Edición Anterior: 18 de Agosto de 2019
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ESCENARIO POLITICO. Los dos modelos económicos y políticos. El contrapeso massista. La lectura equivocada de Vidal
Las Paso y después el diluvio, la ola celeste, la pelea por el Municipio y un Eseverri con tijeras
Los resultados de las Primarias trajeron medidas impensadas y antes criticadas por el Gobierno. Argentina será populista o no será, ese parece ser el lema. ¿Keynes contra Friedman?, that is the questions. Aguilera espera una ola celeste como en el 2015 hubo una amarilla. El error de Vidal, la conducta equívoca de Lavagna y un eseverrismo mano de tijeras
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Aquellas Paso que nacieron como una interna general y nada más, se transformó este año en una verdadera preliminar de las elecciones generales. Fue el mismo gobierno quien le dio esa dimensión y pagó por ello.

Hoy por hoy, los resultados fueron como un fuerte punto de inflexión en el país y hasta van cambiando el modelo económico. En cualquier momento se lo va a tener a Mauricio Macri levantar la bandera del neokeynessianismo y despotricar contra las políticas de ajuste propias del neoliberalismo.

A fuerza de medidas, el modelo económico va girando levemente hacia ese populismo tan vilipendiado por el gobierno.

Los quince puntos de diferencia entre Alberto Fernández y Mauricio Macri, obraron como un talismán mágico que provocaron esa no menos mágica mutación.

Surgieron los perdones a los créditos hipotecarios y prendarios, el impensable congelamiento de los combustibles, la quita del IVA a los alimentos, bonificaciones salariales para aumentar el consumo y demás. Sólo las Paso pudieron hacer ello, actuaron como una elección decisiva, definitoria o, al menos fueron concebidas así por el gobierno y la oposición.

Solo bastó concebirla de ese modo para que cada uno actúe en consecuencia. El hecho en sí fue decisivo, pero más contundente lo hizo su interpretación. El martes, el radicalismo ya se daba por derrotado en las generales y pedía a gritos una reunión entre el Presidente y el ganador, como si buscara un co-gobierno. Es decir, tiraban la toalla, como rindiéndose antes de competir en las elecciones de octubre.

O lo que es lo mismo, se entregaban antes de pelear, algo que en buen romance se denomina claudicar. Esa es la palabra, el gobierno claudicó con la oposición porque se dio por vencido antes de competir. Al menos esa fue la actitud de su aliado radical y de algunos macristas que de pronto se llevaron por delante la realidad.

La antinomia adentro

La reacción del gobierno tras las Paso benefició a la gente ya sea por las bonificaciones salariales, por el congelamiento del UVA, por la quita del IVA en los productos de la CBA..., en fin, medidas completamente tardías pero beneficios al fin. Se dijo que el gobierno pensaba hacer todo esto en septiembre después de unas Paso a las que imaginaba con un resultado muy apretado.

La elección se había polarizado totalmente, tanto que el tercero no llegó a los diez puntos, y el gobierno recibió una paliza descomunal. Había triunfado la estrategia de Cristina Kirchner de abrir juego hacia el peronismo moderado y el kirchnerismo perforaba el techo electoral que tanto le había costado hacerlo hace dos años.

Y no podían arriesgarse más. Por lo tanto fueron por Alberto Fernández, luego por los gobernadores, y posteriormente por Sergio Massa, quien definía por fin su destino luego de haber jugado a dos puntas.

Hace un par de días, el diputado José I. de Mendiguren le advertía a este columnista que el massismo actuaría como "un contrapeso" de todos los desvíos autoritarios del cristinismo. "Fuimos los autores de la ley de extinción de dominio para los bienes de la corrupción, también de la imprescriptibilidad de tales delitos, por lo tanto, jamás vamos a apoyar un indulto para personas condenadas por casos de corrupción", aclaraba. Y lo mismo decía sobre los excesos en el uso del poder y colocaba a su espacio, el massismo, como un guardián de la institucionalidad republicana y democrática. Electoralmente funcionaron muy bien, pero habrá que ver si esa alianza funciona armónicamente en el ejercicio del poder.

Porque una vez más lo digo: la antinomia entre democracia y autoritarismo se va a dar en el seno de la fórmula y del espacio del Frente para Todos. Será una dialéctica (juego de contradicciones) que en algún momento se tendrá que resolver, por el bien de la república y de la democracia. Por ahora la tensión está como adormecida, pero se irá despertando con el ejercicio del poder si es que a ese frente le toca gobernar.

Manos de tijeras

Sobre ello, "Todos" esperan que la diferencia aumente por la incidencia en los precios debido a la suba del dólar. "La situación se va a ir poniendo cada vez más crítica y la gente se va a volcar masivamente a nuestro espacio", vaticinó una fuente de ese frente electoral.

Las versiones son muchas. Se habla precisamente de eso, también de un posible acuerdo entre Roberto Lavagna y Alberto Fernández y que el anuncio del economista de suspender la campaña tendría que ver con eso, esto es, dejar en la incertidumbre su candidatura para que el electorado decida en libertad qué hacer ante la más absoluta polarización. Es que el llamado del economista a suspender la campaña fue bastante equívoco (varios sentidos), y hasta lo interpretaron algunos como una voluntad de bajarse de su candidatura.

Sin embargo, Liliana Schwindt desmiente totalmente esa versión y anuncia precisamente lo contrario, que su espacio va a crecer y que el voto macrista podría volcarse a su frente político enriqueciendo de ese modo la tercera vía.

