Edición Anterior: 29 de Julio de 2018
Edición impresa // La Ciudad
Los familiares del submarino ARA San Juan en el acampe de Plaza de Mayo
"Ellos saben lo que pasó y no nos dicen; no los quieren salir a buscar"
Ocho meses y medio atrás el submarino Ara San Juan daba su última señal. Hace un mes una docena de familiares acampa en Plaza de Mayo. Bajo la lluvia y el frío. EL POPULAR estuvo ahí. Donde las banderas y las fotos también recuerdan al olavarriense Diego Wagner Clar. Zulma Sandoval habló de su experiencia y de su hijo Celso, desaparecido en el Ara.
Silvana Melo

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La tarde en que Nora Cortiñas (Madre de Plaza de Mayo Línea Fundadora) pasó por el acampe de familiares del Ara San Juan, la historia dio un giro impensable, para unirse punta con punta en el dolor. El 15 de noviembre de 2017 el submarino dejó de dar señales. Y sus 44 tripulantes quedaron, hasta hoy, confinados en una profundidad marina que el Estado decidió inalcanzable. 65 niños esperan todavía a sus padres, ocho meses y medio después. Cuando ya no hay fuerzas de elite europeas buscándolos, ni recompensas por información certera, ni empresas contratadas por el estado para la búsqueda. Son 44 desaparecidos, presuntamente muertos, de quienes sus familias no tienen el cuerpo. La fatalidad de la historia argentina que no permite el duelo. Para unos o para otros. En una tarde lluviosa, con el gris de color de fondo, EL POPULAR se acercó a la carpa de los familiares y habló con algunas madres. Alrededor, banderas, historias y las fotos de cada uno. Entre ellos, Diego Wagner Clar, un hijo de Olavarría.

Celia tenía en sus manos un manojo de planillas y la ofrecía a los que pasaban. Hay que firmar el pedido para que el Ministerio de Defensa contrate a una empresa privada para la búsqueda del Ara San Juan. Ella no quiso hablar de nada que no tuviera que ver con su fe en Dios. Depositó el caudal de su esperanza en sus días en la plaza y en la confianza de que ése, su Dios, arreglaría las cosas, como un técnico universal. Y finalmente su hijo se sentaría otra vez a su mesa.

Abandono

Zulma Sandoval, a los 56 años, conserva el acento de su Chaco natal. "Abandono es lo que han hecho con nosotros y con los 44 tripulantes del submarino. No entendemos qué es lo que quiere hacer con nosotros el gobierno, el Ministerio", dice y habla rápido, como si las palabras se le amontonaran para salir. "La verdad… a ocho meses y medio de la desaparición no tener una respuesta… para mí ellos lo saben y no lo quieren decir. Ellos saben lo que pasó. ¿Por qué no los salen a buscar, por qué no contratan una empresa?", se pregunta.

"Primero fue una contratación directa. Yo tengo entendido que eso es de ministerio a empresa. Que no compran un pliego y exponen uno y otro. No es así. Ellos creen que nosotros somos ignorantes. Pero no. Porque cualquier persona se da cuenta de lo que es una contratación directa", explica mientras la llovizna pertinaz le va cubriendo el cabello con gotitas ínfimas. "El ministerio tuvo tres meses el pliego de una empresa que no tenía nada, que no sabíamos qué iba a hacer, los papeles estaban mal y la dieron de baja. Y ahora hay que esperar a ver cuál se presenta". Juntando firmas en las planillas buscan una presión multitudinaria para que los vuelvan a buscar.

De vez en cuando vuelven a tener un contacto con el ministerio. Con Oscar Aguad, a quien responsabilizan del "abandono" junto con el Presidente de la Nación. "Pero no nos dicen nada. Les pedimos un Decreto de Necesidad y Urgencia (DNU) y nos contestó que no se puede firmar DNU para todo. No lo firman para la búsqueda pero sí para nombrar a un juez. Cuál es la diferencia. Nadie me lo sabe explicar. El DNU para esto lo tendrían que haber hecho a las 24 horas de la desaparición".

Cuando todavía había esperanzas. Y aunque racionalmente ya no podría haberlas, ella reacciona como una madre. Como aquellas que durante años exigieron y transformaron en decisión política ´con vida los llevaron, vivos los queremos´. "Nosotros tenemos mucha fe en Dios, como dice la mamá que está hablando de Dios (señala a Celia con las planillas en la mano). Creemos que los milagros existen. Acá viene mucha gente que nos dice que no nos angustiemos, que sigamos con la lucha, que a ellos no les pasó nada, que a ellos los secuestraron del mar y los llevaron prisioneros. Ahora tenemos que saber dónde están."

Zulma cree en una posibilidad semejante. "Sí, creo porque yo soy mamá. Y una mamá tiene un sexto sentido". La desaparición de 44 personas en el fondo del mar, la búsqueda que ya no existe, la ausencia de explicaciones, son tierra perfecta para que se cultiven las teorías más extrañas. Desde el misil inglés que los desintegró, los submarinos que los perseguían y el dron marino británico hasta el secuestro masivo abonan la incertidumbre.

