Edición Anterior: 17 de Enero de 2016
Edición impresa // La Ciudad
Los consumidores VIP, los negocios y lo que no se quiere ver
Los chicos de los barrios como infantería sistémica en la trama oculta de la ciudad
Del narcomenudeo a la trama oculta de la ciudad. De los consumidores VIP a los pibes estragados por el consumo problemático. El largo camino de la ciudad cementera e industrial a la de servicios y de impronta securitaria. Lo que se mira y lo que no se quiere ver.
Claudia Rafael - Silvana Melo

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Para que los chicos de las barriadas, infantería sistémica, caigan bajo el peso del desencanto y la desesperanza, el mundo ha configurado una estructura sin salida. Para que en Olavarría una porción importante de los pibes necesite el consumo para constituir identidad, para armarse frente a lo que viene con muletas y sin piernas, para soportar un futuro que se les niega, es imprescindible una trama en la que se tejen transas, criminales, policías y un aval del poder político que oscile entre la vista gorda y el pacto.

Y son justamente esos chicos, los que abandonan el secundario -en realidad, aquellos a los que la escuela cesantea a los 15 años-, el mercado laboral no los incluye y la calle pasa a ser el living de la vida donde se es y se consume para ser. Esos chicos a los que la policía no permite salir del barrio para entrar en la exclusividad del microcentro y los encierra en su propio origen, en lo que Alberto Morlachetti llamó "cárcel a cielo abierto". Esos chicos que son considerados por la sociedad bien vivida como delincuentes aun sin haber transgredido una mínima norma. Sólo por origen, color, gorra o piercing. Los mismos chicos que cuando se los visibiliza y se los considera como individualidades e historias vívidas, hay voces que se levantan para acusar de estigmatización. Mientras el sistema esconde e invisibiliza una tragedia que ensucia los brillos de la bella ciudad.

Pero además, a lo largo de los últimos años se fueron contabilizando entre los jóvenes sub 30 decenas de muertes violentas que, en su mayoría, quedaron impunes. En muchos casos respondieron a pujas territoriales.

El largo camino

Para llegar a ese punto, el camino arrancó decenas de años atrás. En tiempos en que se imponía desde el poder económico una reconversión que obligaba duramente a virar de la industria al servicio, de la cal y la piedra a la mano de obra securitaria. Olavarría perdió, como tantas otras ciudades en la década del 90, su propia identidad. Esa que le daba sentido a través de la impronta laboral. Se es a partir de aquello que se hace. Y si los 90 o los inicios de los años 2000 enfrentaban por un puesto de trabajo, la desazón y la falta de deseo ocupó luego un terreno que cooptó desde la desesperanza y la anomia. Con un fuerte aval del poder político local que tuvo una coherencia indiscutible en ese sentido desde la recuperación de la democracia. Abrir calurosamente las puertas al anclaje de las fuerzas represivas en la ciudad, implicó también sembrar el huevo de la serpiente. Y el florecimiento de negocios ilegales contó inexorablemente con manos amigas para liberar zonas, para manejar agendas, para cobrar colaboraciones.

J. asegura que la policía nunca le ofreció "trabajar" para ella. "Sí le pasó a mi hermano. Lo llevaron al medio del campo. ‘O robás con nosotros o te matamos’. ‘Matame’, le dijo, yo no voy a robar pa’vos. En ese tiempo vivíamos en (...) y todos los pibes robaban para la policía. Venden droga pa’ la policía. Roban pa’ la policía. Y el que no cae preso nunca es porque labura pa’ ellos. Es recontra claro. Los kioscos a los que les hacen allanamientos, es claro que están arreglados con la policía. Pero hay uno que vendió tres años y nunca le cayó allanamiento, porque paga fianza. Y no los conformás con una moneda. Hablan de 50.000 a 80.000 pesos. Corre mucha plata. Y mucha droga a full".

