Edición Anterior: 14 de Octubre de 2018
Edición impresa // La Ciudad
Los agroquímicos como herramientas incontroladas
El glifosato en las barrancas del arroyo y la prohibición de los venenos cuando ya es tarde
La probable fumigación de las barrancas del arroyo con glifosato es una muestra más del uso indiscriminado de agroquímicos. Se han utilizado para matar yuyos en la ciudad, para matar perros callejeros, para terminar con ciertos pájaros. La naturaleza y las personas llevan la peor parte. La prohibición por parte del Senasa del carbofurano llega después de la muerte de niños, cóndores y perros.
Silvana Melo

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La convivencia invisible con los agroquímicos, utilizados sin controles y en desmesura, es una realidad colectiva. No sabe de ámbitos rurales o urbanos. Se las arregla para llegar a todos, si no es a través de la fumigación directa, lo es a partir del uso de insumos infectados. La reciente presunción de que el Gobierno Municipal regó con glifosato las barrancas del Tapalqué en pleno centro de la ciudad para matar las malezas es un ejemplo feroz. En estos días el Senasa prohibió el carbofurano –junto con otros 4 agroquímicos- por su extrema peligrosidad. Pero no lo hizo antes para evitar muertes absurdas: una nena que comió una mandarina en Corrientes y 34 cóndores en triste vía de extinción, en Mendoza, entre otras víctimas.

Cuando en 2010 el científico Andrés Carrasco denunció desde el Conicet los efectos nocivos del glifosato (comercializado como Roundup por Monsanto) en vertebrados, lo dejaron solo. En 2015 la propia Organización Mundial de la Salud lo calificó como "potencialmente cancerígeno". Sin embargo, la rentabilidad extrema de los grandes productores y los intereses de las multinacionales que producen semillas modificadas genéticamente y venenos fortísimos para que maten todo lo vivo de alrededor menos el brote de la supersemilla, evitó cualquier intento de prohibición del principal socio de la estrella de la producción agrícola nacional: el maridaje soja – glifosato ha sido imbatible en las últimas dos décadas.

Al mismo ritmo que el país utilizaba cada vez más agroquímicos como sustentación del modelo productivo de monocultivo y transgénesis que cumplió ya 22 años, el uso de los venenos se volvió natural para otras circunstancias, de enorme peligrosidad. Así como Olavarría –al menos los responsables de su gestión- habrían decidido matar yuyos con glifosato a metros de la gente que camina, va a la escuela o disfruta del parque. Y con una deriva directamente en llovizna a las aguas del arroyo Tapalqué. Lo que no hace para nada extraño que, dos años atrás, el biólogo Damián Marino haya encontrado glifosato en el arroyo Pergamino. Una ciudad tantas veces hermana en perfil y conductas.

El carbofurano

La flamante prohibición del carbofurano (nombre de fantasía Furadán) llega un poco tarde a la Argentina –generalmente los peores agrotóxicos ya tienen una prohibición de años en Europa y Estados Unidos-: una enumeración de muertes a partir de ese veneno es escalofriante.

Las aves son víctimas dilectas de carbofurano: maliciosamente presentado en granos, el pájaro lo confunde con una semilla y la falsa semilla lo estraga. No es una imagen literaria que los pájaros lluevan del cielo en los sembrados.

La masacre de 34 cóndores en Malargue fue posible a partir de chivos y ovejas muertos y recargados con el veneno. Un sebo eficaz para el ave real y jefa del cielo pero además carroñera. Hoy están en franca extinción.

El carbofurano es, entre los agrotóxicos, uno de los más implacables con los seres humanos: sólo el aldicarb y el paratión lo superan. Apenas un mililitro devasta a una persona. Acaso esa eficacia buscó el matrimonio y su niña de Embarcación (Salta) que en marzo de 2016 tomaron Furadán. Y murieron casi instantáneamente.

Los más de 200 perros muertos en Ignacio Correas, un pueblo cercano a La Plata, colapsaron al tomar contacto con el pasto en una zona casi rural. Era el invierno de 2017. Todos tenían carbofurano en las vísceras.

Unos 150 perros, gatos, gallinas, patos y aves silvestres cayeron fulminados en Pirovano en 2012. Un pueblo cercano a Bolívar que trascendió a los medios nacionales por una mortandad inexplicable. Hasta que se descubrió el arma criminal: todos estaban plagados de carbofurano.

