Edición Anterior: 1 de Abril de 2018
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Entrevista a Liliana Furió, hija de un genocida condenado, entre otros casos, por el crimen de Paco Urondo
"Nuestro deseo de justicia nos lleva a un acto de desobediencia que nos enorgullece"
Liliana Furió es una de las fundadoras del colectivo rebelde que nuclea a hijos e hijas de genocidas que repudian el rol de sus padres. Se referencian en Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Su padre, aun con demencia senil, no se arrepiente de nada de cuanto hizo en la dictadura. "Siempre tengo la ilusión de que se quiebre y diga lo que sabe", aseguró.
Claudia Rafael

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Como Fito Páez, Liliana Furió podría cantar "soy del 63". Pero lo suyo no es el rock sino el tango y el cine. Aunque ningunas de sus dos artes es la que motiva esta nota. Feminista, rebelde y lesbiana, Liliana es la hija del teniente coronel retirado Paulino Furió, un represor que ostenta entre sus medallas la responsabilidad en el secuestro y asesinato del poeta Paco Urondo. E integra, como una de sus fundadoras, el colectivo "Historias desobedientes y con faltas de ortografía" que nuclea a hijos e hijas de genocidas. Que va creciendo. Y que hoy tendrá una nueva reunión a la que se sumarán –por la exposición mediática que el grupo tuvo en la marcha del 24 de marzo- cuatro o cinco nuevos participantes. Cuando en 2016, salió a la luz el libro "Hijos de los 70", había un capítulo en el que las autoras entrevistaban a Analía Kalinec, hija del temible Doctor K (Eduardo Kalinec). En esa lectura, Furió vio un espejo. La llamó y fue el germen de lo que hoy es un colectivo que crece con más descendientes de genocidas. Que tomó más cuerpo e impulso junto a Mariana Dopazo, la hija de Etchecolatz. Y que sienten que sus referentes son las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo. Con un resfrío pos marcha, Liliana reconoce: "soy una máquina de somatizar".

-Alguna vez dijiste que "somos producto de una resistencia necesaria en esta época de negacionismo". Y pensaba que en la vida uno puede ser resistente al deseo y resistente a la represión. ¿Cómo fue tu propio camino de resistencias?

-Uff, largo y sinuoso. Y tiene que ver con las paradojas y contradicciones humanas. Mi padre ha sido extremadamente machista e incluso violento, pero nunca nos adoctrinó. Siempre el tipo tenía un ideal liberal. No ultranacionalista, más bien pro yanki, con libertad de pensamiento. Mi vieja, pobre, era una paradoja humana y quedó totalmente cooptada por esas máximas castrenses, pero proponiendo para los hijos la libertad de pensamiento. Yo fui, casi siempre y por suerte, a escuelas públicas. Con mucho tiempo de convivencia con mis abuelitos en Mendoza, una finca enorme llena de primos. Eso genera una subjetividad rescatada. Desde chiquita hacía síntomas de berrinches muy fuertes ante la represión intrafamiliar. Ya tenía esos mecanismos de defensa. Y eso de alguna manera te va moldeando. Es imposible quedarte en un lugar de sumisión o de negación ante injusticias de semejante tamaño.

-¿Te dejabas moldear por esa subjetividad o eras resistente también a ese modelo diferente?

-Siempre estaba en disidencia. Yo entré recién un poco más en el molde al casarme muy jovencita. Pensaba que me casaba y me iba de casa… no era más que un pasaporte directo a otra dependencia. Un error muy bonito porque de eso surgieron mis tres hijas. Yo sé que es difícil de entender para la gente, que tiene una enorme curiosidad de cómo estos tipos que llegaron a hacer semejante monstruosidad tenían una vida medianamente acorde a cualquier hijo de vecino.

-Hay una película de los 80, Los dueños del silencio, en la que en un momento el represor entraba a la casa después de haber torturado, besaba a su mujer, a sus dos chiquitos y era muy tierno con todos. En su momento me shockeó porque uno pensaba en el estereotipo de "el tipo es igual adentro que afuera"…

-Al estilo Etchecolatz, digamos. Uno piensa que son todos de esa calaña y no es así.

-En tu casa también se vio otra cara…

-Sí, totalmente. El, además, fue muy presente, que no les faltara nada a sus hijos… pero esto también nos remite a La banalidad del Mal de Hannah Arendt, ¿no?

-Y a la idea de que no eran monstruos, sino seres comunes y corrientes…

-Me gusta también decir esa frase nuestra feminista de "hijos sanos del patriarcado"…

-En relación con eso, en Historias desobedientes, la mayoría son mujeres…

-Y eso no es casual, siempre lo digo. En los ámbitos castrenses hay, para la mujer, una doble opresión porque ahí el machismo está exacerbado. Por otro lado –y esto me ha generado muchas críticas- creo que hay enorme parecidos de moldes entre varones de derecha e izquierda. Algo bastante normalizado e internalizado y me asusta.

