Edición Anterior: 27 de Noviembre de 2017
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La felicidad es una comida caliente
El retorno de Oscar Ramón de Olaso a su patria estuvo marcado por emociones que no se diluyeron con el paso inexorable de los años. Hoy, vive en una quinta cercana a la Virgen de la Loma y se declara "feliz", criando cerdos y pollos.
Daniel Puertas

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Oscar Ramón de Olaso lloró a poco de regresar al continente. Lloró al volver a Olavarría y llora hoy, más de 35 años después. Pero ni entonces ni ahora las lágrimas son de amargura. Simplemente se trata de la emoción del reencuentro, del calor de los corazones en trance de afecto, del sabor de las milanesas simultáneamente con el alivio indecible de los pies metidos en agua tibia con sal después de dos semanas sin quitarse los zapatos. De la visión de los padres, de los hermanos, del amigo y hasta del perro Bochita, una bola de pelo y ternura, a través del parabrisas del colectivo que entraba a la Terminal de Omnibus en medio de una multitud que agitaba banderas.

La guerra se había perdido, el amor no.

El retorno de Oscar Ramón de Olaso a su patria estuvo marcado por emociones que no se diluyeron con el paso inexorable de los años. Apenas arribaron a Puerto Madryn, a poco de abandonar el melancólico carácter de prisioneros de guerra, Oscar y sus compañeros vieron cómo una chica de unos diecinueve años se acercaba para hablar con un suboficial.

Quizá fuera verdaderamente hermosa o quizá la embellecieron más todas las largas y amargas semanas durante las cuales los soldados sólo habían visto mujeres inglesas a la distancia y ahora se encontraban por primera vez desde poco antes de la guerra con una chica argentina.

Después les ordenaron marchar con destino que desconocían, una suerte de desfile poco marcial por las calles de Puerto Madryn. Llegaron hasta la pizzería "La Cruz del Sur" y descendieron hasta un subsuelo. Allí había dos mesas con pollo, empanadas, vino, gaseosas.

El dueño de la pizzería fue claro y contundente: "de acá no se van hasta que no se coman todo eso". Ya habituados a la rutina de cumplir órdenes, los soldados obedecieron.

Más de uno debe haber recordado las raciones magras, "el caldo con tres fideos y grasa" que menciona Oscar, el hambre punzante de casi todos los días mientras cada tanto estallaban a la distancia los proyectiles disparados desde una fragata inglesa.

Los soldados se sintieron en la obligación de pagar la comida. No tenían, previsiblemente, dinero. Entonces uno entregó un poncho que lo había protegido del frío de las islas, otro un casquete que quizá evitó que se le congelaran las orejas, otro un par de guantes, Oscar un pañuelo de cuello. Todos se desprendieron de un bien que pocos días antes les era precioso.

Los soldados lloraron, el dueño de la pizzería, su hija y los mozos también. Hoy "La Cruz del Sur" está cerrada, pero todas esas cosas con la que se pagó esa comida siguen en el local, después de años de exhibición ante clientes que quizá tampoco pudieron retener una lágrima cuando les contaron la historia.

En Bahía Blanca los soldados entre los que se encontraba Oscar de Olaso y otros olavarrienses recibieron boletos para el tren. Pero urgía la ansiedad por reencontrarse con los seres queridos. A alguien se le ocurrió ir a la Terminal para ver si podían canjear esos boletos por pasajes de colectivo a Olavarría.

Seguramente por su carácter de ex combatientes de Malvinas que regresaban lo consiguieron. Marcelo Macchiaroli, otro de los soldados olavarrienses le avisó a sus padres la hora de llegada, estos lo informaron a LU 32.

Los soldados no esperaban la magnitud del recibimiento. Todos los vecinos que habían ido a homenajearlos.

La madre de Oscar no había escuchado la radio. Le avisó una vecina. Rápidamente se puso a preparar la comida favorita de Oscar, el mayor de sus tres hijos: milanesas.

Oscar comió esas milanesas con los pies en una palangana con agua tibia y sal mientras los vecinos del barrio de su infancia, llamado hoy "La Máxima", venían a verlo, a escucharlo y hablarle, en un desfile incesante que se prolongó "hasta las tres o las cuatro de la madrugada".

Cuando Oscar se fue a hacer la colimba, en febrero de 1982, esos mismos vecinos lo habían tomado con la misma naturalidad que era normal en esos tiempos de Servicio Militar Obligatorio. Apenas llevaba un mes y medio bajo bandera, con la instrucción militar recién cumplida, cuando les anunciaron a los hombres del Batallón de Comunicaciones 181 de Bahía Blanca que iban a embarcar para participar de un ejercicio.

Cuando un cabo le dijo confidencialmente a Oscar que en realidad irían para Malvinas el novel soldado pensó que el suboficial "estaba loco", pero teniendo en cuenta las razones de rango se mantuvo en silencio y no le dio esa opinión.

Se embarcaron el 28 de marzo, fecha en la que todos los años se siguen reuniendo los miembros del batallón, en el buque Cabo San Antonio. Al día siguiente de la partida Oscar supo de la ira del Atlántico Sur cuando se inició un tremendo temporal que duró tres días.

