Edición Anterior: 25 de Octubre de 2015
Edición impresa // La Ciudad
La crónica increíble del busto de Eva Perón arrancado en 1955
Historia de monumentos y desmonumentos
Este año el Concejo aprobó quitar a Uriburu del Parque Mitre. Y Evita volvió a asomar, después de 60 años. Ya es público el busto que el vandalismo histórico de 1955 arrancó de Pringles y Del Valle. Que Ana Di Julio rescató y guardó misteriosamente durante medio siglo. Y que ahora se exhibe en un local del eseverrismo. En días de democracia activa, con la memoria de las dictaduras ya lejana, vale recoger esta crónica.
Silvana Melo

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En un día en que la democracia recobra algunos brillitos, como una princesa barrial que se revive con purpurina, vale desenterrar alguna historia. Bajo el manto de la veda. Y con ese sabor raro que tienen las historias de dictaduras cuando son tan lejanas y parece mentira que hayan sido reales. En el año en que el Concejo Deliberante aprobó quitar el busto de José Félix Uriburu del Parque Mitre (antes se le había propinado un cartel que ponía las cosas en su lugar y lo desmonumentaba), finalmente el busto de Evita se rescató como patrimonio popular en un local -sugestivamente- eseverrista. El busto que había sido arrancado por el golpe contra Perón de 1955. En realidad, por "una camioneta llena de radicales", relató hace años Ana María Di Julio a EL POPULAR. Que la ataron y la arrastraron por la Del Valle como un símbolo impresionante del odio que derogaría los nombres, las siglas y las imágenes de aquellos a quienes el pueblo había amado con la desmesura que suele exhibir el amor.

A sesenta años de aquella acción de vandalismo de Estado -inocente ante las masacres que el mismo Estado cometió años después, ya descontrolado en su intención aniquiladora-, el busto de Eva se animó a salir. Sesenta años costó que asomara nuevamente. En una de las tantas historias dramáticas que la figura de Eva encabezó desde el secuestro de su cadáver, el enamoramiento necrófilo de un coronel y su entierro con otro nombre en Italia. Historias rayanas en el realismo mágico y en el terror - ficción de las que Olavarría también fue parte.

Y, paradójicamente, Evita asomó en un local llamado "Peronistas con José", donde el eseverrismo cuenta a los peronistas que le birló al Partido Justicialista y, para colmo, se adueña de un símbolo. La familia de Ana María Di Julio y Oscar Ciancio decidieron ese destino para el busto que Ana María guardó celosamente durante décadas sin revelar jamás su destino. A nadie, a pesar de que desde 1983 en adelante todos desfilaban pidiéndoselo.

Un sueño vivo

"Cómo no la voy a amar si ella me lo dio todo", dijo Ana María Di Julio de Ciancio en 2003 a esta periodista. Hablaba de Ella como de un sueño vivo. Un estandarte que la acompañó y al que acompañó en un derrotero en el que sobró la vileza y la enorme capacidad de odio de los triunfantes.

Ana María tenía 17 años cuando murió su padre. Ella apenas había espiado al mundo por la ventana. Y tuvo que dejar de estudiar, sola con una madre llena de deudas y desamparo. Todos le aconsejaban que le escribiera a Evita. Y ella no sabía de quién le estaban hablando. Pero le escribió. Y un día se presentó en su casa un delegado y "le preguntó a mi mamá qué prefería, que la Señora le pagara las deudas o que le empleara a la hija". Su madre fue determinante: "Que emplee a mi hija". Entones la llamaron desde Buenos Aires y ella, apenas asomada desde el cascarón, se encontró junto a un montón de chicas como ella, de todo el país, que se juntaban en la Quinta de Olivos para escucharla hablar. A Eva. A la mujer del Presidente. Que en realidad, era Ella por sí misma, arrolladora y diferente. Puesta a brillar al margen del varón proveedor.

Luego del almuerzo, les dijo "yo las voy a ayudar, pero ustedes tienen que ayudarme". Y les pidió que abrieran unidades básicas en sus ciudades de origen. Ana María recordaba, una docena de años atrás, que "nos daba la plata para que compráramos todo... eran de esos billetes grandotes, rojos, que yo miraba y no podía creer. ¿Toda esa plata me da?, le pregunté. ¿Tan baratas están las cosas en Olavarría?, me contestó... Nunca me olvido de eso".

En noviembre, las mujeres votarían por primera vez. Y se reelegiría a Perón como presidente. Ella quería armar una red de mujeres que no sólo votaran, sino que fueran presencia fundamental en la calle, en la campaña, determinantes de un futuro donde inexorablemente debía amanecer. Ana María Di Julio las juntó en Olavarría: prepararon el engrudo, llenaron los vaporizadores de Flit (un insecticida que a mediados del siglo XX se aplicaba con una maquinita propia) con pintura e hicieron letras enormes para escribir PERON. Salían en grupo, en un carro que arrastraba un caballo: un vehículo municipal.

