Edición Anterior: 25 de Mayo de 2015
Edición impresa // La Ciudad
Entrevista al médico Medardo Avila Vázquez
Un vaso de glifosato
La contaminación por la descontrolada aplicación de agrotóxicos está transformando a los pueblos del interior en lugares de riesgo. Un modelo de producción que exige cambios de fondo.
Damián Roder

Hace rato que el campo dejó de ser el sitio bucólico y apacible que revalidaba sus virtudes frente al caos y los peligros de las grandes ciudades. Entre otras razones, porque el avance de los cultivos transgénicos y su arsenal de agroquímicos están contaminando el ambiente afectando gravemente la salud de los pobladores de zonas rurales y pueblos del interior, donde los niveles de malformaciones, abortos espontáneos, cánceres y otras enfermedades graves triplican la media del país. Esos fueron los resultados dados a conocer recientemente tras un estudio realizado en octubre del año pasado por profesionales de universidades en la pequeña localidad cordobesa de Monte Maíz, de 8 mil habitantes y ubicada a 300 kilómetros de la capital provincial.

En paralelo a la profundización del modelo del agronegocio, que empezó a instalarse en el país con la introducción de los transgénicos a mediados de los '90, "comenzó a cambiar la forma de morir de la gente", según afirman los pocos especialistas que se animan a investigar la cuestión, rodeados como están de presiones y amenazas por parte de intereses vinculados a la poderosa industria agropecuaria.

"A nosotros nos llama la atención cómo los médicos viejos que atienden a esas poblaciones desde hace muchos años te cuentaporque conocen a toda la familia, que antes no tenían las enfermedades graves que tienen ahora. La cantidad de cánceres que se ve es espantosa", afirma a Plan Verde el médico pediatra cordobés e integrante de la Red de Médicos de Pueblos Fumigados, Medardo Ávila Vázquez, uno de los profesionales que encabezó el estudio en Monte Maíz.

-¿Qué tipo de cánceres son los más comunes por la afectación de agroquímicos?

En general todos han aumentado. Lo que nos llama la atención es como aumentan los cánceres respiratorios, de pulmón, y esto porque la vía de contaminación por agrotóxicos es principalmente aérea. También otros cánceres están más aumentados como los de mamas, los digestivos, gástricos, de páncreas y casos de leucemia. Las investigaciones demuestran que los habitantes de los pueblos enclavados en zonas netamente agrícolas son los más expuestos. Es que los pueblos se han convertido en los centros de fumigación de todas las áreas de influencia rural. Es decir, no solo se fumiga en la periferia de los pueblos sino que, dentro de ellos, se han ido instalando los productores que antes vivían en la zona rural y se han llevado toda su maquinaria e insumos.

En Monte Maíz, encontramos 22 depósitos de agroquímicos. Hay una concentración de agroquímicos muy alta, al lado de tu casa, en el patio de atrás, en los corazones de manzanas. Hay que dejar de fumigar pero también hay que sacar todos estos depósitos del pueblo porque, con lmentira de que estos productos son inocuos, te los ponen al lado del jardín de infantes.

-La Organización Mundial de la Salud acaba de calificar al glifosato, el herbicida más usado en el mundo, como "probablemente cancerígeno" reconociendo así todas las investigaciones independientes que lo venían advirtiendo. ¿Qué impacto tiene esta declaración?

Fue un gran alivio que la OMS por fin reconozca lo que los médicos venimos viendo: que las poblaciones expuestas al glifosato se vienen enfermando de una manera diferente. Es un gran alivio, un gran respaldo. Argentina, a nivel mundial, es uno de los lugares donde hay más gente expuesta al glifosato porque en nuestro país se están usando por hectárea al año de 10 a 12 litros de glifosato y en Estados Unidos entre 3 y 4.

-¿Por qué esa diferencia?

Este modelo de producción se instaló en el país en la época de Menem, sobre la base neoliberal de que el Estado no debía controlar ni regular nada. Entonces, no se dictaron leyes que regularan fehacientemente las fumigaciones. Existe un organismo, el Senasa, que pertenece al Ministerio de Agricultura, que determina qué agroquímicos se usan en el país y en qué dosis. Pero el Senasa es un organismo vinculado directamente a la producción: hay directores del Ministerio de Agricultura pero también hay representantes de la cámara de agroquímicos y de la Mesa de Enlace. No hay una mirada ni un control de salud ni de ambiente, sino una mirada exclusivamente productivista. Y además, desgraciadamente, los agrónomos se han convertido en agentes de ventas de agroquímicos en Argentina, que aconsejan a los productores usar determinado tipo de agroquímicos y en qué cantidad. Ellos mismos los venden, son los agentes de las empresas.