-De todos modos, creo que éste es un momento de transformación tan grande que tendrá que pasar mucho tiempo hasta que uno tenga una real mirada de hasta dónde toda esta revisión y refundación se puede ver en su real dimensión…

-Claramente. Si hay críticas a Marx por parte de algunas feministas tiene que ver con eso. Le faltó la pata de la opresión a la mujer. La gran sometida, la gran explotada incluso en la revolución. Es un tema en el que hay que dar discusión y muy fuerte dentro de los movimientos.

-¿Cuándo empiezan a sonar en vos los primeros ruidos interiores?

-Recién cuando empieza la democracia. Yo tenía 20 años. Los peores horrores, por los que mi viejo está siendo juzgado, son en el 76 y 77. Yo estaba en un medio absolutamente militar y no se hablaba de nada. Hacia el 86, a través de los medios empezaron a salir datos y tímidamente, tal vez sin querer enterarme mucho, pregunté como cuestionando y me dijeron que "en toda guerra hay excesos". Y que en Mendoza no había pasado nada tan brutal como en la ESMA, que era de lo que más se hablaba. Yo me quise quedar con eso evidentemente, íbamos con mis hijas al Círculo Militar, al club y yo seguía en el ghetto. Lo mío fue paulatino, con los años. No podía enfrentarme a la investigación. Al vivir en Buenos Aires y lo de mi viejo había ocurrido en Mendoza, era más fácil permanecer al margen. A pesar de que yo me he enfrentado a mi viejo a trompadas, que hemos tenido discusiones horrorosas de no hablarnos por meses, no me quería terminar de enterar de detalles. No podía. Cuando se lo llevaron detenido para el juicio empecé a leer, a ver documentales, a escuchar desgrabaciones... Y eso fue una devastación, psicológica, anímica. Fue muy tremendo, con muchas horas de oscuridad interna y de terapia. Después fue enfrentarlo e interpelarlo para que dé información y traiga un poco de luz y de paz a esas familias que nunca pudieron enterrar a sus muertos, que buscan a sus nietos, pero el resultado fue devastador otra vez. Porque él no está arrepentido de lo que hizo. Fue categórico.

-Tuviste que hacer frente a toda esta devastación, desde el rol de hija. ¿Cómo fue desde el rol de madre? ¿Cómo fue para tus hijas como nietas de…?

-Ese fue otro tránsito. Porque si bien ellas también repudian, pueden hacer una disociación mucho mayor de la que yo puedo hacer. Mis viejos están vivos, están viejos, están muy achacados y por un tema humanitario y por no dejar solos a mis hermanos también los asisto cuando hay que ocuparse. Entonces es un tema bien espinoso, conflictivo, muy doloroso. Yo no me puedo abstraer ni cinco segundos de todo lo que vi, de todo lo que supe. Para mí es una tortura. El ya está con demencia senil, es decir que es mucha impotencia porque…

-Quisieras que te entendiera tu rabia y él no la entiende porque la olvida…

-Sí, siempre tengo la ilusión de que se quiebre, de que se arrepienta, de que diga algo. Que diga "cuando yo me muera busquen acá", ¿entendés? Si te soy sincera no creo que tenga nada, a eso lo tiene alguien de más rango en una caja de seguridad en Suiza, no sé. O en el Vaticano, porque todos son cómplices, ideólogos. Todos.

-¿Recordás momentos de ternura de tu viejo?

-Muy pocos, creo que la última vez que recuerdo un mimo yo tenía 6 años y me ponía en el sillón, que era un trono que siempre había para él. El resto estábamos en sillitas y banquitos… es casi caricaturesco. A mí en ese momento me daba mucha bronca, ya me hacía ruido como digo siempre. Pero ese sillón tenía un apoyabrazo donde yo me ponía así y él me hacía mimos mientras mirábamos la tele. Creo que es el último recuerdo de un mimo de mi papá.

-¿Cómo fue tu otro tránsito? De hija de militar, rodeada de militares, casada muy jovencita pasando de una verticalidad a otra, a asumirte como lesbiana…

-Eso fue encontrarme con mi verdad después de muchos años en los que evidentemente me reprimí. Y máxime que yo estaba en un lugar en el que… bueno, debo haber conocido muchas personas gays y lesbianas pero ni se hablaba. No existía eso en nuestro ámbito.

-Cómo diría la Bemberg, de eso no se habla…

-Absolutamente. Y cuando se hablaba, porque de repente había aparecido un modisto para las esposas de los militares, era desde un lugar tan de burla, tan peyorativo, tan espantoso que nada más lejos del lugar en el que uno se quería ubicar siendo jovencita. Fue un largo tránsito hasta que eso explota. Y tuvo que ver con una tendencia que se venía dando, con una tibia salida a los medios. Yo salí del closet en el 94 y hubo un montón de locos y locas lindos que salían a la calle a reivindicar sus derechos. Hay una corriente de personas más adelantadas, que tuvieron otras suertes, que van marcando caminos y allanándolos. Los 90 fueron épocas banales y tristemente emblemáticos. Pero a la vez había todo un movimiento de resistencias varias en las que se encuadran también las resistencias y exigencias de derechos de gente maravillosa que ponía el cuerpo cuando todavía eran cuatro gatos locos. Fue un cambio enorme que se fue operando mientras por otro lado se vivía con mucha culpa y represión. Porque a veces por el miedo al rechazo familiar y social, muchas personas se pasen la vida siendo lo que no son. Careteándola porque así debe ser. Y todo eso se manda al cuerpo.

