Edición Anterior: 22 de Julio de 2018
Edición impresa // La Ciudad
ESCENARIO POLITICO. Macri en baja y Cristina estancada. Las malas costumbres de la política nacional
La fragilidad institucional, los aportantes truchos, los números reveladores y la cultura de los vicios
Los aportantes truchos, esa vieja práctica nacional. La ausencia de una buena institucionalidad y las promesas incumplidas o traicionadas. Una encuesta llamativa. Massa y Vidal en alza. Cristina no se mueve y Macri pierde puntos. Los simulacros argentinos y los relatos dañosos
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Los recientes escandaletes sobre los aportantes truchos demuestran una vez más el costado flaco y frágil de la institucionalidad nacional.

Ese es nuestro lado débil y por el que la república flaquea más de una vez. Si se recorren los problemas argentinos y se escarba en el esquema de causalidad que los determinan, no será difícil ver que la variable más importante es la falta de calidad institucional.

Si hasta la corrupción se alimenta y realimenta por la falta de calidad institucional. Carlos Menem, pese a todos los casos que le fueron probados, no se pudo evitar que ocupara una banca en el Senado. Lo mismo pasó con Cristina Kirchner, quien paradójicamente prometió calidad institucional cuando asumió e hizo una bandera de esa idea-fuerza, pero su régimen terminó desbordado por el narcisismo autoritario, la mentira y la corrupción.

Sin embargo, hoy se puede ver a los grandes responsables de los ilícitos cometidos durante su gestión pavonearse en las calles o en los canales de televisión como si nada, y dando cátedra de moral y de política cuando el platillo de los errores y arbitrariedades desnivelan completamente el de las venalidades y los aciertos.

Cambiemos prometió la misma calidad institucional, y si bien los vicios son otros, éstos existen y alejan irremediablemente el mejoramiento institucional largamente adeudado.

Pero la falta de institucionalidad ha ido fomentando y acrecentando la impunidad. Menem logró su banca, Amado Boudou pretende una pensión como ex vicepresidente, llueven los aportantes truchos como llovieron en el pasado, y se sigue manejando la plata de la gente sin ningún control.

Hace unos días alguien simplificaba esta situación recordando una metáfora relacionada con los romanos. Este imperio de la antigüedad, conocedor de su debilidad, que era su miedo a los bárbaros, destruía los puentes que construía para avanzar con sus ejércitos hacia territorios desconocidos de Europa. ¿Por qué? ¿para cuidar su retaguardia?. No, porque detrás no amenazaba nadie. Lo hacían porque sabiéndose débil ante el temor que les producía ese enemigo, se blindaban para no retroceder y ahogarse en los ríos por el peso de sus armaduras.

La debilidad argentina es la falta de institucionalidad y hasta ahora nada nos defiende de ello y no se ha hecho nada para construir una buena retaguardia frente a los personalismos y la corrupción, simplemente porque no admitimos esa debilidad o directamente porque el sector que tiene que curar ese mal se aprovecha de ello.

Los países crecen por las instituciones y se defienden aún de los mayores males si esa retaguardia de institucionalidad es sólida. Argentina está condenada al fracaso si persiste esta fragilidad institucional. Prevalecerán los tiranos, los corruptos, la cleptocracia hará trizas cualquier proyecto político y económico y, como dijo Juan Bautista Alberdi, si no nos arrodillamos ante la ley estaremos condenados a arrodillarnos ante los tiranos. Más aún, sin institucionalidad fuerte, hasta la distribución de la riqueza seguirá siendo desigual y la plutocracia se impondrá sobre el régimen democrático.

Impunidad y aportes truchos

A cada avance institucional le sobrevino la trampa. El impedimento de ser reelecto por más de un período no evitó la posibilidad de que este candidato se imponga sobre otros postulantes en otros cargos de otros niveles del Estado. El imperativo es seguir viviendo de la política de algún modo y que los lugares de las listas sigan siendo ocupados por esa nueva Nobleza que ha colonizado a la política.

