Edición Anterior: 19 de Agosto de 2018
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Romeo Musaragno, el fraile de los pobres, a 20 años de su partida
El santo que caminó las calles de Olavarría
Hoy se cumplen 20 años de su desaparición física. Su recuerdo, sin embargo, resulta imborrable para quienes caminaron junto a él y aquellos a quienes les tendió la mano. La generosidad de un grande.
Cosechó tanta devoción como resistencia. Su figura se agiganta con el paso del tiempo, y el religioso va cediendo su lugar para ingresar en la categoría de santo para sus defensores, y loco y rebelde para quienes lo denostaron. Eso sí: su pequeña figura, en los últimos tiempos tocada con un gorro estrafalario, jamás generó indiferencias.

"El era un santo por las calles de Olavarría. Era un ser tan especial, tan humano, tan generoso", asegura a veinte años de su desaparición física quien lo acompañara durante varios lustros, Noemí Schulmeister. "Estaba internado, le quedaban pocos días de vida, y preocupado porque su vecino de cuarto necesitaba una silla de ruedas", recuerda su colaboradora. "Patrona, ¿conseguiste la silla de ruedas? Fijate si tiene gas, andá a la casa y asegurate", dice que le requería el franciscano, siempre preocupado y ocupado en el otro.

Tanta era la generosidad de ese ser que trascendió las fronteras de su ciudad y del país, que cuando se lo llevaron a Italia, ya enfermo, por 20 días que luego se prolongaron en tres meses, llamaba tres veces por semana para controlar que se hubieran cubierto las necesidades de aquellos que él parecía tener agendados en su mente. Y si eso no se había cumplido, él desplegaba su agenda mental de amigos a los que acudir. "Dudo que algún otro sacerdote haya cultivado tantas amistades como fray Romeo", en esta ciudad que, obstinado, se negó a abandonar una y otra vez. "Yo quiero morirme aquí, con mis pobres", repetía en una especie de "cocoliche" el hombre que jamás terminó de aprender el castellano.

Fray Romeo Musaragno era para Noemí "todo un transgresor, un hombre capaz de hacer lo que nadie se animaba, que me repetía hasta el cansancio que la obra se hace en silencio y que cada vez que se publicaba en algún medio lo que habíamos hecho, se enojaba y me decía `ahora que lo hicimos público, dejó de ser una obra de bien´".

"Loco lindo"

Un hombre piadoso, un alma caritativa, un corazón generoso, un loco lindo... A fray Romeo Musaragno se lo conoce de muchas formas en Olavarría y es uno de los pocos hombres que pueden llevar todas esas distinciones juntas. A veinte años exactos de su muerte, su figura continúa presente en nuestra ciudad: en el monumento a su memoria que se eleva, desde 2006, en Dorrego y Riobamba y en el paseo que lleva su nombre y su recuerdo, comprendido entre las calles Belgrano y Necochea sobre la ribera izquierda del Arroyo Tapalqué, y denominado así por ordenanza municipal 2307 de 1998. En la calle ubicada entre el Camino de los Peregrinos y la Ruta 226, frente al acceso a Cementerio Loma de Paz y también en el Centro de Día "El Rinconcito de Romeo", que alberga a adultos mayores. En 2001, por ordenanza 2617, se dispuso imponerle su nombre a la plaza de Recalde y diez años después, con el inicio del ciclo lectivo, se designó con su nombre a la actual Escuela Secundaria Nº 20.

Legalmente, Romeo Musaragno nació un 2 de marzo de la segunda década del siglo XX en un pueblito del Maerne italiano, pero siempre se dijo que había visto la luz un 29 de febrero, en el seno de una familia que unía a un noble con una descendiente de la primera reina de Hungría.

La figura de ese franciscano que recorría las calles de Olavarría, saludando y pidiendo donaciones para "sus pobres", perdura aún en el recuerdo de la gente de esta ciudad que el frailecito adoptó como suya inmediatamente de llegar a la parroquia de Pueblo Nuevo adonde trabajó día y noche durante 31 años en ayuda de los más necesitados. Siempre, claro, tocado con sus originales gorras: una hélice voladora coronando la parte superior, un cuchillo atravesándole la cabeza de una sien a la otra o un sinfín de coloridas calcos de comercios y empresas solidarios que lo "esponsoreaban" para que pudiera cumplir su gigantesca tarea diaria con los más humildes.

Lo cierto es que "el loco lindo" impulsó una de las obras más importantes desde Cáritas, que fue creciendo a medida que el fraile se iba haciendo y perfeccionaba su peculiar manera de encarar esa buena obra. Tanto que llegó a contar con el recreo San Francisco y una producción tambera propia para dar alimento a los más necesitados.

