Edición Anterior: 3 de Junio de 2018
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Te llevo para que me lleves
Manejar otorga y reafirma la libertad de las personas. Es así. Y en Olavarría muchos se animan y se ponen al frente del volante de la mano de un familiar o amigo. En otros casos buscan la ayuda de un agente externo que guíe y acompañe con paciencia. La Escuela de Manejo y los instructores de la ciudad son dos alternativas para echarse a andar. Y las mujeres las prefieren.
Yanela Alves

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Los ven pasar todos los días. De 18, de 50 y hasta de 80 y pico. Cantan, llevan rostros de serenidad o de impaciencia. Pero van en su auto, manejan y se mueven donde quieren y sin depender de nadie más que del volante que los traslada. Y desde la parada del colectivo, la vereda, la bici o la moto, los y las miran. No hablamos de la posibilidad de tener un auto (por lo económico que eso conlleva) sino puntualmente de saber manejar.

“Intenté aprender dos veces. La primera todavía no tenía auto y ahora que sí lo tengo estoy intentando de nuevo”.admite Yesica. “En ambos casos, los primeros intentos fueron buenos pero cuanto avanzo con las prácticas y llega el momento de manejar en alguna calle un poco más transitada me da miedo. Podríamos decir que soy buena manejando derecho y sin autos alrededor”, se sonríe.

Es que muchas veces “el manejar” es mucho más que encontrar a la persona correcta para guiar el camino y los movimientos, requiere de destrabar cuestiones internas que nos hacen tomar más colectivos y patear la calle.

“El miedo se supera enfrentándolo, quiero que me escuches, que lo hagas y sepas que lo podés hacer bien y de la manera que yo te enseño”, es la frase que repite a diario con sus alumnas en las clases de manejo Verónica “Volante” (como se la encuentra en Facebook).

La confianza en uno mismo es imprescindible para aprender. Pero resulta que en muchas oportunidades los que llegan a pedirle socorro es porque han sido víctimas de la impaciencia de parejas, familiares o amigos que no saben cómo enseñar.


Mujeres al volante


“Me pasa que no llego a incorporar los movimientos que hay que hacer para manejar sin estar pensando `embrague, acelerador, embrague, freno, primera, embrague, segunda...´y si a eso le sumo que viene un auto a 200 metros… me paralizo”, asegura Yesica y es por eso que uno de los secretos es la serenidad.

Actualmente, está pensando en tomar clases con alguien que la instruya “porque hasta el momento me han intentado enseñar personas que conozco y a ellos es más fácil decirles que no quiero manejar más. Pero supongo que a un instructor no lo voy a abandonar arriba de un puente como hice una vez con un ex novio cuando me bajé del asiento del conductor para pasar al del acompañante”. Y plantea que, aunque haya resultado, al menos extraña la situación, “no me separé por eso”.

Algo similar le pasó a Estefanía que acaba de finalizar el curso de manejo en la Escuela Municipal. “Yo no sabía si iba a poder manejar y cuando fui a la Escuela empecé a verlo diferente. Me di cuenta de que no tenía predisposición antes para aprender con mi pareja o un conocido”, reconoce. Y es que muchas veces la presión aparece y con ella, el miedo a lo nuevo y a los peligros que pueden emerger.

Verónica, que trabaja como instructora desde hace cuatro años, le enseñó a manejar a la hija de su amiga. Aprendió rápido y la convenció de que debía dedicarse a eso. Los pedidos de ayuda se fueron incrementando por el boca a boca y hoy tiene agenda completa. Facebook fue el canal de comunicación que eligió para que la contacten los que necesitaran aprender a manejar.

Allí aparecían hombres que se burlaban bajo la frase absurda y machista de “ustedes son para la cocina”. A pesar de eso, siguió adelante y fue consultada por muchísimas personas, en su mayoría mujeres.

“Nunca me enseñaron así”, le dicen todas. Es que después de tanta experiencia ella entiende que a veces acuden a su servicio porque han intentado antes aprender con hombres que gritan, se ponen nerviosos, creen que se les romperá el auto y, con ello, sucederá algo así como el “derrumbe” de sus vidas. Y lo maravilloso es que la clave está en la paciencia para enseñar, sólo eso.


Mucha práctica


“Todos dicen que eso se adquiere con la práctica pero abandono antes de practicar el tiempo suficiente”, se analiza Yesica. Y es que podríamos decir que no hay un buen conductor si no hay experiencias de manejo reiteradas y resolución de situaciones al volante.

Verónica afirma que sus alumnos y alumnas en 8 o 10 clases de una hora de duración, aprenden. Una excepción son los adolescentes que, con el permiso de sus padres, lo hacen en alrededor de 5 clases. Es el ejemplo de Mirari que tiene 18 años y aprendió a manejar en el verano. Lo hizo con un instructor que “tiene un plan y en cuatro semanas te enseña a manejar”.

