Edición Anterior: 13 de Julio de 2014
Edición impresa // La Ciudad
Los nacionalismos, los símbolos de la justicia y la dureza del ejército alemán
La masacre de Gaza, la fiesta que no para y el rol de víctimas y victimarios
Mientras el Maracaná detendrá hoy los corazones de millones, los palestinos siguen siendo víctimas de la masacre. Esta tarde no habrá simbologías, como sí las hubo en el partido contra Inglaterra en México 86. El Estado israelí, el pueblo palestino y los judíos como víctimas del nazismo y de la dictadura argentina.
Claudia Rafael

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Uno de los grandes amores de los chicos palestinos sigue siendo el fútbol.

Los ojos de gran parte del mundo están hoy puestos en el Maracaná. La Argentina se enfrentará en unas horas a Alemania y los nacionalismos resurgen por un rato en euforias que muestran a perros con pañuelos celeste y blanco, a niños con los rostros pintados, a banderas que unifican por unas horas y -como dice Serrat- "comparten su pan, su mujer y su gabán, gentes de cien mil raleas". Las pasiones hunden en la desmemoria y, lejos del territorio hondo de la inequidad compartida, los hinchas brasileños se visten de negro y rojo mientras los argentinos (incluyendo a los granaderos) les piden que cuenten qué se siente "tener en casa a tu papá". Lejos, a miles de kilómetros y más allá de los océanos, la masacre crece y devora. Pero no es tiempo de mirar. Porque el show debe continuar y genocidios hubo siempre y habrá. Y los pibes palestinos, tan fanáticos del fútbol (tanto que en enero escribieron a Ban Ki-Moon, secretario general de la ONU, para que los ayudara a recuperar la pelota que se les había escapado más allá de la valla que tajea territorios), saben que del cielo sólo llueve muerte. Saben que en menos de una semana hubo (hasta ayer, al menos) 120 muertos, de los cuales unos 30 eran chicos como ellos. Y que el 70 por ciento de los más de 900 heridos también lo eran.

Pero el show debe continuar. Aunque empuje a las antípodas de lo que alguna vez se fue y las víctimas se transformen en victimarios. Y el mismo pueblo hebreo que más de 70 años atrás era oprimido por el gigante alemán hoy se transforma en el victimario sistémico del pueblo palestino. Como Mariam, que tiene 9 años y está internada con severos daños cerebrales. "Nuestra niña estaba jugando en el jardín cuando sucedió. Los israelíes bombardearon una casa en la calle: la explosión atravesó nuestra casa. Entonces vi a mi hija tirada en medio de un charco de sangre. Fue herida gravemente en la cabeza, de manera que tememos lo peor". (Página12, testimonio de los padres de la nena palestina). O dos nenes de 5 años. Uno perdió a sus padres cuando los misiles impactaron en la casa en que vivían y el otro, a su padre y a su hermana. "Nuraddin está inconsciente. Kinan sabe de su padre y su hermana -pregunta por ellos-, pero no dice nada sobre el ataque. No sé qué efecto tendrá sobre ellos cuando sean mayores. ¿Van a odiar a los israelíes y querrán venganza o van a mantenerlo alejado de sus mentes y olvidarse?", contaron los tíos.

Ni Mariam, ni Nuraddin y tampoco Kinan saben quién fue Marcelo Weisz, por ejemplo. El padre de Juan, el hacedor de Librería Insurgente, en Olavarría, tenía 25 años en febrero de 1978 cuando fue secuestrado junto a Susana González, su esposa, en una calle de Buenos Aires. Y la vida, con esa extraña circularidad, lo vio doblemente víctima del Estado terrorista: por peronista y por judío. El testimonio de sobrevivientes permitieron conocer el particular ensañamiento del Turco Julián con Marcelo por ser judío.

