Edición Anterior: 18 de Noviembre de 2018
Edición impresa // La Ciudad
Bailar pegados
Una vez por semana los bailarines de tango se dan cita en uno de los espacios donde se enseña en la ciudad. FINDE llegó hasta El Enrosque Tango para observar una clases y hablar con los protagonistas y saber qué es lo que los llevó al ritmo del 2x4 y qué sienten al conectarse con otra persona en un baile por demás seductor.
Rodrigo Fernández

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Bailar es seducir y no hay baile más seductor que el tango. Una pareja que entrelaza sus cuerpos para hacerse uno en la danza. Una conexión que se da en la pista de una milonga o sobre un escenario pero siempre bajo la misma regla que aunque no esté dicha se respeta a rajatabla.

Para saber cómo se baila el tango, cuál es la razón que esgrimen los bailarines y qué cosas los llevaron a volverse devotos de un baile que nació cuando sus abuelos eran, en algunos casos, recién nacidos, decidí escuchar lo que tenían para decir algunos de los protagonistas de “El Enrosque Tango”, que funciona en el espacio cultural Insurgente.

Cuando uno traspasa la puerta del lugar, ubicado sobre la calle Belgrano a pocos metros de 9 de Julio, casi no se escucha la música. Pero luego de cruzar ambientes y llegar hasta el patio, los compases del llamado 2x4 se meten de lleno en los oídos. Hay que caminar luego un corto trecho hasta un salón de dimensiones medianas donde toda la magia del baile ocurre. Un perro custodia la entrada al lugar. A veces tira de la correa y entonces la puerta se mueve y hace un poco de ruido pero la mayor parte del tiempo permanece quieto, sentado, esperando a su dueña que camina la pista de baile mientras los profesores indican los pasos. La música suena a un volumen que permite escuchar y escucharse.

Por ahora son ocho parejas pero la clase recién comienza. Alguien pide ayuda y uno de los profesores se acerca y explica otra vez. Mientras tanto por la puerta cruza otra pareja. Hay una chica con una remera de Airbag y las edades oscilan entre los 20 y los 50. Una heterogeneidad que sirve para mostrar que no hay una edad para llegar al tango. Que el tango llega cuando debe llegar.

Lorena Zambelis y Diego Ordoñez organizan un círculo y muestran cómo se debe hacer el paso. Barrida, cruce de piernas y la clase principal pasa por el centro de la pista.

Las parejas arrancan otra vez y Diego se separa del grupo mayor para acercarse a los tres nuevos integrantes. Explica una y otra vez. Luego Lorena detiene la clase y aclararan que “no por hacer el paso se van a salir del eje” y juntos reafirman aquello de “la armonía del baile”.

Bailar y conectar

Soledad Estevez viene a bailar sola y sentada mientras la clase aún continúa en el salón comenta que “hacía mucho tiempo que quería bailar y un día me encuentro con una publicación de Insurgente de que había una milonga. Así fue llego a la milonga de Lorena. Me encantó el ambiente, verla bailar. Ahí nomás pregunte si daban clases y empecé unos días después”.

Ya ha pasado un año y mientras conversamos en un lugar apartado reconoce que lo que encuentra en el tango es que le permite expresarse, “es la conexión. Tenés que sentir al otro, encontrarte con el otro, la búsqueda con el otro, que no estás solo y cuando te abrazas, ese abrazo es mágico. Es como una comunión y te vas conectando con personas que capaz que solo las viste esa primera noche”.

“También lo bueno que tiene es la heterogeneidad que hay porque podés bailar con un chico de 20, con uno de 30, de 40 o de 60 o 70 años y lográs conectarte y disfrutar”, agrega.

“A mí lo que apasiona es el encuentro con el otro”, sostiene y siente que “bailar tango te transporta a otro lugar, te desconecta, encontrarte con otros”.

Soledad reconoce que no escuchaba mucho tango pero si seguía mucho a Piazzolla porque “me gusta el bandoneón y desde que empecé a bailar escucho de todo. Estoy abierta a escuchar de todo porque quiero aprender”. Reconoce que le gustan más las orquestas nuevas “pero escucho a los clásicos porque de allí uno aprende la musicalidad, el origen, le va encontrando el gusto a la letra”.

“Yo no tengo mucho oído musical y las primeras clases te enseñan a caminar y de golpe haces como un click y te sale”, dice sobre su experiencia en el baile y es por ello que señala que “eso es lo bueno que tienen las clases. Te transmiten eso de sentir, no de aprender el paso o la secuencia y repetir y repetir. Te propone entender al otro; entonces es muy fácil sobre todo cuando el líder es bueno, o sabe más que vos, simplemente te dejas llevar y sentís lo que otro te propone”.

Si bien explica que con su actual compañero se entiende perfectamente “con otros me cuesta un poco más pero con todos terminas bailando y de diferente forma”.


Danza y seducción


“Vivía en Buenos Aires e iba a las milongas solamente a mirar y nunca me animé a bailar mas que una o dos clases y cuando volví a Olavarría y dije ´arranco´”, cuenta Pancho, sentado en la silla donde antes se sentó Soledad. Estamos a un patio de distancia y la música casi no se escucha aunque sí los murmullos de los bailarines.

