Edición Anterior: 4 de Diciembre de 2017
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NUESTROS HEROES. Historias en torno a una medalla
Noches interminables y carta de una niña
Daniel Puertas

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Para Néstor Abel Cerrudo la guerra fueron noches interminables, húmedas y frías y frías, resplandores y estruendos lejanos, esperando siempre un combate que jamás ocurrió, ansiedad mezclada con recuerdos y la carta de una niña de once años que quebró la melancolía de esa época desangelada.

La paciencia adquirida desde la niñez en el campo, donde siempre se depende del clima y este no se puede controlar, el trabajo simple y duro, la llanura que se extiende más allá del horizonte, los vínculos sólidos y misteriosos que se establecen con los animales, a veces la única compañía, forjan caracteres firmes que a veces hacen un culto forman caracteres sólidos, acostumbrados a la resignación y a los silencios largos.

Abel, porque "todos me conocen por ese nombre" nació y se crió en el campo. La estancia fue su hogar desde siempre y naturalmente apenas concluyó sus estudios primarios en la escuela rural de Paula comenzó a cumplir con las múltiples tareas campesinas: ordeñar, alambrar, atender a los animales, mantener un parque.

En el ámbito rural se suele pasar directamente desde la niñez a la juventud. La adolescencia es un invento de las sociedades urbanas.

La lógica e inevitable separación de los padres se dio también naturalmente, cuando se fue a trabajar a otra estancia. En esos años a Abel se le fue desarrollando un intenso amor por los caballos. Aprendió los secretos difíciles de la doma, trabajó años en una cabaña de caballos criollos, de esos a los que le cantó Belisario Roldán.

La colimba era por esos años un paso casi inevitable para los jóvenes argentinos, que salvo que tuvieran algún impedimento físico o quedaran eximidos por los azares del sorteo, tenían que estar varios meses en la rudeza de la vida militar.

El servicio militar era un paso inevitable para llegar a la adultez, pero aun cuando fuera una preparación para la guerra varias generaciones de argentinos sin imaginar que alguna vez lo de la defensa de la bandera fuera algo más que una frase de circunstancias.

Néstor Abel Cerrudo, al que le tocó un número alto en el sorteo comenzó su breve carrera militar en el batallón 3 de Infantería de Marina en La Plata. Por esos años la Argentina venía de una época marcada por una violencia que desde el campo parecía más bien lejana.

El joven campesino no sospechaba que la dictadura militar iba a intentar la aventura desesperada de recuperar las islas perdidas para tratar de mantenerse en un poder que poco a poco se le iba escurriendo. Cuando lo embarcaron en un avión que lo llevaría a las Malvinas probablemente Abel tomó las cosas con la misma filosofía vagamente fatalista que acompaña la vida rural. Lo que no se puede evitar hay que aguantarlo.

Primero un Fokker lo llevó desde La Plata a Río Grande y desde allí hasta Malvinas en un Hércules.

Como otros muchos jóvenes las urgencias cotidianas no le dejaron demasiado tiempo para sentir miedo. Abel estuvo en las islas entre el 28 de abril y el 14 de junio, día de la rendición. Primero fue uno de los guardias apostados cerca de la casa del Gobernador.

El día que comenzaron a caer las bombas en ese sector, donde estaba un centro de comunicaciones, los llevaron a otra isla, a la retaguardia, en una de esas decisiones que no son sencillas de comprender pero que quizá fueron beneficiosas para los conscriptos, que eran alejados de los lugares donde se desarrollarían los combates.

Así concluyó la estadía en la capital de las islas, los paseos por calles tranquilas pero con una tensión que se adivinaba en las miradas.

Con su FAL y sus granadas, Abel pasaba los días esperando que pasara algo, que se quebrara la monotonía que, a pesar de todo, tenía un algo siniestro. La visión de bolsas negras de cadáveres llenas que llegaron en un camión, las bombas lejanas que estallaban sobre otras posiciones, el sonido ominoso del motor de los aviones, constituían la guerra, esa guerra que nunca terminaba de llegar a la trinchera donde pasaban sus horas los infantes de marina entre los que se encontraba Abel.

El clima distaba de ser amable. El frío, lloviznas persistentes. Y hambre. Las raciones eran siempre escasas. El arroz hervido frío y las albóndigas de lata no calmaban nunca totalmente la ansiedad del estómago.

Durante el día las trincheras, en las noches en las camas de un galpón convertido en improvisada cuadra militar.

Quizá porque los días eran siempre muy parecidos, Abel se durmió un día en la guardia y fue descubierto. El castigo fue encargarse de limpiar a fondo toda una cocina y escuchar palabras seguramente poco amables de algún superior.

