Edición Anterior: 8 de Enero de 2018
Edición impresa // La Ciudad
Historias en torno de una medalla
Amor de caballo contra sueños siniestros
Otra entrega de la serie de notas en homenaje a los ex combatientes de Malvinas. Hoy es el turno de Sergio Gustavo Violante.
Daniel Puertas

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El diagnóstico fue lapidario: el cuero de Ramoncito valía más que Ramoncito mismo. Un caballo de catorce años más puro hueso que pura sangre, de algo más de doscientos kilos de peso, con las costillas perfectamente visibles detrás de una piel gastada por el tiempo y el hambre pero todavía con las fuerzas necesarias para ese relincho que llamó la atención de Sergio Gustavo Violante, el sobreviviente del crucero General Belgrano que había ido al campo a comer un asado.

Lo pidió prestado para traérselo a Olavarría, donde cuidaba caballos en el Club Hípico quizá más como terapia que por necesidad laboral. Un tiempo después recibió un llamado telefónico avisándole que si quería traer a Ramoncito a pasar sus últimos días a esta ciudad debía apurarse porque se estaba muriendo en un campo donde apenas quedaban briznas de un pasto ralo.

Sergio Gustavo Violante se trajo a Ramoncito al Club Hípico de Olavarría. Durante dos meses lo alimentaron con dos tarritos de avena por día para evitar la indigestión fácil en un estómago deshabituado al alimento.

Hasta hoy Sergio suele revivir en sueños esas horas tremendas durante las cuales la balsa donde se apretujaban treinta marineros -y era para quince- subía de golpe a una altura que empequeñecía a las otras balsas naranjas y luego descendía abruptamente a un abismo del que parecía imposible salir.

Todavía hoy consigue conciliar el sueño a fuerza de pastillas. Y no es que en su vida hayan escaseado las horas difíciles. Era muy niño cuando su madre abandonó a su padre y a sus ocho hijos. Violante padre se hizo cargo, aunque debía confiar en los mayores para cuidar a los menores de lunes a sábado, ya que el primer día hábil de la semana debía irse al campo, donde era cuidador de caballos y volvía en la víspera del domingo.

Cada tanto hacía además changas de albañil, pero ocho bocas son demasiadas para un sólo trabajador.

Sergio tenía ocho años cuando tuvo su primer empleo en la panadería en la que uno de sus hermanos mayores era maestro de pala. Los cuatro pesos semanales que le pagaban eran menos valiosos que el pan de cada día que llevaba para su familia.

Abandonó la escuela primaria cree que en cuarto grado. Como un aviso del destino, esa escuela era la número cincuenta "Islas Malvinas". Como tantos otros chicos amaba el fútbol y comenzó a jugar en las inferiores de Racing más o menos en la misma época en la que comenzaba su vida de trabajador.

Su padre era de esa clase de hombres de campo de silencios profundos y escasas pero casi siempre exactas palabras. "Le teníamos más miedo a sus palabras que si nos pegara con un látigo", recuerda ahora Sergio con un brillo repentino en su mirada.

El más grande de sus hermanos tenía apenas catorce años cuando tuvo que asumir el cargo de jefe de familia de lunes a sábado. Sergio Gustavo Violante nunca llegó a la primera de Racing, como sí lo hizo otro de sus hermanos, que jugó además en esa selección de Olavarría que hizo una historia buena en el Campeonato Argentino hasta que hinchas enardecidos hicieron una historia mala en el Parque Carlos Guerrero, cuando Mar del Plata eliminó al combinado local y sus jugadores debieron huir del estadio en tanques de guerra en 1970.

Pero ya veterano fue campeón con el equipo del Centro de Veteranos y recibió el premio anual del periodismo deportivo en 2003.

Antes de la guerra conoció en la despensa en la que trabajaba a Stella Maris Recofsky también empleada alli. Evidentemente, los dos adolescentes se enamoraron muy rápido y ese amor era verdadero porque todavía hoy están juntos y tuvieron tres hijos, todos los cuales tienen tatuada en la piel las Islas Malvinas. Toda una definición de vida.

Uno de ellos siguió la carrera militar, otro trabaja en Ferrosur y la mujer es empleada del Consejo Escolar y estudiante del profesorado de Biología.

Cuando llegó el momento del Servicio Militar Obligatorio a los tres últimos números del documento de Sergio le tocó en el sorteo el número 925: Marina.