¿Alguien supo exactamente qué veneno mató horriblemente a los perros en Olavarría, a mediados de enero? La única aproximación que pudo resolverse no llegó desde un ámbito oficial sino del veterinario Rodolfo Basaldúa, que determinó que el envenenamiento fue por "fosforados". El carbofurán es un organofosforado, es decir, "un compuesto orgánico degradable que contiene enlaces fósforo-carbono, utilizados en el control de plagas". Pero nunca se supo qué tipo de químico fue utilizado, de manera de encontrar la responsabilidad de quien es capaz de usar un veneno de este calibre y, además de concebir una masacre, poner en riesgo las vidas humanas con una liviandad inexplicable.

El carbofurano mató a Diógenes Chapelet, de 75 años, que vivía en un caserío de Santa Fe rodeado de sembrados. Sentado en la silla de madera de su patio, el mosquito lo bañó de veneno dos veces. Su cuerpo no lo pudo soportar.

Rocío iba a catecismo una tardecita de Mburucuyá, Corrientes. Recogió una mandarina en la vecindad de un portón. Se quedó paralizada y murió. Era mandarina de descarte, que el productor inyectaba con Furadán para matar los cuervos de sus cultivos. Rocío tenía 12 años. El niño del que ni siquiera conocemos el nombre, que comió unas galletas en General Alvear, un pueblo de Santa Fe, no supo nunca que había comido el carbofurano que su familia utilizaba para matar a los pájaros en las quintas. Los niños son daños colaterales en esta guerra donde mata uno solo.

El glifosato

Usar agroquímicos para matar perros o yuyos en un parque es la desmesura de un modelo cuya herramienta fundamental pasa a ser el veneno. No sólo para producir alimentos –una terrible paradoja- sino extendiendo las secuelas de ese veneno en la sangre, en la leche materna, en el algodón, en los tampones, en los perros callejeros, en los cauces de los ríos, en las lluvias que caen cuando el sol evaporó las derivas y después las devolvió en forma de chaparrón sobre patios, animales y personas.

La concejal Margarita Arregui (eseverrismo), con un ojo clínico para procesos rurales, observó el amarillo de las barrancas, contrastando con el verde de la gramilla del Parque. Y corroboró que no sólo se había matado a la planta, sino también a la raíz: "esto es un herbicida", dijo. Del tipo sistémico, como el carbofurano, que absorben desde la raíz para distribuirse en tallos y hojas.

El descubrimiento de la compra de 60 litros de glifosato por parte del Municipio aclaró bastante las cosas. Sin embargo, no hubo explicaciones oficiales.

En ciertos campos de Olavarría se estarían utilizando unos quince litros de agrotóxicos por hectárea. Pero no existe un número oficial ni certero.

En estas horas el Municipio puede estar tejiendo una estrategia de despegue de la fumigación ciudadana virando las responsabilidades en alguna empresa de limpieza urbana. Nada concreto se conoce aún de una operación semejante.

Cuando regaron la cancha de River con glifosato, a principios de este año, tampoco hubo dirigencias que asumieran la responsabilidad.

Prohibiciones

En 2011 Nicolás Arévalo, de 4 años, murió después de pisar un canal de desagote luego de una fumigación con endosulfán, en Lavalle, Corrientes. Su cuerpo estaba plagado de ese veneno, según determinó la autopsia. En julio de 2012 se prohibió su uso en la Argentina, gracias a la lucha de numerosas organizaciones que vieron coronado tristemente su reclamo. Sin embargo, se concedió, increíblemente, a las empresas la posibilidad de agotar el stock de importación antes de que la sustancia entrara en la ilegalidad.

A pesar de la autopsia, no hubo condenas por la muerte de Nicolás.

Hace ocho años que los vecinos de Colonia Hinojo se autoconvocaron para pedir el traslado de una fábrica de fertilizantes y agroquímicos que, aseguraban, contaminaba el pueblo.

Después de cuatro años de lucha constante, en septiembre de 2014 la OPDS y el INTI concluyeron en que no había contaminación alguna. Ni del agua ni de la tierra ni del aire.

Para Marcelo Sarlingo, antropólogo y especialista en medio ambiente, "para eludir sus responsabilidades, las fábricas multinacionales buscan instalarse en zonas con poblaciones pequeñas por una razón especulativa: si son demandados por contaminación ambiental, el resarcimiento económico será tan escaso como la cantidad de habitantes". La conducta amigable de las instituciones y los poderes del estado, hace el resto del trabajo.

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