Nunca más se durmió en una de las guardias que se montaban en los techos.

Día a día se aguardaba que la guerra llegara por fin a esa isla. A la distancia de un kilómetro, metro más, metro menos, se veían las balas trazantes con una nitidez que quizá asombraban al joven infante de marina, el resplandor de las explosiones, el humo, la guerra parecía estar muy cerca y al mismo tiempo lejana.

Las comunicaciones con las familias no existían por las rígidas normas de seguridad militar. Pero sí llegaron cartas enviadas por alumnos de distintas escuelas del país que querían alentar o consolar a esos chicos un poco más grandes que ellos que estaban en unas islas ubicadas en mares remotos e irredentas.

Quizá esos escolares que les escribían a los soldados de Malvinas estaban más conmovidos por el riesgo y las desventuras de esos jóvenes compatriotas que por el clima de enfervorizado patriotismo que dominaba el ánimo en buena parte de la Argentina.

A Néstor Abel Cerrudo le tocó la carta de una niña de 11 años, que venía de una escuela de Pergamino. La atesoró como una parte entrañable de la patria lejana, quizá alivió esos días difíciles. Entonces no imaginaba que recién pasados treinta años iba a ponerse en contacto, por fin, con esa niña, hoy convertida en una mujer madura, madre. Abel tampoco supo hasta hace poco tiempo atrás que esa carta era leída con emoción en escuelas pergaminenses cada 2 de abril.

La magia de las redes sociales, a las que tampoco nadie imaginaba en 1982, permitió que quien escribió esa carta y quien la recibió pudieran conocerse, por ahora a través de la autopista informática. "Tengo que viajar", dice con convicción Abel 35 años después, en el living de su casa, con paredes cubiertas por fotos que lo muestran cabalgando o en exposiciones equinas.

El nunca habló demasiado de Malvinas. Como otros hombres de campo, es persona de silencios profundos, de ahorrar palabras. No hay mucho que contar de un mes pasado en trincheras donde nunca llegaron los combates: el frío, la llovizna, las raciones frías porque no se podía encender fuego para calentarlas, el agua de bidones o a veces de pequeñas corrientes cristalinas. Y las noches interminables siempre iguales a sí mismas. Las caminatas para intentar conseguir un poco de calor para los músculos ateridos.

La rendición los encontró en el mismo sitio donde habían pasado casi toda la guerra. En lanchas pesqueras los llevaron hasta Puerto Argentino, les habían quitado las armas pero las radios fueron arrojadas al agua antes que llegaran los británicos.

"No nos trataron mal", recuerda Abel, que tomó la derrota con la misma filosofía con la que había tomado la guerra. Un helicóptero lo llevó hasta el Bahía Paraíso y comenzó el viaje triste de regreso al continente. Cuando recibió la baja, Abel fue a la casa de un hermano que se había radicado en Buenos Aires. No sabía que este se había mudado a un departamento interno en el mismo lugar y después de hablar con un vecino no dudó en trepar un paredón y golpearle la puerta.

"El recibimiento fue una locura", recuerda hoy Abel, que luego se tomó un colectivo en Retiro hasta Olavarría y después con un amigo hasta la estancia El Mirador, donde estaban sus padres.

Enseguida retomó la vida habitual, trabajó primero en un establecimiento de Espigas, después en otro en Iturregui, se ocupó de caballos en una cabaña y un día inició una relación de pareja, alquiló "una casita y me vine a Olavarría".

Su pareja no podía tener hijos y entonces adoptaron una niña. Por esos azares no tan casuales, entró en contacto con otros ex combatientes y un día alguien que había formado parte de la tripulación del crucero General Belgrano le informó que años atrás se había concedido una pensión para los veteranos. La tramitó y con ese ingreso la vida se hizo un poco más fácil.

Otros ex combatientes le insistieron para que pidiera trabajo como auxiliar de educación, un empleo seguro y tranquilo con el que también se benefició a los que un día fueron arrastrados a la guerra.

Después formó otra pareja, tuvo un hijo y se enganchó más con los otros veteranos. El también alguna vez dio charlas en escuelas sobre la guerra, aunque insiste en que no le dejó demasiada huella y que tampoco perdió algún amigo en los combates.

Pero luce el distintivo que lo identifica como veterano y no olvida las islas remotas. Aunque la nostalgia que cultiva con más fervor es la del campo, los caballos, las llanuras infinitamente más amables que las tierras lejanas del Atlántico Sur.

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