Pero no sólo fue así para Marcelo Weisz. "Sobrevivientes del Centro Clandestino de Detención Automotores Orletti, testimonian lo ostensible que era el antisemitismo. Hasta recuerdan que en el lugar había un cuarto con un cuadro de Hitler colgado en la pared", cuenta el rabino y periodista Daniel Goldman en "Ser judíos en los 70". Quien relata también que "la ideología antisemita, una constante entre los miembros de las Fuerzas Armadas argentinas de la época, encontró su máxima vía de expresión entre los oficiales y suboficiales a cargo de las torturas en los centros clandestinos de detención". El juez federal Daniel Rafecas escribió que "un cautivo en un CCD de condición judía tenía menos chances de supervivencia, ya sea porque dicha especial brutalidad lo conducía a un cuadro de deterioro psicofísico del cual no podía recuperarse, o bien porque frente a ese salvaje castigo que le había sido impuesto, los autores debían asegurarse la impunidad; o bien a raíz del hecho de que ser judíos, debido al odio racial -o a veces religioso- imperante en estos ámbitos del terror, lo colocaba en una situación de mayor proclividad al traslado, eufemismo empleado por los represores argentinos para significar el asesinato".

En estos días, el Estado israelí eleva a su máxima expresión el concepto de la crueldad. Como antes, tantas veces a lo largo de las historias cíclicas y recurrentes, encontraron como víctima a su pueblo.

Pero hoy eso no importa. A las cinco de la tarde se detendrán los bombardeos y se escucharán con el estallido de bombas de estruendo los festejos que buscarán hacer el aguante. Porque los ojos del mundo entero estarán puestos en el Maracaná. Y no habrá muertes en Gaza que se interpongan.

A las cinco, la crueldad ya no tendrá razón de ser, quedará anclada en un pequeño pañuelo territorial a miles de kilómetros de distancia. Y tampoco habrá simbología en el Maracaná. Como sí la hubo 28 años atrás. Aquella en la que -escribió el gran Galeano- "Maradona vengó con dos goles de zurda al orgullo patrio malherido en las Malvinas: hizo uno con la mano izquierda, que él llamó mano de Dios, y el otro con la pierna izquierda, después de haber tumbado por los suelos a la defensa inglesa".

Pero no siempre hay simbologías. Hoy la hubiera habido -lástima que Estados Unidos se haya aficionado tercamente al béisbol- si el contrincante en el Maracaná hubiera sido el país del norte. "Yo elijo Argentina. Patria o buitres", hubieran dicho las banderas. Y el hashtag (etiqueta) en las redes hubiera sido #yoelijoargentina en una batalla antiimperialista que se hubiera englobado con la figura de MAS CHE con que se ensalzó a Mascherano de boina negra con estrella y rostro barbado.

Claro que las simbologías se presentan en ocasiones. Y en otras, en cambio, no hay quien las recoja. ¿Acaso alguien pensó el 21 de junio en los 85 muertos y los 300 heridos del atentado a la AMIA cuando la Argentina se enfrentó con Irán? ¿Alguien sintió en las entrañas y pensó que el corazón se detenía con el golazo de Lio Messi a los 91 minutos, pero no porque la Argentina clasificaba a octavos sino por esa sed irresuelta de justicia por tanta muerte 20 años atrás? Indudablemente las simbologías también se eligen.

Esta tarde la ansiedad atravesará la médula de los argentinos. En el barrio El Progreso de Olavarría, en Puerto Madero, en la villa 1-11-14, en Purmamarca y en cada pequeña islita del mundo donde haya un par de argentinos diseminados. Sufriendo ante el ejército alemán capitaneado por el defensor Philipp Lahm. Con Angela Merkel vivando por la supremacía de los germanos, ésa que ya somete a sus vecinos europeos ("Si tenemos la responsabilidad de ayudarlos económicamente, también tenemos el poder de decidir cómo gastan su dinero"), y sin que nadie, ni por un solo instante, piense en canjear la fiesta para salvar a Palestina de la muerte.

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