
Edición impresa // La Ciudad
Se realiza en homenaje a la Difunta Correa
La cabalgata de la fe reunió unos 4.000 gauchos en la provincia de San Juan
Además del espíritu gaucho, los jinetes muestran su veneración por la Difunta Correa, cuya figura ha llegado a convertirse en un auténtico emblema espiritual en la provincia de San Juan.
Unos 4.000 gauchos de distintas partes del país participaron de la tradicional cabalgata en homenaje a la Difunta Correa que anualmente se realiza en la provincia de San Juan, demostrar el espíritu gaucho y la veneración por el emblema espiritual provincial.

Por primera vez desde que inició su gestión, el gobernador José Luis Gioja no encabeza la travesía luego de que el 11 de octubre sufrió el accidente al caerse el helicóptero en el que se trasladaba, lo que le originó graves heridas.

La columna de jinetes partió a mediodía del viernes último de la ciudad de San Juan con el vicegobernador Sergio Uñac, el intendente capitalino Marcelo Lima, y juez de la Corte Adolfo Caballero, con destino a Caucete, a 30 kilómetros al este de la capital. Después de hacer noche y de celebrar hasta muy entrada la madrugada, los jinetes partieron rumbo a Vallecito a las 7 de la mañana.

Tras las horas de cabalgata, fueron recibidos en el lugar con un gigantesco asado y con espectáculos musicales, a cargo del grupo Por Siempre Tucu, El Chango Huaqueño, Los Compadres, Javier Acuña, Comicanto y Tres para Cuyo.

Para la ocasión llegaron agrupaciones gauchas de Salta, La Pampa, Neuquén, Río Negro, Santa Fé, Tucumán Mendoza, San Luis, Catamarca y Córdoba, así como una delegación proveniente de Chile.

La leyenda de la Difunta Correa relata la historia de una madre que de la muerte, sigue dando vida a su hijo. Existen varias versiones de esa leyenda, según las cuales Deolinda Correa (o Dalinda Antonia Correa, según el nombre con el cual aparece mencionada en el relato más antiguo), fue una mujer cuyo marido, Clemente Bustos, había sido reclutado forzosamente hacia 1840, durante las guerras civiles entre unitarios y federales. A su paso por la aldea de Tama, provincia de La Rioja -donde vivía la familia- la soldadesca montonera que viajaba rumbo a San Juan obligó al marido de Deolinda, contra su voluntad, a unirse a las montoneras. Esto hizo que Deolinda, angustiada por su marido y a la vez huyendo de los acosos del comisario del pueblo, decidiera ir tras él.

Deseosa de reunirse con su esposo en San Juan, tomó a su hijo lactante y siguió las huellas de la tropa por los desiertos de la provincia de San Juan llevando consigo sólo algunas provisiones de pan, charque y dos chifles de agua. Cuando se le terminó el agua de los chifles, Deolinda estrechó a su pequeño hijo junto a su pecho y se cobijó debajo de la sombra de un algarrobo. Allí murió a causa de la sed, el hambre y el agotamiento. Sin embargo, cuando los arrieros riojanos Tomás Nicolás Romero, Rosauro Ávila y Jesús Nicolás Orihuela, pasaron por el lugar al día siguiente y encontraron el cadáver de Deolinda, su hijito seguía vivo amamantándose de sus pechos, de los cuales aún fluía leche. Los arrieros, que conocían a Deolinda puesto que eran vecinos de Malazán, donde ella era muy querida por sus virtudes y buenas acciones, la enterraron en el paraje conocido hoy como Vallecito y se llevaron consigo al niño hacia La Rioja. En la primera jornada de camino, el niñito empezó a enfermarse y falleció. Los arrieros regresaron a Vallecito y lo enterraron junto a su madre.

Otras versiones difieren acerca de la suerte que habría corrido el hijo de la Difunta. Según una interpretación, habría sido criado por una familia del lugar y habría fallecido de viejo. Según otra, "no se supo de la suerte corrida por el pequeñuelo". También existen diferencias acerca del marido de Deolinda: algunas versiones indican que lo mataron las montoneras, otras, que regresó después de ocho o diez años al que fuera su hogar.

Al conocerse la historia, muchos paisanos de la zona comenzaron a peregrinar a su tumba, construyéndose con el tiempo un oratorio que paulatinamente se convirtió en un santuario. La primera capilla de adobe en el lugar fue construida por un tal Zeballos, arriero que en viaje a Chile sufrió la dispersión de su ganado. Tras encomendarse a Correa, pudo reunir de nuevo a todos los animales.

Hoy en día mucha gente deja botellas con agua en el santuario, pensando que "la difunta toma esa agua". Anualmente, también, se realiza esta Cabalgata de la fe.

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