Es tan grave el problema institucional que hasta las sociedades de fomento o clubes son conducidas por listas completas y sin participación de las minorías. Es decir, lo que debiera ser más democrático termina siendo absurdamente autoritario.

Algo similar pasa con los sindicatos u otro tipo de agremiaciones. Todos ellos son conducidos por la lista completa que triunfó en la eventual elección. De ese modo, una estructura que administra muchos fondos de los afiliados, se queda sin el control de la minoría y para los corruptos, el campo se les hace orégano.

La gravedad avanza sobre la Justicia en donde las causas demoran lo que quiere la política y funcionarios judiciales (junto con penitenciarios y policiales) terminan bajo sospecha en causas tan graves como las del narcotráfico como lo denunció hace unos días César Sivo, el abogado del ex juez de garantías, Antonio Saladino. Y con un descaro inaudito aparecen nombres con exceso de vocales (apellidos como Zaaaa o Baaaa, todo con mayúsculas) con documentos de números irrisorios, aportando a campañas políticas montos imposibles para sus ingresos y vehiculizados por la impunidad de quienes confeccionaron las declaraciones juradas.

Existen antecedentes de estas prácticas, Cambiemos, que levantó la bandera de la transparencia estaría incurriendo en la misma conducta y en Entre Ríos, el peronismo se ríe de la ciudadanía inventando nombres absurdos de presuntos contribuyentes con exceso de vocales o números de documentos inaceptables. "Todo es igual, nada es mejor", decía Discépolo, y agregaba: "...y en el mismo lodo, todos manoseaos".

La Gobernadora Vidal intenta desactivar esta denuncia cortándole la cabeza a la Contadora General de la Provincia y tesorera del partido, y más allá de que algunos se escandalizaron por el despido de la contadora Inza, la actitud de Vidal fue la correcta y es justo que el funcionario político pague su "error". Después se verá hasta donde llegan las responsabilidades.

Como teoriza el sociólogo Max Weber, para eso está en la estructura del estado moderno, para responsabilizarse de los actos políticos. Porque sus responsabilidades son proporcionales al grado de poder que ostentan y a sus remuneraciones.

Moral e instituciones

Entonces, la institucionalidad no solo regula mucho mejor la vida en sociedad sino que además es mejor garantía, lejos, de la igualdad ante la ley. Pacifica las situaciones, como ocurrió con el tratamiento legislativo de la Resolución 125, evita la corrupción y la impunidad o al menos la reduce, y favorece obviamente la vigencia de la justicia social. Simplemente porque la distribución equitativa de la riqueza parte desde la voluntad política, tanto en su gestión como en su aplicación, y la garantía de todo esto serán las instituciones.

"A las grandes naciones las construyeron los buenos", me dijo alguien hace unos días. El razonamiento parece simplista pero es profundo como pocos. Sólo el Bien (o la benevolencia) construye y la política también debe ser en gran medida, y como la vida, un fenómeno moral. Solo hace falta calidad institucional para controlar esas conductas humanas y para que las actitudes buenas lleguen a buen puerto y no se transformen en sólo buenas intenciones.

Pero, a los argentinos, como pasó con los romanos, nos hace falta darnos cuenta de nuestra debilidad para defendernos y blindarnos de los errores y los miedos. Pero a esa debilidad hay que admitirla de una buena vez para comenzar a transitar buenos caminos, caso contrario se correrá el riesgo de incurrir en los mismos errores o, peor aún, agravarlos.

El tema es que, como está pasando con los "aportantes truchos" y como tantas otras veces pasó en la historia, cuando se formule el argumento de la Justicia como factor decisivo, determinante y esclarecedor, no sea una excusa para sacarse el caso de encima y salir del paso, o arrojarlo a la turbiedad o al olvido, sino para encauzarlo hacia una verdadera solución.



Relatos, culturas y contradicciones



_NOTA

C.F.

Por el excesivo uso del "no" para comenzar una frase, aún las positivas, los argentinos solemos caracterizarnos por el uso paradojal de algunas frases. Por ejemplo, para cerrar un debate suele utilizarse un "sí, éste es un tema para debatirlo...". Es decir, cerramos una discusión con una frase que la debiera abrir.

