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Campeonato Argentino Copa "Adrián Beccar Varela"
A 49 años del día más violento de la historia
El 15 de noviembre de 1970 un partido entre las selecciones de Olavarría y Mar del Plata, en el Estadio Central del Parque Carlos Guerrero, tuvo derivaciones nunca vistas en una cancha del fútbol argentino.
Daniel Lovano / [email protected]

El paso del tiempo alumbra y fortalece algunas paradojas.

En el mismo escenario donde en 1980 cinco marplatenses compusieron casi el cincuenta por ciento del equipo más brillante que se haya visto por estos lares, una década antes no más de 20 marplatenses salieron con vida de casualidad de la jornada más violenta en los 152 años de Olavarría, y una de las tardes más dramáticas en la historia del fútbol argentino.

Pasaron 49 años de aquel domingo 15 de noviembre de 1970 que se jugó el partido de vuelta de los cuartos de final del campeonato Argentino entre Olavarría y Mar del Plata, en el Estadio Central del Parque Carlos Guererro.

En una ida no exenta de polémicas los marplatenses habían ganado 3 a 1 en el desaparecido Estadio Municipal "General San Martín".

Durante los siete días transcurridos entre partido y partido, no se hablaba de otra cosa en la Ciudad.

Una semana previa cargada de tensión y de comentarios alarmantes que alimentaban un ánimo de venganza, como reacción a las agresiones que recibieron los espectadores olavarrienses durante el primer choque y a un arbitraje apuntado como tendencioso desde el centro de la Provincia.

Ambas selecciones buscaban un lugar en el cuadrangular final, a disputarse en la ciudad de Salta.

Multitud en el Parque

Muy temprano se colmaron las gradas del estadio de Estudiantes, en medio de un inquietante clima belicoso.

En nada contribuyó a descomprimir esa atmósfera de tensión la agresiva disposición, en el terreno de juego, del Cuerpo de Infantería de la Policía de la Provincia de Buenos Aires: un carro de asalto, un equipo de uniformados provistos con pistolas lanzagases, cascos de acero, bastones largos y perros adiestrados.

El partido comenzó a las 16.15 y siempre fue violento: tumultos, entradas fuertes (una de ellas le costó la expulsión al "Chango" Bernal, quien cuando salió del terreno le lanzó un golpe al capitán visitante Mosconi) y las sucesivas teatralizaciones del arquero marplatense Jorge Videla.

En el plano futbolístico, la reacción de la selección local quedó rápidamente desactivada a partir de la presencia goleadora de Loyola.

Se alumbró una tenue esperanza con el empate transitorio logrado por el "Gringo" Juan Carlos Montanaro, pero enseguida llegó el 2 a 1 con que acabó el primer tiempo.

Durante el descanso el público se agolpó sobre el puesto de venta de bebidas, y se agotaron en pocos minutos. Miles de envases de vidrio no fueron devueltos.

Apenas se reanudó el juego volvió a desplomarse sobre el pasto el arquero Videla por un proyectil que le dio en la espalda, y provocó la detención del juego por casi un cuarto de hora, en los que se registraron varias escaramuzas entre los jugadores.

En el tumulto el árbitro Roberto Maino recibió un puntapié. Lluvia de botellas sobre el terreno, una de ellas golpeó al capitán olavarriense, el "Tony" Pelliccioni.

Durante la escalada Maino amenazó con suspender el partido, entonces Pelliccioni tomó el micrófono de la voz del estadio e hizo un dramático llamado al público local, al que le recomendó que "no debía caer en el salvajismo con el que fuimos tratados en Mar del Plata".

El partido logró reanudarse, pero cuando Loyola estiró las cifras hasta 4 a 1 volvieron a caer los proyectiles, y se generalizaron los tumultos y las agresiones entre jugadores y dirigentes de ambos bandos.

Los gases y la locura

Entre tanto descontrol el Cuerpo de Infantería apuntó con sus equipos lanzagases hacia la tribuna local.

A las 17.55 un apresurado uniformado apretó el gatillo y lanzó una granada sobre los espectadores, entre los que se encontraban las autoridades de la época y un juez de Azul.

Decenas de disparos de gases fueron en todas las direcciones y, como consecuencia de la desesperada marea humana que procuraba eludir esa trampa neblinosa, muchos espectadores sufrieron lesiones de distinta consideración.

Atemorizado por la estampida, un oficial de policía exhibió al lado de una Estanciera su pistola calibre 45 y la reacción fue tan brutal como la actitud del uniformado: los espectadores, enardecidos al grito de "asesinos" y "torturadores", le destrozaron el vehículo.

Más locura: disparos de armas de fuego sobre la multitud.

Los hinchas cargaron contra los vestuarios mientras la policía intentaba evitar una maniobra de linchamiento contra los jugadores marplatenses, quienes desde adentro contemplaban cómo estallaban los cristales de las ventanas y arremetían contra la puerta de chapa con los tablones de madera de los kioscos.

Las sirenas de las ambulancias con los heridos en su interior (debieron realizar no menos de seis viajes) se perdía en un extremo del Parque, en el otro (entre el Mini Gimnasio y la cancha de golf), un desprendimiento de los más violentos atacaba con piedras al micro marplatense y luego le prendía fuego.

Los bomberos, que estaban tratando de controlar un incendio de asientos en el sector de plateas, tardaron unos segundos decisivos en salir.

A las 18.20, cuando llegaron, poco pudieron hacer para salvar aquella unidad de "El Rápido" y las pertenencias de la delegación visitante que se encontraban en su interior.

La población se terminó de convencer que algo muy grave estaba sucediendo a metros de un estadio de fútbol, al apreciar desde todos los barrios aquella larga, negra y espera humareda.

Versión alarmante

Alrededor de las 18.40 sólo había focos de resistencia, pero la violencia se reactivó cuando corrió la versión de que un niño había muerto en los incidentes.

Cinco minutos más tarde, un ruido castrense sorprendió a quienes aún permanecían en las adyacencias del estadio.

Era una columna del Regimiento local al frente de su jefe, el entonces teniente coronel Daniel García, que ingresaba al Parque Guerrero con cinco vehículos blindados equipados con ametralladoras, morteros y medio centenar de soldados equipados con fusiles FAL.

Los efectivos militares (algunos de ellos vestidos con ropa de polo) se desplegaron en los alrededores del estadio y permitieron la salida de los jugadores y dirigentes marplatenses, que se estaban refugiados dentro de los devastados vestuarios.

En medio de una calma ficticia, el espectacular operativo intentó salir del Parque pero chocó con la reacción agresiva de los miles de espectadores que seguían en el predio.

En primera instancia, un grupo lo detuvo entonando la marcha peronista.

Junto con los blindados intentó "huir" un carro de asalto de la policía bonaerense, transportando a los lanzadores de gases y a los perros.

Cuando la multitud se percató de ello recrudeció la violencia. Piedras, palos y botellas se estrellaron contra el vehículo policial. Entonces partieron disparos a los pinos desde la columna militar para amedrentar a los más revoltosos.

Las unidades lograron, al fin, el paso que antes le habían negado, y transportaron a toda la delegación visitante hasta el Regimiento local.

Lentamente Olavarría empezaba a recuperar su habitual calma pueblerina, pero nunca iba a olvidar la jornada más violenta desde su fundación, en 1867.

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