Edición Anterior: 25 de Enero de 2015
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Hoy se cumplen 5 años del crimen de Marcos Alonso y 18 años del asesinato de José Luis Cabezas
Crímenes y "suicidios" que esconden grandes operaciones de inteligencia
La muerte de Alberto Nisman reabre, una vez más, el debate sobre el periodismo, las operaciones de Inteligencia y las pujas políticas. Hoy se cumplen 5 años del crimen de Alonso y 18 años del de José Luis Cabezas. Las movidas detrás de ciertos asesinatos de la historia y de emblemáticos "suicidios".
Claudia Rafael

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Ciertos crímenes que -con mayores o menores desvíos- conducen a estructuras institucionales suelen tener destinos bastante ciertos: "suicidios", chivos expiatorios, impunidad. Extrañas muertes que suelen dar estocadas peligrosas al poder y que obligan a repensar los vínculos entre los manejos mediáticos maniqueos, las operaciones políticas y el trabajo subterráneo de figuras que trascienden los tiempos y subsisten en un terco ostracismo. Y que luego derivan muchas veces en fábulas nacidas justamente en la ausencia de Justicia.

Hoy se cumplen 18 años de uno de los crímenes más feroces desde la recuperación de la democracia en 1983: José Luis Cabezas, reportero gráfico, era asesinado por haber expuesto la imagen de un hombre que -por sí mismo- sintetizaba la figura de la corrupción estructural. El mismo que había dicho que "sacarme una foto a mí es como pegarme un tiro en la frente" y quien alguna vez, ante la pregunta ¿qué es el poder? respondió con una sola palabra: "impunidad". Era Alfredo Yabrán. En un perfecto asesinato por encargo, se conjugaban en la misma estructura criminal sicarios del empresario ensamblados con distintos referentes de estructuras institucionales. El ¿suicidio? de Yabrán un año después ingresó en la categoría del mito. Mientras una parte de la sociedad cree que realmente aquel 20 de mayo de 1998 el empresario se suicidó destrozándose la cabeza con una escopeta en el baño de una de sus estancias (los baños suele ser un lugar dilecto para ciertas muertes), para un elevado porcentaje fue un montaje. A tal punto que ingresó en el mundo de la ficción a través de canciones emblemáticas ("Encontraron al muñeco de Yabrán con un tiro en la cabeza", en La argentinidad al palo) o en telenovelas como "Vidas robadas", que ficcionaba la historia de Marita Verón. Allí el empresario mafioso Astor Monserrat se volaba la cabeza y luego se descubría que el cuerpo había sido el de uno de sus múltiples servidores a cambio de beneficios económicos para su familia. Similar trasfondo al de la microhistoria de Oscar Martínez en "Relatos salvajes", en la que se pagaba a un jardinero para ir a la cárcel por una muerte en la que el culpable era el hijo del empresario.

De todos modos, en trenes comparativos, los tiempos de la muerte de Cabezas -a diferencia de los que corren por estos días tras la muerte de Nisman- ubican al periodismo en un sitial completamente distinto. En aquellos finales de los 90 la prensa gozaba de la mayor credibilidad. La sociedad depositaba en el periodismo el lugar de fiscal ante las múltiples corrupciones estructurales.

Tal como refleja el periodista Santiago O’Donnell -autor de los libros "Argenleaks" y "Politileaks"- uno de los íconos del sector, como Jorge Lanata, "se la pasó denunciando, muchas veces en soledad, que la causa AMIA era una truchada y que Nisman era un trucho" hasta que, cooptado por el grupo Clarín, "decidió que la denuncia de Nisman era tan seria que ameritaba dejar en suspenso todo lo anterior". Y Horacio Verbitsky, "el mejor periodista de investigación del país", según O’Donnell recién volvió a arremeter (como lo había hecho años atrás) contra el fiscal Alberto Nisman y su informante de lujo, Jaime Stiusso, en los últimos tiempos. A diferencia del periodismo de la época del crimen de Cabezas, O’Donnell define este presente diciendo que "entramos en la era del posperiodismo. Los medios se han convertido en extremos de corporaciones y los periodistas giramos alrededor de ellas como satélites, algunos más cerca del eje, otros buscando más distancia, como intentando resistir ese centro de gravedad que se representa en el metamensaje de la corporación".