Claro que el franciscano no distinguía entre "pobres buenos" y "pobres malos". Para él, todos eran hijos de Dios, a todos les tendió una mano por igual. "Es fácil juzgar cuando se tiene la comida todos los días", aseguró alguna vez ante este Diario.

Durante 30 años -había llegado a Olavarría en 1967- sostuvo una labor incansable para ayudar a los más necesitados. Se levantaba temprano en la mañana, salía a ordeñar vacas, traía la leche fresca, recorría las panaderías de la ciudad que le daban pan del día y volvía con todo para repartir. También paseaba por los supermercados, por los comercios mayoristas y minoristas en busca de papas, frutas y verduras. Además, alimentaba sus propios animales para luego usarlos como alimentos.

Su obra valió una nota en la revista Viva de Clarín y el reconocimiento de todos en cuanto lugar visitó, incluyendo una lluvia de cartas y mensajes desde ciudades, provincias y países vecinos. Se publicaron dos biografías sobre su vida: la primera firmada por su par, fray Contardo Miglioranza, y una más reciente, debida a Carlos Buales (ver aparte).

Su alma caritativa no surgió de la noche a la mañana. A los 12 años, Romeo ingresó al convento de los franciscanos. Desde entonces se manejó en la vida con el mismo objetivo, siempre: la caridad. La vida lo puso a prueba varias veces, y en 1998, a las 12.20 del 19 de agosto, su cuerpo dijo basta. Sus restos descansan hoy en el templete de la Virgen de la Loma, esa que impulsó y concretó, con su firma indeleble. Su presencia sigue siendo una constante en la ciudad, junto al recuerdo de su generosidad sin límites y su entrega a los necesitados de toda necesidad.


El recuerdo de Noemí Schulmeister: Una ojota y un botín

"Si, es cierto. Muchos lo resistían porque decían que le daba de comer a los presos, a los vagos. Pero él aseguraba que detrás de un vago o un borracho, siempre hay un niño, y él tenía un amor muy especial por los más chicos. Qué coincidencia que este domingo, junto con su aniversario, se festeje el día del Niño, ¿no?". La que así reflexiona es Noemí Schulmeister, colaboradora inseparable del fraile durante dos décadas.

En realidad, se habían conocido casualmente. Ella estaba embarazada y los médicos en forma unánime le habían determinado que su hijo no viviría. Se encontró con Musaragno en Monte Viggiano y él la instó a tener a su hijo, un hombre que hoy tiene ya 42 años. A cambio, le dijo, "venís a ayudarme apenas este nene camine". Y así fue.

Noemí atesora cientos de anécdotas que pintan de cuerpo entero a este hombre al que define como "un ser especial, casi extraterrestre, pero a la vez taaan humano". Se repiten las descripciones del religioso hospitalizado, siempre pendiente de sus pobres: un primero de enero, internado en Buenos Aires, preguntaba si aquí iban a realizar la acostumbrada fiesta de Reyes para los chicos. "Pero usted está internado, fray", le contestaron, dubitativos. Inmediatamente, el hombre desplegó sus herramientas: "lo llamás a Fulano, te comunicás con Mengano y con Perengano y pedís que te hagan una nota en el Diario". Con pocas palabras, había encauzado la tarea de sus voluntarios. Eso sí, haciendo "uso" de sus cientos de amistades.

Si había un accidente, "él nos mandaba al hospital. ´Fijate que esa gente tenga familia que la contenga, ayuda de alguien. Si no es así, nos ocupamos nosotros´", repetía ante cada hecho de esa naturaleza. Pero también era "desobediente", en el buen sentido. Así como siempre se resistió a un traslado que lo alejara de sus pobres, resolvía según su criterio, antes de consultar a sus superiores, y siempre a favor de la caridad y la entrega.

Una vez -evoca ahora quien lo acompañó hasta su último minuto de vida- lo invitaron al bautismo de una nena en General Alvear, porque su mamá había hecho una promesa a la Virgen. "Cuando estábamos por llegar, me di cuenta de que él no sabía ni el apellido de la familia. ´Ma, que sé yo´, me decía. En el medio del bautismo comunitario, el sacerdote lo reconoció, lo nombró y comenzaron los aplausos, como siempre que llegaba a un lugar. La gente terminó acercándose a nosotros, y fuimos a una fiesta soñada, donde media ciudad quería hablar y fotografiarse con él".

"Yo lo retaba, nos peleábamos muy fuerte", admite Schulmeister a una distancia temporal que, paradójicamente, acrecienta los afectos. "No me canso de agradecer el haberlo conocido", dice la mujer con la voz quebrada.

