Edición Anterior: 20 de Octubre de 2019
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ESCENARIO POLITICO. El "sí, se puede", timbreos, Valicenti y la unidad peronista. La pobreza y la manera de tratarla
La muerte de las encuestas y el retorno de los actos masivos en el embalaje final hasta las elecciones
Los formatos de campaña atrasan cincuenta años. La calle sustituyó a las redes y aquellos oráculos de las encuestas están hoy cerca de la defunción. Valicenti logró juntar a casi todo el peronismo pero no se sabe aún si esto servirá para ganarle a Galli. Los municipios contra los punteros en el tratamiento de la pobreza.
La campaña entró en un tramo algo raro. Efectivamente, en un mundo mediático y atravesado por las redes, las convocatorias se trasladaron a la calle o a los amplios espacios, con el desafío algo riesgoso de tener que llenarlos.

Se dejó de lado en muchos lugares el cuerpo a cuerpo para ir directamente al acto con formato tradicional. Algunos hablan apuntando a su público y la gente que lo rodea mostrando su adhesión.

Detrás quedaron los 360, las visitas sorpresa a una casa de familia o a un medio de comunicación cualquiera. Los candidatos en general se dieron cuenta que habían perdido esa iniciativa anterior y retornaron al efectismo de mostrar mucha gente convocada.

En los ‘80 y los ‘90, los espacios políticos competían con el número porque eso era el mayor indicador del resultado de la elección.

Este criterio comenzó a tambalear en 1983, cuando el peronismo se jactó de haber juntado 500 mil personas más que Raúl Alfonsín, quien había logrado una convocatoria de un millón de personas. Tanto fue así que, pese a la gaffe del cajón quemado por Herminio Iglesias, el peronismo se daba por ganador y se preparaba para volver al poder.

Detrás quedaba la dictadura y el tremendo fracaso del gobierno de Isabel Perón. Se suponía que la gente era peronista y que volvería a serlo para darle un escarmiento a ese caudillo de Chascomús que enarbolaba el Preámbulo de la Constitución Nacional como símbolo del retorno a la república y a la democracia.

A Raúl Alfonsín solo le bastó eso para dar su mensaje, lo que él quería y a lo que le daba real importancia: la recuperación de la vida democrática y republicana.

Popsiblemente esa mitad de argentinos que lo votó no tenía esa prioridad. La masacre que había llevado a cabo la dictadura todavía no se conocía en detalle hasta que la Conadep lo mostró palmaria y crudamente.

El peronismo se había perdido la oportunidad de colaborar en esa investigación ordenada por el gobierno democrático, pero no perdía la oportunidad de reivindicar a esa "juventud maravillosa" diezmada por el terrorismo de Estado. Italo Luder ya se veía con la banda presidencial aunque no supiese cómo domaría a Herminio Iglesias y a la dirigencia cuasi fascista que siempre estuvo dentro del movimiento.

Pero la cantidad de gente en la calle no fue el indicador y Alfonsín ganó cómodamente las elecciones. A Dios gracias, porque si el resultado hubiese sido otro, no habría habido ninguna investigación de la represión militar y mucho menos el juicio a las juntas militares.

Oráculos

La calle había dado un mensaje equívoco. Pero el afán anticipatorio siempre está. Las encuestas se impusieron como el nuevo Oráculo de Delfos, hasta las Paso de este año cuando mostraron su enorme falibilidad.

Los encuestadores se terminaron pareciendo a los o las lectoras de borras de café. Todos le erraron por más de 20 puntos y todavía no pudieron desentrañar el error metodológico que los condujo a semejante fracaso.

Las encuestas no pudieron medir el matiz tan emocional y tan cambiante del voto argentino. ¿Será por eso que dejaron de pulular las encuestas?. Las consultoras tienen terror de volver a errarle. Los pocos sondeos que se hicieron coinciden en que Alberto Fernández le ganará a Mauricio Macri por unos 20 puntos, un resultado que se ha terminado estandarizando llamativamente. Ya nadie arriesga más y las encuestas estarían asistiendo a su propia defunción.

De todos modos, el afán anticipatorio continuará y las encuestas pasaron a ser una foto demasiado difusa del futuro. Tal vez por ello han vuelto los actos masivos, pero quizás no como esbozos del porvenir sino como alentadores de las autoestimas de los candidatos que los ayudan a disipar un poco la incertidumbre o el vacío por la muerte de los oráculos.

El voto massista

Ya dijimos en esta columna que la tragedia de las Paso invirtieron los roles. Macri representa un oficialismo sui generis al tirar tantas promesas a mansalva, rogando a la gente que le crean y que él ya no será quien es. En tanto Alberto prefiere no hacer olas y sólo le reprocha algo al Presidente en los debates, pero de una manera absolutamente dosificada. Es el candidato opositor pero está convencido que gana, y eso le imprime a su estrategia un sesgo muy particular.

