Edición Anterior: 28 de Enero de 2018
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¿Qué se pierde cuando desaparece una lengua?
Detrás del recorrido de las lenguas originarias en la Patagonia, un par de científicas toma como eje la imposición del castellano a partir de la Ley 1420 para analizar el pasado y el presente. Desde ahí se señala que es necesario contar con nuevos colectivos de hablantes y promover el habla desde los formatos tradicionales pero también Internet o de manera multimedial.
“La diversidad lingüística es esencial en el patrimonio de la humanidad. Cada lengua encarna la sabiduría cultural única de un pueblo. Por consiguiente, la pérdida de cualquiera de ellas es una pérdida para toda la humanidad”, asegura el documento Vitalidad y Peligro de Desaparición de las Lenguas, redactado en el año 2003, en París por el Grupo especial de expertos de las lenguas en peligro convocado por la UNESCO.

La licenciada en Letras y becaria doctoral del Instituto Patagónico de Ciencias Sociales y Humanas (IPCSH-CONICET), Verónica Domínguez, estudia la documentación de las lenguas que las diferentes comunidades originarias de la Patagonia hablan en el presente y hablaron en el pasado.

A partir de la sanción de la ley 1420 de Educación Común en 1884, el Estado impulsó la educación primaria, gratuita y obligatoria a lo largo de todo el Territorio Nacional con el objetivo de alfabetizar e imponer el castellano. Un gran número de docentes comenzaron a radicarse en diferentes regiones del país, para expandir esa educación.

“Observé una contradicción entre los docentes que llegaron a la Patagonia” dado que “si bien por un lado bregaban por imponer el español como lengua hegemónica, por otro lado anotaban y registraban las lenguas indígenas porque creían que se iban a perder. En ese proceso, las valoraban y las perpetuaban”, describe Verónica Domínguez.

Dejar registro

Tomás Harrington fue un etnólogo y maestro ambulante del siglo XX. Entre los años 1911 y 1955 recorrió en su labor pedagógica, el sur del país y tomo registro del lenguaje utilizado por diferentes comunidades. Esas anotaciones fueron posteriormente utilizadas por otros estudiosos para reconstruir las lenguas o estudiarlas.

“Comencé transcribiendo unas libretas de Tomás Harrington que están en gününa iajüch hablada por los Gününa Küne (tehuelches septentrionales de la Patagonia Norte). La documentación y parte del estudio de estas lenguas indígenas me permitió preguntarme si existían otros maestros que hubieran registrado lenguas indígenas. Allí surgieron otros nombres como el de Segundo Fernández”, asegura la licenciada en Letras.

Estos educadores contratados y traídos por el Estado, no sólo registraban de forma individual, sino que publicaban e intercambiaban preguntas entre ellos, conformando así una red de etnólogos de oficio.

“Posiblemente, estudiaron las lenguas indígenas porque existía una ideología dominante de la época vinculada a la extinción, es decir que creían estar frente a los últimos hablantes de las lenguas indígenas. Ante esa sensación de estar frente a una cultura que consideraban que se iba a perder y a quedar en el olvido, comenzaron a registrarlas y a intercambiar saberes. Estas anotaciones pueden ser en la actualidad herramientas valiosas para las comunidades originarias, ya que pueden contribuir a los procesos de revitalización de las lenguas”, explica la científica.

Sin embargo y a pesar de estos registros, el estado de situación actual de las lenguas indígenas en Patagonia no parece favorable.

Colectivos de hablantes

“Existe un proceso intencionado de desplazamiento, que se profundizó a medida que se fue imponiendo el español como lengua hegemónica y se acentuará el desprestigio de las lenguas locales. Es un hecho indudable que en muchos casos se ha interrumpido la trasmisión intergeneracional y las lenguas no se aprenden desde el nacimiento en los hogares”, indica la lingüista Marisa Malvestitti, del Instituto de Investigaciones en Diversidad Cultural y Procesos de Cambio de la Universidad Nacional de Río Negro y directora en el marco de una investigación doctoral interdisciplinaria que tiene al historiador del CONICET, Julio Vezub como co-director de la becaria, Verónica Domínguez.

Así, la supervivencia de las lenguas en Patagonia, depende de una construcción cultural e identitaria que sucede tanto por dentro, como por fuera de las comunidades originarias y que involucra a diferentes actores sociales.

“El mantenimiento de las lenguas puede lograrse si se generan nuevos colectivos de hablantes, en programas gestionados en base al deseo y el posicionamiento político de volver a emplear la lengua en muchas y diversas funciones, en formatos tradicionales, en Internet, multimedia”, plantea la profesional.

