Edición Anterior: 21 de Enero de 2016
Edición impresa // Espectáculos
AUTORRETRATO. Patricia Vitali
El tamaño de las consecuencias
Cuando era muy niña tenía mis cuatro abuelos. Recuerdo que yo creía que a los padres maternos se los llamaba "abuelos" y a los paternos "nonos". Lo creí por mucho tiempo. Nadie me sacó de mi falsa interpretación porque nunca pregunté, ya que no tenía dudas.

Llegué a Olavarría después de muchas mudanzas de provincia en provincia, a los 13 años de un enero como éste, vertiginoso y cálido, del 73. Al mes, ya me había puesto de novia con mi vecino de enfrente, y conseguido mi primera amiga, que era su hermana. Ya había empezado a celebrar la vida otra vez, y a comenzar a amar de nuevo, como a los nueve.

El romanticismo me acompaña desde aquellas fotonovelas en blanco y negro que leía en lo de mi abuela Carmen allá en El Trébol, Santa Fe, donde nací.

Tuve dos matrimonios, tres hijos y muchas historias de amor.

Reconozco que a lo largo de mi vida hubo gente que creí conocer, quien creí que a mí me conocía, en quien confié, y creí que me creía, y sin embargo, cada quien se fue con su verdad innegociable, separadamente.

Suelo disfrutar de las mañanas desde que no las madrugo, y de la materia "Relaciones humanas". El amor me puede, me salva, me inyecta, me inspira, me arma, me motoriza. Considero que los vínculos tienen mucho de logística, que hay que trabajarlos, mantenerlos, nutrirlos, saborearlos, tranquilizarlos, sacarles cualquier miedo, y encaminarlos. Tienen una especie de magia intrínseca que los hace únicos. Sostengo que la única forma de agradecer el amor, es correspondiéndolo. Aún hoy, a mis 56 años, sigo esperando el milagro de volver a enamorarme.

Sigo buscando mi mejor manera de ser. Reafirmo mi esencia cada día en las buenas intenciones que siempre me han acompañado, pero que no siempre han sido captadas, y trato de reconocer mis errores, que muchas de las veces, han sido por la intensidad y pasión, con que me tomo la vida, el trabajo y a las personas a quienes amo. Pido disculpas si ofendo sin querer, o queriendo. Aunque cuando ofendo queriendo, es porque me ofendieron primero, y lo justifico como un acto de justicia, aunque no está bien

No tengo resentimientos y mucho menos odio en mi corazón. No soy mala persona, pero no sé si soy buena. Soy también mi madre, mi padre, mi hermano, mis hijos, y el resto de mi familia. Porque soy todos y cada uno de los de mi sangre. No se puede negar el vínculo del cual venimos a "ser" ni tampoco negar que somos tan iguales, que pensamos que somos diferentes. No quiero de ninguna manera "ignorar" que en la vida no se elige ser éste o aquel, sino que se debe asumir y cuidar de "ser "y "pertenecer" a una familia.

Soy confiada. Me estresaría no serlo. Creo en el tamaño de las consecuencias, que lo considero directamente proporcional a la magnitud del error. La vida es un gran entrenamiento, una preparación sin medalla final, una competencia conmigo misma, una ilusión de eternidad que no existe, y un montón de preguntas que nadie me responde. El amor, solo el amor, me salva siempre. El amor, la ética y el compromiso.

Me gustan: la buena educación, la paz y la misericordia. No me va el refrán: "antes que me tengan lástima prefiero que me odien". Hay compasión en lo lastimoso, porque se considera al otro como un ser humano, así que prefiero ver amor donde no hay, que no verlo, donde sí.

Yo no quiero que me den la razón como a los locos, cada vez que discuto, ni que me consientan, ni que coincidan conmigo, pero necesito que me respeten y no me descalifiquen. Me he dado cuenta que sin mí, el mundo sigue andando, pero que conmigo, tiene una risa más, una lágrima más, un sueño más, un amor más.

He tomado conciencia que pasó mucha agua bajo mi puente, que he tenido amores importantes que me han dejado colgada una tristeza. Que los amores que he tenido, nunca se irán de mi corazón, que solamente cambiaron de forma, pero que me vengo enamorando desde los nueve años. Me responsabilizo de haber podido obviar algunas situaciones que me pusieron inmensamente triste, pero reconozco, no estar segura que lo que aprendí, me sirve para no repetirlo en otra ocasión, porque tal vez lo haga.

Creo en la trayectoria. Fervientemente. Fervorosa y humanamente. En el derecho de piso ganado, en el aprendizaje de la ética, y en los años vividos de la gente. Creo en los desafíos de cada nuevo enero, en el contorno de la ternura, y en la compasión de los sabios.

Y cuando la noche se adueña del domingo y mi soledad se abruma de nostalgias, me encuentro con esa niña que a los cinco años, creía que los nonos eran los padres de los padres y los abuelos, eran los padres de las madres,

Producción periodística: Guillermo Del Zotto

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