Durante la campaña, Evita las capacitaba: "Ella nos enseñó todo, nos explicó lo que era una boleta, lo que era una urna, el cuarto oscuro... me acuerdo que había chicas del norte, que no sabían nada y le preguntaban ‘pero señora, cómo vamos a votar si está todo oscuro...’ y ella les explicaba..." A la vez, Eva les contaba su propia historia, que las acercaba profundamente. "Que había estado descalza, que había sido muy pobre, que su madre era una mujer muy sumisa, y que las mujeres tenían que imponerse, no debían dejarse dominar más...".

Su imagen votando en una cama del Hospital Finochietto de Avellaneda (hoy Perón), delgadísima, blanca, apenas a ocho meses de su muerte, presagió un tiempo amargo. Cuando murió, Ana y las mujeres que trabajaban con ella sintieron los primeros temblores del derrumbe. "Hicimos un altar en la CGT de Olavarría, con guardia permanente, mientras su cuerpo estaba en la CGT de capital".

La Libertadora

El golpe del 55 terminó con un Perón debilitado sin el fuego de Evita. Lo que se llamó Revolución Libertadora, que no fue revolución y mucho menos libertadora, barrió con todos los íconos populares que habían fabricado mojones de alegría entre las mayorías devastadas. No se podían nombrar, ni mirar, ni atesorar, ni recordar. La memoria había sido prohibida y abolida por decreto. "Vinieron los militares, me patearon la puerta de mi casa y querían entrar. Yo tenía dos unidades básicas, una en Pueblo Nuevo y otra en mi casa de 9 de Julio y Alvaro Barros", relataba Ana María, aun cuando ya habían pasado casi cincuenta años de aquella tragedia. Cuando entraron "revolvieron todo, sacaron los cuadros, las fotos, pisotearon todo...".

Ella tenía un cuadro de Eva en la cocina. Un perfil, coloreado, "que me regaló Eva". Cuando llegó el golpe, lo enterró. Durante la oscuridad, se hablaba de un cuadro de Ella enterrado en una casa cerca del cementerio. Nadie, más allá de ella y su marido, supo nunca dónde estaba.

A Ana la llevaron "a punta de fusil hasta el Casino de Oficiales", actualmente Carrefour y antes la Escuela Normal. Allí estaban cautivos decenas de peronistas. Ella lo recordaba a Santana Pérez, el jefe del regimiento de la Libertadora en Olavarría, "completamente borracho" que "nos apuntaba y nos amenazaba con ponernos contra el paredón y fusilarnos".

Peregrinajes

En esos días salían, cuando caía la tarde, un grupo de mujeres a custodiar el busto de Eva emplazado en Pringles y Del Valle. Habían corrido entre las pérgolas los rumores de que lo derribarían una de estas noches. Era un bronce de 50 kilos, apoyado sobre un pedestal alto. No era sencillo quitarlo. "Una noche cuando llegamos vimos un jeep, lleno de radicales, que ataban el busto al auto y tiraban, tiraban... no podían arrancarlo. Nosotras nos quedamos mirando escondidas cómo luchaban por sacarlo. Hasta que lo lograron. Y se lo llevaron a la rastra con el jeep...", recordaba Ana María.

Como el cuerpo de Evita después de que Pedro Ara lo embalsamara y los militares se lo llevaran (porque temían más a Eva muerta que a Perón vivo), el busto comenzó un peregrinaje increíble. Ana salió a buscarlo, a pesar de que la dictadura no era mansa. Golpeó las puertas de todos los despachos. Y nadie la escuchó. Hasta al intendente de facto Ramos Marrero lo interpeló. Alguien le dijo al oído que estaba en el patio de un hotel. Ella fue y lo encontró en el patio, tirado, negro, magullado por los golpes contra el pavimento. Se lo llevó a su casa. Y, aseguró ella, lo tuvo hasta fines de los años 90. Muchos descreen del dato. Y alimentan el misterio que siempre cubrió, como un velo, el destino del busto. Sí coinciden los memoriosos con la afirmación de Ana: "Sólo lo saqué a la luz cuando volvió Perón... pero en el 76 lo volví a esconder. Y no lo saqué más". Recuerdan la presencia del busto de Eva en la Unidad Básica de Alvaro Barros, aquella por la que pasó gran parte de la generación que fue detenida - desaparecida en la ciudad.

Desmonumentar

A fines de los años 90 ("venía hasta Lestelle a pedírmelo, pero yo sabía que sólo lo querían para usarlo políticamente") se lo llevó y no reveló nunca su paradero. "Está en Buenos Aires, en una casa del pueblo y lo tengo bajo abogado y escribano", le dijo en 2003 a esta periodista.

En el año en que el Concejo Deliberante aprobó quitar el monumento a Uriburu (primer golpeador de Estado, primer dictador) del Parque Mitre. Cuando antes se lo había desprocerado de placa y palabra.

En tiempos de desmonumentar, cuando Roca es corrido de los bustos y de los billetes, de las calles y de los bronces, Eva vuelve a asomar desde las brumas de la historia. Y vuelve a ser ella, sin cáncer ni atroz peregrinaje (como adjetivó María Elena Walsh), sin cementos ni falso brillo. Persona. Osada y en desgracia. Como tantas.

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