Una vez decidido vio una publicación en Facebook que publicitaba las clases y fue en esos primeros encuentros donde se enamoró del tango.

“Cuando empezamos éramos pocos, se armó un grupo hermoso y cada vez fuimos más”, cuenta y señala que “ahora somos un grupo gigante. A mí lo que me enamoró del tango son las sensaciones. El bailar escuchando la música y transmitir la sensación que a vos te provoca ese tango”, dice y señala que “obviamente que va a haber mujeres con las que vas a tener más o menos sensaciones”.

El bailarín explica que lo que “me enamora es que la otra personas que está enfrente logre interpretar todo lo que trato de hacer”. Es por ello que lo mas interesante es “la conexión con el otro. Es básico. Ya desde el abrazo te das cuenta si hay una conexión y después bailando si uno fluye con la otra persona es hermoso, un sentimiento que no he logrado sentir en otro tipo de baile”.

Y si hablamos de danzas, Pancho pasó por el folclore y la salsa pero “el tango es donde siento que hay mayor conexión. La seducción es constante pero es del baile, queda ahí. Empieza y termina en el baile”, asegura y no niega que “hay una seducción, mayor o menor depende a lo que si uno marca ciertas figuras que llevan por ahí a un roce mayor, hay un poco más de coqueteo” que “siempre termina en el tango, en el baile. Es parte de la danza”.

“Me gustaba el tango pero una vez que empecé a bailarlo descubrí todo lo que son las orquestas, nuevas o viejas, los cantantes, la musicalidad que tiene el tango que antes no la conocía”, comenta y agrega que “solamente conocía a Gardel, que ni siquiera lo escuchamos porque se baila muy poco”.




Enamorarse del tango


Lorena Zambellis y Diego Ordóñez llegaron al tango de forma distinta pero en ambos casos fue como un amor a primera vista. “Empecé bailando en el colegio para un acto y después pasé por las milongas de Villa Urquiza”, cuenta Lorena al término de la clase.

Es por ello que afirma que su primer contacto “fue una milonga antes que una clase” y recuerda que en su casa no se escuchaba tango. Sin embargo señala que su abuelo de origen griego escuchaba música de su tierra y tango, aunque no tuvo nada que ver con el amor que luego le profesó su nieta. Eso se lo debe a una vecina que subía y bajaba las escaleras cantando un tango. Ella tenía 4 años pero nunca se pudo olvidar.

“De ahí es como que quedé medio enamorada del tango”, declara y entre risas comenta la constancia de la mujer que todos los días entonaba el mismo tango.

“Creo que con mi vieja y Julio Sosa”, dice Diego a su lado sobre en qué momento de su vida sintió la llamada del tango y enseguida señala el amor por el Varón del Tango que tenía su madre. Para cuando llegó a la adolescencia conoció a Goyeneche y entonces el romance se selló.

“Al baile me invita una amiga a la que le faltaba alguien para ir y yo tenía esa cosa de la cuestión de decir: tengo que bailar tango”, explica sobre su paso hacia la pista y señala que “no te das cuenta cuándo pero en algún momento pasa que suena un tango y no te podés quedar sentado o hay una letra de tango que la cantas y en algún momento entendés de que habla de tal cosa”.

Lorena cuenta que durante su vida en Buenos Aires había hecho algunas asistencias, ayudando en algunas clases pero “fue tratar de formar un ambiente, un espacio parecido, a las clases que tomaba yo en Buenos Aires”, cuando se decidió a dar clases en Olavarría y afirma que “ahora siento que está pasando eso”.

“Nosotros no queremos enseñar y que aprendan de memoria, sino más bien que se puedan comunicar con el otro”, manifiesta.

Para Diego fue “medio de casualidad y rebote porque no fue algo que yo planeé. Si bien tengo años bailando, no son índice de nada. Uno puede acumular años y de gusto”, y agrega que “no me preparé para dar clases”.

“Cuando Lorena me propone, porque le faltaba un partener, por ahí entendí que había algo que podía enseñar” aunque “no desde la técnica” y señala que “fue medio azaroso pero entendí que también enseñando seguís aprendiendo porque tenés que poner en palabras cosas que vos de otro modo tenías intuitivamente y los mismos alumnos te van enseñando cosas”.

“Descubrís un montón de cosas nuevas tratando de transmitirle al otro lo que vos sabes”, afirma a su lado Lorena y señala que “ese descubrimiento es el que más me llena”.

La clase termina, bajan las luces y el salón se cierra. Pero algunas noches se puede escuchar la voz de una mujer que entona aquello de “vivo sin saber cómo puedo resistir/ esta fiebre que se aferra a tu querer. /Son remolinos con tu nombre y mi locura,/ con tu risa y mi amargura, que torturan mi vivir./ Quiero no querer lo que sufro por vencer/ este viento de tristeza y soledad./ Y, nuevamente, me aprisiona el remolino/ con tu sombra, con mi sino, sin salvación”.




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