Edición Anterior: 20 de Mayo de 2018
Edición impresa // La Ciudad
Amar la trama
Y eso que todavía no llegamos al desenlace. Pero decidimos correr el telón y hablar con el referente de Punto de Giro, ese espacio teatral que transita sus diez años de vida y al que claramente le quedan muchos más. Osvaldo “Pato” Farías cuenta que todo nació en un galpón de la calle Maipú, donde nunca soñó que tocaría el “Chango” Spasiuk y desde ahí aún contagia su gran amor por el teatro.
Romina Reser


No había dudas de que ese galpón con olor a leña y poblado de despojos era casi comparable con Kosovo. Sin embargo, ahí mismo, donde todo parecía nada, el lugar se fue transformando en cultura y terminó haciendo teatro. Claro que sólo Osvaldo “Pato” Farías puede explicar cómo fue posible dar ese “Punto de Giro”. Con gratitud, sin guiones mediante, y muchas ganas.

-¿Cuándo te diste cuenta que Punto de Giro cumplía diez años?

Hace muy poco en realidad. Fuimos pasando el tiempo y fuimos luchándola, hasta el extremo que la lucha supera cualquier expectativa de marcar una mirada de tiempo en el camino recorrido (…) Para la memoria cultural, diez años hacen que sea importante.

Este año un poco empezamos a reflexionar sobre esa idea que habíamos tenido en el intento de generar un espacio para nosotros y para la gente, y desde allí empezar a entender que si bien pusimos una parte, lo otro, lo legítimo, lo puso la propia gente. Pero en definitiva ese galpón con olor a leña (sobre Maipú a metros de la avenida Colón), con la calidez que le pudimos poner, se fue haciendo fuerte como espacio necesario. También por ahí porque las propuestas oficiales nos dejaban una franja interesante en la cual nosotros podíamos entrar y desarrollar nuestro trabajo.

-Hay un reconocimiento por parte de la gente al espacio, como un agradecimiento “natural” por existir. Esto que vos decís de superar la lucha en busca de la realidad… ¿Cuál es la fortaleza de Punto de Giro?

Hubo muchísima gente, con aportes y hasta con la idea de formar otro espacio. A mí me da la sensación de que el fortalecimiento de otro espacio teatral en Olavarría tuvo que ver con aquella idea primaria y básica que tuve -porque tampoco se puede decir que tengo ideas terriblemente revolucionarias –confiesa, entre risas- pero vimos que no podíamos trabajar aquellos que teníamos la intención de dirigir si antes no teníamos formación.

-¿Cuánto y cómo influyó la Escuela Municipal de Teatro?

Con una educación sistemática. La Escuela es esencial. Automáticamente tras la creación de la Escuela propuse un encuentro de teatro no competitivo porque me parecía que iban entrelazados. Y así durante casi 4 años, funcionó la escuela con más de 200 estudiantes y el encuentro iba creciendo. Llegamos a tener 500 personas en ese encuentro, en el hermoso Teatro Municipal. La propuesta mutó y yo, como decía papá, soy el capitán que se va con el barco.

Al poco tiempo, entra Fernanda Moraga como directora de la Escuela de Teatro y, en definitiva, la propuesta tenía que ser uno de nosotros. Y desde ahí deambulamos de aquí para allá.

-¿Cómo se trasformó eso en un Espacio Teatral Alternativo?

La gente de la Sociedad de Fomento Pueblo Nuevo nos ofreció un lugar, pero era muy divertido porque estábamos en un ensayo y un flaco abría la puerta y decía “Che Pato, ¿los muchachos de la asociación no se reunieron atrás?”, y nos cortaban todo el trabajo y mis alumnos gritaban y yo les quería hacer entender que era una sociedad de fomento, que el espacio era de ellos y que tenían la deferencia de prestarnos el lugar.

“No me bancaba una frustración más”

-Entonces, tuvieron que buscar un espacio alternativo…

“En un momento mis locos compañeros del alma y alumnos dijeron “hay un galpón, vamos a alquilarlo”. Y necesité desesperadamente tirárselos para atrás porque yo no me bancaba una frustración más. Me decían que era un viejo carcamán y, bueno, empezamos a trabajar. Eso era Kosovo: agujeros por todos lados, había sido el legendario taller chapista del Negro Miguez, un amigo que había levantado las banderas del buen tinto y el asado en ese espacio, más que el de la chapa y que es lo que mejor quedó. Ahí está en un costado hoy de Punto de Giro el viejo hogar donde se siguen haciendo los chorizos. Lo adecuamos con nada: dos luces, un pedazo de nylon y empezamos a fortalecerlo con teatro y con algo que se nos ocurrió, como un varieté, convocar a los compañeros a los que les debo una enorme gratitud, a todos. Músicos, teatristas, bailarines, artistas plásticos; que nos iban tirando una mano desinteresadamente para poder sostener ese espacio. Hoy por hoy, podemos decir que nos autogestionamos pero en gran medida lo sostuvo cada uno de los compañeros artistas que nosotros convocábamos. Mostraban su arte a cambio del sostén de un espacio.