Fray Romeo no sólo recorría las calles de día. Por la noche, supo "recolectar" a quienes se embriagaban en el boliche para regresarlos a sus casas, uno por uno. En alguna oportunidad tocó la misma puerta por cuarta vez y le advirtió a la madre que lo atendió que si había una quinta, la charla se iba a dar de otra manera.

Con el entonces intendente Helios Eseverri discutió más de una vez, pero "nunca le guardó rencor, porque no conocía ese sentimiento". Entre sus múltiples afectos, se destacó don Eusebio Boucíguez, el hombre al que no le tembló el pulso a la hora de acompañar al fraile en su inmensa tarea de ayudar. "El nos donaba puertas, materiales, todos los días era algo diferente. Y al fraile no lo vi triste ni ante su propia partida; la única ocasión en la que se quebró fue el día que se murió don Eusebio".

En una ocasión, tenía que presentarse ante un grupo de 200 personas que "habían venido al Club Estudiantes desde San Miguel del Monte, creo que era. Yo le dije, como lo hacía siempre, ´Delincuente, ponete presentable´. Cuando llegamos a buscarlo, estaba metido de cabeza en el ropero de las prendas que se regalaban, buscando qué ponerse. Lo llevé a casa y le presté un sueter de mi esposo. Le había lavado y planchado la sotana y cuando llegamos, lo hicieron subir a un palco. ¡Mi Dios! En un pie tenía una ojota y en el otro, un botín. Con señales y a viva voz, le pedí que se bajara la sotana. Y él, muy jocoso, dijo para que todos lo escucharan: ´Mi secretaria me está retando, pero me sacó tan apurado, que me puse un zapato de una clase y otro de otra´. Eso lo pinta de cuerpo entero, era el ser más desinteresado que conocí".


Carlos Buales, uno de sus biógrafos: aunque "fue un fabulador", representa "la generosidad"

Habría que desmitificar un poco la figura de fray Romeo. Porque era un un mentiroso, un fabulador de alta escuela; lo que pasa es que el tipo tenía una obra tan fantástica, que sobrepasaba todo lo demás", dice ahora Carlos Buales, el autor de la biografía novelada "Santo o Loco".

A dos décadas de la desaparición física del religioso que se obstinó en ser olavarriense, "Carucha" lo recuerda tras haberlo ayudado y trabajado con él en sus recorridas por los establecimientos rurales del Partido, recolectando todo aquello que luego destinaría a los pobres y necesitados.

"El no pertenecía a una familia rica, sino a una familia de laburantes. Es una fábula eso de que eran dueños de una fábrica de cristal en Murano. Un montón de cosas de las que decía eran mentiras: él aseguraba que había nacido el 29 de febrero, pero el año 1922 no fue bisiesto, así que eso es imposible. Por lo tanto él mentía, pero era un mentiroso que lograba su fin, que a la vez, era fantástico, espectacular".

Es que, según analiza Buales, resulta real aquello de que "detrás de todo gran hombre siempre hay un secreto. Y dentro de los suyos estaba que muchas de las cosas que contaba eran mentira", lo que no interfiere con que "fue un hombre fantástico, un divino que, a mi juicio, representa la generosidad, la caridad, la ayuda".

Buales cultivó una relación tan profunda con el fraile que terminó recibiéndolo en su casa una vez por semana para ofrecerle la cena, "en general una sopa que era lo que le gustaba". De allí surgió la idea de escribir el libro cuya recaudación se destinó íntegramente a Cáritas, y que se tituló "Santo o Loco", precisamente por esta dualidad que representaba el religioso de la sotana gris. "Lo presentamos juntos, en el Teatro Municipal; a él le encantó aquello, un poco por su ego, pero también por la caridad. El libro empieza cuando él muere, llega al cielo y el Angel que lo recibe le pregunta ¿qué hiciste con tu vida?, un tema que en él era recurrente, porque decía que tenía miedo de tener que responder ´nada, no he hecho nada con mi vida´".

Después, Buales reflexiona que "tal vez aquella fábula de que él había renunciado a una vida de riquezas para trabajar por los pobres le vino bárbaro para conseguir lo que quería, porque él entraba a un comercio anunciando que se llevaba 10 kilos de pan, por decir algo, y nadie se lo cuestionaba".

Eso sí, "jamás se quedó con una moneda. Mirá que manejó dinero, eh. Pero el día que lo tuvimos que internar por última vez, él vivía en una piecita de de 2 por 2, toda mugrienta, sin nada. Y no tenía calzoncillos sanos, todo era una porquería, no tenía ropa y hubo que salir a comprar. Digamos entonces que el tipo hacía lo que hacía realmente por amor, por amor a la gente necesitada. Por eso, la obra de él permanecerá por años en esta ciudad".


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