Edición Anterior: 25 de Marzo de 2018
Edición impresa // La Ciudad
Araceli Gutiérrez, después de ampliar su declaración en Monte Peloni II por las vejaciones sexuales
"Yo quiero morirme de mi propia muerte y no que me mate esta historia"
Dice que se le ha ido la vida en busca de Justicia. Una vez más relató su historia de hace más de 40 años ante un estrado judicial. El secuestro, la tortura. Y el abuso sexual. Las instituciones se empeñan en que reviva el horror. Y la justicia tarda tanto que ella, Araceli Gutiérrez, cumplirá 65 el 25 de Mayo. Los genocidas se mueren de viejos, apenas alcanzados por la justicia en sus últimos años. Ella resiste. Y quiere morirse de su propia muerte.
Silvana Melo

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Ya perdió la cuenta de las veces que declaró. De las veces en que la justicia se puso traje, se subió al estrado y se recostó para atrás en una silla sólo para escucharla. Para que ella volviera a relatar una y otra vez a aquella chiquita de veintipico, pequeña, flaca y con el alma desmembrada a la que arrojaron a las llamas de ese infierno que fue Monte Peloni. Como única mujer, devastada y sola, estragada por la picana y el abuso.

Ese infierno que está otra vez en juicio hoy, como ese ayer de 2014 que ya parece de otra vida. Donde los dinosaurios no están porque están viejos y están enfermos y tienen el privilegio de no estar pero ella sí, ella que cumple 65 el 25 de mayo y sobrevivió al cáncer, a la dictadura, a la desaparición de su hermana Pichuca, a la muerte de su compañero hace un puñadito de meses y a relatar una y otra vez esa tragedia que le atravesó la vida. Toda la vida.

Araceli Gutiérrez volvió a declarar el jueves. Esta vez en Mar del Plata. Con una soledad y una indiferencia que golpea por lejanía, por contexto político, por cansancio, porque los genocidas se mueren y la justicia va llegando tarde, como el tren a un andén vacío.

Por un tiempo largo no pudo volver al Monte. Donde decidió vivir hace unos años, cuando la vida fue girando en redondo hasta el regreso a aquello que la lastimó hasta que la muerte estuvo cerca, tan cerca. Y ese regreso fue para volver vida esa muerte. Un vaivén en el que ha embarcado su vida, en la crianza de decenas de chicos en un hogar que llamó Pichuca como su hermana, en la gestación de sus cuatro y en la adopción de otros cinco. Siempre poniendo vida a la muerte.

El jueves, en Mar del Plata, volvió a hablar ante los jueces del abuso, de las "vejaciones y humillaciones" que sufrió (ella lo define con esas palabras). Le pidieron que ampliara su declaración anterior. Y estuvo casi tres horas hablando. Hasta que la voz se le fue. Y el aire. Y tuvo que parar. De un juicio al otro habían muerto Ignacio Aníbal Verdura y Omar Pájaro Ferreyra. Dos piezas cruciales en el horror de su vida. Y de la de tantos otros.

- Esta vez mi declaración fue distinta. Cuando entré, de los acusados ninguno, por supuesto, porque tienen la prebenda de no estar. No había nadie y sólo la dejaron estar conmigo a Melani, la compañera psicóloga del CODESEDH (Comité para la Defensa de la Salud, la Ética y los Derechos Humanos, un organismo de contención de las víctimas), gente que se ha recontra comportado con nosotros.

-¿Quién decidió que fuera a puertas cerradas?

-Me preguntaban si había sido yo… y no, porque habían ido a Mar del Plata familiares, compañeros de Olavarría a acompañar… Hasta ahora se llegó a la conclusión de que fue el juez el que pidió puertas cerradas porque pensaba que a mí me podía molestar la ampliación sobre el tema de los abusos y el trato a una mujer en una situación de secuestro en un centro de detención ilegal. A mí no me parecía correcto, yo no tengo problema en que se escuche una verdad. Fue duro esta vez. En un momento le dije al juez; el tema no es que a una se la pretenda quebrar como militante. El tema es que creyeran que violándola a una, sometiéndola a humillaciones, a vejaciones de tipo sexual, por ser mujer, se puede quebrar a una militante. Una es integral, es una mujer militante. Es más difícil procesar algo así, que una tortura común, que te picaneen, que te golpeen. Esto es gratis, qué satisfacción pueden tener estos tipos con una piba que llega a pesar 28 kilos…

-Hay una suerte de crueldad institucional al obligarte a relatar todo ese infierno otra vez cuando ya lo habías hecho cuatro años atrás. De hecho te quedaste sin voz, de repetir tanta palabra dolorosa no más…

