Edición Anterior: 6 de Enero de 2019
Edición impresa // La Ciudad
Una confesión con perspectiva de género
Aclaremos: no soy machista, soy macho
Daniel Puertas

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Al concluir un año tan plagado de malas noticias que el melancólico paso del seleccionado de fútbol por el Mundial de Rusia pasó casi inadvertido creo que es preciso fijar una posición clara en uno de los pocos –sino el único- motivo valedero para la esperanza: la rebelión de las mujeres.

En un contexto donde la perspectiva de género irrumpió con la fuerza de un alud sacudiendo los cimientos de la organización patriarcal eludir la tentación fácil de la hipocresía es imperativo. Por eso, quizá no del todo consciente de todos los riesgos, especialmente el de las malas interpretaciones, he decidido reivindicar mi condición de macho.

Pero atención, esa definición no implica una declaración prescindible de superioridad en ningún sentido ni la postura desafiante de quien se muestra confiado en sus fuerzas y capaz de afrontar cualquier desafío.

Para nada. Se trata, simplemente, de aceptar la existencia de una construcción cultural que implica ritos de iniciación, pruebas superadas con mayor o menor fortuna.

Cuando niño, la acusación de "mariquita" era un insulto duro. Cuando adolescente, la insinuación de "puto" demolía impiadosamente cualquier honra.

Así, cualquiera al que el azar le hubiera concedido un cromosoma Y en su ADN debía esforzarse en el período de formación para dejar en claro su condición de hombre.

En mi caso particular, las circunstancias azarosas que me habían dejado huérfano de padre a los cuatro años me quitaron tempranamente el referente masculino, por lo que mi precoz afición a la lectura me llevó a buscarlo en la ficción, quizá especialmente en las historietas.

Así asumí rápidamente los conceptos del honor y del valor de héroes tan disímiles como Juan Salvo, el Eternauta, el sargento Kirk en la primera parte de mi infancia y del Corto Maltés en la última. Mientras tanto, afronté cada examen, cada prueba iniciática que fuera necesaria para ganar mi carácter de Hombre, de Macho.

Mi transplante a Olavarría supuso grandes cambios, especialmente la inserción en un ambiente cultural distinto y la posibilidad concreta de ser víctima de lo que hoy se llama bullying y por entonces ser el hijo de la pavota. Pude sortear ese riesgo aprendiendo a usar los puños, a reaccionar a la violencia moral con violencia física. Así mis primeros años de niño en Olavarría fueron una interminable sesión de piñas que me permitieron ganar un lugar entre los chicos del barrio, aunque no fue suficiente para quitarme el apodo originado por la costumbre de hablar con las palabras de las revistas y los libros: "El Fino".

No sólo la decisión de no rehuir ninguna pelea me permitió ser parte del barrio. También debí aprender a jugar al fútbol, a las bolitas, las figuritas, a andar en bicicleta, a moverme en las calles. No sin esfuerzo aprobé ese primer examen de hombría y ciertas habilidades destacables en los juegos que aprendí compensaron el no haber sido nunca capaz de armar un barrilete o trepar con soltura a un árbol alto.

Quizá por influencia de la ficción muy tempranamente caí en las trampas arteras del amor. Ya antes de los nueve años había languidecido por una niña desconocida y por la hija de una maestra, pero al acercarse la preadolescencia ya mi inclinación a los enamoramientos había crecido de manera alarmante.

Curiosamente, no sentía por entonces que el amor fuera una de las condiciones necesarias para afianzar mi carácter de macho. Simplemente me sumía en un estado melancólico que me alejaba del mundo y de la realidad.

El mismo día de la primera marcha Ni Una Menos conté en estas mismas páginas como ya en la infancia se inició mi carrera de golpeador y como concluyó de manera oprobiosa inmediatamente. Esa única cachetada aplicada por lo que sentí una obligación a mi noviecita, respondida de inmediato con una butaca que se destrozó contra mi espalda no sólo terminó con mi etapa de maltratador sino que me dejó cicatrices en el alma todavía visibles.

En la adolescencia y la juventud seguí sorteando pruebas. Aunque jamás tuve corazón para asesinar ningún inocente animalito participé de cacerías, adquirí una prescindible "cultura alcohólica" a fuerza de borracheras innobles, después de las innumerables riñas infantiles aprendí los rudimentos del boxeo.

Poco a poco me convertí en todo un macho.

También debo aclarar, eso sí, que jamás sentí que mi carácter de macho me hiciera superior a las mujeres. Siempre me negué, con una tozudez que me valió apodos fugaces como "lavarropas" (lo manejan las mujeres) o "caracol" (cornudo, baboso y arrastrado) a suponer que el sexo masculino fuera superior al femenino.

