Edición Anterior: 16 de Abril de 2017
Edición impresa // La Ciudad
Desde Micaela García a Cristina Santillán. Desde Melina Romero a Angeles Rawson
Micaela, la mirada social y de la justicia y el salto de víctimas a victimarias
Las buenas y malas víctimas. La mirada clasista de la justicia. Un juez como único responsable de las conductas de una sociedad camaleónica y negadora. El hilo delgado en el que una víctima es transformada socialmente en victimaria.
Claudia Rafael

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Todavía hoy, hay infinitos volantes pegados en postes callejeros, terminales, estaciones, escuelas con el rostro de Micaela García: "Desapareció en Gualeguay, desde la madrugada de hoy no sabemos nada de ella. Estaba vestida con remera blanca y short animal print". Su sonrisa amplia de dientes perfectos, cejas tupidas, ojos y cabellos oscuros. De ella quedó solo eso, el dolor colectivo, el llanto, la reivindicación militante, el ataque por su militancia, los comentarios misóginos y ruines de ciertos personajes del periodismo; el miedo de las mujeres, sobre todo las más jóvenes y de sus familias; los debates vacíos de contenido sobre el rol de la Justicia y las miradas puestas exclusivamente sobre el juez Carlos Rossi que firmó la liberación del único imputado. Pero no se avanza. La sociedad no logra dar el salto cualitativo necesario. Cada día, manda a la pira a más y más víctimas de un patriarcado feroz que tiene comportamientos camaleónicos pero que siempre se reacomoda para caer de pie.

Es decir, como si se tratase de un silogismo inapelable la historia sería: Rossi liberó a Sebastián Wagner (imputado por el homicidio de Micaela) algunos meses antes del cumplimiento de la pena y, por lo tanto, es corresponsable de su estrago. Listo. No hay más responsabilidades. Ni tampoco preguntas. ¿Era Rossi el responsable de que Wagner no se hubiese "resocializado" durante su permanencia en la cárcel? ¿Es el servicio penitenciario -el mismo que tortura, roba, corrompe- suficientemente creíble como para que la indicación negativa sobre Wagner fuese atendible? De haber denegado su libertad, ¿había garantías de que la víctima no fuese la misma Micaela o cualquier otra Micaela cuando dentro de unos meses hubiese cumplido su pena?

Víctima y victimario

Hay algunos problemas más que el juez Rossi. Hay un espejo aterrador en el que la sociedad no se mira. Cuando una mujer es violada y, en muchos casos asesinada, no suele haber dudas de que es víctima. Aunque algunas sean más reivindicables que otras a los ojos de cierta parte de la sociedad. El gran problema judicial y social es cómo se transforma a esa víctima en victimaria. Micaela García fue una víctima. Sin embargo, ¿qué hubiera ocurrido si Micaela se hubiese logrado defender y salvar y a cambio hubiera herido de muerte a su victimario? ¿Hubiera seguido siendo víctima o los ojos patriarcales hubiesen virado velozmente su rol para ubicarla en el de "homicida"?

De hecho, hace más de seis meses que Analía Eva "Higui" Dejesús está detenida en una comisaría del conurbano por herir de un puntazo a un hombre que más tarde murió. El gran detalle es que Higui Dejesús es pobre, lesbiana, morocha, mujer y nunca se tomaron en cuenta los intentos de violación y de empalamiento en su contra. Ni tampoco que la patota que la atacó le solía gritar: "te vamos a violar así te corregimos". Pero Higui está viva.

Como también está viva la azuleña Cristina Santillán, que está detenida desde hace dos años. El primero, en una cárcel común. El último, con domiciliaria. Y hacía cuatro décadas que era víctima sistemática de violencia de género. En el petitorio que circula por change.org para reclamar por su libertad se lee en detalle "sufrió todo tipo de violencia (física, psicológica, moral, sexual, económica). Un día se defendió. El agresor, lesionado severamente, fue hospitalizado hasta que las autoridades del Hospital decidieron externarlo (a pesar de sus condiciones críticas de salud) por lo que terminó internado en un geriátrico. Seis meses después falleció. Al calvario de casi cuarenta años de tormento constante le siguió enfrentar la persecución de la Justicia que abstrajo el caso de la violencia de género. Actualmente, Cristina está con prisión domiciliaria y , como consecuencia de su detención, está privada de trabajar y de cobrar su salario".