-Yo en el primer juicio relaté 3 horas 50 minutos. En éste, 2 horas 40. Pensé que iban a tomar en cuenta lo anterior declarado. Pero ampliaron y volví a contar lo mismo, dije que había reconocido a uno de los abusadores, que declaró por cámara porque él estaba en otra provincia y querían que relatara con más detalle los abusos. Estaba un poco resfriada y no tenía motivo para estar resfriada. En un momento me quedé disfónica, me agarró un acceso de tos tal que le tuve que decir al juez que parara, con el gesto de la palma abierta con el dedo índice en el medio, que me dejara salir porque me ahogaba. Después quedé disfónica totalmente. Todo fue para mí muy duro también por el hecho de que no estuviera mi compañero. Yo estuve un tiempo sin vivir en el Monte y recién ahora volví con mis hijos. Fue un cimbronazo tan grande para mí, para el Monte, para todos. A veces creo que estamos muy solos y estamos grandes. Pero esta vez hubo mucha participación de las escuelas, de los pibes. Hasta un acto hubo, en el que participé, un acto como los actos patrios. Fue muy fuerte. Y después una charla con los pibes. A la vez hubo varias visitas de escuelas al Monte, vinieron unos cuantos colectivos.

-El hecho de haber reconocido a uno de tus abusadores y justamente en una etapa histórica donde el feminismo reivindica el rol transformador de las mujeres, ¿cambia la mirada de la justicia ante las vejaciones sexuales durante la dictadura?

-Desde el juicio a las Juntas para acá declaré cinco o seis veces. No sé si la mirada es distinta. Yo sentí que en un momento hablaba sola, contaba lo que sentía, lo que me había pasado. Cuando me desnudaron para meterme en un tarro de aceite lleno de agua para bañarme, mi pensamiento era que no tenía las piernas depiladas. Fueron dos veces que abusaron. Afuera, en una camioneta, fue uno. Uno abusó de mí y el otro se quedó al lado y se fue, no hizo nada. Y yo no grité porque sabía que al lado estaba mi marido y no quería que escuchara. Y hablé de lo violento que había sido el tipo de los bigotes. Fue duro. Yo estuve en las primeras acusaciones de estos tipos. A todos los acusaban de torturas, pero también de violación. Ellos habían llevado a los juicios a su familia, nietos, nietas, muchas mujeres suelen llevar. Y esos que primero te miraban desde arriba y después cuando iban avanzando las declaraciones se empezaban a achicar.

Vos te ibas dando cuenta cómo tipos tan soberbios se iban desvaneciendo. La segunda audiencia que fui no había nadie más, fueron nada más que ellos y yo me los encontré a todos sueltitos. Habían logrado la domiciliaria. Ellos querían que yo ampliara porque había identificado en esos días a uno de los abusadores. Pero ahí estaban todos y eran todos responsables, del primero al último. Porque si no me sacaban de mi casa y me llevaban al Monte de mí no habría abusado nadie.

-Ahora que están viejos y sus víctimas también están grandes, ¿creés que más allá de las tendencias judiciales de época hay también una cierta benevolencia social ante la ancianidad de quienes siguen siendo represores y genocidas?

-Ahora están viejos y nosotros también estamos viejos. De hecho han muerto muchos de los nuestros, han muerto jóvenes. Los que ellos mataron eran jóvenes pero ellos tienen la suerte de llegar a los 90 años. Y no son pobres viejitos. Me da mucha indignación que les permitan irse a su casa. Astiz ni siquiera pidió la domiciliaria y no tiene ni 70 años. A ellos les llegó tarde el peso de la justicia. Y a nosotros nos ha llevado la vida la búsqueda de justicia. Y que ahora los larguen… pero es más de lo mismo, el tema está en nosotros, en que no lo sigamos permitiendo.

-Se hace difícil llevar adelante los juicios…

-Se está remando. Muchos ya no se quieren presentar a declarar, algunos están cansados porque están viejos. Pero hay que seguir. Se visibilizará menos, pero nosotros seguimos, nosotros estamos. Yo quiero morirme de mi propia muerte. Y no que me mate esta historia. Quiero morir con mis hijos, mis nietos, mi familia. Todos hemos pasado por una historia triste. Pero hemos aprovechado el resto de la vida en hacer otras cosas. Pero a la vez seguir buscando justicia. No quiero que los larguen. Creo que Verdura sintetizó bastante cuando dijo "mi problema es mi familia, que me vea mi familia". A otros seguro que no les importará. Creo que la sociedad les soltó la mano a ellos y a veces su propia familia también.

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