Edición Anterior: 4 de Febrero de 2018
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En tiempos en que la ciudad del trabajo empezaba a perder su identidad
Dos largas décadas desde un homicidio que enardeció y movilizó a Olavarría
Este martes se cumplirán 20 años desde el crimen del comerciante Horacio Dos Santos. Un homicidio que -a diferencia de tantos otros- enardeció a la ciudad de Olavarría. Cientos en las calles y un intendente que se propuso ante el gobernador como jefe policial y marcó territorios cuando definió que murió "uno de los nuestros". Cuando el poder político da señales a la sociedad y forma conciencia.
Claudia Rafael

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Fue un jueves que quedó marcado en los almanaques de la ciudad. Desde entonces transcurrieron dos décadas que se cumplirán exactamente este martes. En la mañana de aquel 5 de febrero de 1998, el comerciante Horacio Dos Santos era asesinado durante un asalto a escasos 200 metros de una comisaría plagada históricamente de polémicas. Crímenes hubo antes y después pero las características que rodearon al del propietario de una distribuidora alimenticia ubicada a metros del club El Fortín generó un estallido social. Abonado con el posicionamiento político del entonces intendente, Helios Eseverri, que se puso a la cabeza de las rabias colectivas y se plantó ante el gobernador como posible jefe policial en un rol que no se llegó a concretar.

No fue cualquier año aquel. Se estaba en los estertores de un menemismo que había hecho estragos en el país y que había privatizado, en un gobierno con altísimos índices de apoyo popular, la casi totalidad de las empresas del Estado. Y a quien la historia, como tantas veces ocurre, absolvió.

La que había sido caracterizada como la "ciudad del trabajo" sentía ya los golpes de una crisis económica que vulneraría en sus vidas cotidianas a miles de olavarrienses. Y que iría, paulatinamente, cambiando el perfil de una ciudad de trabajo a una de servicios y de empleo en sectores ligados a la seguridad: cuatro años más tarde comenzaría la construcción de la Unidad 38 y se empezaba a afianzar el amplio complejo penitenciario de Sierra Chica en lugar del histórico modelo cementero que había regido la identidad urbana.

Aquellos días en Olavarría estaban rodeados de reclamos por mayor seguridad que no pasaban, sin embargo, de la queja en la cola del banco, en la charla de café o en el encuentro casual en el almacén. Febrero arrancó con el hallazgo de restos humanos que pudieron ser los de Rubén Darío La Cruz, un hombre joven desaparecido en diciembre del 97 y si bien las pericias indicaron que no se trataba de él, la familia siempre sostuvo la sospecha de que maniobras oscuras habían llevado indebidamente a esos resultados.

Hubo en esas jornadas lo que este diario tituló "ola de asaltos" que, en la noche del miércoles 4 de febrero, concluyó con un comerciante baleado. En ese contexto se llegó a la mañana del jueves 5 que desató el enardecimiento social. Un enojo en el que también incidió la pertenencia social de la víctima (además, hermano de una funcionaria del entorno más estrecho del mandatario) que funcionó como disparador abonado inclusive desde el poder: "murió uno de los nuestros".

Los enojos se construyen como se construyen las rebeliones y las mansedumbres. No están hechos de un instante que desata una chispa que provoca un incendio en un bosque seco. Para eso, tiene que haber un bosque seco que sea terreno fértil para lo otro. Son demasiados los condimentos. ¿Cuántos son, en Olavarría, los hechos delictivos que provocaron reacciones de semejante potencia? Infinitamente escasos. Existen –a los ojos del poder y de las sociedades- una construcción de buenas y malas víctimas y también, de buenos y malos victimarios.

Horacio Dos Santos, Graciela Tirador, Nené Vigneau entran en la categoría de "buenas víctimas". Aquellas a las que, por sus pertenencias sociales, sus conductas "morales", sus círculos de amistades, no les hubiera correspondido ingresar en el territorio de la victimización. No merecían ser víctimas. Entonces la pregunta contraria es ¿quién merece ser una víctima de cualquier tipo de violencia? ¿Por qué una sociedad no lanza su grito de alarma cuando cualquier persona es asesinada, violada, golpeada? ¿Por qué los representantes del poder de turno eligen quién merece y quién no?

En las dos décadas transcurridas desde el homicidio de Dos Santos cambiaron determinadas varas de medición pero no otras. Hubo sectores que se fueron fortaleciendo como para que, grano de arena sobre grano de arena, estén en condiciones de trabajar para eliminar la caracterización de buena y mala víctima en el territorio de las luchas feministas. Pero hay construcciones sociales, mediáticas, políticas que siguen manejando los mismos y anquilosados esquemas. Una "buena víctima" fue Dos Santos pero no lo fue Otamendi, un comerciante asesinado dentro de su almacén apenas poco después. Y no importa que ambas pudieran ser o no personas amables, afectuosas y sociables. No pasa por ahí el mecanismo de calificación. No pasa por ser buena gente.

Y dónde se pare el poder político cuando está fortalecido, firme y en pie –no cuando está en sus estertores finales- resulta crucial. Por eso es medular para la caracterización social la determinación del presidente Mauricio Macri de recibir al policía Luis Chocobar. Porque no sólo se entromete en el territorio del Poder Judicial, que acababa de procesarlo por "exceso en la legítima defensa" que derivó en la muerte de una persona, sino que además da una fuerte señal a la sociedad sobre quién es un buen victimario. Entonces ya de nada servirá el video que está circulando sobre el momento en que Chocobar perseguía a Juan Pablo Kukok en el que se ve cómo el joven corría escapando y el policía lo baleó por la espalda y lo hirió fatalmente. A nadie importará que Chocobar haya declarado que "disparé porque se venía contra mí" cuando, en verdad, la cámara instalada en una de las esquinas muestra claramente que Kukok escapaba y se caía por los balazos. Ni tampoco mellará imagen la intromisión de un poder sobre otro.

Las reacciones, los discursos, los enojos sociales se construyen por múltiples factores. Y que en aquel momento de dos décadas atrás, que el intendente haya vociferado que habían matado "a uno de los nuestros" fue una de las chispas para el rompecabezas del incendio.

El tiempo borra sensaciones y debilita memorias. Aquel 1998 arrancó movilizando a centenares que gritaron a políticos, jueces y policías un incipiente "que se vayan" mientras al intendente –que hábilmente había sabido qué lugar debía ocupar- le decían "apriete Vasco". Y Eseverri –como lo haría tantas veces en el tiempo- clamó por el endurecimiento de las leyes y por la baja en la edad de punibilidad a los 12 años.

Y en esos días de furia, se iniciaba el juicio a un reconocido campeón de bochas que había asesinado unos meses antes a su esposa. En los tiempos en que aún la palabra femicidio no estaba incluida en los diccionarios e ideológicamente se concebía a los crímenes de odio como pasionales.

Si veinte años no es nada en el contexto de la historia humana, en estos veinte años se cocinaron impunidades, se vivieron vaivenes políticos y sociales, se tejieron olvidos y se repitieron historias. Pero también nacieron otras que permitieron abonar conciencias.

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