"Las historias son muchas –dice Zulma-; estamos en manos de Dios que es el único que nos puede responder. Sus tiempos no son los mismos que los nuestros". Y refuerza: "¿y si no los quieren buscar porque no están en el mar? ¿Y si no quieren gastar la plata por eso? Esa es otra teoría. Es la otra estrategia nuestra".

Los días sin Celso

Entre diez y doce familiares sostienen la carpa desde hace poco más de un mes. "Cada uno tiene su teoría. No es lo mismo una mamá que una esposa. Aunque hay muchas esposas que sienten lo mismo que yo. Van al placard y ven la ropa de sus esposos y no sienten que no estén acá". Ella se prende la campera y se abraza. Hace frío y llueve en la Plaza de Mayo. "Es muy injusto lo que están haciendo con nosotros, no nos merecemos que nos traten de esta manera. Ayer anduvo el intendente de Mar del Plata, pasó por acá pero no se acercó para preguntarnos si necesitábamos algo". Carlos Arroyo "está avalando lo que dice el Presidente, no se va a comprometer con nosotros porque sentirá que lo va a traicionar. El prefiere traicionar a 44 familias y no a este inepto que no sirve para nada".

El hijo de Zulma se llama Celso Oscar Vallejo. A ella se le ilumina la cara en medio de la tarde gris cuando habla de él. "Suboficial segundo, casado, tres hijos. Una nena de once, una de ocho y un nene de dos. Pero no son sólo ellos. Acá hay 65 niños que esperan a su papá. Chicos que no vienen acá porque no está bueno el lugar. Hay que cuidarlos a los chicos". Ella se resiste cuando "nos dicen que tenemos que decirles que su papá no va a volver más, pero ¿cómo sabemos que no va a volver, si nosotros también tenemos las manos vacías?".

¿Cómo es Celso? "Qué le puedo decir yo como mamá… me llena de orgullo: sus compañeros y la gente que lo conoce, hablan maravillas de él. Es un excelente hijo, la prioridad siempre fueron sus papás. Siempre que lo necesitamos lo tenemos". Ella habla en un riguroso presente. Y es un arma letal contra la muerte.

Los familiares se organizan por turnos para mantener el acampe en pie. "La Armada nos puso un hotel a ocho cuadras de acá a las madres que, como yo, hemos estado mal de salud. Ahí vamos a dormir las mamás; cuatro esposas y dos papás se quedan acá. A las 8 y media o nueve venimos y nos vamos a la noche". Ella señala la carpa y sonríe con amargura: "nunca jamás pensé estar acá acampando en Plaza de Mayo; yo estas cosas las veía por televisión. Hoy me tocó estar a mí y yo no lo voy a abandonar a mi hijo. Yo voy a luchar hasta último momento. Una madre no abandona. Por más que tenga la edad que tenga".

Amor al mar

Celso cumplió 39 años el 18 de marzo. A cuatro meses y tres días de la última señal del Ara San Juan. Una de las hijas de Zulma se llama Malvina. "Porque mi marido estuvo en la guerra de Malvinas, tenía 21 años cuando fue la guerra. Estaba haciendo el curso en la Escuela de Mecánica de la Armada (la célebre ESMA, el mayor centro cladestino de detención durante la dictadura) cuando se fue. Mi marido y mi hijo son militares y marinos por vocación, de corazón, de alma. Por la sangre de ellos corrió siempre la marina, el mar".

Ella siempre los miró irse. Y nunca supo de sus trabajos. "Me preguntan si no sé nada de lo que pudo haber pasado, si el submarino no estaba en condiciones; la verdad, les digo, no. Mi marido nunca me contó nada de su trabajo con 38 años de marina. Mi hijo con veinte años no le contaba ni a su papá".

Ella los veía amar el mar. E irse navegando. "Mi marido siempre le decía no sé cómo podés estar adentro de esa lata de sardinas… sardinero le decía el padre. Cuando nos vinimos del Chaco a vivir a Puerto Belgrano con mi marido él tenía 5 años. Empezó a ir con su papá a los barcos y los empezó a amar desde chiquitito. Se iban navegando juntos de Puerto Belgrano a Mar del Plata".

Por la plaza pasea una delegación de jóvenes neozelandeses. Una pareja pasa hablando en alemán y señala las banderas. Un hombre joven, con acento colombiano, dice "parece mentira que no se sepa dónde están" y pide la planilla para firmar.

"Nosotros no le vamos a poner un punto final a esto. La lucha va a ser muy larga, hay cuidar la salud, pero no vamos a parar hasta encontrarlos", decide Zulma. En esa plaza por la que sigue pasando la historia.

Hace 41 años que las Madres plantan la memoria de los 30.000. Hoy las banderas sostienen la memoria de otros 44.

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