Edición Anterior: 20 de Octubre de 2019
Edición impresa // La Ciudad
Capítulo 9
Yo no sé qué me han hecho tus ojos
Martín Peralta regresó al centro de la ciudad luego de dejar a Eulalia en la casa. Sin esgrimir ninguna explicación, le dio un beso en la frente y salió como alma que lleva el diablo dejando a la anciana con la palabra en la boca. Una razón inexplicable lo obligaba a volver al París con el único propósito de ver de nuevo a esa mujer. Mientras su Chevrolet atravesaba las deterioradas calles de Olavarría a una velocidad más alta de lo permitido, se preguntaba una y otra vez cuál sería su nombre y por qué estaba precisamente junto al entrometido de Lautaro Madariaga. El parecido con Alcira lo había desconcertado. La estuvo observando durante todo el recital y se dio cuenta de dos cosas: que era otra gran admiradora del Zorzal y que no estaba sola con el periodista. Dos muchachas con las cuales se reía e intercambiaba comentarios eran también de la partida. Después, entre el tumulto que se apresuraba por salir del Cine-Teatro París, la había perdido de vista. Alguien había comentado que Gardel pasaría tiempo en la confitería de al lado y tuvo la sospecha de que allí la encontraría. Temiendo que lo tildase de loco, había llevado a Eulalia hasta la casa para poder retornar lo antes posible sin tener que oír sus sermones. ¿Qué iba a decirle? ¿Qué se había obsesionado por una mujer parecida a su prometida muerta? Aunque fuese una idea descabellada, tenía que buscarla y hablar con ella. Necesitaba saber quién era. Estacionó sobre la calle Vicente López y raudo, se dirigió hacia la confitería. El lugar estaba atiborrado de gente. El humo de los cigarros le impidió enfocar la mirada durante unos cuantos segundos. Lo primero que vio fue al mismísimo Gardel. En ese preciso momento, el cantante se alejaba del grupo de personas que se había arremolinado a su alrededor para dirigirse a una de las mesas del fondo. Allí, el joven poeta olavarriense Arsenio Cavilla Sinclair lo invitó a sentarse con él. Se pusieron a conversar animadamente mientras Peralta buscaba entre las damas del lugar a aquella que lo había inquietado tanto. Apenas vio a Madariaga, supo que ella no debería estar lejos. Se ocultó detrás de una columna para evitar que lo descubriera. No quería otro enfrentamiento con él. A su derecha, una de las muchachas que los acompañaba, se retocaba el peinado. Ella no estaba por ningún lado. Sus ojos claros barrieron la confitería con la precisión de un águila y, entre los parroquianos, le pareció ver a Santibáñez. Lo había buscado en el cabaret la mañana siguiente al hallazgo del cadáver de Rosa Cardozo, pero no había podido hablar con él porque, según sus empleados, se encontraba fuera de la ciudad. En otras circunstancias, lo habría abordado allí mismo para someterlo a un interrogatorio, pero tenía otro asunto más urgente: descubrir quién era esa mujer que se parecía a su adorada Alcira.

—Esa nena nos va a llenar los bolsillos de plata —aseguró Felipe Santibáñez, ignorando que el comisario Peralta estaba tan cerca que podía oírlo.

—No pequés de exagerado, querido —replicó la fulana que lo acompañaba—. Podrá tener talento para cantar, pero está recién caída del catre. Te va a meter en problemas, acordate de lo que te digo.

Se quedó observándolos hasta que abandonaron la París. ¿De quién estarían hablando?

*

Victoria no dejaba de leer la tarjeta que le había entregado el tal Santibáñez. Estelita la incitaba a aceptar su propuesta mientras que Dorita, fiel a su lado precavido, le decía que se anduviera con cuidado. La propuesta era tentadora. Quizá estaba a un paso de concretar ese sueño que tanto anhelaba ¿Qué perdía con intentarlo? Había aprendido que rara vez la vida daba segundas oportunidades. Después de salir de España para ponerse a salvo, dejando atrás a su familia, sentía que estaba en todo su derecho de recuperar un poquito de felicidad. Aunque para lograrla, tuviese que pasar por encima de la decisión y la intransigencia de sus tíos. De repente, su mente voló hasta el otro lado del océano y fue inevitable recordar el momento de la despedida. Se le hizo un nudo en la garganta al pensar en la sonrisa siempre afable de su padre, en los sabios consejos de su madre o en los pucheritos de Nuria, su hermana pequeña. La correspondencia era cada vez más espaciada y su tía Bárbara le permitía hablar por teléfono una vez al mes. Las noticias en la radio no eran muy alentadoras y después del terrible suceso que había obligado a sus padres a tomar la determinación de enviarla lejos, sabía que la situación iba de mal en peor. Trató de apartar esos funestos pensamientos de su mente, pero le dolía en el alma estar allí, a miles de kilómetros de distancia mientras su familia corría el riesgo de perderlo todo por culpa de los anarquistas.

—¿Por qué te quedaste tan callada, Victoria? —le preguntó Estelita, preocupada.

—Debe estar pensando en la oferta de ese hombre —contestó Dorita por ella.

—No hay demasiado en qué pensar. —Estelita le lanzó una mirada furibunda a la bibliotecaria—. Es la oportunidad que Victoria estaba esperando. ¡No puede dejarla pasar!

—Sos muy confiada, Estelita. ¿Quién sabe de dónde salió ese señor?

—No pierde nada con ir a la cita. Es más, nosotras dos la vamos a acompañar.

—No hay que precipitarse…

Estelita hizo un gesto de fastidio agitando las manos.

—A veces, hay que hacer las cosas sin pensar demasiado, Dorita. —Miró a Victoria con la esperanza de que estuviese de su lado.

Pero Victoria no dijo nada. Mientras sus amigas discutían sobre lo que debía o no debía hacer, ella volvió a poner toda su atención en Gardel. Seguía conversando con Cavilla Sinclair y de vez en cuando se oía algunas risotadas que provenían de su mesa. Le hubiese gustado acercarse para saber de qué estaban hablando, pero no se animó. De repente, una fuerza tan poderosa como desconocida la obligó a voltearse. Al hacerlo, se topó con un par de ojos claros. Su cuerpo se estremeció. Un hombre la estaba mirando y en ese preciso instante, sintió que la gente a su alrededor se volvía invisible.

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