Edición Anterior: 18 de Diciembre de 2016
Edición impresa // La Ciudad
Del "que se vayan todos" a la institucionalización de los movimientos sociales
A 15 años de los días que sacudieron al país y transformaron los diciembres
Una década y media atrás el país estallaba. Cinco presidentes en una semana. Que se vayan todos. Que, en definitiva, nunca se fueron. El nacimiento de los movimientos sociales y su institucionalización. El recuerdo de las 38 muertes de aquel diciembre. EL POPULAR y su cobertura del 19 y 20, en Buenos Aires.
Claudia Rafael

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Fue exactamente 15 años atrás. Clear reclamaba al Municipio casi dos millones de pesos tras la rescisión del contrato para la recolección de residuos urbanos. Estudiantes vencía a Libertad por 90 a 75 en básquet. Ya al día siguiente, el país se incendiaba y este diario titulaba su tapa con un "Caos social en el país: rige el estado de sitio". Y anunciaba "cuatro muertos y angustiosa incertidumbre política". Era inimaginable lo que vendría después. Una década y media atrás los movimientos sociales copaban la calle. Caía un presidente. Y los muertos se sucedían en un número que superaba ampliamente los cuatro anunciados por EL POPULAR en el germen del estallido. Los políticos eran detestados colectivamente. "Que se vayan todos" era un grito unánime que, en definitiva, no se tradujo en la realidad. Gran parte de esos "todos" volvieron como si nada. Pero el país ya era otro.

Y el mes de diciembre quedó en la historia con mayúsculas. Ya no era exclusivo sinónimo de la Navidad y el final de año. Diciembre había pasado a ser el símbolo de luchas, saqueos, explosión social. Inclusive, este mismo diciembre que está ingresando en las horas del aniversario.

Cinco años antes, un 20 de junio, se levantaban los pueblos de Cutral Có y Plaza Huincul, víctimas directas de la desnacionalización y la privatización de YPF. Meses más tarde, en Huincul caía de un balazo policial en el cuello Teresa Rodríguez, empleada doméstica que intentaba llegar a su trabajo. Nacían los movimientos sociales. Se inauguraba el nombre de "piqueteros". El trabajo había pasado a ser apenas una palabra para muchos. Olavarría, tan lejos de esas luchas, no era ajena a la pérdida de los espacios laborales. Las industrias, que habían sido la bandera de la ciudad que se autodefinió capital del trabajo, empezaban a desprenderse de los sobrantes. Ofrecían prejubilaciones. Dejaban en la calle a cientos a cambio de unos pocos pesos que no servirían más que para una falsa quimera de escasa duración: un kiosquito, un remís, una moto para crear un servicio de mandados. Atrás quedaba esa vieja realidad que hacía que un joven entraba a la fábrica, aprendía el oficio y después de décadas, se jubilaba y se dedicaba a la huerta o a los nietos.

Los movimientos sociales nacieron ajenos a la producción. Fueron los hijos del desempleo y la desesperación. "En la medida que no hay sujetos en la producción, no hay sujetos colectivos, aquel histórico movimiento obrero fue un sujeto en la producción. El movimiento obrero, la fábrica necesitaban un montón de obreros en la producción que normalmente venían del campo, que hacían carrera de vida en la empresa, y había consumidores", escribió el uruguayo Raúl Zibecchi.

Pero el fin de la producción puso dos opciones sobre la mesa: tomar la calle o encerrarse en una habitación a llorar. En Olavarría, los obreros de la calera Peña Dura se encontraron un mal día con la empresa vaciada y varios de ellos eligieron la calle. Hasta lograr después de lucha denodada y algo de solidaridad, la expropiación. Los empleados del Banco de la Edificadora no tuvieron la misma suerte. Un banco no produce. Apenas acumula y es el símbolo más tajante del capitalismo. Loma Negra se iba secando como pueblo. Los fantasmas infectaban los sueños de oscuridad.

