Edición Anterior: 28 de Octubre de 2015
Edición impresa // La Ciudad
Olavarría se unió a la oleada amarilla y puso al PRO a gerenciar
La derrota de José: el fin de una era y la incertidumbre de lo que vendrá
Un cimbronazo impensado para la ciudad. Una dinastía de padre e hijo gobernó durante 28 de los 32 años de democracia. Hoy José no fue elegido por el olavarriense medio que no fue tan fiel con él como con su padre. Y no es la gestión lo que se le reprocha. Es actitud, soberbia, vaivenes. Los cortes y las deslealtades. Los números de una elección histórica.
Silvana Melo

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Y después de 28 años –cuando la democracia apenas tiene 32- el Eseverri símbolo, el apellido hegemónico de esta patria pequeña, cayó. Y fue estrepitoso, porque cuando se ha construido casa y vida tan alto, la caída se escucha como explosiva. José perdió como había perdido Helios en 1987: ante un abogado joven casi desconocido. Juan Manuel era concejal y viajaba todos los días en un Renault 12 desde barrio CECO. Ezequiel Galli no tiene experiencia en la función pública. Y arrancó hace apenas dos años un camino elástico que lo deposita hoy en la intendencia de Olavarría. Que ya no es una ciudad sencilla y floreciente como hace más de 40 años.

Pero José perdió sin conciencia de que podía perder. Creído como estaba de que el olavarriense medio es fiel para toda la vida. Como lo fue con Helios, que apenas regresó no se fue nunca más del Palacio. Pero José es diferente. Después de un período corto de diálogo y convivencia sin fronteras, acotó su radio de escucha, puso límites al acceso a su oreja y a su persona, cerró varias puertas y se dedicó a hacer política para arriba, en una búsqueda personal de espacios que nunca terminaba de encontrar. Su pragmatismo político-ideológico lo arrastró a vaivenes locos, a hundirse de cabeza y ser el más fana en cada tribuna: fue doble candidato testimonial (único en el país) con Néstor. Fue vocero y ubicuo interlocutor con Sergio Massa. "Quiero seguir siendo intendente para tener un amigo presidente", le dijo a esta periodista en 2013. Ni una ni la otra se le dio.

Pero de ambos espacios se fue cuando notó que el agua del naufragio empezaba a mojarle las rodillas. La última fue escandalosa. Porque fue protagonista el mismo día de ambos terrenos. Con una pierna en uno y la otra en el otro. Un ejercicio de elongación política digno de José.

"El maltrato y la soberbia se pagan". La frase está en boca tanto de un ex aliado peronista como de un ex colega massista sin que se diferencie más que en alguna preposición. Sus actuales ¿compañeros? del Frente para la Victoria lo miran sin piedad. Se sentaron a su mesa por pura sociedad de conveniencia. Olvidando aceleradamente la plataforma crítica donde asentaron sus pretensiones políticas en la ciudad. Y a la hora de hacer campaña, no la hicieron por él: dicen que fueron muchos los que repartieron las boletas con Scioli y Aníbal. Pero a la altura de los pies lo cortaron a José y lo colocaron a Galli. El olavarriense medio, que no es fiel para toda la vida, prefirió hacer otros cortes más. Y les amargó la jornada.

Acaso lo más sorprendente de un domingo donde la primavera también estuvo ausente, fue la derrota de José y el triunfo increíble de María Eugenia Vidal en la Provincia. Que también tuvo que ver con la soberbia y el maltrato: la impunidad y la seguridad de tener a Dios aferrado de los pantalones legitimó la candidatura de Aníbal Fernández, impresentable y revulsivo. El resultado fue tajante: por primera vez una mujer es gobernadora; por segunda vez gobernará un(a) no peronista. Que deberá vérselas con la policía bonaerense, el SPB y el peronismo ortodoxo, punteril y feudal en la oposición, entre otras lindezas.

Vidal y Galli tendrán que armar consensos fuertes y amplios, si pretenden una gestión (como le gusta decir al PRO, para quien todo es gerencial) efectiva y en paz. Si intentan un armado cerrado, que convoque al pasado e implique un retroceso en la amplitud de derechos y en el pensamiento libre, el diálogo y la reconciliación pregonados serán apenas burbujas de jabón.

Un concejal con el que contará Galli y un posible funcionario provienen del más duro y férreo helioeseverrismo; y coincidieron con el gabinete que integraba Omar Pájaro Ferreyra.

Lo que dicen los números

Un somero repaso de los números ilustra al menos una parte de la decisión de los olavarrienses, que marcó claramente un fastidio con José y su estilo volátil en el modo de construir política.

En las PASO José logró 15.508 votos y le ganó la interna a Guillermo Santellán, que totalizó 10.938. La lógica aquella de que quien pierde acompaña es prolijamente desactivada cada vez que sea necesario en los escenarios argentinos: Eseverri recibió en la general casi tres mil votos menos que la suma del FpV en las PASO.

Galli, en agosto, tuvo 14.219 votos propios. Más los 7.804 del vencido Ernesto Cladera, totalizaron 22.023. Pero lo votaron 31.291. Es decir, casi 9 mil más. No sólo se quedó con todos los votos de Cambiemos, sino que sumó los 3 mil que generosamente le cortaron a José para cedérselos, más los mil que perdió Liliana Schwindt entre las PASO y la general y el resto aportado por la pleamar que en estos días baña las costas del PRO. Pero Ezequiel Galli les ganó a todos: lo votaron en Olavarría casi seis mil más que a Macri. Y trescientos más que a Vidal.

A José lo votaron 2.500 más que a Scioli y casi 5 mil más que a Aníbal. Será porque dicen que su tropa seguía haciendo campaña por aquél con quien eran más afines. Más allá de la decisión ocasional de su jefe. Y cortaban a Scioli y a Aníbal para coser a José con Solá y Massa. Previo bollo de papel con la parcela de la boleta que ofrecía el nombre de Liliana Schwindt.

De un día para el otro la ciudad se dio vuelta como una media. Y la provincia. Y, acaso, el país.

Pero es Olavarría la que sentirá ese cimbronazo en las entrañas. La que había incorporado a Margarita Arregui como parte del paisaje ciudadano. O al apellido Eseverri como el apéndice lógico de la palabra intendente. La que había descartado a tantos dirigentes que crecieron, pasaron y se retiraron (con pergaminos y trayectorias) sin haber podido jamás derrotar al padre ni al hijo.

Una dinastía de dos hombres y 28 años de reinado acaba de concluir. José no se sentó en la escalinata para preguntarse, como su padre en 1987, qué tenía que hacer para que la gente lo votara. Pidió licencia por quince días. Para, tal vez, enumerarse hacia dentro los errores que cometió.

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