Edición Anterior: 4 de Marzo de 2018
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ESCENARIO POLITICO. La historia política y sus representaciones. El abuso de los relatos. La fragmentación del massismo
Cambiemos y sus representados, el deja vu peronista, Cladera, de regreso y un José Eseverri pos Mundial
Así como el radicalismo y el peronismo representaron clases, la política de este siglo apunta al sujeto digitalizado, individual e interactivo. ¿Urtubey vs. Cristina es la pelea reeditada del Interior contra Buenos Aires?. Los eseverristas quieren que José vuelva lo antes posible. Ernesto Cladera decide esta semana cuándo regresa al Gobierno.
Cacho Fernández

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Todas las identidades políticas significativas nacieron a causa de un determinado contexto histórico. El radicalismo surgió como respuesta de un sector social medio que había quedado excluido de los cenáculos de poder excluyentes que existían en la última década del siglo diecinueve. No existía el sufragio universal y las clases altas definían al presidente en una suerte de colegio electoral elegido a dedo por los sectores hegemónicos del poder.

La aplicación de la Ley Saenz Peña puso las cosas en su lugar aunque todavía restaba la participación de las mujeres que recién se institucionalizaría treinta años después. El radicalismo, entonces, como expresión de masas fue la representación de esos nuevos sectores de la economía surgidos por el desarrollo del Estado moderno y las comunicaciones.

El proletariado industrial y agrícola tendría su lugar con el peronismo, que fue la identidad que le dio representación política a partir de la segunda mitad del siglo veinte.

En ambos casos, los sectores prevalecientes fueron clases sociales funcionando como tales, es decir, colectivos que habían quedado guachos de participación política e institucional.

Con el desarrollo de las redes sociales, cambió todo. Desaparecen o comienzan a menguar los colectivos sociales y se retorna a una individualidad aunque no la que soñaron los filósofos liberales sino una individualidad inagotablemente interactiva. Esto es, individuos que desde la soledad de sus hogares se comunican permanentemente, demasiado quizás, con los "otros" o la otredad social. Es en este contexto en donde abrevaría Cambiemos en este siglo. Es decir, al individuo con celular.

Participan sí, pero de una manera diferente. Ya no como masa sino como interacciones virtuales y sedentarias pero tan eficaces como cualquier otra anterior. Un antecedente algo cercano fue el denominado "cartismo" en la Inglaterra de principios del siglo diecinueve para contrarrestar la prohibición del derecho de agremiación. Muchos proletarios ingleses se pusieron de acuerdo para enviarle una carta de reclamo individual pero simultánea al Rey con lo cual, si bien producían un hecho colectivo, lo hacían interactuando individualmente. No violaban ninguna prohibición y no dejaban de ser eficaces en la protesta.

La individualidad actual es diferente puesto que emerge por el agotamiento quizás de los mecanismos gremiales o asociados que se implementaron hasta ahora. Si el "cartismo" fue anterior, lo actual es posterior a la vigencia del derecho de asociación o directamente aglutina y canaliza la voz de quienes no están encuadrados en esas formas. Es una suerte del regreso de la parábola de la participación, y ahí se podría explicar el surgimiento de Cambiemos como la expresión política de los "excluidos" o "independientes" de cualquier forma de asociación. Casi como una rebelión a las estructuras gremiales o corporativas conocidas hasta ahora, aunque mantienen en pie la empresarial. Quizás a esta puja con el moyanismo no se lo pueda explicar desde un supuesto ataque al sindicalismo sino como la inminente decadencia de un mecanismo de participación gremial.

El resto es esa dispersión aunque organizada digitalmente o por agotamiento de lo anterior lo que ha significado al menos una mengua de ese poder que sostuvieron hasta entrado el siglo veintiuno. Esto está demostrado claramente en la marcha del 21F.

Coerción más consenso

Entonces, si el radicalismo es la expresión predominante de finales del siglo diecinueve y la primera mitad del veinte, el peronismo se queda con la segunda mitad y Cambiemos parece predominar en el inicio de esta centuria. Pero, claro, como en ciencias sociales nada se explica por una sola variable causal, en todos los fenómenos políticos contribuyeron un mecanismo de variables las cuales fueron causales con concurrencia unas con otras.