El relato -hecho en el contexto de la investigación sobre consumos problemáticos en Olavarría- es coincidente con muchos otros. Con enormes similitudes con las historias que llevaron a algunos jóvenes a terminar en la cárcel al momento en que sus dadores de "trabajo" les soltaban la mano por incumplimiento del acuerdo. Como aquellos dos adolescentes de una localidad cercana, cooptados para robar en una casa céntrica de Olavarría por un integrante de una fuerza de seguridad al que se terminó llegando, finalmente, por un entrecruzamiento de teléfonos.

La ciudad "del Cemento", "del Turismo de Carretera", "capital del Trabajo" fue encontrando otro tipo de comercios florecientes para su identidad que implicaron movimientos económicos de peso. Robo de autopartes, piratas del asfalto, asaltos con metodologías particularmente extrañas en casas y negocios protegidos con sistemas de alarma supuestamente inviolables. Pero también crímenes de enorme impacto que develaron telarañas de una complejidad de la que ciertos engranajes del mismo Estado fueron parte, prefirieron no ver, ocultaron o simplemente utilizaron la política del laissez faire, laissez passe. Cuando en la ciudad del Trabajo no hay trabajo, la mano de obra barata abunda en exceso.

Tramas ocultas

Si la cantidad de robos y asaltos que se suceden en la ciudad en estos días son un desafío a las purgas que María Eugenia Vidal promete y no termina de concretar en el obeso cuerpo de la Bonaerense, es sólo un capítulo más de la densa historia de las negociaciones política - delito - policía.

Donde los chicos sin mucha espalda social, familiar y cultural quedan entrampados entre el robo para la gorra, la deuda con el transa o un final infeliz que siempre resulta entre el encierro y la muerte.

Un mundo de negocios, proxenetismo y drogas se mueve como serpiente en los bajofondos de la ciudad y ninguna muerte impune zafa de este corset. Las impunes y aquellas resueltas con la cómoda figura del perejil. Mientras los grandes -nombres que invariablemente se repiten en las sombras ante cada uno de los delitos graves cometidos en la ciudad- quedan en pie para seguir sosteniendo la estructura. El asesinato del abogado penalista Marcos Alonso -del que la próxima semana se cumplirán seis años- abrió un telón tenebroso y dejó algunos de los sótanos ciudadanos a la vista de los que paseaban tranquilamente por la calle. Como aquella balacera de once tiros propinados a otro apellido crónico en la ciudad, en plena Vicente López, a metros de Colón. Como el doble crimen de Bruccieri y Spaltro, completamente impune. Como el robo al Palacio Belgrano en pleno centro y después la camioneta con banda de clausura en la puerta de la Primera que fue violada por el oficial de servicio para poder sacar de su interior un sobre con varios miles de pesos. ¿Más desafío a las instituciones? El asalto a la escribanía Fal, en plena mañana, con la oficina llena de gente. No encontraron lo que buscaban y se fueron. Todos menos uno. Con la conexión Neuquén (como la que habría tenido la causa del abogado asesinado) en su currículum. Y condenado para cerrar las estadísticas.

Por ahí pasa el entramado que baja luego al narcomenudeo que destruye a los pibes de los barrios. Aquellos invisibilizados por el Estado y por la ciudadanía. Los otros, los que tienen recursos para comprar y no necesitan salir a robar una bicicleta, los que salen a la calle en 4x4 a llevarse por delante la vida de los demás, los que consumen en las fiestas privadas y en las celebraciones VIP, corren el peligro que eligieron. Pueden comprar y pueden vender, y al momento del rescate se internan en clínicas carísimas que pueden pagar. Y uno, cada tanto, termina preso por haber llegado al límite de asesinar a un familiar y cometer un error que le terminó costando demasiado caro.

Los chicos de los barrios se mueren en el camino. Terminan en una comunidad terapéutica de lógica tumbera o en un instituto o en una avenida haciendo malabares por dos pesos.

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