Edición Anterior: 31 de Enero de 2018
Edición impresa // La Ciudad
Historias en torno de una medalla
Una promesa cumplida y un sueño de paz
Una nueva entrega en la serie de notas en homenaje a nuestros héroes de Malvinas. Hoy es el turno del ex combatiente Urbano Martín Olivieri.
Daniel Puertas

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A los 59 años, el pastor Urbano Martín Olivieri sueña con la construcción del jardín maternal que aliviará a muchas parejas jóvenes del barrio y llevará un nombre significativo: héroes. Treinta y cinco años atrás guiaba el timón del buque insignia de la Armada argentina en la Guerra de Malvinas, el ARA Santísima Trinidad, hoy tiene en sus manos el timón de un templo evangélico y sigue cumpliendo con la promesa que le nació del alma a poco de enterarse del hundimiento del crucero General Belgrano.

En esas horas angustiantes donde el buque era sacudido por olas de más de siete metros, donde los submarinos ingleses eran más temibles aún que el mar revuelto y que el viento huracanado, cuando sospechaba que el hombre que lo había acercado a su novedosa fe podía estar muerto, prometió a Dios que "si me sacás de ésta" le iba a entregar el resto de su vida. Y cumplió.

Olivieri, a quien todos conocen por su segundo nombre, ingresó a la Armada en 1977, estudió en la Escuela de Mecánica de la Armada cuando todavía ese nombre no tenía las resonancias siniestras que adquirió más tarde. Cuando alumbraba la década del ochenta el jovencísimo Martín Olivieri sentía que ya había cumplido algunos sueños módicos, como el haber conocido ciudades del mundo que poco antes eran apenas nombres remotos escritos en algún mapa.

El ARA Santísima Trinidad por entonces también era un buque con historia. Se trataba de un destructor de la Clase Tipo 42, gemelo del ARA Hércules, cuya construcción se hizo en forma conjunta con el Reino Unido, algo que en su momento despertó más de una crítica porque se sostenía que el modelo no estaba suficientemente probado.

El prototipo era el HMS Sheffield y nadie sospechaba a fines de la década del sesenta y principios de la del setenta que esa destructor inglés sería destruido poco más de una década más tarde por un misil argentino en el Atlántico Sur.

El Santísima Trinidad estuvo a punto de hundirse sin haber navegado jamás en 1975, cuando buzos tácticos de Montoneros pusieron una carga de gelamón en el pilote al que estaba amarrada la nave. Aunque se evitó que se hundiera totalmente, sufrió daños que nunca fueron reparados del todo y durante la Guerra de Malvinas dicen que la notoria vibración era consecuencia de ese atentado.

Lo cierto es que la bomba demoró el equipamiento del destructor pero no lo impidió y en 1981 el ARA Santísima Trinidad llegó al puerto de Portsmouth con Urbano Martín Olivieri como uno de sus timoneles.

El 24 de abril de 1981 llegó a ese puerto británico y comenzó la tarea de poner a punto sus sistemas operacionales, lo que incluyó el lanzamiento de un misil Sea Dart. Mientras esta tarea estaba en marcha, el cabo Urbano Martín Olivieri hacía amigos ingleses, a los que se había acercado a partir de la fe común.

El cabo argentino se había acercado a este credo por el hermano de quien sería luego su esposa, también cabo de la Armada, Jorge Enrique Cicotti.

Hoy recuerda con cierta nostalgia esos encuentros amables, los picnics en espacios verdes de la ciudad portuaria. En el viaje hasta Portsmouth, el Santísima Trinidad había hecho escalas en Río de Janeiro, en el Puerto de la Luz, en las islas Canarias, ciudades que habían pasado como imágenes de maravilla ante los ojos muy abiertos del timonel santafesino dibujando nostalgias futuras.

Olivieri vivió nueve meses en Inglaterra sin sospechas que pocos meses más tarde los británicos pasarían a ser nada menos que el enemigo, que muchos de ellos se arrepentirían amargamente de haber contribuido a mejorar la capacidad operacional de la flota argentina.

El Santísima Trinidad llegó a la Argentina el mismo día que comenzaba el verano de 1981. El 28 de marzo de 1982 partía rumbo al Atlántico Sur como buque insignia del Comando de la Fuerza de Tareas 40. Se iniciaba la Operación Rosario.

A bordo del buque cuyo timón quedaba a cargo del cabo Olivieri viajaban los jefes de la operación y los comandos anfibios que debían ocupar la isla. El viaje no fue sencillo y debieron afrontar un temporal que duró tres días.

Las olas llevaron a la pérdida de tanques de combustible que los comandos anfibios llevaban en cubierta. La demora obligó a demorar el desembarco hasta la mañana del 2 de abril.

Hoy, más de 35 años después, recuerda la bengala que los iluminó a todos cuando estaban frente a la isla, el inmediato cuerpo a tierra sobre cubierta que hicieron todos cuantos estaban allí esperando lo que suponían fuego de artillería.

Se acercaba la medianoche y los comandos habían comenzado a bajas a los botes unas pocas horas antes. Olivieri recuerda la enorme tensión de esos momentos previos al desembarco.