En tanto, José Eseverri, ante semejante anuncio, profundizaría su estrategia vecinalista en octubre exhortando a la gente a cortar boleta "caiga quien caiga". Mientras tanto, a Liliana Schwindt le faltarían unos tres puntos para poder entrar mientras que Einar Iguerategui tendría que saltar de los 7 conseguidos a los 16,66 puntos exigidos para lograr una banca, algo que no parece imposible pero tampoco subestimable.

La suerte del eseverrismo radica hoy en la experiencia y en el capital simbólico de su propio líder local. No es casual entonces que prevalezca la estrategia del corte y de un voto casi vecinal en el seno del espacio.

¿Una ola celeste?

Federico Aguilera tiene la oportunidad de sentarse en el sillón de Amparo Castro. Le faltarían hoy por hoy unos 2.500 votos, que representan un 3,8 por ciento del electorado, una diferencia que no parece importante pero que se torna en atendible en un escenario en el que son tres las fuerzas con dinámica, aspiraciones y expectativas de ser poder.

Su gente se siente alentada porque "en la última semana mucha gente nos ha empezado a llamar para decirnos que contásemos con su voto", comentan, y "es gente vinculada al personal municipal", agregan.

En ese sector están trabajando, en los votantes del POT y de Nos, y haciendo hincapié en la supuesta necesidad de tener un gobierno con el mismo color político que el que prefiguran iría a tener la Provincia y la Nación.

Además, conjeturan que los resultados de las Paso podrían ser muy diferentes a los de octubre. Citan algunos antecedentes como el de 2015 cuando José Eseverri pierde con Ezequiel Galli luego de haber ganado las Primarias. Lo que pretenden significar con ello es que, como aquella vez que Olavarría no pudo estar por fuera de la ola amarilla, esta vez tampoco podría quedar afuera de la celeste. Y eso los llena de optimismo.



Dos modelos en pugna

"La gente votó con el bolsillo, apuntándole a la economía doméstica. Nosotros pretendimos explicar con la campaña que hay muchas cosas que están mejor, pero las tarifas fueron un gran tema, también la inflación y el poder adquisitivo del salario". Esto fue parte de lo que declaró el Intendente un día después de las Paso. En el fondo es verdad que existe una colisión entre dos modelos económicos.

Uno es una suerte de neokeynessianismo a la criolla, poniendo el acento en el mercado interno y en una intervención estatal a veces integral, ya que fue entendida en algunas ocasiones como un protagonismo exagerado, casi una imposición, amenazando el desenvolvimiento normal de las libertades públicas.

Quizás fue eso lo que lo hizo perder al cristinismo en 2015 y luego más directamente en 2017, cuando la ciudadanía rechazó por saturación un estilo político que amenazó la calidad institucional.

Hasta ese momento, y con el recuerdo aún fresco del estilo Cristina, la gente prefirió continuar confiando en el otro modelo sustentado en una expulsión a las reglas del mercado a cosas que antes se manejaban desde el Estado, caso tarifas, por ejemplo, y también un fomento del consumo "con emisión", como definió De Mendiguren, que generaba una inflación luego retocada por el pincel de Guillermo Moreno.

En 2017, el pueblo le dio un año más a Macri para que corrigiera ese brutal mercadismo también excesivo y decimonónico, y, luego decidió castigarlo.

Entonces, es verdad que subyace en esta elección una puja entre dos modelos económicos, pero también con un sustrato político-institucional.

El kirchnerismo confundió de algún modo regular las reglas económicas del mercado con intervenir sobre las libertades públicas o utilizar el aparato del Estado como propiedad del partido gobernante. Y eso sería una conducta antirrepublicana. El macrismo, en cambio creyó que respetar la libertad es dejar hacer no solo en lo político, que sería absolutamente elogiable, sino que además se sometió al libre juego del mercado que tampoco nunca es tan libre. Porque, como decía Perón, lo que no regula el Estado lo regulan los monopolios.

Argentina se viene debatiendo históricamente en esa antinomia constante que nunca terminó de dirimirse, pero los perdedores son siempre los mismos: los sectores de ingresos fijos.

Pero, como remata Ezequiel Galli, "no hay futuro si no cambiamos la mentalidad. De esta situación se sale trabajando, generando empleo, vinculándonos al mundo, y no a Venezuela o a Angola". Quizás esto sea el eje central del debate central que se insinúa ahora después del terremoto de las Paso.


Vidal y Kicillof

María Eugenia Vidal pagó por dos errores: por no haber desdoblado y por no haber comprendido que en una provincia tan peronista debió haber llevado en su fórmula a dirigente de ese palo político. Pero se equivocó de contexto y ya no era el de 2015. Cristina había salido de su brutal dogmatismo que la llevó a colocar a Carlos Zannini de ladero de Daniel Scioli, y ya había abierto el juego con el massismo.

En cambio, Vidal, la dirigente con mejor imagen quizás del país, no leyó bien esa realidad y continuó con el mismo esquema pese a que el escenario era completamente diferente. La Provincia como el país habían pasado por el río de Heráclito, entonces, nada era lo mismo. Por otra parte, surgía una figura que ponía en práctica su propia estrategia: recorrer la provincia con suficiente anticipación mostrando una cara diferente: intelectual pero a la vez humilde y carismático. Axel Kicillof se había transformado prácticamente en su alter ego y como si esto fuera poco, mostraba ciertas fisuras con La Cámpora, el sector emblemático del cristinismo. Tanto fue así que en la Séptima LC le terminó bajando a Alejo Suply, un hombre de su más absoluta confianza. "Axel que se conforme con el Ejecutivo porque el legislativo lo vamos a manejar nosotros", habría dicho Máximo Kirchner.

Sin embargo, la relación entre Axel y Federico está bien o al menos es lo que buscan explotar la gente de "Todos", para inducir a un voto alineado con los niveles superiores del Estado.

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