-¿Cómo fue para vos el salto a lo colectivo como buena hija desobediente?

-Esto es algo que estamos transitando. Con mucha sorpresa. Con mucha alegría. Con un gran sentimiento de liberación. Cada uno de todos estos hijos e hijas nos sentíamos en soledad. Nunca nos pudimos imaginar que había esta cantidad. Nos ilusiona muchísimo poder ir recabando pequeñas pruebas que vayan armando un mapa que ya los organismos de derechos humanos vienen construyendo desde hace 42 años. Nuestras referentes son las Madres y las Abuelas. Y estamos a disposición de los organismos que la pelean desde muchos años antes.

-¿Por qué se llaman "Historias desobedientes y con faltas de ortografía"?

-Es una historia que nos precedió. La que venía transitando esto en soledad es Analía Kalinec. Lo mío es el lenguaje de la danza y lo audiovisual. Analía escribe muy bonito y había armado una página de facebook en la que iba escribiendo para sus amigos, que la bancaban y la contenían. Pero un poco con la esperanza de que aparecieran otros hijos. Ella ya lo tenía en la cabeza. Cuando yo la llamé, hará casi dos años, fue increíble. Y fuimos creciendo. Estábamos muy emocionados por las cosas en común, los matices, por cómo nos aunaba el espanto, el horror de nuestros padres. Y dijimos de hacer una página, una bandera para marchas… Analía dijo: "si quieren, hasta que veamos cómo hacer, podemos usar ésta que yo tengo que se llama Historias desobedientes y con faltas de ortografía". Y nos pareció magnífico el nombre. Lo de faltas de ortografía tenía que ver con que ella era una niña buena, aplicada alumna, pero tenía faltas de ortografía. Analía, que también es psicóloga, piensa que era una sintomatología de poder colar el descontento y la rebelión. Y todos coincidíamos en que éramos personas con mucha lectura pero con faltas de ortografía. Y nos reímos mucho con esas coincidencias como con tantas otras. Es que también circula el sentido del humor porque sino, nos tendrían que internar en poco tiempo.

-Decías que en aquella reunión las unía el espanto. La gran diferencia es que también las puede unir el amor…

-Sí, totalmente. Yo, en particular, no tengo problemas en los vínculos con mis hijas, con mis hermanos. Pero hay compañeras que están solas. Que no tienen a nadie que les hable de la familia primaria. Entonces, en gran medida operamos como familia.

-En el juicio por Monte Peloni I, en Olavarría, en un intervalo hablé con el hijo de quien fue el máximo represor en el lugar porque tenía una actitud distinta de la de otros, que denotaban odio. Le pregunté cómo la vivía y él dijo: "sea como sea, es mi viejo"…

-Con eso te dijo dónde estaba parado, ¿no? Lo tramita seguramente con esto de que "no importa lo que haya hecho". Muchas familias, en gran parte de la mía también, lo tramitan así. Con un repudio, con acuerdo con la sentencia, pero "es mi viejo". Yo no lo vivo así. Sí, es mi viejo, pero no atenúa absolutamente nada. Al contrario. Es un tema tremendamente doloroso que nosotras, en lo individual y en lo colectivo, seguimos tramitando todo el tiempo.

-Te lleva la vida entera...

-Sí, te lleva la vida. Son vínculos extremadamente importantes y determinantes. Para bien o para mal. En este caso, para nosotras, para bien. Porque en ese deseo de justicia y de ponernos en otra vereda en relación a sus posturas y accionar, nos lleva a un acto de desobediencia y rebeldía que nos enorgullece. Creo que es importante a nivel social. Cuando salimos por primera vez a los medios, los primeros que vinieron atraídos por lo que consideraban algo rarísimo, fueron los medios extranjeros. Y ahí nos decían: es la primera vez que pasa en el mundo. En Alemania y en otros países hay hijos o nietos de nazis que, en solitario, han repudiado lo que hicieron pero nunca se nuclearon en un colectivo. Y a pesar de que yo me quise rajar muchas veces, porque poner el cuerpo y hablar de esto, siempre es revolver algo interno de mucho dolor, con las compañeras decimos: "esto nos trasciende". Y es lo que nos motiva también.

-En Olavarría y en la zona centro bonaerense hay muchos hijos e hijas de represores que tal vez lean esta nota. ¿Cómo te parás frente quienes, entre ellos, estén con la duda de qué hacer?

-Creo que cada cual tiene que hacer su camino. Lo que sí les diría es que no se queden con ese dolor clavado en soledad. Cuando tenés una certeza, cuando tuviste una prueba, cuando aparece un recuerdo de chiquito de escuchar horrores o han encontrado cosas de los botines de guerra y tramitan todo eso con dolor… Entonces que no se queden con ese dolor guardado. Tal vez no sea éste su colectivo pero con mucho respeto y comprensión lo y la podemos escuchar. Después, cada cual tiene libre albedrío y hace con su vida lo que su corazón y su conciencia les dice.

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