Aquí habría que insertarle el agotamiento de un peronismo K, devenido en un cuasi stalinismo y con una racionalidad sustentada en la lógica del poder mucho más que la de la solución de problemas. Cambiemos pretende vincular las dos cosas pero se ha dado cuenta que la lógica política muchas veces es contradictoria con la fría resolución de los problemas permanentes del país. O, al menos, habría que ir buscando caminos no tan enfrentados como por ejemplo, el querer vincular el ajuste con la popularidad.

Antonio Gramsci decía que la hegemonía o ejercicio del poder está basado en una vinculación entre "consenso y coerción" y cada cosa en su medida. Entonces, ¿cómo conciliar el ajuste (en cierta medida, coerción) con la popularidad siempre relativa del consenso?. La única manera es el gradualismo y el timing político en su aplicación.

La interna peronista

El gobierno todavía goza del handicap de que la oposición no tiene un liderazgo visible y seductor y la gente recién comenzará a evaluar su gesión cuando tenga con quien referenciarla. No exise valoración sin comparación, o, al menos es muy dificil, demasiado, tal vez. Si Massa no hubiese llegado a la gente como llegó en 2013, seguramente habría triunfado la postura oficial por la reelección indefinida de la figura presidencial.

Massa es el otro problema y hoy por hoy no sabe cómo seguir. Según D’Alessandro, al massismo se le viene un camión de frente y, mientras cada uno busca su propio origen para salvarse (él eligio el del radicalismo y por lo tanto Cambiemos) "Massa está esperando tenerlo más cerca para decidir". Mientras tanto habilita a Felipe Solá y a Daniel Arroyo para intentar una vuelta al peronismo por medio de una interna contra Cristina Kirchner.

A veces se debe mirar la historia para actuar en el futuro. En la interna entre Menem contra Cafiero de los Ochenta, triunfó el riojano pese a que venía con algunos estigmas de haber "colaborado" con el gobierno de Raúl Alfonsín. El mismo peronismo lo descalificaba acusándolo de colaboracionista. Sin embargo, Menem ganó y todo eso no jugó para nada. Entonces ¿no será Juan Manuel Urtubey la nueva representación del peronismo futuro y el único capaz de vencer a una Cristina tan vinculada a ciertos sectores del Conurbano bonaerense?. Urtubey es calificado hoy de la misma manera y, como pasó con Carlos Menem, ¿no será una virtud (el supuesto colaboracionismo) lo que para cierto peronismo es un defecto?.

Posiblemente, entonces, el peronismo resuelva su problema de liderazgo con un nuevo enfrentamiento entre el Interior y Buenos Aires, y entre un presunto "colaboracionista" y un o una supuesto/a intransigente.

Eseverri y algunas metáforas

En el Municipio se observan gestos de satisfacción por las últimas mediciones y monitoreos provinciales de sus propios jefes comunales. "A Ezequiel le ha dado bien", comentó una fuente política, como reconociendo el factor fundamental del escenario que podría darse en 2019.

¿Vuelve José Eseverri?. La oposición no tendría otro candidato con posibilidades, además de Adriana Capuano por el peronismo, aunque ella no quiera saber nada con probar nuevamente por ir a la Comuna. Le interesaría mucho más hacer un nuevo intento por ganar una banca en Diputados.

Quedaría entonces José como única alternativa opositora, aunque no se lo ve con muchas ganas de hacerlo. Parte de su tropa lo quiere nuevamente en escena aunque el ex intendente no piensa aparecer hasta después del Mundial.

