Edición Anterior: 20 de Enero de 2019
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Aporta su mirada una de sus hijas. Doce asesinatos de mujeres en 2019
Desde el crimen de Graciela Tirador qué cambió y qué no en materia de femicidio
Fue en enero de 2013 en que Olavarría se despertó horrorizada ante el femicidio de Graciela Tirador. Transcurrieron exactamente seis años. Habla María Melotto, una de sus hijas. "Me golpea que cada caso nuevo que veo siempre hizo el mismo recorrido", dijo. Doce nuevos casos en lo que va de 2019 en el país.
Claudia Rafael

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"Me asusta lo cotidiano de los femicidios". Esa frase la podría haber dicho cualquier mujer en estos tiempos de enorme visibilidad de este tipo crímenes de poder cometidos, en su mayoría, por hombres del entorno cercano. Pero quien la pronunció es una de las hijas de la olavarriense Graciela Tirador. Cuya historia se transformó en emblemática: fue el primer femicidio en el país –tras la inclusión de esa figura delictiva en el Código Procesal Penal- y tuvo lugar en Olavarría seis años atrás. Cuando el domingo pasado se cumplían esos seis años, aún no se conocían los tres últimos femicidios: el de Agustina Imvinkelried, en Esperanza, Santa Fe; el de Danisa María del Luján Canale, en Gálvez, provincia de Santa Fe y el de Romina Eliza Ugarte, en Cañuelas, provincia de Buenos Aires.

Menos aún el de Carla Soggiu, de 28 años. Que estaba desaparecida desde el último martes en el barrio porteño de Pompeya y, desde el 27 de diciembre pasado, contaba con un botón antipánico que desde su desaparición presionó dos veces. Ayer su cuerpo apareció a orillas del Riachuelo. Tenía dos hijos de 2 y 4 años. El 26 de diciembre, un día antes de la entrega del botón antipánico, su ex pareja la había atacado, golpeado y violado.

A María Melotto, una de las hijas de Graciela Tirador, la "asusta lo cotidiano. Levantarme, prender la tele, leer el diario o la radio y saber que hay otro femicidio". Y distingue esas dos perspectivas. La repetición y la frecuencia cada vez más espeluznante de los femicidios y, como contrapartida, el notorio incremento de la toma de conciencia. Entonces, en diálogo con esta periodista, reflexiona: "una siente que este tipo de hombres parece que quisiera decir: ´ah, ustedes hacen esto, nosotros vamos por más´. Y noto que cada vez es más violento, con un ensañamiento mayor aún al que siempre hubo. Por parte de la pareja, del padre, de la pareja de la madre, del hermano, del tío, del abuelo… es como muy enfermo todo lo que está pasando".

Qué cambió en estos últimos seis años es una pregunta compleja. Porque hay un cóctel de ingredientes que no pueden ser perdidos de vista y que llevan a nuevos interrogantes.

Existe una figura criminal que tiene la pena más elevada de todo el Código: la reclusión perpetua. Pero la expectativa de la pena no ha servido para frenar un delito que parece haberse multiplicado o –en todo caso- está marcadamente más visibilizado. El avance de las luchas feministas se ha redoblado, a partir de algunos femicidios más resonantes que otros (el de Chiara Páez, asesinada en Santa Fe en 2015 desencadenó la masividad de las marchas de ni una menos), pero también parece haber una contra-reacción propia de todo avance de contenido hondamente transformador. Aunque también hay mayor cantidad de mujeres que se fueron empoderando y atreviendo a decir basta a años de sometimiento y relaciones violentas. De hecho, fue para estas mismas páginas que en entrevista con esta periodista, Dora Barrancos –investigadora, socióloga, historiadora y feminista argentina- planteó que "ni la noche más cerrada retarda la salida del sol".

Ha habido casos que constituyeron hitos para algunos de los poderes del Estado. El crimen de María Soledad Morales, violada y asesinada en Catamarca hace ya casi tres décadas, volteó al poder político de su provincia. El de Lucía Pérez –respondió su mamá, Marta Montero, en entrevista publicada hace dos domingos- puso en jaque al poder judicial a partir de un fallo vergonzoso que provocó, incluso, la reacción del Comité de Expertas de la Convención de Belém do Pará de la OEA que advirtió a la Corte Suprema de Justicia de la Nación sobre la falta de perspectiva de género en la sentencia.

Pero hay retrasos institucionales notorios que demuestran a las claras que el Estado –a través de sus diferentes patas- no está a la altura de la gravedad de las violencias contra la mujer.

