Edición Anterior: 26 de Noviembre de 2017
Edición impresa // La Ciudad
El submarino ARA San Juan, Cromañón, Once y la inundación de La Plata
Las tragedias y su manipulación pintan miserias y titulan las épocas
Casi 200 muertos en Cromañón. Responsabilidades, silencios. 51 en Once. Responsabilidades, silencios, palabras envenenadas. 89 muertos en la inundación de La Plata. Manipulación patética de cifras. El submarino ARA San Juan. Ocultamiento de información, responsabilidades manipuladas para que toque a uno o a otra. La tragedia y las miserabilidades.
Silvana Melo

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De los 194 muertos de 30 de diciembre de 2004 a este noviembre atravesado por fracturas y miserias han pasado 13 años y diluvios bajo los puentes del estado. Del desastre ferroviario de 2012 al submarino desaparecido hay otra vez una intemperie estatal igualitaria. De la inundación increíble de 2013 en La Plata, donde el gobierno manipuló cifras de muertos, al ARA San Juan, donde se manipularon fecha, informes y pequeñas esperanzas, no hay más que cuentas mezquinas para salvar las ropas de los funcionarios de turno. En estos últimos quince años, la reacción de los gobiernos ante la tragedia pinta miserias y titula las épocas.

El 15 de noviembre se acabaron las noticias desde el mar y el país se enteró de la existencia del submarino ARA San Juan. Un dispositivo pensado para la defensa, tan lejano de la realidad cotidiana de la gente que parece extraído de Netflix. De hecho, uno de los diarios más serios e importantes del país publicó en su web día tras día: "Los detalles que tenés que conocer para seguir el caso del submarino desaparecido", con infografía animada. De ahí a la play, un paso.

Pero el transcurso de los días comenzó a helar sangres. Encontrar al submarino no era un juego de PC. Fue una cadena de torpezas desde la Armada -descolorida y lejanísima de aquella de Massera, la ESMA y el Grupo de Tareas 3.3.2- hasta el Ministerio de Defensa. A cargo de Oscar Aguad, que ya hizo el ridículo en el ministerio que le creó Macri para que desguazara la Ley de Medios y ahora no se sostiene en el agua donde debía ser mejor pez.

Mauricio Macri ha recibido golpes desde allí donde estaba convencido que tenía la mayor de las empatías: los familiares de una fuerza armada. Es que hay 44 familias con 44 desaparecidos. En una misión que no debía tener riesgo, porque no se trata de la guerra. Porque no hay hipótesis bélicas. Y la guerra hacia adentro, la masiva, ya fue desactivada hace tiempo por los holdings de países todopoderosos.

Pero el problema fue la manipulación. Que la explosión fuera el mismo día en que cesaron las noticias, pero fuera informada ocho días después es inadmisible. Se ocultó una información fundamental, acaso especulando, acaso por torpeza. Pero hay 44 familias esperando desde hace una semana que aparezca el periscopio y salgan sus familiares muertos de la risa, como en las series.

Y la Armada les dijo que desde hace una semana sabe que no va a ser así.

Entonces aparece la mezquindad, la miseria, que atraviesa transversalmente a la humanidad. No sabe de ideologías ni de camisetas. Entonces dicen que Macri soltó al submarino sin mantenimiento para que los tripulantes fueran a la muerte. Que le va a costar varias cabezas. Que las Fuerzas Armadas están desfinanciadas. Y dicen que en realidad en 2014 el ARA tuvo un desperfecto. Y que en 2011 CFK dijo que el ARA tenía por delante 30 años de vida útil. Entonces fue CKF la que desfinanció a las Fuerzas Armadas. Y mató a los 44.

En primer lugar, las Fuerzas Armadas están desfinanciadas desde los 90, cuando la dictadura iba enflaqueciendo su deriva de influencia, cuando la guerra de Malvinas era una experiencia horrible que casi nadie quería recordar, cuando a los levantamientos militares los clausuró el menemismo y al servicio militar lo crucificó el soldado Omar Carrasco. Y están desfinanciadas porque las hipótesis guerreras no existen, por obra y gracia de un mundo que maneja otras opciones bélicas como el terrorismo de los países menos favorecidos y el bombardeo asolador de los poderosos.

Pero a la miserabilidad extrema le encanta hablar y pontificar desde la política, desde las redes sociales, desde los medios y desde la descalificación constante. Asquea el humor de cierto progresismo sobre los desaparecidos del submarino, tanto como asquea la burla cretina de quienes ultrajan y ofenden la memoria de Santiago Maldonado.