-¿La mirada del Estado sobre este problema puede empezar a cambiar a partir de la declaración de la OMS?

Sí, seguramente esto va a generar que nuestros reclamos, como el de muchos otros investigadores, sean más fuertes porque ahora tenemos el aval de la OMS. En nuestro país tenemos una discusión fuerte en función de que el derecho a la salud, un derecho humano básico como el de la vida, sea priorizado por encima de los derechos de los productores del agronegocio en particular, porque no son solamente los productores sino las empresas que están atrás de los productores los que generan esta situación. La venta de agroquímicos en Argentina significa 3 mil millones de dólares por año, el 10% del valor de la cosecha de soja. Además, desde el punto de vista comercial, nuestros compradores están comprando un poroto de soja que está cargado de residuos depesticidas. En un kilo de porotos de soja que compra China (que no lo usa solo para animales sino para la alimentación humana) hay 100 mg de glifosato. Hasta ahora nadie controlaba esto porque el glifosato era considerado una sustancia que no hacía daño. Ahora, muchos países van a empezar a medir los residuos y a exigir que no tenga la cantidad de glifosato que tienen.

-En Argentina, esto implicaría rever todo el sistema de producción actual ya que cada vez se usan más agroquímicos.

Nosotros planteamos empezar a restringir el uso del glifosato en forma inmediata en fumigaciones aéreas y, sobre todo, alrededor de las poblaciones y en las escuelas. El impacto sobre la producción sería mínimo. Y después, se podrían tomar medidas como tienen algunos países europeos, con programas para desalentar el uso de agroquímicos y con el Estado disminuyendo impuestos a estos productores, facilitándoles la comercialización y dándoles apoyo técnico. En cambio, en Argentina, los vínculos del Gobierno con las empresas fuertes como Monsanto hacen que cada vez se usen más agroquímicos y la Presidenta anuncia festivamente el desarrollo de plantas e insumos para producir glifosato. Pero no se trata solamente de prohibir el glifosato sino de desalentar una forma de producción. Estamos produciendo maíz, vino, tomate, arroz, soja, con una gran utilización de venenos que quedan como residuos en los alimentos y que contaminan el agua, la tierra y el ambiente.

-Todavía está fresca la imagen de Alfredo De Ángeli asegurando en cada canal de TV que visitaba durante el conflicto del campo, en 2008, que la toxicidad del glifosato se desactivaba al tocar el suelo como por arte de magia.

Sí, y también que se podía tomar un vaso lleno de Roundup (NdR: el nombre comercial del glifosato de Monsanto). Eso lo repiten en todos lados. Nosotros vamos a muchísimos pueblos a dar conferencias y siempre sale algún agrónomo diciendo semejante estupidez, que es parte de la propaganda de Monsanto. En la India hay una situación catastrófica de suicidios masivos de campesinos, y los australianos hicieron estudios entre las personas que usaban agroquímicos para matarse. Todos los suicidas que tomaron un vaso de Roundup, el 100%, murió. Para colmo, el ministro de Ciencia y Tecnología, Lino Barañao, también lo dice. En un programa de Madres de Plaza de Mayo, en 2011, dijo claramente que se puede tomar un vaso de Roundup porque es como "agua con sal". Es una actitud criminal.

-Lo incomprensible es que los propios productores y sus familias están siendo afectados y muchos parecen no tomar conciencia de esto.

Yo he tenido pacientes, niños con malformaciones, y sus padres eran los que fumigaban sus propias familias. El estudio que hicimos en Monte Maíz muestra que las familias que están vinculadas directamente a la producción agraria -productores, peones rurales, agrónomos y contratistas de las empresas de servicios- tienen 3,8 veces más cáncer que el resto de los vecinos de la ciudad.

-¿Qué dice un productor cuando comprende que ha atentado contra la salud su propia familia?

Hay muchos productores que se han hecho conscientes de esto, que se dan cuenta, pero hay otros que están obnubilados con la prosperidad económica, con la posibilidad de viajar por el mundo y vivir realmente muy bien, y tienen su mujer enferma, sus hijos enfermos, y dicen "bueno, me tocó, que mala suerte" y siguen para adelante. Yo creo que los productores no son los culpables de esto. Los mayores culpables son las empresas que saben que sus productos son venenosos y mienten descaradamente haciéndoles creer a los productores que

son seguros y se aprovechan de todo este negocio. Plan Verde-DIB

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