Botones antipánico

"A mí me pasa, cuando leo un caso, que siempre me parece que es la misma historia. La historia de una es la de todas. Siempre surge que la mujer hizo la denuncia, que le dieron la perimetral, el botón antipánico… y todo termina siendo como una burla. Nada funciona. Para mí siempre fue muy loco que se le dé un botón antipánico a una persona porque, si se le está dando, es porque está en peligro de muerte. Y me parece que ya está visto que el botón antipánico no funciona. No se está pudiendo así evitar la muerte", reflexiona María Melotto.

Una mujer que creció enormemente desde que el femicida Luis Pablo Barbato le quitó a su mamá. Y que la dejó definitivamente con temor a la muerte de los afectos más cercanos, "con miedo a perder a las personas que uno quiere". Y que hoy, a seis años de aquellos días fatídicos, trata de ir a fondo y pensar que no es ni el punitivismo ni las herramientas prácticas que han demostrado ser un fracaso las que pueden frenar la violencia extrema contra la mujer. Entonces habla de la deconstrucción de las prácticas patriarcales. Prácticas que "están insertas tanto en la mujer como en el hombre. Y que lamentablemente las tenemos muy establecidas y romper con eso es una tarea de todos los días. De todos modos, veo más avances a nivel social. Son temas que hoy se hablan y se discuten en todos los ámbitos. Pero a nivel institucional creo que sigue todo igual, siempre es lo mismo… uno no tiene dónde ampararse. Si yo sufriera violencia de género, seguiría los pasos establecidos porque hay que denunciar pero sentiría que son en vano. Que es gastar tiempo. Estoy convencida de que hay que denunciar pero no sé si el Estado tiene la respuesta que alguien necesita, que es evitar que te maten. Esa es mi sensación".

Varias de ellas…

El femicidio de Graciela Tirador permitió, en Olavarría, romper con una barrera férrea instalada a lo largo de la historia. Y es que cualquier mujer, no importa su pertenencia social, su formación académica, su trabajo, su edad, puede ser víctima de un femicidio.

Desde el inicio de 2019 hubo doce femicidios. Lo que, sin embargo, no puede tampoco tomarse como un número exacto porque no existen estadísticas reales en Argentina y las que se van armando son resultado de las publicaciones en medios periodísticos.

En el primero y en el último, hasta ahora contabilizados, las víctimas fueron policías y sus victimarios también. Entre medio hubo también uno más de una mujer policía asesinada por su ex pareja. Y probablemente no sea casual porque hay un acceso y un manejo habitual a las armas de fuego, que suelen constituir una extensión fálica de fatal consecuencia.

El de Celeste Castillo, 25 años, fue el primer caso, en Santiago del Estero. Joselín Nayla Mamani, 10 años, fue asesinada de 32 puñaladas, en Longchamps, partido de Almirante Brown, con el objeto de dañar emocional y psicológicamente a su mamá (femicidio vinculante). Silvia Tehl Ricci de Canali, 61 años, asesinada por un vecino de seis puñaladas. Gisel Romina Varela, 33 años, policía marplatense, asesinada por su ex pareja. Susana Yas, 77 años, asesinada en esa misma ciudad, presuntamente por alguien de su círculo familiar.

Daiana Moyano, 24 años, asesinada en Córdoba. Detuvieron a un vecino. El detalle ¿de color?: tuvo que caminar por descampados y caminos de tierra en mal estado. Los colectivos habían dejado de pasar por allí. El estado municipal decidió reparar el trayecto tras el femicidio de Daiana. Liliana Loyola, 64 años, fue asesinada por su hijo. Si bien el ataque se produjo a fin de noviembre pasado, ella falleció producto del ataque hace diez días.

Valeria Juárez, 32, asesinada por su padre, en Chaco, de un escopetazo. El después se suicidó. Agustina Imvinkelried, 17 años, estuvo desaparecida más de 24 horas en Esperanza, Santa Fe. Se descubrió su cuerpo semienterrado y cuando la policía se dirigía a la casa de su victimario, él se suicidó. Horas más tarde, Danisa María del Luján Canale, 38 años, fue asesinada a martillazos por su pareja en Gálvez, Santa Fe. Romina Eliza Ugarte, 26 años, policía; asesinada por su pareja, también policía, en Cañuelas. Carla Soggiu, 28 años, tenía botón antipánico desde el 27 de diciembre. Su ex pareja permanece desde entonces detenido. Y desapareció hace cinco días. Ayer su cuerpo apareció a la vera del Riachuelo.

