Edición Anterior: 22 de Abril de 2018
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Danzando la vida
La biodanza busca, de la mano del baile, el disfrute y el placer, impulsar transformaciones muy poderosas tanto en lo orgánico como en lo existencial. Y de eso se trata “Danzando la vida”, un proyecto que llegó al Hogar de Ancianos para quedarse, aplicando una “receta” que logra efectos terapéuticos sin ser terapia.
Romina Reser


“Trajeron la alegría”, suelta uno de los abuelos, dejándose llevar, dispuesto a que todo fluya. Es que en medio de un hogar poblado de historias nada fáciles, de repente hay margen para reír y danzar y saber que la vida es una, que nadie está del todo solo y que las penas se van cantando. Y se hace posible ver, comprobar, de-mostrar que “cada uno de nosotros puede reparirse a sí mismo y reformular la vida que está llevando”, como dice Ivana Treviño, palabra autorizada en el campo de la biodanza. Con una escuela propia y casi 20 años de vivenciar esta experiencia que llegó a convertirse en filosofía de vida, no dudó en darse esta cita quincenal en el Hogar de Ancianos “San Vicente de Paul”. Con la idea de danzar en medio de abrazos y risas, poniendo en valor al otro, con el alma abierta. Cuarenta y cuatro abuelos y abuelas la esperan, los esperan en esos martes que suenan a arcoiris.

“Ves el lado de la vida más profundo. Fuimos para poder sentir el estar en contacto directo con ellos, ver las sonrisas brillantes, felices de recibirnos”, señala Sofía Yedro, una de las alumnas de la Escuela de Superior de Ciencias de la Salud, que también optó por sumarse de manera voluntaria.

Es que “con una sola sesión que tomas, hay un movimiento interno. Algo se mueve dentro tuyo” y todo parece diferente, agrega la profesora, convencida de que no hay límites ni edades para encontrarse. Entonces no es casual que hayan cruzado sus caminos la Escuela de Biodanza de Olavarría y la Escuela Superior de Ciencias Salud de la Unicén, con facilitadores y estudiantes decididos a tender puentes.

“Danzando la vida”, como dice el proyecto. Y es que de eso se trata.


“Facilitadores de emociones”


“Decimos que somos facilitadores de emociones”, reflexiona Viviana Aguilar, licenciada en enfermería, antropóloga social, docente y facilitadora de biodanza. Feliz de codearse con casi 50 adultos mayores que salen al encuentro y abren sus corazones porque se sienten que alguien los mira, los escucha, juega con ellos, los revaloriza.

“Este proyecto se planea por un año, con los objetivos de la biodanza que tienen que ver con la integración de la mente, el cuerpo y el espíritu. Fomentar emociones”, explica la profesional a cargo de Proceso y Práctica de la Enfermería del Adulto y Anciano, una cátedra optativa que se dicta en la Escuela de Salud. El objetivo es realizar una valoración sobre el estado de salud de los adultos mayores del Hogar de Ancianos a través de la biodanza.

En ese contexto, Ivana Treviño, se planteó como la socia ideal. Aunque eso, en los inicios de su carrera, ni siquiera haya estado en los planes. Hace unos 20 años, “alguien me invita a una clase abierta de biodanza en Capital y la primera clase fue ´esto es lo que quiero para mi vida´ y nunca más deje de tomar clases” ni de hacer la formación.

“En una primera instancia fue por un proceso personal y después para poder facilitar a otras personas. Desde ahí, mi camino existencial tomó otro rumbo, más humanizador y también pude llevar esta propuesta a los ámbitos educativos” o a instituciones.

La biodanza invita a “hacer un cambio de paradigma en todos los ámbitos de tu vida”, completa la facilitadora y eso es lo que intentan entre los abuelos del Hogar, aunque sea de a ratos, cada dos semanas.

Ahora, ¿cómo se hace, en qué consiste esta propuesta que surgió a fines de los ’60 y principios de los ’70, como iniciativa de un psiquiátrico?

En un mundo como el nuestro, de hambre y guerras, en un mundo de abandono infinito y egoísmos ¿cómo es posible ponerse a bailar? A primera vista parece una ironía. Sin embargo la propuesta no consiste sólo en danzar sino en activar, mediante ciertas danzas, potenciales afectivos y de comunicación que nos conecten con nosotros mismos, con el semejante y con la naturaleza. Bendita triada, tanto o más poderosa que actuar en sincronía con los que uno siente y dice.


Reparirse a sí mismo

Esta danza logra, a través de clases regulares –es fundamental la continuidad en este proceso de danzar la vida- que cada uno de nosotros pueda “reparirse a sí mismo y reformular la vida que está llevando”, indica Ivana Treviño.

En Olavarría “hay muchos pulsos para diferentes poblaciones”, admite, en referencia a la cantidad de lugares e invitaciones a reparirnos a nosotros mismos. Y algunos, bien específicos. Hay grupos regulares, de diferentes niveles, para recién iniciados, para personas con mayor recorrido existencial; otros direccionados a niños, embarazadas o en el Hogar de Niñas y está el proyecto “Danzando la Vida” del Hogar de Ancianos.

Todos podemos ejercitar la danza de la vida, eso está claro. No nos impide nada, ni la edad ni las condiciones físicas. “Primero tiene que haber un impulso genuino e innato de cada uno de una gran necesidad de cambio. Esto no tiene que ver con la edad, para nada. Todos nos hemos acercado por una gran necesidad de modificar cuestiones personales, de corrernos de mandatos familiares o pautas sociales en las que ya no encajamos. Y cuando uno necesita hacer una mirada interna de un gran cambio personal, uno está en la búsqueda de algo que nos movilice”, considera la referente de esta danza en nuestra ciudad.