La tormenta llevó al Cabo San Antonio a tomar tierra en Malvinas no en el puerto sino por el lado opuesto de la isla. Eso les ahorró el primer enfrentamiento con los soldados ingleses que se habían atrincherado para no hacerle fácil el desembarco a las tropas argentinas.

"Eran pocos, pero estaban muy bien armados", recuerda hoy Oscar, que estuvo muy cerca de la posibilidad de encontrarse enseguida con el rostro más cruel de la guerra.

Fue asignado al grupo que manejaba una radio y le confiaron el manejo de un Unimog. "A mí, que a lo más grande que me había subido era a una bicicleta", recuerda con una sonrisa.

Además de chofer cada tanto hacía de estafeta en los días de espera de la llegada de la Royal Navy. La noche del 1 de mayo dormía con otros compañeros en un invernáculo donde se cultivaban flores –"dormíamos debajo de los malvones"-, ubicado en la casa donde se había instalado el estado mayor argentino.

De repente comenzaron las explosiones y "todo empezó a moverse" como si fuera a derrumbarse en cualquier momento. Como fue la constante de esa guerra, "lo peor era la incertidumbre. No sabíamos dónde estaban atacando".

También llegó el otro visitante incómodo: el miedo. Oscar recuerda que "si hubiera podido achicarme hasta esconderme todo dentro del casco, como si fuera una tortuga, lo habría hecho". A través del techo de cristal se veían las estelas luminosas de las balas trazadoras. La guerra ya estaba allí.

Los ataques eran contra el aeropuerto, a doce kilómetros de donde estaba Oscar de Olaso. Al día siguiente "vimos la realidad de la guerra" al contemplar los destrozos del bombardeo.

Entonces tuvieron que cavar trincheras. El pozo donde Oscar y otros dos olavarrienses, Amoroso y Marcelo Macchiaroli, pasaron buena parte de la guerra estaba rodeado de escombros, bien disimulado.

Un día Amoroso, que era el que dormía más cerca de la entrada, escuchó hablar en inglés. Rápidamente montó el FAL y el sonido hizo huir al kelper que se había acercado a curiosear sin saber seguramente que eso era una trinchera.

Oscar solía cumplir misiones que eran esperadas con ansiedad indisimulada por muchos soldados: repartir comida a las tropas que estaban apostadas en los cerros cercanos a Puerto Argentino. Esas misiones no terminaban bien, ya que "a veces más o menos a la hora de la comida bombardeaban desde una fragata. Eran tandas de cinco cañonazos y nunca sabíamos dónde iba a caer el proyectil. Una vez tuvimos que desenganchar la cocina y abandonar las provisiones por si los muchachos venían a buscarlas".

Siempre había hambre. Muchos soldados se convirtieron en expertos ladrones de cualquier cosa que se pudiera comer y de ellos no se salvaba ni el cura. El hambre era la compañía permanente.

No haber adquirido el hábito de fumar le permitió a Oscar llenar muchas veces el estómago. "Preguntaban quién fumaba y repartían uno o dos paquetes de cigarrillos por semana. Yo dije que fumaba y me guardaba los cigarrillos. Después me iba a donde estaba la Fuerza Aérea, que tenían la mejor comida, y canjeaba algo de comer por cigarrillos".

Oscar cuenta que se molesta cuando escucha a alguien decir que los soldados de Malvinas eran sólo chicos. Sabía ya entonces que eran hombres que del miedo hacían nacer el coraje, que eran capaces de defender su bandera y que aun hoy "cuando hablo de Malvinas se me infla el pecho".

Dice que a pesar del entrenamiento y de la atención concentrada en las dificultades de cada momento "siempre hay tiempo para el miedo. Yo vi a profesionales llorar de miedo".

Después de la derrota, Oscar fue uno de los miles de prisioneros. Lo embarcaron en el Canberra para trasladarlos al continente.

Allí vio una de las grandes diferencias entre los dos ejércitos: la organización. Cada prisionero recibía un toallón, una maquinita de afeitar y un jabón. Los alimentaban bien y respetaban las Convenciones de Ginebra a rajatabla.

La guerra lo alejó de la fábrica de cerámicas Cerro Negro, donde trabajaba desde los 17 años y donde también estaba empleado su padre, por seis meses.

Trabajó allí hasta entrados los noventa. Después se fue a vivir al campo, su amor de siempre. Se casó con una chica a la que conocía desde siempre y los hijos tardaron en llegar. Hoy el varón concluyó sus estudios secundarios y sueña con ser ingeniero agrónomo; la mujer pasó a sexto año y por ahora "sólo piensa en divertirse".

Oscar Ramón de Olaso vive hoy en una quinta cercana a la Virgen de la Loma y se declara "feliz", criando cerdos y pollos y trabajando de vez en cuando en alguna chacra, manejando un tractor.

Mediados los cincuenta, recuerda al hombre que le dijo a poco de volver de Malvinas que "ahora no te das cuenta de lo que hiciste. Cuando tengás cincuenta años lo vas a ver diferente".

Trabajó también como portero en la Escuela 18, puesto que hoy cubre su esposa. La guerra está lejos, aunque, curiosamente, muy cerca.

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