Varias de ellas tenían prohibición de acercamiento para sus ex parejas dictaminadas por el Poder Judicial. Varias de ellas habían hecho los mismos recorridos que hacia 2012 había empezado a hacer Graciela Tirador contra Luis Pablo Barbato para cumplir con las pautas establecidas por el Estado para quienes son víctimas de violencia de género. Varias de ellas creyeron, durante un tiempo, que él nunca llegaría a ese punto de no retorno al que llegó. Varias de ellas nunca pensaron que su nombre y su rostro estaría grabado en una remera o en una pancarta alzada hoy por chicas muy jovencitas dispuestas a romper con los moldes de una sociedad y sus instituciones estructuradas –como define Rita Segato- en esa matriz binaria de opresores y oprimidos, de dominadores y dominados.


"Cada nuevo caso, siento que es mi mamá denunciando"

"A veces, cuando pienso en todo lo que pasó, me aparecen baches. Recuerdo el día puntual muy claramente pero después tengo como un lapso de 15 días de los que no me acuerdo de nada. Sí que se sucedieron las marchas, que tuvimos una lucha activa pero si me quiero acordar las cosas y detallarte el día a día, no recuerdo nada puntual. Y fue siempre así. Esos quince días los tengo borrados. Como que te movías por la inercia", relata María Melotto, hija de Graciela Tirador.

La sobrevuelan como en una cinta de película veloz aquellos días posteriores en que "hablábamos con la gente, salíamos a volantear para que nos acompañaran con las marchas, que estaban llenas. Pero no te puedo decir si comí o no, si dormí o no... Fueron días muy activos en la lucha de los que yo no tengo registro. Siento que, en momentos así, te mueve la injusticia, la necesidad de justicia, te mueve la bronca, el dolor, la calentura de haber hecho las cosas como había que hacer y que nadie respondiera del otro lado. Te mueve la bronca de que después te empezás a enterar de que él era violento con uno, con el otro… y me pregunto ¿por qué a mí no me lo dijeron? Te mueve la necesidad de saber qué pasó, la necesidad de saber qué va a pasar. No sé qué los mueve a los demás pero yo creo que a nosotros nos pasó eso".

En estos largos seis años pasaron historias, vio rostros similares atravesados por dolores semejantes, nombres de víctimas y victimarios. Y "me golpea que cada caso nuevo que veo siempre hizo este recorrido: denunció, hubo prohibición de acercamiento, perimetral pero todos terminaron igual. Nunca se pudo frenar lo que el hombre quería, que era hacer lo que él quisiera con esa mujer. Entonces siento que es siempre lo mismo, siempre lo mismo, siempre lo mismo". Entonces "me llama la atención que si siempre es lo mismo, no le puedan buscar una solución. Porque si siempre es lo mismo, no es matemática pero por lo visto hay un lugar por el que vamos que no es el correcto en el terreno del femicidio. Hay algo en el medio que no está funcionando. Con todos los casos que escucho, siento que es mi mamá denunciando. La denuncia de mi mamá o nosotros contando cómo fueron las cosas. Y la verdad es que muchas veces no puedo ver a los padres hablar… me hace demasiado mal. Por ahí sí puedo ver otras cosas, pero el testimonio de padres hablando, no, no…"

Los hermanos María, Carla y Mariano Melotto asumieron un rol activo de enorme preponderancia. Fueron protagonistas de las luchas y de las movidas que generaron en Olavarría un fuerte impacto social. Su mamá, Graciela Tirador, era una mujer de fuerte vida social, conocida y querida en la ciudad. Hubo un momento –reconoce hoy María- "en el que necesité resguardarme aunque por otro lado uno siente también que tiene la obligación de responder a lo que otros te respondieron. Uno es consciente de que a nosotros nos ayudó mucha gente. De que mucha gente que yo no conocía fue, estuvo en la marcha, participó y se comprometió desde muchas perspectivas. Y obviamente, eso lo cargás encima; aunque hay días en que uno no puede. No es que no quiere. A veces uno no puede. Te hace mal. Porque hay momentos en que todo esto te hace volver otra vez al día cero, recordar todo otra vez, repensarlo otra vez… pensar que uno lo podría haber evitado… qué hubiese pasado si…"

Y los interrogantes la siguen poblando. Le siguen provocando nuevas preguntas: "¿Cómo lo frenamos? ¿Cómo los paramos? ¿Cómo evitamos que pase? ¿De qué manera evitamos que sigan matando? Supongo que con políticas firmes y claras que lo frenen. Pero ésa es siempre mi duda".

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