Poder grupal


La biodanza trabaja con “siete poderes y cada uno está entrelazado y es como un hermoso collar de perlas. Entonces “en una clase de biodanza encontramos: el poder musical, el de las danzas integradoras, el poder de la videncia donde no se utiliza la palabra, aquietamos el córtex y entramos en la escucha de nuestro mundo emocional; el poder de la caricia que es el contacto mínimo que todo ser humano necesita; el poder del trance que tiene que ver con aquietar la cabeza y entrar en el cuidado de una totalidad; el poder de la expansión de conciencia que se va integrando más a la conciencia de lo que es el medioambiente, la conciencia cósmica, de uno mismo, de las cosas que uno quiere y no lo que hacemos por repetición”, describe.

Pero después está “el más revelador de todos, que es el poder de grupo. Ésta es una propuesta que es en forma grupal y justamente es el grupo quien nos trae noticias de quienes somos nosotros, porque si no hubiera una matriz humana, ninguno de nosotros sabríamos como nos comportamos en la vida en relación con otro” sintetiza la facilitadora, que irradia risas y energía a cada paso y habilita otros mundos posibles, como cuando desembarca en el salón del Hogar de Ancianos, ubicado sobre la calle Rivadavia.

“En conjunción con estos siete poderes aparece esta propuesta que es muy significativa en el desarrollo personal y tiene efectos terapéuticos pero no es una terapia. Y con una sola sesión que vos tomas, hay un movimiento interno. Algo se mueve dentro tuyo”, cierra Ivana Treviño, haciendo un guiño hacia esos adultos mayores que esperan. Con idea de alivianar sus mochilas y hacer que puedan darse ciertos permisos. Y ya sabemos lo que pasa cuando hay seres que se movilizan por dentro: ya nada volverá a ser igual.




Fomentar emociones


Cada quince días, llegan al Hogar de Ancianos “San Vicente de Paul”. Allí donde solo es cuestión de abrir la puerta para encender las ganas, los abrazos y las manos amigables. El martes pasado no fue la excepción pero sí hubo recreos con doble festejo. Por un lado, al compartir la previa del día internacional de la biodanza, que sería el 19 de abril. Por el otro, el desparramo que se armó cuando llegó la hora de posar para el FINDE y pintar, hacer o reír frente a Tomás Pagano, el fotógrafo de EL POPULAR Medios. Todo fue alegría y momentos de diversión, sin pausas para dejar de reír.

“Este proyecto se planea por un año, con los objetivos de la biodanza que tienen que ver con la integración de la mente, el cuerpo y el espíritu. Fomentar emociones”, explica Viviana Aguilar. Por eso, “me produce mucho placer trabajar con los adultos mayores, ellos te agradecen y creo que somos nosotros los agradecidos”, reconoce.

Entre los beneficios de la biodanza se puede potenciar el sistema inmunológico, reafirmar la identidad, ayuda a aumentar las defensas, por lo tanto, disminuir el riesgo de contraer enfermedades, induce cambios a nivel orgánico y existencial, generando mayor alegría, despertando la fuente de afectividad, ofreciendo una fuerte motivación para vivir y enriquecen la comunicación y la calidad del contacto.

Este proyecto busca rescatar su alegría de vivir, para que vuelvan a descubrir sus motivaciones personales, estimular los vínculos afectivos y de contacto, y lograr que el anciano sienta la pertenencia al grupo. Para quienes se sientan atraídos y experimenten una gran necesidad de cambio dentro tuyo, pueden consultar en la sede de la Escuela de Biodanza, ubicada en Moreno 1157.




No están solos


Micaela Mining y Sofía Yedro estudian en la Escuela de la Salud y eligieron ser parte del proyecto Danzando la Vida. “Existen múltiples razones por las cuales yo decidí trabajar con los abuelos del Hogar y espero seguir con ellos siempre. Ya hace 6 meses que trabajo con una abuela y lo que me incentivó a querer estar con ella todos los findes, fue que me recordaba a mi bisabuela”, dice Micaela.

“Me interesa conocer y poder ver cómo un abuelo de cierta edad lleva su vida, a pesar de los múltiples factores que pueden impedir que hagan ciertas cosas. Me gusta ver con las actitudes que afrontan su vida, sus condiciones para poder lograr algo (…) Eso me motiva a mí a estar a su lado” enfatiza.

Y nace ese sentimiento de empatía. “Quiero ser yo quien este ahí si alguna vez necesitan de alguien, tengo habilidad para ser empática con la gente y me gusta usar esa habilidad con los abuelos”, cuenta Micaela.

Sofía por su parte asume que “me anoté para poder relacionarme con ellos más allá de lo profesional, sino como personas, para poder apoyarlos emocionalmente”. Y tuvo su momento de autocrítica y necesidad de crecimiento. “Porque uno como joven, a veces deja todo pasar; pero si te ponés en el lugar de un adulto mayor, ves el lado de la vida más profundo. Fuimos para poder sentir el estar en contacto directo con ellos, ver las sonrisas brillantes, felices de recibirnos”, resalta.

“Queremos estar con ellos porque hay muchos abuelos que no los van a visitar y que sepan que vamos a ir, no como enfermera o ayudante, sino como nieta postiza. No lo veo tanto desde el lado profesional, nos gusta tener empatía, individuo a individuo”, puntualiza esta estudiante de 22 años.

“Vemos la vida de otra manera en contacto con el otro y ellos también, porque saben que no están solos”, cierra Sofía.


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