Edición Anterior: 21 de Julio de 2019
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Desde el director que participaba en el "fraude patriótico" a los ejércitos de ratas que hoy siguen ablandando los murallones
Sierra Chica: historias anecdóticas y de las otras que pintan la aldea carcelaria
Celadores muertos en pozos por otros guardias en el siglo XIX. Directores que falseaban votos en tiempos de fraude conservador. Ratas y hormigas en los muros. Guardiacárceles recluidos por 8 horas en garitas sin baño ni calefacción. Crónicas de corrupción y la matriz de un sistema que no cambia. Tres películas que tuvieron a la cárcel de Sierra Chica como protagonista.
Claudia Rafael
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Hay marcas tatuadas en la historia de la unidad penal 2 de Sierra Chica que, de algún modo, definen premonitoriamente su historia. El siglo XIX se estaba sacudiendo sus últimas telarañas cuando en un pozo de esa temible cárcel el "celador" Jesús Guerra Bedragón apareció flotando y ocho guardias terminaron detenidos por su muerte. Muchas otras veces, a lo largo de la historia que los muros y pabellones protagonizarían durante los 120 años posteriores, hubo ajustes de cuenta entre guardiacárceles (no sólo entre presos) o apretadas violentas por intentar incumplir con los mandatos no escritos de robar para la corona o para bolsillos propios. Los archivos que ofrece el libro de los 100 años de El Popular, da cuenta de innumerables historias de aceitada corruptela con ligazón, incluso, con los contextos y poderes políticos de cada época. Por caso, cuando hacia 1937, en el marco del "fraude patriótico" el director carcelario "Adrián Borthagaray, por ejemplo, se plantó en el pasillo que conducía al cuarto oscuro para arrebatar los sobres de los votantes y colocarles dentro la papeleta oficialista". Cuatro años más tarde, el mismo Borthagaray sería desprolijamente cortado a hachazos por un preso ayudante que cumplía una pena de 16 años por un homicidio en Lincoln.

Bruno Díaz

Hay crónicas truculentas; relatos perversos, historias de crueldad pero aunque muchas parezcan pinceladas individuales no hacen más que retratar un sistema. ¿Acaso no lo es el terco intento de sentirse Batman de aquel preso que salía, vestido de negro y con una capa, a tratar de volar por pasillos y patios? Estaba detenido por un delito, sí. Pero se trataba de una persona con severos desórdenes en su salud mental que debería haber sido alojado muy lejos, desde todas las perspectivas posibles, de la cruenta Unidad 2 de Sierra Chica.

¿No es bizarro y con visos de directa ridiculez obligar a personal penitenciario que jamás vio un arma ni de cerca a hacer guardias y darles un silbato para avisar irregularidades? ¿Y no es más patética aún la situación cuando se conoce que una huida fue frenada a puro silbatazo en pleno siglo XXI?

Los elevados murallones de la 2, esos que datan de mayor historia y que cobijan entre sus recovecos relatos de tortura y muerte, de motín y masacre, fueron hechos de piedra y una suerte de arcilla que es aflojada por las hormigas que deambulan masivamente por allí. Y que, ablandan la argamasa parar dar la bienvenida a los ejércitos de ratas que la remueven y van sacando el relleno. Las mismas ratas que suelen sacar de la soledad a los detenidos en el interior de sus celdas.

La cárcel que pasó a la historia pública como la del sangriento motín de semana santa del 96, donde hubo empanadas de contenido humano y un sesgo apostólico en el nombre de los líderes no ahorra, sin embargo, otro tipo de condimentos.

Desde Falcón en adelante

En el trabajo "Vínculos complejos: delitos, Estado y sociedad", de Melina Yangilevich, se lee que hacia 1883 el director de la unidad, Pascual Uriarte escribía -ante un cuestionamiento del entonces inspector de cárceles Ramón Falcón (que con los años entraría a la historia como jefe policial responsable del asesinato de trabajadores)- que "Sierra Chica [era] un destierro. Se guardan los criminales más famosos y por toda seguridad la vigilancia, el desvelo y un servicio bajo la base de una moral y disciplina a toda prueba". Una moral y disciplina definida por el juez de paz, a partir las irrupciones en casas civiles de Olavarría de grupos de guardiacárceles, como cargada de "abuso de autoridad y usurpación de funciones".

136 años más tarde, si bien la matriz del sistema ordena torturar y masacrar, los guardiacárceles son, ellos mismos, víctimas de otro tipo perversidades. Aún hoy, los guardias permanecen hasta ocho horas en las garitas sin poder descender en ningún momento. Garitas de vidrios rotos, a merced de la lluvia y el frío que entren por los agujeros y sin baño. Es decir, orinan en el lugar y defecan en bolsas que luego arrojan para el otro lado del muro. Aquellos que intentan sostener conductas honestas, igual que en otras fuerzas de seguridad, son presionados hasta hacerlos enloquecer o hasta ganarlos para su propio rebaño de irregularidades.

Una vez más y a riesgo de repetición sistémica en esta columna, no hay quien pueda dudar de que las cárceles incumplen cabalmente con los dichos constitucionales. Es una fábula aquello de que "las cárceles de la Nación serán sanas y limpias, para seguridad y no para castigo de los reos detenidos en ellas". Y no implica negar mínimamente la responsabilidad delictiva de gran parte de quienes están alojados allí. Pero es incontestable que están hacinadas, son insalubres, que en ellas se tortura, se maltrata, se malsana, se malalimenta y se mata. Y, como efecto extra, que no se resocializa a nadie. Todo lo contrario.