El otro caso es el de enviar los casos a la Justicia para condenarlos, como decíamos, a la irresolución y al olvido cuando debiera ser lo contrario. O, el de eludir soluciones calificadas (o descalificadas) como "parciales" cuando éstas son algo mejor que la nada.

Por ejemplo, un porcentaje relativamente bueno en una paritaria, aunque falten cosas, es mejor que no tenerlo. Por lo tanto, la solución pasaría por tratar de generar una mejora para la porción de sueldos que no está alcanzada en su plenitud por ese aumento, pero siempre avanzando sobre lo que ya está alcanzado. El tema, muchas veces, es que quienes deciden cuentan con otros ingresos que les permite otros plazos de demora para resolver los casos.

Tal vez esto tenga que ver con esa cultura de la controversia que se ha venido alimentando durante años y que ha ido desalojando a la cultura del diálogo y de los acuerdos. El enfrentamiento permanente se ha transformado en un fin en sí mismo con lo cual las soluciones acaban siendo por imposición.

Y en este cúmulo de irracionalidades o falta de sentido común podría añadírsele algo de la política económica actual que pretenden crear fuentes de trabajo reduciendo el consumo interno o levantando la tasa financiera a la vez que arengan por una mayor producción, algo muy bien observado ayer por el diputado nacional, José Ignacio De Mendiguren.

Es que por esa manía de manejarnos a través de dogmas o frases hechas hemos acabado frecuentemente en la contradicción o en la cultura del simulacro.

Desde otro lugar, y por esa manía de aparentar inclusión, algunas universidades y facultades cuentan con cursos de ingresos a las carreras con exámenes decisivos y determinantes pero a la vez lo niegan al denominarlos eufemísticamente como cursos de "integración" o "nivelación", o cosas por el estilo.

La teoría del relato ha hecho estragos con la cultura argentina y el mundo de la posverdad ha terminado colonizando las mentes. Hoy todo es "como sí" y el simulacro ha sustituido cínicamente la búsqueda sincera y honesta de la verdad.

Al relato del cristinismo le sucedió el de Cambiemos, mientras tanto, el 30 por ciento de pobreza dejado por Cristina no se transformó en cero como lo prometió Macri ni mucho menos. La realidad sigue siendo tan patética como antes y sólo cambió el relato.



Datos reveladores



_NOTA

C.F.

Mientras el escenario político local sigue adormecido por la falta, a nivel provincial y nacional, la situación parece ser similar.

Los datos del mes pasado reflejan un estado parecido a los anteriores, con una ventaja de Ezequiel Galli sobre José Eseverri de unos 10 puntos, y separados ambos por muchos puntos del lote de candidatos siguientes.

Una encuesta conocida en estos días dice que cayó la aprobación de Macri y la esperanza de que mejore la economía, que Cristina permanece estancada y que Sergio Massa, de a poco, es quien empieza a capitalizar esa merma oficialista.

Se salva María Eugenia Vidal, que subió tres puntos en su imagen llegando al 49% y se mantiene como la dirigente con mejor evaluación en el país. Vidal fue quien se animó a cortarle la cabeza a su propia contadora general de Gobierno con el caso de los aportantes truchos y ahora decidió otorgar un 8 por ciento más a partir de julio a los sueldos judiciales. Esto habla de su muñeca política pero también la coloca como un referente de la nueva política y le confiere muchas posibilidades de romper con el hechizo histórico que pesa sobre los gobernadores bonaerenses que les impide llegar a la Presidencia de la Nación.

El mismo sondeo habla de un crecimiento de Massa de dos puntos, lo que lo alentaría a recuperar su antiguo rol de ser alternativa superadora de una nueva polarización.

Cristina Kirchner continúa estancada en un 30 por ciento de imagen positiva y un 70 por ciento de rechazo (50% negativa y 20% regular), lo que evidencia su imposibilidad de volver a sentarse en el sillón de Rivadavia.


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