En junio de 1981 ingresó a la Armada y cree que la vida militar le fue útil: "te deja cosas cuando has recibido una educación honesta", sentencia ahora. Pero recuerda con bronca indisimulable a un sargento instructor que "era un sanguinario, se puede decir que nos torturaba. Nos despertaba a las dos de la madrugada y nos hacía salir en calzoncillos para ‘bailarnos’ durante dos horas. Lamentablemente nunca más me lo volví a encontrar".

Finalizada la instrucción lo destinaron al crucero Belgrano. Por su oficio de panadero, se convirtió en facturero y debía trabajar entre las 20 y las 4.

Recién el 17 de abril de 1982 el Belgrano se dirigió al teatro de operaciones. El 2, cuando las tropas argentinas invadieron las islas, el crucero estaba en reparaciones. Sergio Gustavo Violante estaba en su litera, la de más arriba, la número 3, a las cuatro de la tarde del 2 de mayo.

El cartelito que anunciaba el "permiso de sueño" impedía que algún suboficial despistado decidiera despertar al marino dormido. Esa siesta fue interrumpida bruscamente y Sergio despertó en el piso. Habían pasado dos minutos de las 16 cuando el primer torpedo disparado por el HMS Conqueror impactó en el buque y mató a 274 de sus 1093 tripulantes.

En el piso del sollado Sergio se encontró con que todas las luces se habían apagado y el barco se escoraba. Intentaba incorporarse cuando llegó la segunda explosión. Era el segundo torpedo "que cortó como quince metros de la proa".

Sergio Violante comenzó a subir –"estaba como cuatro o cinco pisos abajo"- y en ese trayecto hacia cubierta se encontró marineros con terribles quemaduras, otros cubiertos de petróleo. Debían concentrarse en la panadería y Sergio avanzaba con el único objetivo de seguir vivo al instante siguiente.

Cuando todos los panaderos llegaron a su sector faltaba el cabo principal, un cabo segundo y dos marineros.

Pero el cabo principal apareció enseguida, totalmente cubierto de petróleo. Los tres restantes se incluyen en las 323 bajas que dejó el hundimiento del Belgrano, aunque entonces ni Sergio ni sus compañeros lo sabían.

Cada marinero tenía asignada una balsa y en el zafarrancho de abandono debían correr hacia ella. El buque se escoraba cada vez más y la balsa de Sergio quedaba en la parte de abajo, por lo que Sergio y sus compañeros pudieron llegar rápidamente al mar.

Pero otras de las 72 balsas del crucero quedaron destrozadas. En la balsa de Sergio se ubicaron otros quince marineros, algunos rescatados del mar. Fue una de las más sobrecargadas.

Pero "que fuéramos tantos nos ayudó, nos dábamos más calor unos a otros". En cambio, "encontraron una balsa con sólo tres hombres. Todos estaban muertos".

No estaban a salvo todavía, ya que debían alejarse de la succión del barco cuando se hundiera: "teníamos que dar la vuelta al buque. Y lo único que teníamos era un remo chiquito de plástico" por lo que debieron usar sus manos en medio del frío, la tormenta terrible, las olas gigantes. Pero lo lograron.

"El barco se dio vuelta por completo y se fue hundiendo despacito". Esa seguramente es una de las imágenes que todavía hoy pueblan algunos sueños de Sergio.

A lo lejos se veían las siluetas de los destructores Bouchard y Piedrabuena. No debe haber sido poca la desesperación de los marineros con cuyas balsas jugaba un océano inmisericorde cuando vieron que la imagen de esos barcos en lugar de agrandarse se achicaba. Se iban.

"Estuve cuarenta horas en la balsa. Las olas fueron rompiendo los cierres y entraba el agua. De la cintura para abajo no sentía nada, estaba congelado". Durante esas cuarenta horas Sergio no recuerda haber comido o bebido nada. Sólo pensaba en seguir vivo.

Al día siguiente vieron un avión y renacieron sus esperanzas. Pero la aeronave también desapareció enseguida en el horizonte y ellos no sabían si los había visto o no. Las balsas las habían unido de tres en tres con los cabos que todas llevaban a bordo, pero nadie sabía si vendrían a rescatarlos o no.

El avión, un Neptune 2-P-111 de la Armada a cargo del comandante Pérez Roca sí los había detectado. El suboficial Ramón Leiva había visto las balsas y rápidamente se alertó a las unidades de búsqueda que había un campo de salvavidas que se extendía por unas dos millas marinas.