Mirari ya sabía pasar cambios y poner en marcha el auto “pero no cómo manejar en la ciudad con otros autos alrededor”, por eso la experiencia fue muy positiva.

Verónica afirma que en el caso de las mujeres, “cuando son muy temerosas les digo que lo superan sólo enfrentándolo. Les pido que me escuchen y lo hagan de la manera que yo les digo. Así es más fácil”. Y en caso de que alguna no se sienta segura, toman más clases.

Diferente es lo que sucede en la Escuela de Manejo donde se cursa dos semanas, una de ellas la parte teórica y la otra, la práctica. “Yo fui de lunes a jueves al Autódromo. El que da teóricos es un policía junto a un abogado. Nos enseñaron leyes y señales de tránsito”, explica Estefanía y “el espacio sirve para sacar dudas y compartir experiencias”. A la semana siguiente hay que entrar en acción. “Usamos autos del Municipio, en mi caso aprendí con un Palio y quienes enseñan tienen mucha seguridad y te inspiran seguridad” tanto que “la primer clase de manejo ya salís andando”.


La independencia


El auto también es un instrumento de libertad. Hay muchísimas personas que se han separado y necesitan recurrir a él. Para aprender a manejar, no hay dudas de que hay que tomar confianza con intentos reiterados en lugares tranquilos, con poco tráfico. Hay muchos sitios así seleccionados por los instructores de la ciudad donde colocan sus conos y enseñan a maniobrar en zig zag o hacer marcha atrás.

Pero ese deseo de saber manejar está asociado a la necesidad, a poder manejar los horarios y no depender más de que alguien “venga a buscar” o que el colectivo llegue a tiempo.

Mirari dice que “el auto da independencia pero, en realidad, es más practicidad”. Y todos los entrevistados coinciden en que “tener un auto y no usarlo por miedo a chocar es como no querer salir de casa caminando por si tropezás en la vereda”.

Es cierto que siendo joven se tienen menos temores y todo se va dando de modo más impulsivo. Pero para el que tiene unos años más, no debería haber restricciones más que las de algún impedimento físico o psíquico.

La bocina de un auto propio o ajeno en algún momento de la vida suena para que nos dispongamos a disfrutar de otro tipo de libertad que nos abrirá la puerta para ver cómo mundo se percibe al mando de un volante.




Los chicos quieren divertirse


Hay muchos varones en el curso de manejo municipal y tomando clases con instructores de modo privado. Pero es cierto que son menos los que piden este tipo de ayudas. Luciano y Marcos aprendieron juntos. Tienen 25 años y los dos se subieron por primera vez a los 15, cuando el papá de Luciano le enseñó en un auto “chico” de la familia y les transmitió los aprendizajes a su amigo.

“Mi viejo me dijo lo básico pero me pidió que, ante todo, fuera prudente y respetara las señas”, recuerda el joven que hoy está terminando una carrera universitaria.

“Desde el día en que me permitió salir solo de casa con el auto me sentí con super poderes. Buscaba a mis amigos y así le hice perder el miedo a Marcos, que ahora maneja mejor que yo”, sonríe Luciano.

“Creo que los varones somos más inconscientes a la hora de manejar, más impulsivos. Quizás por eso aprendamos a manejar antes o sea muy difícil encontrar a un hombre que no maneje aunque los hay”, analiza Marcos que maneja una camioneta para hacer repartos todos los días.

De todos modos, “miedo a veces hay”. Y menciona una situación que vivió a pocas semanas de conducir: “una mañana, en la Autopista, un auto me frenó de golpe adelante. Me acordé lo de Luciano, de la prudencia, como le decía su papá, respiré profundo y resolví la situación. Pero es cierto que muchas veces aunque uno esté seguro, no podemos decir lo mismo del resto”.

Ambos coinciden que el auto “nos dio confianza en nosotros mismos en el momento en que aprendimos” y a partir de ese momento hubo hermanas y primas que siguieron sus pasos.




“Metodología escuela”


Estefanía comenzó el curso de manejo un lunes y durante cuatro días asistió a las clases teóricas junto a otras cinco personas. A la semana siguiente empezó a manejar en espacios individuales. “Estaba asustada porque no sabía ni poner primera y el instructor me fue ayudando. Después tomé más confianza”, admite.

La primera clase “moví el auto, pasé a primera, segunda y tercera. La segunda clase manejé rebajando cambios y también empecé a hacer marcha atrás”. Al día siguiente repitió lo aprendido y sumó el zig zag entre conos. Y para el último día “practicamos estacionamiento y salimos a pasear por Sierra Chica. Se supone que ahí ya deberías estar más seguro y canchero manejando el auto” porque las situaciones que van apareciendo deben resolverse.

En caso de que las instancias no se aprueben, se recomienda volver a repetir el curso. Pero “yo salí manejando en 4 clases de una hora”, afirma orgullosa.


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