Causa Alonso II

Hay estructuras de poder que logran -por detrás de ciertos crímenes- mantenerse incólumes. Cuando hoy se cumplan cinco años del homicidio del abogado penalista Marcos Alonso, hallado con un dólar en la boca, los únicos que seguirán purgando pena por esa muerte serán Roberto Castilla y Juan Ramón Ibáñez. La otra causa, aquella que debía zambullirse de lleno en las estructuras que habrían habilitado y pergeñado el crimen, jamás avanzó.

A tres años y medio del fallo condenatorio en primera instancia y a casi dos de que quedara confirmado en Casación, todo está en el mismo punto. A pesar o quizás justamente porque se podían exponer las connivencias y complicidades de integrantes de estructuras con nexos institucionales de mucho peso. Y, en definitiva, su esclarecimiento real podría haber dejado al desnudo negocios de profunda oscuridad que a demasiados no les convendría que se develasen. Todo en una causa en la que, inclusive, se destituyó a un juez que, sin embargo, aún hoy no ha sido juzgado y menos condenado penalmente pero al que, en esa suerte de operaciones de maquillaje mani pulite, era imprescindible soltarle la mano.

Hay historias, desde la recuperación de la democracia hasta hoy, que dejan claramente a la luz ciertos suicidios clave que no fueron. El primero de todos fue el de Rodolfo Echegoyen, director de la Aduana en 1990 quien habría recibido un golpe de karate sobre su frente antes de morir de un balazo en la cabeza. Investigaba contrabandos, narcotráfico y lavado de dinero en un depósito que -¡oh casualidad!- pertenecía a Alfredo Yabrán.

Si el de Echegoyen está entre los primeros, el más emblemático es seguramente el de Lourdes Di Natale. Fue durante cuatro años (entre 1991 y 1995) la secretaria privada de Emir Yoma, cuñado de Carlos Saúl Menem. Le manejó la agenda durante los vientos privatizadores en el país y durante la venta de armas a Croacia y Ecuador. Y en octubre de 1998, después de su despido, denunció abiertamente los negocios ilegales y las complicidades del poder en entramados de corrupción en los que involucró a Menem, Yoma y a varios funcionarios del Poder Ejecutivo. El 1 de marzo de 2003, justo antes de declarar ante la Justicia, apareció muerta en el patio interno del edificio de Barrio Norte en el que vivía. Tres años después se demostró, a través de reconstrucciones, que era imposible caer en el lugar en que cayó si no era empujada por otra persona. Pero igual la causa -en manos de Fabiana Palmaghini, la misma jueza que interviene en el caso Nisman- quedó caratulada como "suicidio".

Las operaciones de servicios de inteligencia suelen tener tal grado de perfección que difícilmente alguna vez se sepa qué ocurrió realmente con Alberto Nisman. Y, en caso de que se sepa, el conjunto de la sociedad jamás creerá lo que se escuche. Hay personajes que trascienden gobiernos: léase Jaime Stiusso, por ejemplo. Y hay movimientos políticos e institucionales que permanecerán eternamente tras los muros del silencio. Nadie se rasgó demasiado las vestiduras cuando saltó a la luz que un personaje llamado Américo Balbuena estuvo infiltrado en una agencia periodística alternativa durante años o ante la operación de servicios desde Gendarmería ante las protestas de los trabajadores de la autopartista Lear (léase, cuando el comandante de Gendarmería Juan Alberto López Torales se arrojó sobre el auto de un manifestante simulando que lo atropellaban).

Siempre, más allá de las medidas de transparentar, de hacer públicos ciertos archivos, quedan esas "zonas grises de la política" de las que habla el sociólogo Javier Auyero. Con interrogantes que no ofrecen ni ofrecerán jamás una respuesta real y profunda. Y con certezas que, cada tanto, requieren de algún "suicidio" para la protección y el cuidado de las estrategias de control.

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