Pasadas las seis de la mañana llegó la orden de desembarcar y las tropas del Regimiento 25 de Infantería que viajaban en el ARA Cabo San Antonio se dirigieron a la isla. Enseguida las tropas argentinas tuvieron su primera baja, el capitán Pedro Giachino, que cayó por una ráfaga de ametralladora cuando trataba de obligar a rendirse al gobernador Rex Hunt.

El 6 de abril el buque que tenía como timonel a Urbano Martín Olivieri regresó a Puerto Belgrano para reaprovisionarse. Después volvieron al Atlántico Sur con la misión de proteger al portaaviones 25 de Mayo.

El pastor Olivieri recuerda hoy el extremo cuidado, la tensión que suponía mantener el rumbo del barco en un océano tempestuoso, con olas gigantescas que superaban la altura del buque mientras todos los sentidos estaban puestos en evitar cualquier desvío.

El Santísima Trinidad fue asignado a la defensa del portaaviones 25 de Mayo. La noticia del hundimiento del crucero General Belgrano golpeó fuerte a Urbano Martín Olivieri. En ese buque prestaba servicios Jorge Enrique Cicotti, su cuñado, quien lo había acercado a la fe. Después sabría que el torpedo había impactado en la proa a la hora que Jorge estaría descansando, por lo que seguramente fue una de las primeras víctimas.

"Sus restos descansan en el Mar Argentino" dicen hoy documentos que lo ubican entre los 323 héroes que murieron ese fatídico 2 de mayo. Olivieri puso todo el fervor en esa promesa de entregarle su vida a Dios aunque para ese joven de 22 años el futuro era todavía un libro cerrado. Pero sí era consciente de la profundidad de esa experiencia vivida en alta mar, en un mundo donde los temporales eran una realidad cotidiana.

A la derrota devastadora se le sumó después la incomprensión de una sociedad que primero siguió la guerra con euforia y después intentó esconder debajo de la alfombra a quienes la habían librado.

Mientras el país intentaba olvidar Malvinas y aguardaba con ansiedad la democracia perdida, Urbano Martín Olivieri pidió la baja de la Armada, Se casó en 1983 con una mujer que había vivido la guerra de otra manera quizá no menos cruel: era enfermera en Puerto Belgrano y debió atender a muchos heridos, a chicos a los que se debían amputarle miembros congelados o presentaban heridas terribles.

A esa tarea se le sumaba la carga de la angustia de no tener noticias de su novio mientras el barco navegaba el Atlántico Sur, siempre con el fantasma de los submarinos ingleses. El reencuentro debió estar cargado de una emoción indefinible y quizá curó las heridas causadas por interminables horas de trabajo duro y angustiante y después las noches de insomnio.

Olivieri también se dedicó a la enfermería y la ejerció durante años. En Olavarría estuvo años en el servicio de emergencias. Llegó a esta ciudad en una misión evangélica y aquí se afincó definitivamente.

El matrimonio tuvo tres hijos y en los primeros tiempos no se hablaba de Malvinas. A Martín le costó años poder franquearse y recién en los últimos años se acercó al Centro de Veteranos.

"Uno había sido preparado para ganar", dice hoy al recordar la desazón de la derrota, los sueños inicinerados en la hoguera del Atlántico Sur, la lenta adaptación a la vida "normal" después del conflicto.

Hoy parece haber hecho más o menos las paces con los recuerdos duros después de años en los que "me costaba hablar de la guerra".

Un desfile en el 9 de Julio en Buenos Aires fue un momento clave en ese proceso de reconciliación con esa parte breve pero tremendamente intensa de su vida. Hoy Martín Olivieri ha sembrado otro sueño que riega cuidadosamente día a día: construir el jardín maternal "Héroes", que puedan albergar niños que serán esperanza de futuro en un edificio que recordará quizá para siempre a Jorge Enrique Cicotti y a los otros héroes entrañables a los que Martín Olivieri tal vez homenajea con cada minuto de su vida mientras se dedica a pastorear almas en la Iglesia Cuadrangular Nueva Vida.

Al final de la charla sorprende al cronista con un gesto inesperado: sin ceremonia previa le entrega un cuadrito del ARA Santísima Trinidad recibido del Estado cuando se cumplió un cuarto de siglo de la guerra. El regalo de un regalo.

El ARA Santísima Trinidad tiene mucha historia. Fue uno de los buques que el entonces presidente Carlos Menem envió a la guerra del Golfo, cuando Estados Unidos invadió Irak. En 2013 casi se hundió en Puerto Belgrano cuando ya estaba condenado al desguace, pero fue reflotado y hasta se lo mencionó como futuro museo recordatorio de la Guerra de Malvinas.

Urbano Martín Olivieri condujo el timón de ese destructor en un mar poco amable. Cuando pone el cuadro en las manos del periodista hay un brillo indefinible en sus ojos. En la imagen, el barco está en un océano calmo, seguramente el que baña las costas de Puerto Belgrano.

A muchas millas, el Atlántico Sur sigue tan agitado como siempre, con sus tempestades diarias y su oleaje invencible. En Olavarría, Urbano Martín Olivieri entrega ese cuadro con aires de arrojar una botella al mar, de enviar un mensaje no al cronista sino a todos: que hay historias que jamás podrá vencer el olvido.

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