La comida, aún hoy, es trasladada en una zorra (y dejada a veces por un tiempo en los pasillos de los pabellones) dentro de ollas abolladas, antiquísimas, cargadas de productos malolientes que muchos de quienes conducen los penales no se lo servirían ni a una mascota olvidada. Con cucharones deteriorados y hasta oxidados.

Alfajores triples

Hay quienes hoy recuerdan, como anécdota que pinta la aldea carcelaria, la historia de "un preso que salía a trabajar en las casas de los alrededores del penal. Le daban alfajores, por ejemplo. Pero al entrar, en la requisa, se los quitaban. Entonces tenía que trabajar un montón para el peculio y le quedaba poco tiempo entre el momento de terminar de trabajar y el reingreso al penal. Para evitar que se los quitaran, una vez que le habían regalado alfajores triples, se los metió en la boca y no podía respirar al momento de entrar de ahogado que estaba. Todo para que no se los sacaran". Eso que puede ser caracterizado como una anécdota banal, en verdad es una pintura. Porque en la requisa en que se roba a los detenidos que salen a trabajar o aquellas en las que se arrebatan objetos de interés de las visitas hay una radiografía de lo que son los robos organizados, las corruptelas que trafican con la carne, los intercambios forzados.

No hace demasiado tiempo, un preso que oficiaba de "buche" de un jefe penitenciario fue trasladado a la unidad 27, que implica mayores libertades y bienestar ya que es de régimen abierto. Ni bien llegó, se trenzó a golpes con otro detenido y como castigo fue devuelto a la 2. "Volví, ¿viste?", le dijo al jefe en cuestión demostrando a las claras que había un acuerdo que desnudaba que los destinos son también una herramienta de aprietes y conveniencias. Es que "te mando aquí", "te mando allá" son también considerados métodos de tortura que implican alejamientos; abandono de estudios, cuando los hay; imposibilidad de visitas familiares por las distancias, reubicaciones en ámbitos en los que se reencontrarán con enemigos carcelarios o del mundo exterior.

En el pico más alto de la historia en cantidad de detenidos en cárceles bonaerenses, desde los 15.000 de finales de la década del 90 a los más de 42.000 de la actualidad, las prácticas siguen cargadas de crueldad. Las redes de corrupción se aceitan y, una vez cada tanto, asoma la punta de un iceberg del que nunca se llega a fondo. Siempre y, a lo sumo, el hilo se corta por lo más delgado. Hay, en todo caso, enroques, cambios de jefaturas, estallidos temporales que reacomodan pero una matriz que perdura en el tiempo porque es la que explica su sentido de ser.

Porque persisten las torturas, las perversiones, las corrupciones estructurales, los desvíos de fondos con varios ceros inclusive, por productos de uso cotidiano: llámese insumos de oficina, papel higiénico, carne, productos de limpieza, frutas y verduras. Uniformes que suelen ser surtidos por proveedores exclusivos. Pero también por manejo y desmanejo de marihuana, cocaína, ansiolíticos varios, medicamentos de todo tipo y color, teléfonos celulares, entre tantos otros.

¿Son casuales los homicidios (quemado vivo) como el del asesino de Araceli Fulles por un ataque dentro de un pabellón de Sierra Chica? ¿Fue una pelea o un crimen por encargo de los otros sospechados en el femicidio?

A pesar de los motines, de las investigaciones por cohechos o torturas, por crímenes o abandono de persona, por condiciones infrahumanas de detención pero también por condiciones precarias o crueles de trabajo, los cambios –cuando se producen- suelen ser muy fugaces.

Porque, a pesar de todo y de todos, del cambio de gobiernos y de jefaturas, de mejoras temporales o más duraderas, la matriz de la crueldad es una médula intocada. Es, ni más ni menos, que la cárcel. Ese universo creado para el castigo y no para la supuesta resocialización que no hace más que cargar de rabias y nutrir de odios.


Historias de película

Sierra Chica no sólo ha sido definida como la del motín, la cárcel más temible o la cloaca del sistema. También ha sido llevada al cine con una sistematicidad poco común. Ya en 1938, según se lee en El Popular del 23 de marzo de ese año se anunciaba que "se dio término a la película Sierra Chica, filmada con autorización oficial del gobierno de Buenos Aires", en una película que "refleja fielmente la existencia cruel y dolorosa de los condenados en el penal de Sierra Chica, aquellos ex hombres que en su penoso encierro, hundidos a veces para siempre, muy lejos de la libertad que no supieron conservar". La misma noticia da cuenta de que "todos estos aspectos logrados en este filme lleno de emoción y curioso interés, en un argumento humano cuya finalidad de prevención de la delincuencia lo hace doblemente meritorio". En el elenco, se destacaba Eva Franco y el film estaba dirigido por Julio Yrigoyen "con la actuación del galán cantor Enrique del Cerro".

Años después y ya dentro de este siglo, se estrenó "Motín de Sierra Chica", que alude a la historia de los doce apóstoles y mezcla sangre y bizarría. Y recientemente, se conoció "La visita", un documental que deja al desnudo las historias de mujeres que conforman ese universo que tercamente vuelve una y otra vez a ver a sus familiares detenidos en la localidad olavarriense. Una película que evita los golpes bajos y los prejuicios pero que deja a las claras de qué se trata ese mundo y esa vida.

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