En la Provincia, un estudio publicado hace unos días demuestra que el kirchnerismo pudo ganar gracias al massismo. El acierto de Cristina fue sumarlo a Alberto y éste a su vez a Sergio Massa. Esa fue la jugada que no calculó Cambiemos.

Massa había aportado al triunfo peronista no tanto por su caudal electoral sino como símbolo de un regulador kirchnerista. Eso fue así, nació como un regulador K y continuó teniendo esa connotación política. A ello habría que sumarle la enorme mala praxis económica del macrismo, y no se sabe cual de estas variables fue la realmente causal de esta victoria peronista, si la participación de Massa o el desastre de la economía doméstica del oficialismo. Y no es un tema menor, porque en Olavarría, ese rédito político se lo llevan Marcelo Latorre y Eduardo Rodríguez, quienes con mayor o menor intensidad pudieron sobrevivir de esa manera a la polarización que los iba a terminar asfixiando.

Se suele afirmar, casi como un axioma, y en virtud de una perspectiva materialista histórica, que la gente siempre termina votando con el bolsillo. Se lo concibe como una verdad evidente, pero lo más probable es que el voto tenga una esencia multivariable o muldimensional, por lo tanto, todas cuantitativamente importantes.

Concentraciones

Mientras se sigue apostando a las megaconcentraciones (Macri apuesta a juntar un millón de personas). César Valicenti logró juntarle la cabeza a todo o casi todo el peronismo. Hasta los históricos apoyaron su propuesta de unidad, y sólo le quedó afuera un sector alineado con Ezequiel Galli y otro con el lavagnismo. ¿Le alcanzará a Federico Aguilera para ganar?.

En Rácing se juntaron unos dos mil peronistas para recordar aquella jornada de la Lealtad que confirmó a Perón como el mayor líder latinoamericano del siglo veinte. Más o menos así lo citan los diálogos de De Gaulle y Malraux en el libro "Hogueras de encinas".

Casi todo el peronismo olavarriense se encolumnó detrás de Valicenti y Aguilera y si bien hubo algunos reproches sindicales al formato del acto del 17 de octubre, al final terminó imponiéndose esa vocación de unidad.

Galli se benefició con el "sí, se puede" de la semana pasada y continuó con los timbreos, recuperando la vieja práctica que lo instaló en el imaginario político local y lo llevó luego al triunfo. El final en la ciudad sigue siendo de bandera verde.

José Eseverri localizó definitivamente la campaña, y el único destello lavagnista fue la visita del economista y la referencia cotidiana para respaldar la candidatura de Liliana Schwindt y Einar Iguerategui, quien podría acompañarla junto con Thelma Cazot si llegase a ocupar una banca en el Congreso.




Nobel, pobreza y municipios

No debe haber un solo fenómeno social que sea unidimensional. Precisamente, el premio Nobel de Economía se lo llevaron tres científicos por un estudio de caso en el que reflejan la multidimensionalidad de la pobreza. Es decir, no es una situación causada solamente por lo económico sino por un mecanismo de variables en el que se concurren las materiales como también las simbólicas.

De ese modo, la corrupción es un factor casi decisivo no solo en la distribución desigual de la riqueza tanto por su impacto en la conciencia colectiva de la sociedad, esto es, en el conjunto de normas (escritas o no) y creencias que rigen el comportamiento social, como también los daños que generan en la ética general. Por ejemplo, la irrupción del menemismo fue una verdadera bisagra histórica por el perjuicio que ocasionó en la población y en las instituciones la exhibición escandalosa de la corrupción menemista. A partir de ese momento, la inmoralidad en la política se profundizó absolutamente y, esto es lo peor, se terminó naturalizando. Y la Justicia, con su inacción, acabó confirmando esta peligrosa anomalía.

El estudio no plantea soluciones macroeconómicas para la pobreza. No las excluye pero hace hincapié en un abordaje puntual y minimalista en el que se atacan todos los vicios que contribuyen a la pobreza.

En Argentina, la pobreza es tratada de manera superficial y corrupta por punteros creados ad hoc o dirigentes sociales que sacan partido de esta terrible situación. Actúan como transmisores de planes sociales pero hacen uso y abuso de ello cobrándoles a los pobres el peaje permanente que los ayudan a sobrevivir políticamente. De esa manera, el gasto social se multiplica hasta el cansancio y será la clase media la que pagará, como viene haciéndolo, ese envilecimiento de la política. "¿No sería más conveniente descentralizar el manejo de ese presupuesto en los municipios en vez de continuar alimentando ese ejército de punteros que suelen tomar de rehenes a las víctimas de la pobreza?", se preguntó José Eseverri un par de días atrás.

Por una cuestión de economía de esfuerzos, el funcionario nacional se vale de este ejército social pero acaba siendo un rehén político más de esa "intermediación". Posiblemente, entonces, los municipios serían los sustitutos ideales, ética e institucionalmente, de ese trabajo casi personal para ayudar a mucha gente a salir de esa cruel situación.

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