Edición Anterior: 21 de Noviembre de 2014
Edición impresa // La Ciudad
La alegría como forma de venganza
Nietos recuperados con estudiantes en un taller organizado por Suteba. Victoria Montenegro e Ignacio Guido Montoya Carlotto en la ex Escuela Industrial.
Daniel Puertas

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"Era un monstruo, no puedo dejar de reconocerlo. Pero no puedo dejar de quererlo".

Con apenas un par de frases Victoria Montenegro definió sin dramatismo la profundidad de la tragedia de su historia personal y de cómo el atrevimiento de mirar la verdad de frente sumado al ejercicio saludable de la memoria puede mutar en una alegría incomprensible para todo aquel que no sepa que las alegrías más lozanas suelen ser aquellas que han sido bien regadas con lágrimas.

A Victoria Montenegro, una de las primeras nietas recuperadas, la escuchaban unas decenas de estudiantes secundarios que presenciaron audiencias del juicio por los delitos de lesa humanidad cometidos en Olavarría durante la última dictadura militar, integrantes del Sindicato Unico de Trabajadores de la Educación (Suteba), militantes de derechos humanos y sus compañeros de panel: Ignacio Guido Montoya Carlotto, el músico olavarriense que descubrió pocos meses atrás que era hijo de desaparecidos y nieto de Estela Barnes de Carlotto, y Paulino Guarido, dirigente de Suteba La Matanza y sobreviviente de uno de los campos de concentración más grandes y siniestro del país, El Vesubio.

Fue en la tarde de ayer en la ex Escuela Industrial en el marco del taller de confección de flores que era la última actividad organizada por la filial local del Suteba en el marco de su campaña para conseguir 30 mil flores de papel, una por cada uno de los desaparecidos según la cifra emblemática que intenta medir la magnitud de la ferocidad de la represión.

Durante el encuentro se realizó el panel donde Victoria, Ignacio Guido y Paulino hablaron sobre su experiencia de vida en no demasiadas palabras, pero cargadas todas de una carga emocional que mantenía a representantes de una generación con los oídos atentos y los ojos fijos en los tres disertantes.

Hilda Victoria Montenegro nació en enero de 1976 y pocos días después sus padres, Hilda Ramona Torres y Roque Orlando Montenegro, fueron secuestrados. A la beba también se la llevaron los represores.

El jefe de inteligencia de El Vesubio era el coronel Hernán Antonio Tetzlaff, quien decidió quedarse con la niña como botín de guerra. La inscribió ilegalmente como hija suya y de su esposa, ficción que se mantuvo durante 24 años, hasta que se estableció finalmente, en el marco de una causa iniciada por Abuelas de Plaza de Mayo, la verdadera identidad de quien hasta entonces había sido María Sol Tetzlaff y que creyó cuando era niña que si mantenía los ojos abiertos debajo del agua en una pileta sus ojos podían tornarse del mismo color verde que los de su padre y a la que una compañerita de escuela le preguntó cómo podía ser ella así de morocha cuando su padre era rubio y de ojos claros.

Esa fue una de las anécdotas que Victoria les contó a los estudiantes secundarios olavarrienses.

"No somos masoquistas ni queremos vivir en el pasado", dijo Victoria y aclaró que el ejercicio de la memoria que se propone es para que lo que les pasó a ellos y las otras víctimas de la dictadura "No le tenga que pasar nunca más a nadie".

Paulino Guarido, con voz y gestos del maestro que es, explicó didácticamente a los adolescentes la significación histórica de los juicios de lesa humanidad que se están celebrando en distintos puntos del país, como el que se lleva adelante en Olavarría y del cual algunos de los estudiantes presenciaron parte.

Y del legítimo orgullo que eso debe generar en todos los argentinos, ya que constituye un hecho histórico, no sólo para el país sino para toda la humanidad, porque no tienen precedentes.

En otro momento reiteró una frase que en apariencia encierra una contradicción flagrante: "la venganza es la alegría", para definir qué se le debe oponer a la sombra ominosa de los secuestradores, asesinos y violadores que fueron entre 1976 y 1983 dueños de vidas y muertes en la Argentina.

Para la historia verdad, para las tragedias memoria y para los crímenes justicia. Y como herramienta de venganza, solamente la alegría. No es una mala manera de exorcizar tantos demonios terribles como los que asolaron la Argentina en la generación anterior a la que pertenecían los adolescentes que escuchaban esas historias remotas pero al mismo tiempo demasiado cercanas.

Ignacio Guido Montoya Carlotto, el olavarriense cuya vida dio un salto tan inesperado como abrupto en agosto de este año, el músico reconocido por sus pares pero desconocido para el país y que hoy se prepara para el concierto del 29 en Paraná con la Orquesta Sinfónica de Entre Ríos y un par de presentaciones más en la Capital, fue conciso, tuvo rasgos de su humor habitual y les recordó a los adolescentes que su responsabilidad es contribuir a evitar que una tragedia como la que desató la dictadura militar se vuelva a repetir en la Argentina.

Antes había advertido que su historia personal distaba de ser lo terrible que se traslució en el relato de Victoria, que él, en suma, había sido criado de forma quizá no demasiado diferente de cómo lo hubieran hecho sus verdaderos padres.

Y que tampoco sus padres adoptivos habían sido los asesinos de sus padres biológicos.

Como se planteó en el encuentro, no hay un manual para nietos recuperados. Cada uno tiene su historia particular, recordó Ignacio Guido.

Dos nietos recuperados con historias disímiles, un sobreviviente de un campo de concentración, padre de un hijo que nació en la cárcel de Devoto que recordaba cómo había que cambiar los nombres de los cuentos infantiles que se leían a los escolares para que no se supieran que estaban prohibidos por la dictadura, como "Un elefante ocupa mucho espacio", de Elsa Bornemann.

Flores de papel sobre mesas armadas con tablones y caballetes, familiares de desaparecidos, militantes gremiales docentes.

Todo terminó con un juego colectivo.

Si los represores que hoy pasean sus carcasas decrépitas ante tribunales severos hubieran podido verlo quizá se sintieran molestos. Ex subversivos, hijos de subversivos, simpatizantes de subversivos, revindicando la vida con flores de papel, construyendo un espacio de felicidad quizá mínima, pero felicidad al fin en una patria a la que ellos quisieron hacer diferente.

Seguramente se hubieran sentido muy mal.

Y sí, la alegría puede ser una buena venganza. Y la poesía, como la que escribe el hijo de Paulino Guarido, también.

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