-¿Podemos decir que Punto de Giro tiene su público? En Olavarría hay una linda movida cultural que va por fuera del Teatro Municipal, con varios espacios alternativos y se nota que Punto de Giro tiene ‘su’ público.

Lo divido en dos partes, en lo puramente musical y puramente teatral. A nosotros nos funcionó mucho la página (del Facebook) y el ‘boca a boca’, pero cuidamos muchísimo a nuestro público, a nuestros pibes y a nuestros adultos. Tratando de ser didácticos y pedagógicos en el entendimiento, tras cuatro temas de rock desaforados, venían tres temas folklóricos que a los maduros les encantaban, y que desde la misma manera que ellos hicieron silencio hacia el rock indudablemente iba ocurrir lo mismo para el otro lado. Y que si no ocurría, me iba a enojar mucho. Y si me enojo mucho con lo que pasa en ese lugar que tanto amo, no iba a tener contemplación. Y no fue necesario explicarlo muchas veces porque lo decía desde el escenario y la gente participaba con su silencio y su calidez. Los pibes compartiendo con los adultos, esto en lo que hace referencia a la música.

-Admiro mucho a la gente como vos que toda su vida la dedicó a lo que ama. Que la lucha para seguir a pesar de los vientos en contra. ¿Cómo podés inspirar a otros, que les aconsejarías?

Primero le digo al teatrista, compañero de mi ciudad, que fue importante lo que pudimos hacer a través de la escuela oficial, esa escuela que diseminó tanta gente. Gran parte de ellos fueron alumnos y docentes míos; y hoy están haciendo su espacio teatral y me parece que está creciendo mucho. A mí me encanta esta cantidad de espacios culturales, pero no para derrocar ninguna cultural oficial sino para generar una fantástica alternativa.

Yo creía cada vez que me sentaba en ese lugar que era posible tenerlo lleno de gente sentadita, calentita como me afano para que lo esté, viendo lo que más amo que es el teatro. Y si eso lo pude hacer es porque soy un viejo empecinado, porque realmente quiero lo que hago y porque me enorgullece desesperadamente que parte de mis alumnos o de la gente con la que alguna vez compartimos algo teatralmente, hoy este independizándose y creando nuevos espacios en la ciudad. Los logros están a través de la constancia. A mi nada me fue fácil. Mañana me voy a levantar otra vez y como hace el piojoso, salgo del agua y te hago la seña, porque no va a ser fácil que eso ocurra.




Gracias Pato!


R.R.

“Me pone muy feliz la mano de la gente en la salida, agradeciendo lo que les doy. Y digo, ¿qué carajo les doy? Nada… no lo terminas de saber. Les doy un espacio calentito, una selección de propuestas y de música, una propuesta teatral alternativa y un lugar donde se puede compartir en paz.”, dice el Pato Farías.

-¿Habrá fiesta por los diez años de Punto de Giro?

Ya estamos llegando casi a las vacaciones de invierno que seguramente vamos a tener muchas propuestas infantiles. Estamos pensando en hacer una fiestita, regalarnos un cumpleaños de nuestro espacio convocando a todos los que pasaron por Punto de Giro, embellecerlo un poco más y agradecer. A lo que han sido estos diez años y los que vendrán seguramente.





“Y un día tocó el Chango Spasiuk”


R.R.

“Y se puso hidalgo el lugar y no por eso cambió la gente. Cuando estuvo el “Chango” también hubo tres o cuatro bicicletas paradas en el palo de la luz y estuvo la señora que dejó su coche cero kilómetro afuera y entró con su tapado de piel. Pero eso no depende de mí, te lo juro. Se dió, quizá porque nosotros los cuidamos dentro. Es lo único que por ahí pudimos haber hecho. Gente con ropa muy humilde y gente que lleva 70 mil pesos encima, para tener que poner a refrescar al otro día del olor a humo. Y ambos disfrutan de la misma forma y me parece que de esto se trata el arte y el espacio”, dice el Pato Farías.

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