Una vez más, si Cristina Santillán hubiera sido fatalmente atacada sería reivindicada como una víctima más de la violencia patriarcal.

¿Qué es lo que determina, además, que Cristina Santillán tenga que aguardar el juicio encerrada? Indudablemente, la Justicia no logra –ni podría, en el contexto del actual modelo económico- quitarse la clara mirada de clase a la hora de decidir quién, durante un proceso judicial, puede permanecer en libertad y quién deberá hacerlo detenido.

Reincidencias

Cuando se pone en discusión la decisión del juez entrerriano Rossi, no se debate la otra parte de la problemática. Y es la gran pregunta: ¿qué debe hacer la justicia con los violadores? ¿logrará la cárcel torcer ese rumbo que repiten una y otra vez? Porque, una vez más, Wagner -de acuerdo a la letra legal actual- saldría en libertad tarde o temprano. Entonces, lo que no se está debatiendo realmente es qué hacer frente a ese tipo de delitos dentro del modelo actual. Que no vengan los crueles con los discursos de que "si ellas provocan, que se hagan cargo" o frases de ese tenor. Que no asomen con proclamas de pena de muerte o de castraciones. No servirán ni una ni otra. Y, además, ¿se debe delegar alegremente en el Estado la determinación de vivir o morir más allá de lo que ya decide habitualmente a través de sus fáciles gatillos o sus miserables inequidades?

Ante la pregunta sobre si es factible o no evitar con tratamientos terapéuticos la reincidencia de abusadores, Mariana Carbajal, periodista especializada en temáticas de género, reúne opiniones múltiples. Por un lado, la de Eva Giberti, una referente ineludible en la temática, que plantea que "al violador debería corresponderle reclusión perpetua". Por otro, la de la psicóloga y sexóloga Isabel Boschi, quien fue vicepresidenta en 2012 de la Asociación Internacional para el Tratamiento de los Ofensores Sexuales, quien opina que "podría ser posible y que hay que intentarlo". Aunque advierte la necesidad de programas especiales durante su encarcelamiento y de contar con condiciones especiales a la hora de salir en libertad.

En esa línea se inserta la cárcel de Senillosa, Neuquén, en la que todos los detenidos son agresores sexuales. Es un programa que cumplió poco más de un año y cuatro meses de existencia y en el que se integran en forma voluntaria condenados por delitos sexuales. Se trata de un programa elaborado en el Instituto de Criminología del Servicio Penitenciario Federal por el que, para ingresar hay dos instancias decisivas: voluntariedad y reconocimiento del delito. De todos modos, es un proyecto piloto del que aún no se conocen los resultados.

La buena y la mala víctima

La clase de pertenencia de víctimas y de victimarios suele hacer a la diferencia. Al decir de George Orwell, en Rebelión en la granja, todos son iguales pero algunos son más iguales que otros. Micaela era –más allá de esa militancia política que suele desagradar a porciones de la sociedad- una muy buena víctima. Como lo fue también Angeles Rawson. Como no lo es Araceli Fulles, la chica de 22 años que desapareció el 1 de abril en el partido de San Martín. Por pobre, por haber abandonado sus estudios, por sus adicciones. Como no lo era tampoco Melina Romero, aquella chica que motivó que Clarín titulara "una fanática de los boliches que abandonó la secundaria".

Aunque el horror las hermanó a todas en algún punto. Después de todo, como plantea el psiquiatra Alfredo Grande "la sexualidad es el placer ligado al cuerpo y el cuerpo del abuso es un registro lacerante de dolor, terror, vergüenza y humillación. Nada más ajeno al placer. Los discursos justificatorios sobre los abusos tienen el eje común de culpabilizar a la víctima. Incluso negar que lo sea, en tanto se lo buscó. La sexualidad represora es la forma en que desde un adulto, o persona de evidente diferencia de edad o mayor jerarquía, se reprime la sexualidad de la víctima. Porque además del daño psicofísico, habitualmente permanente, también se lesiona la capacidad de generar placer en ese cuerpo lacerado".

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