El "que se vayan todos" parecía no afectar demasiado a Helios Eseverri. Las encuestas le seguían dando grandes porcentajes de adhesión ciudadana. Su gran jugada de ajedrez fue blindar a Olavarría del mundo exterior. Armó una mesa de pastores evangélicos y curas para hacer frente a la crisis y no permitir que su condado estallara en su contra.

En el peor momento de la historia Domingo Vitale llegaba a una diputación nacional. Atajaba insultos como cualquiera de sus pares. Quince años más tarde, su esposa, Liliana Schwindt ocupa una banca en el mismo Congreso de la Nación. Otros tiempos. Otro protagonismo.

Por esas horas, EL POPULAR se debatía qué hacer periodísticamente. Y, finalmente, en el medio del Estado de Sitio esta cronista y el reportero gráfico Marcelo Kehler arrancaban rumbo a la capital a cubrir ese momento crucial de la historia nacional. Era una carrera contrarreloj a sabiendas de que se podía llegar tarde. ¿Tarde para qué?, era la pregunta. A escasa media hora de Buenos Aires, la radio anunciaba que el helicóptero Sikorsky S76B acababa de arrancar de Casa Rosada y cuatro minutos y medio más tarde llegaba a la Quinta de Olivos. Magdalena Ruiz Guiñazú discutía apasionadamente con cuanto dirigente político sacaba al aire. Y cortaba la comunicación, incluso, cuando sentía que era tiempo perdido en medio de un país en llamas.

La 9 de Julio, Corrientes, Avenida de Mayo estaban nubladas por el humo de los gases lacrimógenos y los vidrios y trozos de cemento ocupaban cada centímetro del asfalto. Mientras este diario recorría las calles, era todo tierra de nadie. La policía se adueñaba de vidas e imponía su violencia. Un taxista regalaba a los dos cronistas llegados de Olavarría una franela de su auto para cubrirse el rostro. Pero "de nada servían los trapos húmedos o los gajos de limón para espantar a ese enemigo que la policía lanzaba una y otra vez", decía la crónica del día siguiente de este diario. Las calles estaban hundidas en la oscuridad más profunda y desde allí parecían emerger los monstruos más temibles.

La Argentina tuvo cinco presidentes en una semana. Puro realismo mágico. Con un ícono superlativo. Aquella imagen del puntano Rodríguez Saá rodeado de sindicalistas y políticos con las camisas pegadas al cuerpo por la transpiración cantando la marchita. Y a sus flancos, en un deja vu, Hugo Moyano y Rodolfo Daer. Una suerte de "que se vayan todos" pour le galerie. No sólo no se fueron sino que, además, dejaron a sus hijos y a sus hermanos.

Algunos meses más tarde, los estallidos se terminarían de coronar con las luchas piqueteras en las que la represión brutal terminó con las vidas de Darío Santillán y Maxi Kosteki. Con claros responsables políticos que nunca fueron juzgados.

Esos movimientos –expresa Zibecchi- "fueron los que quebraron el modelo neoliberal privatizador, la primera fase del neoliberalismo. Y con el progresismo, las políticas sociales vienen a ser una forma de institucionalizar, de domesticar y de amansar a los movimientos. Lo que hacen las políticas sociales es convertir los movimientos en instituciones sociales, que tienen que tener una junta directiva, una estructura, entonces el aparato termina comiendo al movimiento".

Quince años después de aquellos días calientes, el país es rotundamente otro. Un gobierno de CEOs, movimientos sociales resquebrajados y un germen de protestas que tienen otros rostros. Con pactos perversos entre los CEOs y los mercaderes de la paz social. Con una maduración exponencial del movimiento de mujeres que es quizás una de las expresiones más genuinas de los últimos años.

Con un diciembre que avanza y que intenta no recordar que en el ADN de esos días está clavada la historia de 38 muertes. Entre ellos, varios chicos de 13, 14, 15 y 16 años. Con una crisis social que avanza y que ve, cómo en las grandes ciudades, crecen las villas y los asentamientos y las casuchas de cartón y despojo en las esquinas perdidas del olvido.

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