Es que Eseverri está esperando la resolución dentro del peronismo. Sabe que Cristina es un tapón que obstruye cualquier intento de negociación y que, como piensa D’Alessandro, su promesa de bajarse es muy remota, casi imposible. El tandilense dice que el peronismo, con el fin de seducir a Massa, le tira este canto de sirenas del sacrificio electoral de Cristina pero "yo sé que va a ser imposible que se baje". Y lo analoga al tigrense con el héroe de Troya, Ulises, que debió atarse al mástil del barco para no dejarse atrapar por ese canto de sirenas. Es que hoy por hoy, con un massismo dinamitado por la polarización, Massa no tendría otra alternativa que disputar poder en la interna justicialista. Entonces, tarde o temprano tendrá que pegar la vuelta, y eso va a pasar mucho antes que el camión de la metáfora de D’Alessandro lo pase por encima con absoluta impiedad.

Tal vez Massa debió haber hecho la de Urtubey, continuar siendo una suere de spoiler del oficialismo y crecer en virtud de esa estrategia para plantearse luego como alternativa.



Relatos y dogmas

El oficialismo sigue eligiendo ideas-fuerza absolutamente simplificadas para fortalecer el consenso y escapa a la complejidad de los discursos. Al fin y al cabo es otro relato como el de CFK, pero mucho más simple y corto en duración. Pero el paradigma, al menos en este caso, es similar. Apela a una subsunción de los hechos al relato o a la representación y supone que todo es discurso.

Ayer, Mauricio D’Alessandro hablaba de que en algún momento al gobierno le dejaría de servir la polarización con Cristina y comenzaría a ser evaluado por su propia gestión.

A Cristina le pasó algo parecido con Clarín y el campo, hasta que la mirada comenzó a posarse en ella misma, algo que ella no supo leer correctamente. Es más, sin atender la percepción popular, le puso, sin embargo, como compañero de fórmula de Daniel Scioli, a un Carlos Zanini agazapado y acechante para hacerse cargo del poder institucional en cualquier momento. La ex presidenta había cerrado los ojos a una realidad que no quería ver y, como toda persona dogmática, consideró que no tenía que pensar más porque ya estaba todo pensado.

El dogmatismo es eso, la creencia de que todo está dicho y que no hay más nada que pensar. El slogan axiomático o "la frase hecha" suplanta a la duda y a la verdad provisoria y el mundo del conocimiento queda encerrado en su propio círculo tedioso de supuestas verdades reveladas y evidentes.


El debate y el piloto

No se debe confundir la despenalización con los juicios de valor que se puedan hacer sobre el aborto. La habilitación de un debate sobre la despenalización seguramente va a enriquecer el conocimiento que se tenga sobre el tema y configurará una excelente oportunidad para esclarecer científicamente esa temática. El resto tendrá que ver con los valores y cada uno decidirá de acuerdo a lo que le dicta su conciencia.

Pero si se da un debate serio y científico seguramente la ciencia ayudará a tomar alguna decisión. El filósofo, Karl Hempel, aporta lo que él denomina "los juicios instrumentales de valor", que son los aportados por el conocimiento cientifico. Es decir, aclara, si bien la Ciencia no puede decir qué es lo que está mal o lo que está bien, al menos puede ayudar a tomar una decisión. Abrir el debate fue, entonces, una muy buena iniciativa. Y si después algunos sectores eclesiásticos deciden sacar a pasear a la Virgen para oponerse, se debe pensar que están en su derecho hacerlo.

Lo que importa es que se discuta civilizada y racionalmente el tema y que nadie pretenda imponer su voluntad por fuera de los mecanismos institucionales previstos por la Constitución Nacional.

Y que la oportunidad sirva además para discutir otro tema, seguramente previo y causal que es el de la sexualidad responsable. En este punto, el lenguaje no es un tema menor sino que es el único y tal vez excluyente vehículo para abordar el debate. Entonces, si se pretende llevar a cabo una discusión tan responable como la sexualidad, el lenguaje también lo debe ser, para estar alejado de la procacidad y la desaprensión con la que lo abordó el ex piloto de TC, devenido ahora en diputado. Parece un tema secundario el del lenguaje pero no es así. Se trata de un problema de responsabilidad y no de pacatería. Pero Marcos Di Palma lo hizo con la misma irresponsabilidad con la que manejaba en los circuitos, al punto que el mismo Juan María Traverso llegó a decir que "ni siquiera habría que haberle dado la licencia de conducir", cuando le pidieron una opinión sobre el hijo de Luis.

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