En ese plano, “es fundamental el rol de los colectivos étnicos y no es menor el de quienes tienen otros orígenes familiares y comparten esa disposición para convertirse en hablantes. La articulación entre hablantes, neohablantes, referentes locales, lingüistas, educadores, permitirá conformar equipos que colaboren a la creación, sostenimiento y amplificación de las políticas lingüísticas como políticas públicas en nuestro contexto regional”, concluye Malvestitti. www.conicet.gov.ar




Ir hacia la cosmovisión originaria

Trabajar con las comunidades originarias brinda elementos que pueden resultar esenciales para la conservación del medio ambiente.


A veces un saber determinado no es completo sino es interpelado por diferentes personas. Es decir, se completa cuando se incorporan nuevas voces. Juana Aigo, investigadora del CONICET, entrevistó a pobladores de tres comunidades mapuches (Puel, Raquithué y Lafquenche) que habitan los alrededores de los lagos Aluminé, Huechulafquen y Paimún, provincia del Neuquén. Su objetivo era registrar cómo los conocimientos tradicionales que tienen sobre los recursos acuáticos permiten pensar alternativas de desarrollo y tomar decisiones de conservación y manejo sustentable de los recursos naturales.

Para las comunidades mapuches cordilleranas del oeste de esa provincia, los cuerpos de agua son considerados entidades vivas merecedoras de respeto. “Es por eso que desde la cosmovisión de muchos pueblos originarios, la naturaleza es parte constituyente de un continuo en el que humanos y no humanos se relacionan como piezas iguales dentro de un mismo universo”, explica Aigo, investigadora asistente del Grupo de Etnobiología e Instituto de Diversidad y Evolución Austral, (IDEAus–CONICET).

Herramienta valiosa

“Desde el razonamiento antropocéntrico occidental muchas veces suponemos que la naturaleza se encuentra a nuestra disposición. Desde la visión biocéntrica de los pueblos originarios, esta relación no es jerárquica sino horizontal y armónica. Todos los elementos de la naturaleza se encuentran en un mismo nivel: personas, flora, fauna o cualquier otro componente del ambiente, y las acciones que una persona realiza tiene una consecuencia para otro componente. Por ejemplo para extraer cualquiera de los elementos que componen los lagos y ríos, las comunidades parten del permiso y reciprocidad con el ambiente”, explica la investigadora.

La científica se acercó a la comunidad Puel vinculada a un proyecto interdisciplinario de extensión de la Universidad Nacional del Comahue, Centro Regional Bariloche, que se inició a partir de un pedido de asesoramiento técnico que realizaron los mismos pobladores para estudiar las lagunas que se encuentran en los alrededores de su territorio, con el objetivo de encontrar estrategias económicas alternativas a la cría del ganado.

“La importancia de este trabajo realizado además junto a Ana Ladio, investigadora independiente del CONICET y directora el Grupo de Etnobiología de la Patagonia, es que recopila datos empíricos sobre la visión que tienen estas comunidades sobre los cuerpos de agua y los seres que los habitan. Se busca que esta información sirva como herramienta para que a la hora de conservar o manejar determinado recurso, puedan ser considerados estos puntos de vista y se invite o incluya a las comunidades a participar del proceso de toma de decisión, favoreciendo de esta manera la conservación biocultural” asegura.

Estas comunidades mapuches de la provincia del Neuquén actualmente administran en parte y según sus propios criterios distintas actividades o emprendimientos vinculados al sector turístico, como algunos campings y un centro de esquí en el caso de la comunidad Puel.

Resignificados

De la información recolectada para el trabajo, son varios los aspectos que llamaron la atención de la científica.

“Es sumamente interesante el conocimiento local sobre las especies de peces y el impacto que algunas pueden tener para el ambiente. Los conocimientos en las comunidades estudiadas incluyen saberes y prácticas que han sido moldeadas a través de la historia y con una fuerte impronta simbólica. Esto se vio reflejado en los relatos de los pobladores por ejemplo respecto al conocimiento de las truchas, que son animales que fueron introducidos y su percepción como especies que invaden y matan a otros peces de los ambientes acuáticos. Una pobladora en su relato nos transmitía que su abuela contaba ‘que de pronto aparecieron en el río esos peces grandes, cabezones, que no había visto antes, ya anduviera cerca el winka’ (hombre blanco)”, destaca la investigadora.

Para Aigo las creencias propias que conforman la cosmovisión mapuche se van transformando y adaptando a los cambios y al impacto ambiental y social que ha sufrido Patagonia a lo largo del tiempo.

“Este conocimiento tradicional es dinámico y todo el tiempo se va resignificando. Por eso es importante destacar cómo estas creencias luego se traducen en normas que regulan el comportamiento social sobre estos ambientes favoreciendo su conservación. Por ejemplo si se realiza cualquier tipo de extracción de un recurso que sea solo lo que uno necesite, porque tomar de más, según la percepción de los pueblos originarios, significa causar daño a la naturaleza”, afirma. www.conicet.gov.ar


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