Era más o menos la una de la tarde del lunes 3 de mayo. A la medianoche "apareció de repente una luz que comenzó a acercarse. Era como un ovni", cuenta Sergio riéndose.

El reflector era del ARA Piedrabuena, cuya imagen se recortaba poco a poco en la noche reviviendo esperanzas en los marineros semicongelados.

Con un arnés sobre el pecho, los marineros fueron izados a bordo. Estaban a salvo.

El 5 de mayo a la madrugada llegaron a Ushuaia, donde "me dieron un café, unas masitas y un cigarrillo. Fue lo primero que comí".

Un cuñado que estaba en la división aérea de la Armada averiguó que Sergio se contaba entre los sobrevivientes y avisó de inmediato a Olavarría. El empleador de su novia, Francisco Rivas, viajó para verlo en Capitán Sarmiento. Se abrazaron, lloraron y se despidieron cuando un suboficial comunicó que se había agotado el tiempo de la visita. Fueron apenas quince minutos, pero Rivas podía contar a Stella Maris que Sergio estaba vivo y en una pieza.

La llegada a Olavarría fue "muy triste. Llegó el tren y no había nadie. Era como llegar a una ciudad fantasma".

Caminó primero hasta la casa de su novia y después de su padre. Violante padre ya estaba afincado definitivamente en la ciudad como albañil y ese hombre "frío, de pocas palabras" se abrazó a su hijo y ambos lloraron.

Sergio tenía la ilusión de que iba a recibir la baja enseguida. Pero lo destinaron por dos meses y catorce días a la base naval Azopardo, en Azul. Al menos podía volver a Olavarría todos los días. El 14 de agosto recibió la baja y en octubre se casó con Stella Maris.

Volvió a su oficio de panadero, trabajó en Cerro Negro, concluyó sus estudios primarios. "Desde Malvinas hasta 1993 la pasamos muy mal" cuenta. La pensión comenzó a ayudar, pero todo era muy duro. En 1996 intentó un emprendimiento de panificación, pero no era una buena época y debió cerrarlo.

"Todo fue una lucha, nadie te regala nada. Por esa lucha conseguimos lo que conseguimos. Hemos estado tres meses tirados en la Plaza de Mayo", asegura.

Vivió en casas alquiladas, otras veces prestadas. Pudo conseguir un crédito que otorgaban a ex combatientes y con eso compró el terreno donde hoy está su casa. Es el barrio Acupo II y "como ya era propietario del lote conseguí que me dieran rápido la casa cuando construyeron el barrio".

Así, después de no pocas penurias consiguió la casa propia. Trabajó como auxiliar de educación, otro beneficio que consiguieron los veteranos.

Pero siempre el océano tempestuoso, las olas gigantescas, los compañeros muertos, el crucero que se hundía estuvieron en sus sueños.

Lo que le debió procurar inmediatamente el Estado, terapia psicológica, la hizo muchos años después. Pero los sueños no se rinden, ni siquiera ante las pastillas.

Su hijo Ricardo, el empleado de Ferrosur ceba mate en el living de la casa paterna. Y menciona a Ramoncito, despertando un brillo notorio en la mirada de su padre.

Con un gesto simple, Ricardo da a entender que a él los caballos no le interesan demasiado, pero "vi lo que hizo ese caballo por mi padre". Cuando ya estaba desahuciado, los cuidados y el amor de Sergio y su familia recuperaron a Ramoncito, el que, increíblemente, volvió a correr a su edad venerable en los hipódromos de la región.

El caballo veterano corrió cinco carreras. Ganó tres. A una edad en la que otros caballos afortunados disfrutan de una merecida jubilación o los desafortunados han muerto.

Ramoncito, de quien un veterinario dijo que su cuero valía más que él volvió a ser un caballo ganador, aunque los Violante "jamás hicimos una apuesta. Eso no nos importaba".

La dueña del caballo pidió su restitución. Ramoncito se negaba a subir al vehículo que lo devolvería al campo de La Madrid y hubo que obligarlo.

Pero cuando llegó se negó a comer. Y no comió mucho en los seis meses siguiente, en los que fue languideciendo hasta morir. Lejos de Sergio, que lo conserva en fotos, en video. Y que tal vez aguarda el momento en que su relincho y la caricia de su morro logren borrar para siempre la tormenta, el frío, las olas y los compañeros muertos.

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