Edición Anterior: 28 de Enero de 2018
Edición impresa // La Ciudad
El Estado es el más grande empleador sin registrar del país
El trabajo en negro y la poca autoridad ética del Ministro que debe combatirlo
El Estado es el mayor empleador en negro del país. El Ministro de Trabajo vio socavada su credibilidad: en una maniobra rara su casera pasó de trabajar en negro a una formalidad a medias con cargo sindical incluido. El Ministro tiene sangre sindical. ¿Del sindicalismo que el gobierno combate? No. Del sindicalismo aliado con los poderes. Su padre, otro Jorge Triaca, fue ministro de Menem.
Silvana Melo

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¿Será entonces que Jorge Triaca comparte origen con ese sindicalismo de histórico prontuario de connivencia con los poderes y de escasa empatía con los trabajadores? ¿Será que comparte espacio con el sindicalismo que el Gobierno combate o con aquel que es funcional a un proyecto político claro y preciso? ¿Será entonces que Jorge Triaca es ministro de Trabajo porque es más empresario que sindicalista, modelo perfecto redondeado en el menemismo pero con germen en la dictadura? Dicen en las redes sociales que la casera le provocó más problemas al Ministro en una tarde que la CGT en dos años. Y esto también es un síntoma. Porque en un estado que emplea sin registro, que paga parte de los salarios en negro (y esto no es M ni K, es sistémico), no es extraño que un Ministro de Trabajo emplee ilegalmente, blanquee a medias antes de asumir, invente un carguito en un sindicato (a cuyo líder su propio gobierno lo encarceló por corrupción) y después insulte, como para redondear.

Triaca es, entonces, una pieza lógica en un engranaje coherente. Y es, a la vez, la fatalidad de una historia que se repite. De otra coherencia, esta vez familiar. Su padre (también Jorge Triaca) fue sindicalista plástico y se convirtió en el Ministro de Trabajo de Carlos Menem durante el período más brutal de la reforma del Estado, que dejó apenas hilachas de las empresas públicas y un oleaje de desempleo aterrador. "Yo soy Ministro de Trabajo, no de los trabajadores", dijo Triaca padre ni bien asumió. Y encaró una legislación laboral muy similar a la que hoy su hijo acompaña desde el mismo despacho y el mismo sillón, 25 años después.

No es Triaca un desatino de la época. Es lo posible. Un ministro de Trabajo de sangre sindical en un gobierno con un ex ministro de Economía tajante: los trabajadores deberán elegir entre aumento de salario o conservar el empleo (Prat Gay dixit). Y con un actual ministro de Economía (Nicolás Dujovne) que cree que la responsabilidad de la inflación es de los salarios. Y quiere "sacarnos de encima" la cláusula gatillo de las paritarias, la que permite que si la inflación termina siendo más alta que el acuerdo, el salario no pierda poder adquisitivo.

Discursos

Pero el problema de Triaca no es ser una pieza lógica del engranaje cambiante. Su problema –el mismo recurrente del gobierno que lo sustenta- es cómo sostener un discurso moralizante de la administración pública y de la conducción del país en su generalidad, sin pergaminos de autoridad ética que lo respalden. La doble moral (que se cuela en la masividad de los conflictos de intereses de ministros – gerentes o en la cantidad de piezas en la conducción política del estado que han formado parte de los procesos de corrupción que condenan) termina colocando en primeras planas declaraciones revulsivas e incontestables como la del ex amigo Hugo Moyano: "si voy preso, lo único que pido es que sea al lado de la celda del padre de Macri". Hay personajes que tienen entre sus diplomas relaciones non sanctas que no pueden evaporarse.

Es decir: uno de los mayores problemas de Triaca es ser parte de un gobierno que enarbola la república y la lucha contra el empleo en negro. Y la torpeza de un audio de whatsapp –no hay que dejar grabadas estas cosas, querido Ministro- que desnuda una situación en disputa total con el discurso oficial y que el periodista Mario Wainfeld describe con picardía: "para ahorrarse unos manguitos, ideó un gambito enrevesado, berreta y acaso corrupto a la vez. La nombró delegada en la administración del Sindicato de Obreros Marítimos (SOMU) cuya intervención es blandida por el oficialismo como una jugada maestra para la depuración de los gremios". Una delicia.