Una bengala

El 30 de diciembre de 2004, Néstor Kirchner contaba todavía los meses de luna de miel con la ciudadanía. Igual que Mauricio Macri en este noviembre de 2017. Nunca pensó que iba a explotar una disco en capital. Por una bengala, apenas. Cromañón. Un local desbordado de gente, plagado de material inflamable, escenario cenital de la cultura de la bengala, producto de décadas de corrupción, de coimas, de inspectores ciegos, de funcionarios ad hoc, de políticas copiosamente responsables. Cromañón fue producto de todo y de todos. Pero le tocó a Aníbal Ibarra durante el gobierno de Néstor Kirchner. Le pudo haber tocado a Macri en el próximo turno. Pero él mismo, Mauricio, con sus manos, se ocupó de terminar con el liderazgo de Ibarra. La política es impiadosa.

Mientras Ibarra era quemado en la hoguera inquisitoria del juicio político, Néstor y Cristina se quedaron en Santa Cruz ese fin de año, lejos de los 194 muertos. No asomaron ni dijeron ni apoyaron ni condenaron. Fue la primera ausencia estruendosa en una tragedia evitable. De esas que el país había desconocido en su historia reciente: los muertos del menemismo se contaron en un largo centenar con los atentados a la Embajada de Israel, la AMIA, la explosión provocada en Río Cuarto, etc. En ellos no hay ni sospecha de accidente. Ni excusa de accidente. Ni argumento de fatalidad.

En Once

Los 51 de Once, en aquel 22 de febrero tórrido de 2012 cuando todo quemaba, también fueron masacre y no accidente. Y CFK tampoco habló. Cuando lo hizo se acercó pidiendo que no la corrieran con el dolor, porque a ella se le había muerto su compañero. De enfermedad. No entre los hierros calientes y retorcidos del abandono del Estado.

Ni a los trenes los destruyó Cristina -comenzaron su agonía a fines de los 60 y Menem les dio el QEPD- ni De Vido contrató al motorman para que no frenara. Pero todos fueron parte de la fiesta subsidiaria donde los funcionarios cobraron coimas y las empresas se enriquecieron sin invertir un peso en el transporte. Once era una tragedia que venía. Como Cromañón. En el gobierno de Cristina. O en los ocho años que se vienen de Mauricio. Pero le tocó a ella. Como a Ibarra. El submarino era una tragedia anunciada. Que podía no haber emergido en 2014. Y le explotaba a Cristina. Pero le tocó a Macri.

Porque todo lo roto está roto desde hace años.

Y fue Juan Pablo Schiavi, secretario de Transporte, quien condenó a la gente por viajar a trabajar en días hábiles y no en feriados, cuando "no hubiera tenido la gravedad de hoy".

Y fue Nilda Garré, ministra de Seguridad, quien culpó a Lucas Menghini Rey por estar muerto "en la cabina de conducción del motorman del cuarto vagón, lugar vedado a los pasajeros".

Sucede que CFK y sus generales no tenían gobierno cercano para hacer responsable. Sí lo tiene Mauricio: todavía cualquier toscazo llega al patio vecino.

El agua de La Plata

Sabían bien Daniel Scioli y el inefable intendente Pablo Bruera que la inundación pavorosa del 2 de abril de 2013 era consecuencia de políticas erráticas y sospechadas. Había que minimizar las consecuencias, pero la gente se moría en defensa de sus cosas, de su historia. Entonces decidieron manipular las cifras. Y cerraron el conteo de muertos en 52. Que de por sí es una cifra escalofriante. Pero los muertos de La Plata 2013 fueron 89 y tuvieron la torpeza de abonar la creación de un mito: nunca se sabrá cuánta gente murió y en el imaginario popular cada vez será más.

La tragedia desnuda miserias y titula épocas.

Mientras estas tragedias suceden y descaran los rostros verdaderos, otras tragedias parecen repetirse con la misma miserabilidad: hace pocos años, Aníbal Fernández repitió una mentira presidencial estruendosa: la Argentina tenía menos pobreza que Alemania.

Hoy Emilio Basavilbaso, titular de Anses, explica por qué los jubilados van a financiar el ajuste: compara las jubilaciones con las de Finlandia y dice que "son más altas que las del resto del mundo y de la región". Entonces hay que bajarlas.

Aníbal y Emilio también son tituleros de época.

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