Edición Anterior: 29 de Abril de 2018
Edición impresa // La Ciudad
Una pareja especial a la que todas las semanas le roban sus poquísimos bienes
Una historia de amor, pobreza y hambre
Daniel Puertas

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Cuando Alejandro salía a cartonear llevaba a Sandra en el carrito que remolcaba con su bicicleta y dibujaban en el paisaje ciudadano una imagen capaz de conmover a cualquier vecino desprevenido que tal vez no atinara a definirla como triste o enternecedora.

Hoy no tienen ni bicicleta ni carrito. Se los robaron. Tampoco pueden olvidar pesares perdiéndose en las intrigas de una película en las que miran de afuera el mundo de los "normales". Les robaron el reproductor de DVD. Cuando recibieron en su humildísima casa a este cronista no pudieron ofrecerle un mate. Les robaron la garrafa.

De todos modos, como aclaró Sandra Karina, tampoco tenían ni yerba ni azúcar.

Alejandro Mariano Torres (39) y Sandra Karina González (37) se conocieron en los Talleres Protegidos, donde confeccionaban bolsas de residuos para consorcios. Y se enamoraron.

A Alejandro es muy difícil entenderle las palabras que pronuncia con dificultad y Sandra oficia de traductora. El parece sufrir un tipo de retraso. Ella es down.

A veces se han peleado y Sandra se ha marchado a la casa de su madre. El la ha ido a buscar y ella volvió.

Cuando relatan como pueden esa historia mínima se miran con una ternura que borra la pobreza que domina toda su casa. Con pudor indisimulable arreglan la cama, estiran las sábanas con prolijidad y sobre ellas extienden la frazada con movimientos perfectamente sincronizados.

Los últimos ladrones se llevaron sólo el DVD y la garrafa, lo que parece indicar que la pobreza tampoco les es ajena.

La casa de la calle 17 entre Colón y Alvaro Barros donde moran la heredó Alejandro cuando murieron sus padres. Tenía al menos un hermano que también murió en circunstancias quizá terribles, pero Alejandro dice que no se acuerda de cómo fue esa historia trágica, aunque un velo de tristeza de pronto le cubre la mirada antes de desaparecer de golpe cuando vuelve a hablar Sandra.

Sus intentos de presentar la denuncia policial fracasaron siempre. A veces les han pedido dos testigos –curiosamente aseguran que debían ser un hombre y una mujer- de que esos bienes desaparecidos realmente les pertenecían.

Alguna vez les han dicho que ellos no pueden denunciar, que ese trámite debe hacerlo la persona responsable de ellos. Alejandro sólo sabe el nombre de quien es su curador, aunque pareciera que el único trato que tenía con él era el cobrar la pensión que le corresponde por su discapacidad y después llevarle el dinero.

Ahora Alejandro cobra directamente ese beneficio.

El no tiene buenos recuerdos de esa curatela decidida por un juez. Con gestos y algunas palabras dice que un hombre al que se había designado como su responsable intentó abusar de él, pero no puede precisar cuánto tiempo hace que ocurrió eso que llevó a nombrar otro curador.

Sandra no tiene ninguna pensión: "mi mamá se quedó", señala con cierto tono de disculpa.

Para reforzar ese haber mínimo Alejandro suele desempeñar algún trabajo simple, en los últimos tiempos en un taller. Pero la base de su economía eran los cartones que reunían con esfuerzo por las noches. A pesar de que así el carrito perdía mucha capacidad, Sandra lo acompañaba todas las noches y viajaba junto con los cartones y cualquier otro objeto que recogía Alejandro pensando que sería de alguna utilidad y que ahora decoran el patio de su casa.

De los Talleres Protegidos fueron separados. Sandra porque "le pegué a una maestra", según cuenta antes de aclarar que "yo no quiero que me molesten". Alejandro aparentemente empujó o agredió de algún modo a su ex novia, que también estaba en ese establecimiento.

Los robos comenzaron hace poco tiempo. "Antes nunca nos robaban", subraya Alejandro sin poder precisar cuándo era ese "antes".

Asegura que él ha visto su carrito en algún sitio cercano a su vivienda.

Alguna vez Alejandro fue apaleado por varias personas. No puede indicar en qué circunstancias, pero sí se hace entender cuando se señala uno de los ojos, que aparentemente sufrió mucho esa vez.

Sandra acota que su pareja es "un muchacho buenísimo", para nada violento, que "nunca busca pelea" y que "por eso me enamoró".

Porque está segura de estar enamorada y sueña con que un día se van a casar y tendrán una fiesta "con un asado".

Alejandro le sonríe con dulzura. Se miran y el sol otoñal parece brillar un poco más, la brisa fría se entibia y entonces irrumpe un perro de pelaje sucio, desarreglado, que parece sufrir también una pobreza sórdida.

"Se llama Falucho" dice Sandra mientras el perro se aleja rápidamente cuando el fotógrafo de le acerca, como si estuviera demasiado acostumbrado a que cualquier humano que no sean Sandra y Alejandro sólo tenga para ofrecerles piedras y algún palo.

Quizá sea sugestión, porque a los perros sólo se le asignan sentimientos elementales, pero en los ojos de Falucho parece haber más tristeza que miedo, más amargura que un instintivo gesto para ponerse a cubierto de cualquier agresión. Pero su imagen no deja dudas: la calle es muy dura para él. Rápidamente desaparece y ya no se lo vuelve a ver.

Alguna dependencia del Estado que funciona en Azul y de la que dependen de alguna forma los ha socorrido más de una vez, al menos con la reposición de las garrafas robadas. Pero ya les fueron robando cinco y ahora no tienen ninguna.

Sandra insiste con que está enamorada de Alejandro. Se miran y una ternura desolada ilumina los mueblecitos en trance de derrota del patio, los metales informes, los plásticos destrozados. Sólo falta Falucho entre ellos cuando se toman tímidamente de la mano, pero el perro seguramente volverá sólo cuando se marchen los desconocidos.

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