Edición Anterior: 19 de Octubre de 2017
Edición impresa // La Ciudad
Palabras sin ingenuidad y fundamentalismo verbal
Las descalificaciones de Cristina Kirchner, las conjeturas temerarias de Elisa Carrió y la intolerancia, desnudan a los actores y profundizan el gran desencuentro nacional.
ENFOQUE

Cacho Fernández

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Dicen que la Naturaleza habla actuando y que el ser humano actúa hablando. Cuando Albert Camus construye su cuento "La caída", demuestra que se puede extraer toda la verdad de lo que alguien oculta a través de lo que dice. Se trata de un juez que se confiesa frente a un espejo, pero ni aun así, completamente sólo, se confiesa sinceramente expresando toda su verdad. De todos modos, el Camus nos deja un consuelo: que pese a eso, igual se puede deducir toda la verdad de ese fluir de conciencia infiriendo lo que oculta a través de lo que dice.

En la hipótesis de Elisa Carrió acerca de Santiago Maldonado, adjudicándole un 20 por ciento de probabilidad de que Santiago Maldonado podía estar en Chile, la líder de la Coalición Cívica plasma su ansiedad de que esto sea verdadero. Más que una conjetura, lo de Carrió es un deseo, que luego remata con una argumentación inexplicable y abstrusa y un grotesco como fue el de comparar el posible efecto del frío del agua del río Chubut sobre el cadáver encontrado con el proceso de hibernación que se le aplicó a Walt Disney.

Cristina Kirchner también tuvo lo suyo. Planteó su desaliento y su frustración al calificar a la Argentina como "un país de mierda", una manera de disculpar su derrota. Parecido a aquella persona que se mete en contramano en una calle y atribuye el error de sentido al resto que venía en su contra. Los demás estaban equivocados y no él.

Para Cristina, la culpa la tienen el país o los argentinos que no la acompañan, lo mismo que expresó Fito Páez cuando insultó a medio Buenos Aires por votar a Macri. En síntesis, dos personas borrachas de soberbia, de una ciega soberbia por la cual los culpables y los equivocados son los demás a quienes consideran pasibles de ser eliminados. El fundamentalismo de Cristina y de Fito es palmario. En otros contextos más comprimidos y menos democráticos, estos dos personajes podrían ser letales.

Luego cristaliza su odio por el otro-diferente cuando lo califica de "idiota" a Macri, de "gorda" a Carrió y de "curda" a la ministra Bullrich. Cuánta violencia retenida existe en esos calificativos, cuánto resentimiento, cuánta soberbia e inseguridad...

Sin caer en la pacatería, así como lo complejo muchas veces necesita de expresiones complejas, la seriedad y el respeto requiere vocablos consecuentes con esa pretendida elegancia. La descalificación no es precisamente un instrumento idóneo para promover el diálogo social y político. Por el contrario, descalificar es impedir, tomar distancia del otro y generar un clima opuesto al debate.

El primer acto de violencia es verbal, una manera de azuzarse previamente para luego pasar a la violencia física. Así como Fedor Dostoievski demuestra en "Crimen y Castigo" que matar a otro es matarse a sí mismo, también insultar a un semejante es insultarse a sí mismo. El desprecio agresivo que sintió Fito Páez por los porteños que votaron al macrismo y su insulto posterior evidencia una suerte de elitismo irritante y fundamentalista. Algo así como pensar que "quienes no piensan como uno no merecen vivir". Cristina no lo dice de esa manera, pero descalifica absolutamente a los referentes políticos de esa masa que los vota. Y también es una forma de desprecio e intolerancia, tan peligrosa e irritante como la del cantautor.

No existen los enunciados ingenuos dicen los lingüistas. Quien habla deja su propia huella en el enunciado que expresa. Se piensa con palabras y ellas nos desnudan ante los demás. La contundencia de un argumento no está dada por el insulto, sino por los conceptos. El insulto es sinónimo de impotencia e inseguridad, y la soberbia no es grandeza sino hinchazón, por lo tanto es enfermedad.

En la Argentina, expresar ideas se ha ido tornando en un ejercicio excesivamente dramático pero escasamente serio. Se llega fácilmente a lo controversial y a la violencia verbal, pero con la misma facilidad se transgreden esas convicciones. Lo emocional ha ido sustituyendo el componente racional de todo diálogo, y la creencia de creer tener toda la verdad enceguece a las partes, genera grietas insalvables y oscurece el futuro de todos.

Desde hace tiempo que las razones han sido reemplazadas por las emociones. El derrape verbal, propio de la búsqueda de los efectos mediáticos, los ha ido depositando a muchos en las banquinas, lejos, muy lejos del camino de la concordia, de la madurez y de la racionalidad.

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