Quizá por vivir en un país que idolatraba a la "santa viejecita" o a Evita, o simplemente por ser consciente del sacrificio de mi madre por criarme a mí y mis hermanos, lo cierto es que siempre sentí que el principio femenino era esencial para el mundo y la vida.

Y, aunque por supuesto no lo habría admitido públicamente, vivía con la certeza que el amor de una mujer es lo único que compensa los sinsabores de la vida. Desde muy niño me identifiqué con los caballeros andantes que enfrentaban la muerte llevando una prenda o un mechón de cabellos de su dama.

Claro que a lo largo de los años me armé de todo un repertorio de chistes machistas que en alguna marcha de mujeres que tuve que cubrir por razones laborales me llevaron a la compulsión peligrosa de empezar a contarlos a las belicosas manifestantes.

Ahora, transitando una madurez que no sirvió para resolver ninguna de las cosas que aún tengo irresueltas, aunque sí para resignarme a vivir con ellas, he arribado a la certeza de que forjé con eficiencia mi carácter de macho, de hetero militante.

¿Y para qué sirve todo eso? Apenas para dotarme de una personalidad social ni mejor ni peor que otras.

Pero por influjo de los tiempos que corren me invade a veces la incómoda sensación de formar parte de una especie condenada a extinguirse. El genetista Bryan Sykes dice que el cromosoma Y está condenado a la desaparición, es decir, que la parte masculina de la humanidad dejará de existir y las mujeres se reproducirán fusionando los núcleos de dos óvulos e implantándolos en el útero.

Esa es La maldición de Adán. ¿Ya estará operando?

Yo no lo sé y supongo que nadie lo sabe todavía. Si se cumple el pronóstico descorazonador de Sykes espero que haya escritoras que conserven la leyenda –porque entonces será leyenda- del Macho, ese ser arrastrado fuera de la historia por los vientos inmisericordes del carajo que, a pesar de todas sus limitaciones, sus problemas de funcionalidad, la falta de eficiencia para sobrevivir, justificó su existencia en aprender a amar a las mujeres.

Claro que para forjar esa leyenda, el Macho deberá ser despojado de unas cuantas características que durante milenios definieron su condición. Por caso, la tendencia a cumplir el mandato genético de la supervivencia de la especie sin preocuparse demasiado que la otra parte indispensable para garantizar la reproducción prestara su conformidad.

En realidad, es muy probable que en toda la humanidad no exista un solo individuo –o individua- donde no exista en el devenir de sus ancestros unas cuantas violaciones. Las personas con mayor éxito en la función reproductiva fueron tiranos feroces, se sabe hoy gracias a los avances en la lectura de los códigos genéticos.

Gengis Khan podría tener unos 16 millones de descendientes. Cierto emperador chino hoy desconocido también tiene unos cuantos millones de nietos y le siguen otros guerreros conquistadores, reyes, capitanes inmisericordes y otras gentes al tono.

Es muy probable que sean mayoría entre los miles de pobladores humanos de la Tierra los descendientes de nobles, ya que ellos eran los que usaban su poder para, entre otras cosas, satisfacer sus apetencias sexuales con súbditas, miembros de pueblos derrotados reducidas a la condición de esclavas o encerradas en un harén.

Por supuesto que hasta el último guerrero de los pueblos conquistadores tenía derecho a la violación de mujeres y niños de los pueblos conquistados, práctica que seguramente habrá contribuido a aumentar la población del mundo por la especie humana.

Quizá por eso la mayoría de los vocablos utilizados en cualquier idioma para definir el acto reproductivo esencial siempre remite al arrebato, a la posesión, a la violencia. Coger, agarrar, tomar, partir, trincar son algunas de las palabrejas utilizadas para nombrar una acción que debería remitir a la maravilla, al milagro, a los sueños más sublimes.

Todo indica que el principal responsable de ese error cometido infinitas veces desde el fondo de la historia es, admitámoslo, el Macho.

Hoy, cuando las tornas de la historia están rotando, cuando las grandes matanzas se ejecutan de forma menos artesanal que antaño y ya no es tan necesario para aniquilar al prójimo la fuerza bruta, la habilidad para esgrimir una espada o un garrote, la puntería y la velocidad para arrojar una lanza y por ende el Macho ya no es tan necesario, pareciera que las mujeres han encontrado su oportunidad.

Y al mismo tiempo el Macho parece entrar poco a poco en el ostracismo final. Si encima la genética se atreve a insinuar que directamente desaparecerá quizá lo único que nos quede sea apelar a la piedad del antaño llamado sexo débil.

No ya para que nos salve, algo que tal vez sea imposible, sino para que, al menos, utilice con quienes estamos condenados a la extinción el recurso loable de la misericordia y no el innoble de la venganza y nos deje marcharnos en silencio, sin someternos antes a la esclavitud a la que durante tantos milenios los machos condenamos a las mujeres.

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