Una contradicción semejante arrincona la continuidad de un ministro. Como el descaro de tantos otros de manejar servicios públicos desde la gerencia de las empresas que deben controlar.

Pero éstos son todos buenos. Aunque hagan lo mismo que los otros, que eran todos malos.

En negro

De todas maneras, la paradoja entre la llegada triunfal para terminar con el empleo no registrado y una realidad abiertamente en la antítesis, no es un problema del macrismo sino un statu quo permanente desde hace años. En estos días el ministro de Modernización de la Nación, Andrés Ibarra, criticó "el descuido que la política ha provocado" –"la política" suele ser una buena abstracción a la que culpar- y contabilizó que sólo en la administración central, "de los 210 mil empleados que tiene el Estado, hay 140 mil aproximadamente que son de planta y 70 mil, o sea, el 50%, que son contratados". Es decir que, entre contratados y transitorios, el Estado es el principal empleador en negro del país. E incumple en forma flagrante las leyes que disponen cómo se contratan empleados. Eso sí, la AFIP es implacable para con los pequeños empresarios, a los que se obliga a cumplir con toda la tributación impositiva y la legislación laboral.

La norma vigente actualmente es de 2006: establece en un 15% la proporción de personal transitorio sobre el total de trabajadores permanentes. Muy lejano del 50% actual.

Según el Cippec, citado por Chequeado.com, la participación de los trabajadores contratados pasó de representar el 15% del total de los empleados públicos en 2003 al 30% en 2012. Y en el 2018 llegó a la mitad.

Es imprescindible destacar que estos empleados suelen trabajar las mismas horas y con la misma intensidad de los que planta permanente. En algunos casos comparten oficinas. Pero con profundas diferencias salariales: según los datos de Cippec, un empleado en planta transitoria en 2012 ganaba un 70% del salario de un trabajador de planta; un contratado, el 63%.

Precarización e inequidad son constantes en la contratación del Estado: los docentes han sido, en la historia reciente, una ruidosa muestra. Sus salarios suelen acumular sumas fijas no incluidas en el básico, que llegan a superar el 50% de lo que reciben en mano. Sobre esas sumas no se calculan aportes jubilatorios, por ejemplo. Es decir que los haberes previsionales suelen ser el 40% menos de lo que se esperaba.

Jubilados

El empleo en negro (no registrado) es un desafío enorme que afronta el Gobierno y al que ha llegado, sostiene, a combatir. Una de sus herramientas para hacerlo es el ministro Jorge Triaca.

Un 35% de la fuerza laboral (unos 4 millones de personas) trabaja sin registro, lo que implica no tener acceso a beneficios fundamentales: justicia en el salario, vacaciones, sindicalización, aguinaldos, aportes para la salud y para la jubilación. Centenares de miles de personas que quedaron desempleadas en años terribles o que no accedieron a empleos registrados fueron beneficiadas con una jubilación mínima que les concedió un porcentaje de justicia en la década pasada. Sin embargo, hoy son encuadrados en el marco de una vileza falaz: "gente que se jubiló sin trabajar". Que no tuvo acceso ni a la suma fija (irrisorios 500 pesos) que los jubilados recibieron en el haber de enero para "reparar" aquello que perderán con la reforma previsional. Si se habla de inequidad, los jubilados pican en punta.

Y son la variable de ajuste ante el agujero fiscal que el Gobierno quiere llenar de cualquier manera.

Sin embargo, su contradicción fundante determina que, por un lado, hay que recaudar (reforma jubilatoria cueste a quien le cueste) pero también es imprescindible sostener la alianza con los amigos. Por lo tanto, se vuelven a rebajar los aportes patronales, por lo que el sistema previsional tiembla en su estructura. La baja en retenciones a actividades de enorme concentración fue la otra señal. El agujero fiscal sigue siendo tan grande como la olla que deja Veladero en San Juan.

En el medio de esta disputa ética y práctica entre el decir y el hacer oficial, aparece Triaca con su audio de whatsapp. Que destaca más en el imaginario público el insulto y el lugar donde la manda a su casera, que la gravedad institucional que implica su maniobra de empleo en negro y posterior ocultamiento que limpie su cara ministerial.

Y, por las dudas: dicen en las redes sociales que la casera le provocó más problemas al Ministro en una tarde que la CGT en dos años. ¿No es eso un síntoma?.

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